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    <title>La Voz de San Justo</title>
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    <updated>2026-09-19T12:30:53+00:00</updated>
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            Ni apocalípticos ni integrados; por ahora, ajenos
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                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/BNeRjrTb1aa0DVdcGB_uN0kweXA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/inteligencia_artificial.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>La primera edición del libro se publicó en 1964. En una serie de ensayos magistrales sobre la cultura de masas, el semiólogo Umberto Eco se planteó el problema central de la doble postura ante el impacto de nuevos medios y lenguajes: la de los apocalípticos, que veían en ellos la “anticultura” y la de los integrados, que aceptaban la cultura de masas como una nueva forma de circulación y acceso a los bienes culturales.</p><p>La obra de Eco “Apocalípticos e Integrados” marcó una bisagra en los estudios de comunicación masiva, porque cuestionó el academicismo y reivindicó los productos de la cultura popular. Asimismo, identificó las dos posturas dominantes en la discusión sobre el impacto de los medios de masas en la segunda mitad del siglo pasado.</p><p>La humanidad vive hoy un tiempo de características muy diferentes a aquel en el que Eco escribió sus reflexiones. No obstante, mientras gran parte del mundo asiste a un debate crucial sobre el futuro de la inteligencia artificial, la discusión intelectual global parece atrapada en una nueva versión de aquella dicotomía que Eco presentó en los años sesenta.</p><p>Por un lado, están los apocalípticos de hoy, que advierten sobre riesgos existenciales asociados a la IA, capaces incluso de amenazar la vida en el planeta. Por el otro, los integrados celebran una era de productividad creciente, avances científicos acelerados y una eficiencia automatizada en todos los órdenes.</p><p>Basándose en conceptos del ensayista francés Gilbert Cohen–Séat, el pensador italiano retomó el concepto de una “iconosfera” dominada por las pantallas, en la que “cada día una parte del globo vivirá pasivamente mirando aquello que una restringida minoría preparará para ella”. Fue un presagio acertado. Esa “iconosfera” modificó la percepción humana al saturarla de imágenes, entre otros efectos. Más tarde, con la llegada primero de la Internet y todas sus herramientas y, luego, de la inteligencia artificial, se abrió una nueva era en la que las imágenes y las informaciones que circulan masivamente ahora pueden ser generadas, no por una minoría de seres humanos, sino &nbsp;por sistemas inteligentes.</p><p>&nbsp;</p>Discusiones analógicas<p>Es tan profundo el cambio que permanecer aislado no puede ser una opción. &nbsp;Sin embargo, mientras el planeta procesa una transformación nunca vista, la Argentina se mantiene empantanada en discusiones analógicas de las que emergen los vicios tradicionales de la política vernácula.</p><p>El debate que sacude al mundo prácticamente no ha comenzado por aquí. En los círculos de poder todavía son escasas las voces que hablan de inteligencia artificial. Algún anuncio de instalaciones de bases de datos en la Patagonia, encuentros con determinados popes de las industrias, un proyecto que propiciaba la creación de sociedades integradas por máquinas inteligentes que no prosperó y poco más puede encontrarse sobre el tema en la agenda política argentina.</p><p>Aquí se cuentan con los dedos las discusiones serias sobre cómo regular la IA, cómo potenciarla para sus usos benéficos, cómo amortiguar sus consecuencias negativas, cómo insertarla en los sistemas educativos o productivos, qué variables éticas deben establecerse para su utilización.</p><p>Entonces, mientras la frontera tecnológica se expande a una velocidad inusitada, impulsada por la inteligencia artificial, la política doméstica permanece estancada en su analógica y repetitiva “torpeza natural”.</p><p>Por caso, mientras el mundo enfrenta el desafío de pensar qué será de la humanidad en la próxima década, aquí se piensa solo en la elección que viene. No se levanta la vista más allá del día a día. La energía política se consume en la lógica polarizada, en la rigidez de las posturas ideológicas y en el intento de adaptar la realidad al relato.&nbsp; Se revolean acusaciones, se potencian los mesianismos y las desprolijidades. Se antepone la lealtad a la eficiencia.</p><p>Como se señaló, en la polémica mundial sobre la nueva “algoritmósfera” generada por la inteligencia artificial, que se superpone a la “iconosfera”, hay líderes que se ubican en cada una de las categorías planteadas por Umberto Eco en aquel libro emblemático. Las diferencias entre ambas posiciones cada vez son más evidentes y se contraponen intereses poderosos. &nbsp;Sin embargo, en la Argentina solo pueden ensayarse inferencias acerca de quiénes se ubicarán entre los apocalípticos y quiénes entre los integrados. La incertidumbre, que es norma frente a la irrupción de una tecnología que no parece tener límites, se traslada a la realidad en muchos ámbitos.&nbsp;</p><p>En el país hay apocalípticos e integrados en todos los temas. Sin embargo, frente a la IA, la sensación es que la política argentina es simplemente ajena.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/BNeRjrTb1aa0DVdcGB_uN0kweXA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/inteligencia_artificial.webp" class="type:primaryImage" /></figure>El mundo debate los riesgos y las oportunidades de la inteligencia artificial. Se discute cómo aprovechar sus posibilidades y contener sus riesgos.  En la Argentina, la discusión apenas asoma entre una agenda política atrapada en las urgencias y disputas de siempre.]]>
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                <published>2026-09-19T12:30:00+00:00</published>
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            ¿Debemos acostumbrarnos a que se aprenda menos?
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/d0_uByRbyaqlKGOyj0dD6bK0bZE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/pruebas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ&nbsp;<p>El resultado de las Pruebas Pisa 2025, que se tomaron a estudiantes de 15 años en más de 90 países grafica con elocuencia el problema. En Lectura, la Argentina obtuvo 389 puntos, 12 menos que en 2022 y 72 por debajo del promedio de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), responsable de esta evaluación internacional.</p><p>Respecto de la prueba del año 2000, en la que la Argentina se ubicó segunda, solo detrás de México, el descenso es de 39 puntos. Entre 91 sistemas educativos, se ubicó en el puesto 62 y es el octavo entre los 13 países de América Latina que participaron.</p><p>Los números también exhiben caídas significativas en el rendimiento escolar en Matemáticas y Ciencias, lo que permite sostener que el deterioro de los aprendizajes ya no puede ser atribuido exclusivamente a los efectos de la pandemia y, como consecuencia de ello, se ponen en cuestión algunas ideas que circulan en los debates educativos.</p><p>Un dato relevante es que el retroceso en Lectura alcanza a tres de cada cuatro sistemas educativos en el mundo y también afecta a los sectores socioeconómicos más favorecidos. Se puede inferir al respecto que se está frente a un fenómeno que excede la desigualdad educativa provocada por la brecha de ingresos en una sociedad, aunque esta circunstancia no se vuelve totalmente irrelevante.</p><p>En este contexto, más allá del chisporroteo político habitual, los malos resultados educativos no generaron demasiadas repercusiones. Se instala así la sensación de que el resultado de la evaluación produce títulos periodísticos, declaraciones y cruces políticos, pero después el sistema parece volver a su rutina.</p><p>Entonces, surge la preocupación de que el problema no sea solo que los aprendizajes retroceden, sino que, como sociedad, hayamos empezado a naturalizar ese deterioro. Si no hay una reflexión profunda sobre un tema que excede los marcos académicos especializados y se establece como normal que las nuevas generaciones comprendan menos, lean peor o tengan mayores dificultades para resolver problemas o razonar de modo crítico, se está transitando un camino mucho más pedregoso, en el que la posición en un ranking internacional termine siendo apenas un dato coyuntural.</p><p>&nbsp;</p>Responsabilidades<p>Luego de conocerse los resultados, el gobierno nacional acusó a sus antecesores. Algunas provincias, como Córdoba, celebraron tener resultados más altos que el promedio nacional, hecho remarcable, por cierto, pero que no alcanza para aliviar el problema. Desde la oposición hubo tímidos intentos de desligarse de su responsabilidad, señalándose que “el problema es mucho más complejo”, de acuerdo con lo expresado por el ex ministro de Educación, Nicolás Trotta.</p><p>No está mal discutir qué rol les cabe a las políticas educativas a los gobiernos, a las condiciones de vida de la sociedad, a las familias, a las instituciones, a la irrupción de la tecnología y a las prácticas docentes, entre otras variables. Pero explicar situaciones &nbsp;y diagnosticar responsabilidades no significa que el problema esté resuelto.</p><p>&nbsp;</p>Nuevos escenarios<p>Además, la discusión sobre el estado de la educación en el país no parece abarcar una nueva dimensión: el mundo en el que se aprende. La dispersión de la atención, la omnipresencia de las pantallas y las transformaciones culturales que la tecnología está produciendo enfrentan a la escuela a desafíos otrora impensados. Además, la irrupción de la inteligencia artificial exige -aunque no lo parezca- afianzar el desarrollo de las capacidades básicas.</p><p>Las respuestas de una máquina pueden ser una herramienta para aprender. Por eso, comprender lo que se lee hoy es mucho más importante que nunca. Que la IA escriba, resuma, calcule o busque información es una realidad con la que la escuela debe lidiar. Pero la infraestructura intelectual de la sociedad actual -y de la que viene- exige comprensión lectora, capacidad de escritura, razonamiento crítico y discernimiento ético. En este marco, el papel del docente se vuelve todavía más decisivo.</p><p>Ayer los maestros celebraron su día. Cada 11 de septiembre, los discursos reclaman que la educación sea asumida como una prioridad. Se recuerda a Sarmiento, se aprovecha para enaltecer la función docente, se expresan autoelogios oficiales por el apoyo de los gobernantes a la educación y se habla de la esperanza en el futuro venturoso del país gracias a lo que los estudiantes hoy aprenden. Pero este año se conocieron los resultado de las Pruebas Pisa, que constituyen una señal de advertencia y deberían obligarnos a discutir, en serio, qué debe hacerse para que los resultados sean distintos. Y, sobre todo, para evitar que nos acostumbremos al retroceso educativo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/d0_uByRbyaqlKGOyj0dD6bK0bZE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/pruebas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Los resultados de las Pruebas Pisa 2025 vuelven a exhibir el deterioro de los aprendizajes, pero la discusión pública amenaza con reducirse a buscar responsables. El desafío es más serio. Exige  asumir la educación como prioridad, construir una política coherente para un mundo que cambió y no naturalizar el deterioro.]]>
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                                <updated>2026-09-13T17:41:19+00:00</updated>
                <published>2026-09-12T12:30:00+00:00</published>
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            Malvinas, más allá de la coyuntura
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/dlNh7VVcBBKNvE2mbcXu0MV_oKU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/bandera_las_malvinas_son_argentinas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ&nbsp;<p>El agónico gol de Lautaro Martínez frente a Inglaterra permitió que los argentinos disfrutáramos de una de las victorias más épicas del seleccionado nacional. Y la euforia por el triunfo deportivo se agigantó con la bandera sobre Malvinas desplegada en el campo de juego tras esa inolvidable semifinal.</p><p>A partir de allí, la cuestión islas fue reapareciendo en la escena política nacional. Y alcanzó su máxima repercusión con las declaraciones de Trump, quien amenazó a Gran Bretaña con revisar la postura neutral de Estados Unidos sobre la soberanía de las islas, y luego con el discurso de Milei del pasado jueves.</p><p>Así, el fútbol se erigió en el contexto propicio para convertir un objeto común en una expresión de pertenencia colectiva.&nbsp; Durante unos minutos, esa sábana pintada en un hotel expresó la necesidad de reconocernos en un "nosotros", puesto que la causa Malvinas es &nbsp;de todos. Es innegable su arraigo en el sentimiento nacional.</p><p>En este marco, las noticias provenientes de Estados Unidos generaron inferencias, expresadas en el discurso presidencial, sobre la debilidad actual de Gran Bretaña en el contexto internacional. Es una realidad que, especialmente luego del Brexit, el otrora poderoso imperio se sumió en una difícil realidad de la que no acierta a salir.</p><p>Sin embargo, las amenazas de Trump no constituyen todavía un cambio estratégico importante. Y nada hace presumir todavía que no sean más que otra &nbsp;de sus habituales bravuconadas. Aprovechar las fisuras británicas es una alternativa favorable, pero no sería viable construir la política sobre Malvinas a partir de las declaraciones del actual habitante de la Casa Blanca, cuya política exterior es propensa a barquinazos imprevisibles.</p><p>Frente a esta realidad, conviene preguntarse por qué la política argentina sigue discutiendo estrategias y no define una política de Estado permanente y coherente. La que la Constitución establece en la primera de sus disposiciones transitorias. La que señala que&nbsp; recuperar los territorios del Atlántico Sur y ejercer plenamente la soberanía son objetivos irrenunciables del país. Por eso, la discusión no debería ser si Milei estuvo bien o mal en reivindicar &nbsp;el derecho soberano. Tiene la obligación de hacerlo, como la tuvo cada gobierno democrático desde 1994.</p><p>&nbsp;</p>¿Oportunismo o convicción?<p>Se puede advertir que la reinstalación de Malvinas en el centro del debate público es un intento del gobierno para recuperar el protagonismo en la narrativa política interna. Es una estrategia utilizada por todos los gobernantes en todos los tiempos. Cuando los problemas sociales y económicos se acentúan, apelar al sentimiento patriótico es una actitud repetida. El gobierno entrevió una oportunidad y actuó en consecuencia.</p><p>No es la primera ni será la última vez que esto ocurre. Desde la guerra de 1982, la causa Malvinas ha sido tironeada en función de las conveniencias políticas del momento. Sin embargo, nunca dejó de ser una reivindicación legítima. Por lo tanto, aunque el gobierno libertario encuentre en la intensificación de las acciones de reclamo por la soberanía una herramienta para recuperar la iniciativa, nada impide que pueda aprovecharse esta circunstancia para construir esa política de Estado que trascienda los límites de una gestión.</p><p>Claro que el oportunismo tampoco debería tener cabida en la oposición. Con la excepción de los sectores más radicalizados, las críticas escuchadas tras la cadena nacional siguen una línea argumental bastante definida. Se señala que Milei llega tarde, se recuerda la volatilidad de sus posiciones anteriores sobre Malvinas y se cuestiona que ahora recurra a una épica nacionalista que hasta hace poco parecía ajena a su discurso. Incluso se lo acusa de "galtierizarse" para sostener esa narrativa, como si ello fuese una virtud. Por otra parte, muchos consideran poco creíble este cambio de postura debido a la admiración que alguna vez manifestó por Margaret Thatcher. Todas estas objeciones pueden ser válidas. Sin embargo, también pueden descalificarse por contener el mismo oportunismo que buscan denunciar.</p><p>En uno y otro caso, la épica discursiva encuentra límites difíciles de franquear. El desarrollo de la exploración petrolera en la cuenca de Malvinas es un asunto sensible que merece una respuesta contundente. Las medidas anunciadas por el presidente podrían tener algún efecto puntual sobre determinadas empresas que tengan negocios o intereses en el país. Pero el alcance de estas disposiciones todavía es una incógnita. Y son varias las voces que anticipan su posible escasa efectividad.</p><p>Así las cosas, la utilización de Malvinas en la política interna no es una novedad. Habría que preguntarse en este caso quién está en condiciones de tirar la primera piedra. Pero el reclamo soberano no deja de tener vigencia. Por ello, se hace necesario pasar del oportunismo político efímero a la convicción de que debe crearse una política de Estado con criterios permanentes, alejados de intereses mezquinos y centrados en el profundo significado del mensaje plasmado en aquella bandera que apareció luego de ganarle a Inglaterra.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/dlNh7VVcBBKNvE2mbcXu0MV_oKU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/bandera_las_malvinas_son_argentinas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La reaparición del reclamo soberano sobre las islas del Atlántico Sur en el debate político obliga a extender la mirada. Mientras se presentan oportunidades diplomáticas, disputas partidarias y reivindicaciones legítimas, la Argentina sigue debiendo una política de Estado permanente para una causa que trasciende gobiernos.]]>
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                                <updated>2026-09-05T12:14:15+00:00</updated>
                <published>2026-09-05T12:14:12+00:00</published>
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            El estruendo de un adiós
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/pbWVRio15k-ekiqn5KIpzUAsQ3s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/lionel_messi.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>Ese maestro de periodistas que fue Juan Carlos Brook relataba con su proverbial tono irónico que lo de “noticia bomba” era tomado en otros tiempos de modo literal. Cada vez que un hecho provocaba alto impacto en la opinión pública, en la esquina de LA VOZ DE SAN JUSTO se detonaba una bomba de estruendo, para conseguir que los lectores se acerquen al pizarrón colocado en la vereda con el texto que anticipaba los detalles del suceso que leerían en la edición del día siguiente.</p><p>Precisamente, en los primeros años de vida de este diario hubo que recurrir a una de aquellas convocatorias para anunciar una noticia de gran impacto. Pero era el Día de los Muertos y, después del bombazo, los periodistas debieron padecer la severa reprimenda de doña Juanita, una vecina del lugar, que no les perdonó haber quebrado con semejante estruendo el carácter sagrado de la jornada dedicada a recordar a los difuntos.</p><p>Bombazos, ya sin bombas en el frente de los diarios, siguen existiendo. Y el último fue uno de los más resonantes. Porque esta vez el estruendo no se escuchó en una esquina. Impactó en todas. Sus esquirlas pegaron de lleno en el corazón de millones de argentinos. Lionel Messi anunció que deja la selección.</p><p>“Cada vez que subo las escaleras del Camp Nou y de pronto veo el fulgor del pasto iluminado, en ese momento que siempre nos recuerda a la infancia, digo lo mismo para mis adentros: hay que tener mucha suerte para que te guste mucho un deporte y te toque ser contemporáneo de su mejor versión”, escribió Hernán Casciari en “Messi es un perro”. El mismo autor que tenía “nostalgia del presente” cada vez que el 10 estaba en la cancha.</p><p>Messi fue protagonista de inolvidables bombazos futbolísticos durante dos décadas con la celeste y blanca. Un pibe con “capacidades diferentes y un talento asombroso para hacer con una pelota lo que parecía imposible: llevarla hasta la red una y otra vez”, según Casciari, quien lo llevó hasta la mitología: “Si lo dejaran, no haría otra cosa. Llevar esa esfera blanca a los tres palos todo el tiempo, como Sísifo”.</p><p>Déjeme, Hernán, tomar su idea para intentar una explicación de lo que se sintió al recibir el bombazo. En la hora del juicio final podré decir que viví en el tiempo en el que un chico rosarino hizo magia en la cancha, una época en la que la disfonía fue habitual luego de miles de gambetas y casi un millar de golazos. Reformulo su relato: estarán todos atentos, en silencio, algunos bajarán la cabeza sabiendo que lo cuestionaron inmerecidamente. Entonces “aparecerá Dios y señalándome dirá: tú, el gordito, estás salvado”.</p><p>“¿Qué voy a hacer cuando se retire?” La mamá de Lionel contó que esa expresión era de su esposo, Jorge Messi, fallecido semanas atrás.</p><p>¿Y ahora qué hacemos todos nosotros? El vacío y el desconcierto van acompañados de profunda emoción. Era el momento, es verdad. Pero tan grande como su virtuosismo con la pelota es el impacto que el anuncio del retiro de la selección ha dejado en el ánimo de quienes tuvimos el privilegio de disfrutar de su talento.</p><p>No es el día de los muertos doña Juanita. El bombazo nos pegó duro. Pero estamos salvados.</p><p>Lo vimos jugar a Messi.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/pbWVRio15k-ekiqn5KIpzUAsQ3s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/lionel_messi.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Un bombazo futbolístico sacudió a millones de argentinos: Lionel Messi anunció que dejará la Selección. Una mirada cargada de emoción sobre el impacto de despedir al jugador que marcó una era y que nos regaló el privilegio de verlo hacer magia con una pelota.]]>
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                                <updated>2026-09-01T11:55:44+00:00</updated>
                <published>2026-09-01T11:55:41+00:00</published>
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            La degradación de la empatía
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/R3y3LBqPHDnNeW3f6IxuAWGwlYQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/el_diputado_nacional_por_la_libertad_avanza_alberto_benegas_lynch.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ&nbsp;<p>No son siempre públicas, pero sí reiteradas, algunas quejas en determinados círculos politicos sobre los cuestionamientos casi generalizados que la opinión pública hace del accionar de la clase dirigente. Es verdad que las generalizaciones ingresan en la categoría de injustas cuando se esparcen sin matices. Pero también es una realidad que son reiteradas las conductas que contribuyen a acrecentar el malestar social y a elevar el tono de las críticas.</p><p>Un listado de hechos da cuenta de conflictos de intereses, carencia de idoneidad, corrupción, privilegios, falta de rendición de cuentas, nepotismo, clientelismo y arbitrariedad, entre otros. Indican una distancia real entre las demandas de la ciudadanía y el discurso dirigencial. Son expresión de la división entre la empatía emocional del discurso y la empatía cognitiva que requiere destrezas mentales y, fundamentalmente, criterios éticos para plasmarse en la realidad.&nbsp;</p><p>Milei llegó al gobierno con una prédica que empatizaba con el sentimiento de hastío de una mayoría de argentinos. La idea de “casta” fue un eje discursivo que prendió y le permitió asumir el poder. Sin embargo, el caso Adorni -no el único pero sí el más emblemático- dañó seriamente al gobierno porque reveló la contradicción entre el discurso moralizador y las acciones privadas o públicas del ex jefe de gabinete.</p><p>También se encuadra en este panorama la obstinación de Milei y otros funcionarios en enfatizar la responsabilidad contractual de los deudores morosos por encima de las circunstancias que llevan a una familia a endeudarse para comprar alimentos o cubrir otros gastos básicos. Cuando el diputado Benegas Lynch dijo que la morosidad es responsabilidad del que compró un televisor para el Mundial y ahora no lo quiere pagar porque Argentina no salió campeón, ya no se puede hablar de frases desafortunadas o anecdóticas.</p><p>Se hace evidente, entonces, la falta de empatía con los votantes que, hastiados del período kirchnerista, pretendían un cambio que incluyera una dimensión ética y no solo el regreso de cierta racionalidad económica. Pero también con quienes, más allá de sus preferencias políticas, padecen restricciones económicas, laborales y productivas y esperaban que, luego del ajuste, ese cambio contemplara sus dificultades.</p><p>&nbsp;</p>No hay exclusividad<p>Los ejemplos de falta de empatía cognitiva de la dirigencia política se repiten en todas las vertientes ideológicas y también en latitudes distintas. Por caso, el ex candidato presidencial Sergio Massa se presenta como el paladín de la unidad en un movimiento que afirma pensar primero siempre en los más débiles y vulnerables. Como es habitual en él, hace gala de su contorsionismo político. Aunque a veces le sale mal.</p><p>De un vuelo privado en una nave propiedad de un empresario “amigo” para unas lujosas vacaciones en el Caribe se desprende esta condición. El periodismo develó que supuestamente intentó ocultarlo saliendo de Uruguay y volviendo por Paraguay. ¿Por qué esconder? Simplemente porque la contradicción entre el discurso público y las acciones privadas resulta tan evidente que cualquier explicación parece insuficiente. ¿La austeridad es una virtud cuando la practica el pueblo y una opción personal cuando la practica el dirigente?</p><p>En el mismo sentido, se conoció que una dirigente sindical abonó casi 200 mil dólares para comprar el departamento del piso inferior al que ocupa Cristina Kirchner bajo prisión domiciliaria. La prensa porteña publicó que personas consultadas en el edificio manifestaron no conocerla y&nbsp;no hay pruebas de que viva allí, lo que deja abierta la puerta a especulaciones sobre los verdaderos motivos de la adquisición. Algo similar ocurre cuando un legislador provincial contrata como “asesores” a personas con antecedentes penales y condenas judiciales y la respuesta institucional se limita a autorizarle una licencia temporal en el cargo. En estos casos, vale preguntarse si la empatía debe empezar por los propios y terminar allí.</p><p>El plano internacional exhibe otra faceta de la misma trama. Al mismo tiempo en que miles de marroquíes desesperados protagonizaban, semanas atrás, una oleada migratoria casi sin precedentes en la ciudad española de Ceuta, el presidente del gobierno español difundía un video en el que daba a conocer su playlist de Spotify. Recién un mes después, el gobierno central español , a través de su ministra de Defensa, pidió disculpas por no haber encarado la crisis con la seriedad del caso. En un contexto en el que las posiciones oscilan entre la xenofobia y la defensa de un gobierno que no supo responder adecuadamente a la crisis, convendría preguntarse si la dirigencia puede reclamar empatía con quienes migran sin mostrarla también hacia las comunidades que deben afrontar las consecuencias de una migración descontrolada. Comprender a un vulnerable no significa ignorar a otro vulnerable.</p><p>Cuando se la utiliza como herramienta del discurso político pero sirve para comprender a unos y negar a otros, la empatía deja de ser un valor y se degrada como principio moral. Se convierte en la espada oxidada de una forma de hacer política.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/R3y3LBqPHDnNeW3f6IxuAWGwlYQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/el_diputado_nacional_por_la_libertad_avanza_alberto_benegas_lynch.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Es una palabra repetida del discurso político, pero también en una práctica selectiva. A veces sirve para comprender a los propios solamente. Y no es utilizada para reconocer a los otros. Varios ejemplos revelan cuánto cuesta llevar la empatía del discurso a los hechos.]]>
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                                <updated>2026-08-29T12:07:45+00:00</updated>
                <published>2026-08-29T12:07:42+00:00</published>
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            Qué y cómo
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                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/jbwLCCzQNvhAWs3TrXMQT1qLiOk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/javier_milei.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>&nbsp;</p><p>A lo largo de la historia, pero mucho más en este tiempo signado por la proliferación de medios y técnicas de comunicación masiva, la política ha solido ser muy eficaz para decir qué está pasando, qué se ha logrado, qué se viene para el futuro y por qué la sociedad debe confiar. Sin embargo, mucho menos clara y transparente ha sido cuando llega el momento de explicar cómo se llegará desde la situación actual hasta ese futuro venturoso que se promete.</p><p>Cuando el qué y el cómo dejan de tener relación directa, el relato político puede seguir siendo funcional, pero empieza a perder su capacidad para explicar la realidad que vive la gente. La Argentina, la actual y la de las últimas décadas brinda ejemplos contundentes de esta contradicción.</p><p>Los qué proclamados por Milei son los mismos del comienzo: estabilización de la macroeconomía, superávit fiscal, disminución de la inflación y recuperación de la actividad que llegará como consecuencia de las reformas y desregulaciones aplicadas. Este esquema es el que defendió el presidente, haciendo alarde -otra vez- de su intemperancia, en el discurso que pronunció en la reunión del Council of the Americas días atrás.</p><p>No obstante, las negativas tajantes y los airados cuestionamientos presidenciales frente a la creciente demanda social para que los frutos del ordenamiento lleguen a la vida cotidiana parecen haber abierto tímidas grietas en el seno del gobierno. &nbsp;Otras voces del oficialismo plantean una reformulación de ese qué. El ministro de Economía, Luis Caputo, reactivó un verbo que no figuraba en el relato gubernamental. Precisamente, habló de reactivar. Y la senadora Patricia Bullrich admitió la necesidad de acercar a la ciudadanía los beneficios de la consolidación macroeconómica.</p><p>Aun admitiendo que estas posibles contradicciones sean parte de &nbsp;una estrategia comunicacional en la que Milei le habla solo a sus más militantes y Caputo y Bullrich bajan el tono y procuran insuflar una dosis realismo, el cómo surge con fuerza. ¿Cómo se consigue que los beneficios prometidos dejen de ser una expectativa?</p><p>&nbsp;</p>El verdadero problema<p>Así las cosas, el gobierno parece tener relativamente claro el qué, pero no cómo traducir la estabilización en crecimiento que trascienda a todos los sectores. Es decir, cómo se traduce el ordenamiento macro en crecimiento, empleo, consumo, inversión y mejora de los ingresos, entre otras variables.</p><p>Este problema no es solo económico. La cercanía del proceso electoral acentúa su contenido esencialmente político. Si la decisión es resistirse a revisar o corregir, mostrarse inflexible y no ampliar la agenda pública, un qué consistente no encontrará un cómo capaz de convertir la promesa de transformación en una experiencia cotidiana.</p><p>Por cierto, incluso soslayando los modos extemporáneos y hasta groseros de las apariciones públicas del presidente, la distancia entre relato y realidad no es una característica original de la gestion libertaria. Tampoco una particularidad del mileísmo o el kirchnerismo. Ni siquiera es un “invento” argentino. Es un hecho palpable en la mayoría de las democracias, que ha contribuido a la crisis de las instituciones, al desprestigio de la dirigencia y a la reaparición de experiencias populistas o autoritarias que convierten determinadas interpretaciones en verdades difíciles de discutir.</p><p>Para peor, la lógica de las redes sociales multiplica esta capacidad. En esas burbujas, ya no se comunica solo una interpretación de la realidad, sino que cada ciudadano recibe una narrativa que se amolda a sus propias convicciones y tiende a rechazar cualquier otra.</p><p>De todos modos, la política siempre necesita relatos que contemplen los qué y los cómo. El problema asoma cuando esos relatos niegan aspectos de evidentes de la realidad y reemplazan a la explicación de los hechos. Porque el qué puede convencer durante un tiempo, pero el cómo es lo que finalmente permite verificarlo.</p><p>En definitiva, un gobierno, el de Milei o cualquier otro, puede difundir información y estadísticas para sostener que la economía está mejorando. Es posible que esos datos armonicen con la verdad. &nbsp;Pero las demandas seguirán creciendo si el relato político se conforma con decirnos en qué debemos creer y no puede responder cómo la promesa se convierte en realidad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/jbwLCCzQNvhAWs3TrXMQT1qLiOk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/javier_milei.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La política suele ser eficaz para explicar qué sucede y qué se propone, pero menos para responder cómo se alcanzarán los objetivos. La actualidad económica del país vuelve a exponer esa distancia, que no es patrimonio de un gobierno y que las redes sociales amplifican.]]>
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                                <updated>2026-08-30T13:00:33+00:00</updated>
                <published>2026-08-22T12:10:36+00:00</published>
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            La política ya está de pretemporada
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        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/la-politica-ya-esta-de-pretemporada" type="text/html" title="La política ya está de pretemporada" />
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/IU-C2slFFKGf9DChtXnvHGNC1Gw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/junta_electoral.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Fernando Quaglia | LVSJ</p><p>Las encuestas y los focus groups están a la orden del día. Los equipos de comunicación ensayan narrativas, buscan ejes discursivos y argumentos. Se organizan reuniones entre quienes hace tiempo no dialogaban. Se abrió la etapa de análisis para posibles alianzas y de debate para intentar la sutura de grietas internas. El mercado de pases está agitado.</p><p>Comenzó la pretemporada.</p><p>El malhumor ciudadano viene creciendo al ritmo de las dificultades de una economía que no despega. Una parte de la dirigencia parece haber tomado nota de que algo debe hacer. El escenario empieza a necesitar acuerdos para recuperar identidades políticas que parecían relegadas frente a la lógica tradicional de oficialismo - oposición.</p><p>El escenario vuelve a mostrar escenas conocidas. El Congreso es caja de resonancia de las demandas de distintos sectores, pero también escenario de confrontaciones. Los gobernadores aliados al gobierno elevan sus reclamos y hacen visible el costo político de decisiones que hasta ahora habían aceptado, aunque con cautela.</p><p>Karina Milei, por intermedio del jefe de Gabinete, organiza una reunión con el expresidente Mauricio Macri para explorar consensos que puedan desembocar en una alianza electoral. Tantear con qué jugadores se puede contar es un movimiento propio de una pretemporada.</p><p>Quizás este encuentro haya sido resultado también del reclamo del ministro Caputo para que la política contribuya a reducir las incertidumbres económicas que siempre asoman en la Argentina cuando las elecciones se avecinan. Las urgencias de la gestión devuelven a la política al centro de la escena. Y la identidad libertaria, construida a partir de la ruptura de puentes, comienza ahora a necesitarlos. Los tiempos cambian.</p><p>En el otro vestuario, los apellidos son los mismos. Massa, Kirchner, Kicillof, Quintela, Insfrán, Mayans, Ziliotto se reunieron para, según afirmaron, discutir la postura de ese espacio frente a la posible eliminación de las Paso. Son jugadores conocidos de un equipo que pretendería dejar de pelear el descenso, aunque sin caras nuevas para refrescar su imagen. Además, los resquemores de siempre tampoco parecen haber desaparecido.</p><p>El desafío de la principal fuerza opositora sería, entonces, cómo “oxigenar” una propuesta para el electorado sin modificar demasiado el plantel. Se podría pensar que vuelve a cumplirse aquella máxima atribuida a Perón que Antonio Cafiero solía repetir: “Los peronistas somos como los gatos, cuando parece que nos estamos peleando, nos estamos reproduciendo”. Es válido preguntarse si efectivamente se están reproduciendo.</p><p>La demanda ciudadana</p><p>Las encuestas publicadas en los últimos meses revelan que ningún dirigente registra hoy una imagen positiva superior a la negativa. El desgaste alcanza al oficialismo y a la oposición, y revela una dificultad que excede la competencia entre Milei y el kirchnerismo. El presidente ya no puede descansar solamente en su condición de outsider. Las principales figuras del peronismo arrastran un deterioro que tampoco sería capaz de atraer mayorías. El resultado es una escena política sin liderazgos capaces, por ahora, de transformar las expectativas ciudadanas.</p><p>En este contexto, el periodista Luciano Román, en La Nación, publicó una columna de opinión en la que plantea la tesis de una “desilusión sin nostalgia”. En ese texto, se difundió una encuesta de la consultora Rubikon Intel en la que se afirma que el 60,9% de los votantes está dispuesto a evaluar un candidato nuevo, por fuera de La Libertad Avanza y del kirchnerismo.</p><p>Por cierto, no existe todavía una oferta política que se identifique con esta tercera vía. Y tampoco parece asomar algún dirigente que la pueda encarnar. Es decir, la demanda de renovación no encuentra ejemplos potencialmente válidos. Sin embargo, el dato puede ser revelador puesto que, de acuerdo con el referido sondeo, el desencanto con el presente no supondría la intención de regresar al pasado.</p><p>Faltan varios meses, pero la pretemporada electoral está en marcha. Unos buscan acuerdos para afianzar identidad y conservar aliados. Otros procuran ordenar la tropa con los apellidos de siempre. El cambio de nombres, la suma de dirigentes con ideologías afines, la conformación de alianzas y los encuentros “fraternos” entre personajes cuyas diferencias son ostensibles no se vislumbran hoy como respuestas sólidas a la demanda social que parece reclamar algo más que el despliegue de las mismas piezas en el terreno de juego.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/IU-C2slFFKGf9DChtXnvHGNC1Gw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/junta_electoral.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La política argentina ya está en modo electoral. El gobierno procura acuerdos, el kirchnerismo intenta ordenar sus filas, la dirigencia se reacomoda con los nombres conocidos. Pero algunas encuestas revelan el ánimo de una sociedad que parece reclamar algo diferente, aunque sin nostalgia por el pasado]]>
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                                <updated>2026-08-15T12:41:16+00:00</updated>
                <published>2026-08-15T12:41:09+00:00</published>
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            La expropiación del sentido común
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/TZF7caxE33l6gRnr-JzSduCLEwI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/quaglia.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Fernando Quaglia | LVSJ</p><p>La política argentina actual tiende a privilegiar ideas y convicciones por encima de los hechos. Entonces, la realidad deja de actuar como un límite a las decisiones y el sentido común se convierte en un gran ausente.</p><p>Más allá de la frase que señala que “es el menos común de los sentidos”, referirse al sentido común exige ingresar en categorías filosóficas fundantes que implican esfuerzo para comprenderlas.</p><p>Aristóteles lo asemejó a la prudencia, entendida como la capacidad humana de juzgar de modo correcto situaciones concretas. Más adelante, en el siglo XVIII, un filósofo no tan conocido, Thomas Reid, señalaba que conocer implica la existencia de principios, no siempre visibles pero reconocibles por el ser humano, que dirigen la interpretación de los hechos. Antonio Gramsci introdujo un matiz diferenciador al sostener que el sentido común no es una verdad absoluta sino una construcción cultural que expresa relaciones de poder y se convierte en el piso desde el cual una sociedad interpreta la realidad.</p><p>En cualquier caso, tener sentido común exige respetar evidencias existentes antes de tomar decisiones. Es decir, entender que el sentido común se hace presente cuando las ideas se contrastan con la realidad, cuando la acción política no prescinde de las circunstancias en las que se desarrolla. Se podrá señalar que esto lleva al pragmatismo excesivo o al utilitarismo. Sin embargo, en determinadas situaciones, las ideas dejan de ser útiles cuando prescinden de los hechos. Aquí sí el sentido común puede corregir desvíos.</p><p>Las ideologías son valiosas para orientar decisiones, pero el sentido común sirve para impedir que el marco ideológico termine reemplazando a la realidad. Por ello, puede ocurrir que aplicar este enfoque a las vicisitudes de la política argentina abra la posibilidad de convertir el análisis en un laberinto. No obstante, vale la pena el intento cuando la realidad exhibe numerosas situaciones en las que parece demostrar que, en este ámbito, es el menos común de los sentidos.</p>Convicciones versus realidad<p>Alejada del sentido común está la tendencia a minimizar problemas cuya evidencia termina imponiéndose. Por ejemplo, restar importancia al drama de la morosidad de miles de familias argentinas cuando el ministro de Economía la atribuyó solo a especulación financiera o el presidente la presentó como una consecuencia de la ignorancia en la materia. Lo mismo cuando se tildó de tarados a los que reclaman por la situación del sector productivo. En ese sentido, también se está lejos cuando no se advierte que las preocupaciones sociales ya no pasan únicamente por la reducción de la inflación.</p><p>Tampoco parece responder al sentido común el envío de un proyecto para facilitar la extranjerización de la tierra precisamente cuando el Mundial de Fútbol volvió a poner en primer plano sentimientos nacionalistas. En la misma línea se ubica la decisión de desregular la actividad de los prácticos navales sin dialogar con quienes conocen el funcionamiento del sistema portuario, lo que generó pérdidas multimillonarias en el ámbito del comercio exterior. La misma ausencia quedó plasmada en el deterioro innecesario de la relación con Brasil, principal socio comercial del país, al tiempo que se intenta construir un liderazgo regional basado en lo ideológico por sobre los intereses reales de la Argentina.</p><p>De todos modos, los problemas reales de gestión del Gobierno se atenúan cuando algunos dirigentes opositores actúan como si fuesen los jefes de campaña del oficialismo. Así, además de algunos aciertos, los errores en la vereda contraria se transforman en un activo para el bando libertario.</p><p>Es que la oposición tampoco muestra apego al sentido común. Un exministro cuestiona el proyecto de reforma del Banco Central y dice que si ganan las elecciones harán “todo al revés”. El mismo espacio político rechazó con énfasis la iniciativa de liberar la compra de tierras a los extranjeros, pero nunca termina de explicar la cesión de una porción de territorio nacional para la instalación de una base china. Y desde La Rioja, en un rapto de chavismo tardío, un gobernador anuncia nacionalizaciones y expropiaciones generalizadas.</p><p>Son cuestiones diferentes, pero revelan la dificultad para sostener coherencia con la realidad, puesto que la toma de posición está condicionada por la conveniencia política ante la cercanía del tiempo electoral o por la imposibilidad de exhibir una alternativa atractiva.</p><p>En definitiva, la prudencia de Aristóteles, los principios de Reid o la construcción cultural de Gramsci no asoman como aspectos visibles de este tiempo político. Los hechos existen, aunque contradigan las convicciones propias. Son un límite que debe ser reconocido porque las ideas están obligadas a rendir examen ante el “tribunal” de la realidad. Como no suele ser así, el único expropiado es el sentido común.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/TZF7caxE33l6gRnr-JzSduCLEwI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/quaglia.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La política argentina actual tiende a privilegiar ideas y convicciones por encima de los hechos. Entonces, la realidad deja de actuar como un límite a las decisiones y el sentido común se convierte en un gran ausente]]>
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                <published>2026-08-08T11:30:00+00:00</published>
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            Infantilizar la diplomacia
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/9kCadd4o-eZhSt3udFdF6N9m5nA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/milei_y_brasil.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>Los ataques verbales y las acusaciones de Javier Milei contra las autoridades brasileñas en un acto partidario de la oposición bolsonarista generaron una seria controversia diplomática con el país vecino, principal socio comercial de la Argentina.</p><p>¿Es normal que un jefe de Estado se inmiscuya en la política interna de otro Estado y apoye a los candidatos opositores? Para Milei, sí lo es. “Parte de nuestra misión como gobierno es advertir a las demás naciones para que cambien a tiempo, seguiremos ofreciendo nuestro testimonio en todas partes contra las mentiras del socialismo”, dijo en esa ocasión. A confesión de parte, relevo de pruebas. Es decir, ya no son solo gritos o acusaciones. Si bien este tipo de episodios no es nuevo, la forma en que se manifiestan altera criterios que durante décadas orientaron las relaciones entre los Estados.</p><p>En verdad, la política exterior en general descansa sobre el principio de que, en democracia, los gobiernos cambian, pero los intereses nacionales permanecen. En teoría, la máxima inicial de la diplomacia moderna se basa en que las relaciones entre los países pretenden alcanzar los objetivos surgidos de aquellos intereses. Así, los temas son el comercio, la seguridad, las fronteras, la infraestructura y la energía. Todo esto y mucho más debería sobrevivir a los cambios electorales.</p><p>Sin embargo, en especial desde los albores de este siglo, las alianzas forjadas en la sintonía ideológica parecen romper con aquella tradición. Estarían dando nacimiento a la diplomacia identitaria a partir del principio del alineamiento ideológico. Si no tienen ideas similares, los gobernantes dejan de vincularse con sus pares. Lo hacen con los dirigentes con ideas afines que están en la oposición. Ya no se observa al otro país como un vecino con el que se comparten intereses comunes y se hacen negocios. Se lo categoriza como un enemigo en la batalla cultural e ideológica.</p><p>En este tiempo, abundan los ejemplos en los que la política exterior empezó a adoptar la lógica de las redes sociales. La diplomacia crea disputas en el fangoso terreno electoral. Los tradicionales y pacatos comunicados de las cancillerías compiten con los discursos de campaña. Y las posturas de un país se miden más por los aplausos de la propia tribuna que por los resultados. De este modo, la dogmatización ideológica o la personalización de los vínculos internacionales prevalecen.</p><p>&nbsp;</p>Más allá de las ideologías<p>Por cierto, este fenómeno no es nuevo ni propio de una línea política. La historia registra fuertes alineamientos ideológicos no siempre vinculados con la defensa de los intereses de un país en particular. Un ejemplo fue la Cumbre del ALCA en Mar del Plata, en 2005. Allí, ante más de 30 mil militantes, Hugo Chávez utilizó ese encuentro de mandatarios americanos como escenario de confrontación. Logró el rechazo al ALCA e inició la construcción de un bloque latinoamericano de gobiernos afines.</p><p>Asimismo, Lula tampoco fue ajeno a los intentos de influir en la política argentina. Expresó públicamente su respaldo a Daniel Scioli en 2015, mantuvo una relación cercana con Alberto Fernández y Cristina Kirchner y, según versiones, el oficialismo brasileño colaboró con asesores en la campaña de Sergio Massa. Incluso visitó a la expresidenta en el domicilio donde cumple su condena. Sin embargo, es necesaria la aclaración, esa participación no se expresó mediante discursos pronunciados en actos partidarios en territorio argentino para descalificar al gobierno de turno.</p><p>No obstante, la irrupción de Donald Trump en el escenario mundial aceleró la tendencia que Chávez había impulsado. Así, se incrementó la organización de los liderazgos como redes que trascienden fronteras. Y lo hacen con una intensidad manifiesta que llega hasta las descalificaciones o a la posible contradicción entre el objetivo de consolidar la prevalencia de una ideología y los intereses permanentes de una Nación.</p><p>Más allá del retiro de su embajador en la Argentina, Brasil seguirá siendo el principal socio comercial argentino y el Mercosur continuará siendo estratégico por más discursos de campaña que Milei pronuncie contra Lula. Quizás este modo de relacionarse con países que no comparten su visión sirva para reforzar la adhesión de las huestes libertarias. Como se infiere de sus palabras en el acto de apoyo a Flavio Bolsonaro, la meta es formar un bloque de países cuyos gobiernos comparten principios ideológicos. Nada nuevo. Esto ya lo ensayó el chavismo. Y, a la luz de lo que se observa en la actualidad, los frutos fueron perecederos.</p><p>Es que condicionar la diplomacia a la simpatía personal e ideológica entre líderes políticos termina infantilizando la diplomacia.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/9kCadd4o-eZhSt3udFdF6N9m5nA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/milei_y_brasil.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La participación del presidente Javier Milei en un acto opositor en Brasil parece confirmar que la política exterior se desplaza hacia una lógica de alineamientos ideológicos, campañas electorales y liderazgos personalistas que debilitan la diplomacia tradicional y generan conflictos entre países]]>
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                <published>2026-08-01T12:10:46+00:00</published>
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            Después de la pausa de hidratación
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fJxbVRK3XccL1SmSSPJD098QAPI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/luis_caputo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>&nbsp;</p><p>Terminó el Mundial. La selección argentina fue subcampeona. A la decepción por no conseguir el título le siguió una reacción popular que fue muy distinta a la que se presentó frente a otras finales perdidas. Se reconoció el proceso y el trabajo en equipo. También los liderazgos austeros y sensatos, exentos de posturas demagógicas y con la sensibilidad a flor de piel.</p><p>Es verdad que el cierre del Mundial también dejó episodios que deslucieron parcialmente ese recorrido. Las reacciones de unos pocos jugadores resultaron innecesarias y alimentaron interpretaciones conspirativas sobre un supuesto sentimiento antiargentino en otras latitudes. Las hogueras virtuales de las redes sociales hicieron el resto, amplificando esos episodios hasta darles una dimensión mayor que la que realmente tuvieron. Sin embargo, el reconocimiento a los valores que encarnó esta selección quedó por encima de esos excesos, que merecen una revisión crítica, pero no alcanzan a opacar lo construido durante todo el proceso.</p><p>El Mundial significó un tiempo muerto para los grandes temas del país. El Congreso se aletargó y proyectos de ley trascendentes volvieron a su cajón. También varias decisiones en materia económica parecieron suspenderse debido a que la atención de la opinión pública estaba centrada en los partidos de la selección. Así, mientras el país miraba las remontadas de Messi y sus muchachos, la política se dedicó a esperar. “El 2027 empieza después del Mundial”, fue la consigna.</p><p>Y ya empezó. Como si el Mundial hubiera sido apenas un paréntesis en una dinámica que nunca cambió y de la que la dirigencia pretendió arrimar a su propio arco algunas enseñanzas de la "Scaloneta" para mejorar el clima político. Todo volvió a medirse en clave electoral, con la mirada puesta en las legislativas del año próximo. Se reactivó la confrontación entre las distintas fuerzas y también dentro de cada una de ellas. El cortoplacismo volvió a imponerse tanto en los discursos como en las decisiones, mientras la agenda pública acumula problemas que no admiten demoras.</p><p>El gobierno y los sectores autodenominados progresistas quedaron en offside frente a “ola antiargentina” que se desplegó luego de la final que ganó España. Los libertarios procuraron capitalizar este hecho para su batalla cultural. No tuvieron mayor éxito. En la vereda de enfrente fueron muchos los que no pudieron conciliar el sueño al escuchar &nbsp;las acusaciones de discriminación y racismo que hicieron personajes representativos en el mundo de las ideas que defienden.&nbsp;&nbsp;</p><p>La confusión se mantuvo cuando, era inevitable, se retomó una agenda política que había quedado eclipsada por el Mundial. Volvieron a discutirse las reformas que el Gobierno pretende impulsar -entre ellas la electoral y el futuro de las Paso-, la polémica por la ley de tierras y las modificaciones al régimen de inocencia fiscal. También regresó al centro del debate el desafío de consolidar la estabilidad sin resignar la demorada reactivación económica, en medio de declaraciones oficiales -como la de Luis Caputo sobre los dólares "en el colchón"- que remitieron a situaciones similares del pasado.</p><p>&nbsp;</p>Elecciones y Justicia<p>Al mismo tiempo, la política volvió a organizarse en función del calendario electoral. Mientras el oficialismo procura reordenar su estrategia y exhibe una unidad que las fotografías muestran más sólida de lo que en realidad es, las distintas expresiones de la oposición continúan inmersas en sus propias incertidumbres, con dirigentes enfrascados en disputas personales y movimientos destinados a despejar sospechas sin terminar de definir un rumbo común. La "rosca" recuperó protagonismo y también los gobernadores comenzaron a tomar decisiones con la mirada puesta en el tiempo electoral que se avecina.</p><p>Ni siquiera el fútbol quedó al margen del regreso de la política. El “Chiqui” Tapia de traje blanco inmaculado, observó el horizonte judicial detrás de sus anteojos negros, bajó del avión, cruzó la alfombra roja y esbozó una mueca con sorna. Sonreía.&nbsp; Pese a que en Estados Unidos ya se investigan las sospechosas operaciones financieras de la dirigencia del fútbol nacional, sabe que en algunos ámbitos tribunalicios continúan aquí jugando su propio partido. Un pase para adelante, varios para el costado y otro al arquero. No solo es lentitud.</p><p>La discutida pausa de hidratación del Mundial sirvió, en algunos casos, para corregir errores, reorganizar posiciones y replantear estrategias de cara a los tramos decisivos de un partido. La pregunta es si la dirigencia hizo eso durante las semanas en las que estuvimos pendientes de la selección o simplemente aguardó a que pasara el campeonato pensando que un nuevo título fungiría como un bálsamo que acomodase la realidad a sus propios intereses.</p><p>Después de su golazo a Inglaterra, Enzo Fernández hizo el “Topo Gigio”. Para el columnista Luciano Román, en La Nación, ese gesto “tiene algo de desafío y de desahogo, pero también podría leerse como la predisposición a escuchar. A veces toca oír el aliento, la felicitación, el fervor de la idolatría; otras veces, la crítica constructiva y hasta las preguntas incómodas”.</p><p>Después de esta larga pausa de hidratación, la política volvió a la cancha. En el Mundial, los equipos aprovecharon ese intervalo para corregir errores, redefinir estrategias y escuchar a su entrenador. La dirigencia argentina, en cambio, volvió a jugar como si nada hubiera ocurrido. Es difícil corregir estrategias o tomar decisiones acertadas si antes no existe la disposición a escuchar.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fJxbVRK3XccL1SmSSPJD098QAPI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/luis_caputo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Durante el Mundial de Fútbol la política argentina entró en un largo impasse. Conflictos, disputas, negociaciones y tensiones permanecieron suspendidas por un acontecimiento que monopolizó la atención pública de nuestro país y el mundo. Ahora se reanudó el juego.]]>
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                                <updated>2026-07-25T12:09:30+00:00</updated>
                <published>2026-07-25T12:09:28+00:00</published>
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            El peligro de las generalizaciones
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Kdr7qHFnseRYMCSn7wF-yi8PCSI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/argentina_espana.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Luis Giordano | LVSJ<p>Hay algo que viene ocurriendo en las últimas semanas que excede largamente al fútbol. De pronto, parecería que ser argentino pasó de ser una nacionalidad a convertirse, para algunos, en un defecto. En redes sociales, en ciertos medios de comunicación y hasta en declaraciones de celebridades comenzó a instalarse una idea tan simplista como peligrosa: que Argentina es un país racista, xenófobo y provocador. Como si 47 millones de personas pudieran resumirse en tres adjetivos.</p><p>El deporte fue el escenario ideal para que ese discurso encontrara un megáfono. Después de la final, comenzaron a circular videos de argentinos insultados únicamente por llevar una camiseta de Lionel Messi. Una mujer fue agredida verbalmente desde la calle mientras observaba los festejos desde un balcón en España. En otros casos hubo burlas, hostigamientos y descalificaciones por el simple hecho de ser argentinos. Cuando una camiseta deja de representar un equipo y pasa a justificar una agresión, el problema ya no es deportivo.</p><p>Lo mismo ocurrió con la polémica por la bandera de "Malvinas Argentinas". Una simple bandera, que para millones de argentinos representa una causa histórica y un reclamo de soberanía sostenido durante décadas por gobiernos de distinto signo político, terminó generando reacciones desmedidas. De repente, un símbolo nacional pasó a ser presentado como una provocación. Esa reacción dice tanto sobre quien lleva la bandera como sobre quien decide escandalizarse por verla.</p><p>También sorprendieron algunos comentarios de medios y figuras públicas, que calificaron a la Selección Argentina como un equipo "asqueroso" o "vomitivo" por supuestamente haberle dado la espalda al campeón durante los festejos. La crítica se instaló rápidamente como una falta de respeto, sin reparar en un detalle que muchos videos muestran con claridad: los jugadores argentinos estaban mirando hacia la tribuna donde se encontraban sus familiares e hinchas, no dándole la espalda deliberadamente al rival. Pero, además, el episodio deja al descubierto una evidente doble vara. En la final del Mundial de Qatar 2022, cuando Lionel Messi levantó la Copa del Mundo, los jugadores de Francia ya se habían retirado al vestuario. Nadie habló entonces de una falta de respeto, nadie exigió disculpas y nadie calificó al seleccionado francés con adjetivos despectivos. Lo que en un caso fue entendido como parte de la dinámica de una celebración, en el otro terminó convertido en un escándalo internacional. Cuando el criterio cambia según quién sea el protagonista, deja de ser un criterio y pasa a ser un prejuicio.</p><p>Más llamativa todavía fue la reacción de algunas celebridades. El actor Samuel L. Jackson calificó a Argentina como "uno de los países más racistas del mundo" e invitó a apoyar a España en la final. La actriz Kelly McCreary celebró la victoria española asegurando que habían "pateado traseros nazis" y sostuvo que jamás apoyaría a un país "colonialista" como Argentina. Resulta difícil no advertir la ironía de esa afirmación cuando quien estaba del otro lado era, precisamente, una nación con una historia colonial conocida en buena parte del planeta.</p><p>Nada de esto implica negar los problemas propios. Argentina tiene racismo. Tiene discriminación. Tiene xenofobia. Como la tienen España, Francia, Estados Unidos, Brasil y prácticamente cualquier sociedad del planeta. Sería absurdo sostener lo contrario. El problema aparece cuando esos hechos dejan de analizarse como fenómenos sociales para transformarse en la identidad de un país entero.</p><p>Frente a este escenario, el Gobierno argentino no debería mirar para otro lado. No se trata de responder a cada comentario desafortunado que circula en redes sociales, sino de advertir cuando comienza a instalarse una narrativa que estigmatiza al país y a sus ciudadanos. La defensa de la imagen de la Argentina en el exterior también forma parte de la política exterior. Cuando millones de argentinos son señalados con prejuicios o se normalizan agresiones por su nacionalidad, el silencio diplomático deja de ser prudencia y empieza a parecer indiferencia. Un Estado que no defiende a sus ciudadanos cuando son atacados por lo que representan corre el riesgo de dejar que otros escriban el relato sobre quiénes somos.</p><p>La historia enseña que las generalizaciones rara vez son inocentes. Antes de rechazar a una sociedad, muchas veces se la deshumaniza. Se la reduce a una caricatura. Se exageran sus defectos, se silencian sus virtudes y se instala la idea de que "todos son iguales". Ese mecanismo ha aparecido en distintos momentos de la historia para justificar desprecios, exclusiones e incluso conflictos bélicos entre naciones. Por eso conviene desconfiar cada vez que un pueblo entero es presentado como un problema.</p><p>Quizás haya otro elemento que incomoda. El argentino, con todos sus defectos y virtudes, nunca se caracterizó por aceptar con facilidad que alguien venga a decirle cómo debe pensar, cómo debe vivir o cómo debe comportarse. Mucho menos cuando esas lecciones llegan desde países que también cargan con episodios de discriminación, violencia o colonialismo en su propia historia. La autocrítica siempre es saludable; las clases de superioridad moral suelen ser bastante menos convincentes.</p><p>Tal vez esa incorrección tan argentina sea parte de la explicación. No somos un pueblo que acostumbre agachar la cabeza. Podemos discutir entre nosotros durante horas, criticarnos con dureza e incluso exagerar nuestros propios problemas. Pero cuando desde afuera se pretende reducir nuestra identidad a un estereotipo, aparece algo que atraviesa generaciones: la defensa de un país que, con todas sus contradicciones, sigue siendo mucho más complejo de lo que algunos relatos intentan mostrar.</p><p>Las redes sociales potencian ese fenómeno. Los algoritmos premian la indignación antes que la verdad. Cuanto más extremo es un mensaje, mayor difusión obtiene. Y así, una mentira repetida miles de veces termina pareciendo una certeza para quienes nunca se detuvieron a comprobarla.</p><p>Criticar conductas concretas siempre será legítimo. Señalar actos de discriminación también. Lo que no debería naturalizarse es la condena colectiva. Porque el día en que aceptemos que una nacionalidad alcanza para definir moralmente a millones de personas, habremos dejado de combatir los prejuicios para empezar a practicarlos.</p><p>Y ese sí sería un verdadero retroceso.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Kdr7qHFnseRYMCSn7wF-yi8PCSI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/argentina_espana.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Lo que comenzó como una polémica futbolística terminó exponiendo un fenómeno más amplio: la creciente difusión de discursos que reducen a millones de argentinos a estereotipos. Entre agresiones, acusaciones y dobles varas, el debate ya excede al deporte.]]>
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                                <updated>2026-07-21T14:47:12+00:00</updated>
                <published>2026-07-21T14:47:05+00:00</published>
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            Una sábana que se volvió bandera
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7zjVgCJYjpVNvIBXuDZpMJYcSlg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/seleccion_argentina_bandera_malvinas_contra_inglaterra.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>&nbsp;</p><p>Un aficionado la arrojó al campo de juego donde la selección festejaba el épico triunfo sobre Inglaterra. Giovanni Lo Celso y Lisandro Martínez la tomaron de sus puntas y la levantaron hacia la tribuna.</p><p>No era una bandera oficial. Mucho menos un documento diplomático ni una declaración gubernamental. Se trataba de una simple sábana de hotel convertida en pancarta. Algo que en cualquier otro contexto pasaría inadvertido se transformó luego del partido en un objeto con un valor simbólico extraordinario.</p><p>¿Cuál es la razón por la que un objeto precario, pintado con aerosol, puede adquirir esa potencia emocional? No es la sábana. Ni siquiera la frase, la misma que desde hace años puebla las carteleras y pizarrones de nuestras escuelas. Es el contexto en el que apareció.</p><p>La masividad del Mundial de Fútbol estableció el significado. Un campeonato que cada cuatro años rompe las prácticas de lo que el sociólogo -británico, vaya paradoja- Michael Billig denomina “nacionalismo banal”. Esto es, los mecanismos rutinarios y formas cotidianas por las que la Nación es recordada en forma permanente.</p><p>La escarapela en el pecho, la bandera en el mástil, los carteles sobre Malvinas son recordatorios que permanecen “mudos” hasta que alguna efeméride o la efervescencia social por algún acontecimiento los amplifica y les devuelve su poder. La bandera que antes colgaba desapercibida en un colegio ahora se reconvierte en pintura facial, en decenas de miles de camisetas celestes y blancas e insignias que pueblan las tribunas. &nbsp;Ocurre lo mismo en todas las latitudes, según Billig. Los símbolos nacionales adquieren su fuerza cuando una comunidad los rescata para expresar sus sentimientos y reforzar su identidad.</p><p>En este marco, es preciso señalar que la reivindicación argentina sobre las Malvinas existe desde hace casi dos siglos. Esa porción usurpada de nuestro territorio forma parte del sentimiento nacional. Un sentimiento amplificado por el recuerdo del conflicto de1982 y por el ejemplo de los excombatientes. También figura desde siempre en los mapas escolares, en los carteles de las rutas &nbsp;y, aun con idas y vueltas, &nbsp;es un tema permanente de política exterior. Antecede al Mundial. El fútbol es parte de nuestra identidad, pero no es el generador del reclamo. Sin embargo, enfrentar a Inglaterra lo hizo visible otra vez. Aquí sí una contienda deportiva disparó la emocionalidad que está instalada en los argentinos.</p><p>&nbsp;</p>No todo es lo mismo<p>La polémica llegará pronto a su cima. Y la espuma dialéctica terminará por desvanecerse. Sin embargo, se hace necesaria una distinción. No toda apelación al sentimiento nacional supone lo mismo. Una cosa es reivindicar un reclamo de soberanía, ampliamente compartido por la sociedad argentina, y otra muy distinta convertir al rival en objeto de descalificaciones por su ideología o su origen nacional o étnico. Entre ambas posturas existe una gran diferencia que el fervor del Mundial no debería borrar. Los episodios registrados en distintos países, donde incluso se ha cuestionado la pertenencia nacional de futbolistas hijos de inmigrantes, muestran hasta dónde el nacionalismo puede derivar en expresiones xenófobas que nada tienen que ver con la defensa de una postura soberana.</p><p>No obstante, la respuesta a la pregunta del comienzo quizás sea más sencilla. Era esperable que aparecieran símbolos asociados al reclamo por Malvinas en el estadio de la ciudad de Atlanta. De todos modos, no se trató de una operación ideológica o de inteligencia ni de una declaración diplomática con pretensiones de incidir en la larga controversia sobre la soberanía de las islas. Tampoco resolverá la discusión sobre la conveniencia o no de haberse exhibido al final del partido.</p><p>Pero una improvisada pancarta confirmó que el fútbol puede ser el contexto propicio para convertir un objeto común en una expresión de pertenencia colectiva. Durante unos minutos, esa sábana pintada en un hotel expresó la necesidad de reconocernos en un "nosotros", sin exigirle a un plantel de &nbsp;jugadores que cargue sobre sus espaldas el peso del histórico reclamo por Malvinas.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7zjVgCJYjpVNvIBXuDZpMJYcSlg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/seleccion_argentina_bandera_malvinas_contra_inglaterra.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Las multitudinarias celebraciones tras la clasificación a la final del  Mundial volvieron a visibilizar un sentimiento nacional que durante largos períodos está integrado a la vida cotidiana. Por eso una simple sábana sobre Malvinas pudo adquirir un enorme valor simbólico.]]>
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                                <updated>2026-07-18T12:40:05+00:00</updated>
                <published>2026-07-18T12:30:00+00:00</published>
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            Una tarjeta roja y una puerta abierta
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Mt9eLb21CLTpj7-Ak5k-J65PBW8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/trump_fifa.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ&nbsp;<p>&nbsp;</p><p>El ariete de la selección de Estados Unidos, Folarin Balogun, pudo jugar en octavos de final del Mundial de Fútbol frente a Bélgica, pese a haber sido expulsado en el partido anterior. El combinado norteamericano perdió 4 a 1 y se despidió del torneo. La anécdota, sin embargo, es que pudo vestir la camiseta estadounidense después de que el presidente de su país interviniera ante las autoridades de la FIFA para que la sanción fuera revisada</p><p>No es la primera vez, ni será la última en la que la política se entromete con el más popular de los deportes. Aunque en este caso no sirvió de mucho. &nbsp;Episodios insólitos se recuerdan en la historia de los mundiales. Basta evocar al emir de Kuwait, Fahd Al-Ahmad Al-Jaber Al-Sabah, durante el Mundial de España 1982, quien&nbsp; no dudó en ingresar a la cancha tras un gol de Francia. Los jugadores del país árabe reclamaban que había sonado un silbato antes de la conversión. Se comprobó que provenía de la tribuna. Vestido con su túnica tradicional, el jeque encaró al árbitro soviético Miroslav Stupar para que anule la jugada. Y el juez aceptó. No alcanzó. La selección kuwaití lo mismo fue goleada.</p><p>En el episodio de 1982, la presencia física de un dirigente en el campo de juego alcanzó para alterar una decisión arbitral. El caso que comenzó con el llamado de Trump adquiere una lógica similar, puesto que no hizo falta ingresar al terreno ni desafiar al árbitro. Bastó con activar una excepción prevista en el código disciplinario de la Fifa, que permite revisar las sanciones impuestas a los jugadores expulsados. El debate se sostiene ante la sospecha de que su aplicación haya quedado condicionada por el peso político de quien la reclamó. Queda expuesta así la prepotencia que consiste en acomodar las normas a la conveniencia de quien se arroga el poder.</p><p>Al mismo tiempo, la explicación del presidente de la Fifa se ciñó a lo reglamentario, pero dejó ver un pragmatismo institucional difícil de evitar. Infantino defendió la independencia de sus órganos judiciales y admitió haber recibido un llamado de Donald Trump. Cedió frente al poderoso, pero actuó minimizando el episodio. Porque fue solo la llamada de un amigo con el que tiene lazos cordiales y es el líder de la Nación anfitriona. &nbsp;Hasta qué punto una excepción prevista por el reglamento puede considerarse ajena al peso político de quien la solicita, es un interrogante que inquieta.</p><p>Un estudioso de las teorías de Antonio Gramsci podría advertir allí una expresión de hegemonía. Es decir, la capacidad de un actor poderoso para obtener una decisión favorable, surgida de un interés particular, que será presentada y aceptada como una aplicación natural, neutral y legítima de las reglas.</p>&nbsp;Más allá del fútbol<p>Lo acontecido puede extenderse más allá de los protagonistas y del fútbol. En ambos casos la norma se ajusta al poder y no al revés. Algo que es tan antiguo como la política y recurrente en el fútbol. Y que tiene ejemplos en todos los rincones del planeta. Se reproduce en las organizaciones deportivas y en varios otros ámbitos. Cuando se habla de “secanucas” en la AFA queda claro el mismo patrón. Pero también cuando un banco central es presionado por las autoridades del Ejecutivo para emitir moneda que cubra los enormes déficits, cuando algún organismo regulador cede ante el poder o cuando se discuten los nombramientos en la Justicia. En algunos casos, aunque no se viole una regla, las conductas deterioran la &nbsp;fortaleza institucional porque dependen de la intención de complacer a quienes concentran el poder.</p><p>Para el histriónico mandatario norteamericano ganar una discusión es central, es hacer justicia. Más aún si existe algún resquicio legal que permita ser interpretado o utilizado. No importa el modo cómo se imponga la pretensión. El que manda tiene siempre razón. El riesgo de esta postura fue sintetizado en La Nación por la periodista Gail Scriven: “Trump cruza una línea roja cada semana, y cada vez más,&nbsp;el mundo es su patio de juego. Soy el jefe, les dice a sus pares del&nbsp;G7&nbsp;en la cara. Pero cada vez emerge con más fuerza en&nbsp;Estados Unidos&nbsp;y en el resto del mundo la pregunta:&nbsp;¿qué o quiénes pueden ponerle un límite?”.</p><p>En definitiva, la historia demuestra que el poder suele pretender ajustar las normas a su propia mirada, a sus intereses. Sí es una novedad que ya no se haga en las sombras. No hace falta forzar la entrada. Basta con que dejen la puerta abierta quienes deben resguardar las reglas.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Mt9eLb21CLTpj7-Ak5k-J65PBW8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/trump_fifa.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La habilitación del futbolista de la selección de Estados Unidos Folarin Balogun tras la intervención de Donald Trump ante la Fifa repite un patrón de conducta que ya no se ejecuta en las sombras. Las instituciones se debilitan cuando las excepciones a las normas se activan por influencia política.]]>
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                <published>2026-07-14T14:25:26+00:00</published>
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            Todavía está
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                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hBLZpb3qItVCVrAUjZwAY-SDeIU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/messi_egipto_triunfo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>&nbsp;</p><p>Un adulto de casi 40 años llora como un chico al final de un partido de fútbol. Acaba de liderar una de las remontadas más memorables de la historia de los mundiales. Ya ganó todo lo que podía ganar. Lo que se le pedía y hasta lo que no se le exigía. Hace tiempo que superó el reproche estulto de muchos -muchos en serio- que hoy lo alaban, pero durante años dictaban sentencia: no cantaba el Himno, no sentía la camiseta o no obtenía títulos con ella, la misma que vuelve a vestir ese martes al mediodía.</p><p>Todavía debe soportar a ideólogos que le espetan acusaciones por “no estar del lado correcto de la vida”, que es el de ellos y el que exigen que todos transitemos. Y aguantar también a miles de voces airadas que profieren sinsentidos esparcidos por las redes sociales.</p><p>El tipo llora. ¿Qué se puede decir de él que no se haya dicho?&nbsp; Mirá si va a ser tibio. Continúa siendo objeto de comparación, a veces intencionadamente aviesa, con el genial Diego. A lo largo de dos décadas nadie como él logró encarar y atropellar -en el buen sentido- a sus rivales. Consiguió el milagro de que la pelota sea una extensión de sus pies. Aún regatea con el encanto de los elegidos. Cuando camina en la cancha analiza la mejor alternativa. Sigue batiendo récords. Tiene un romance perenne con las redes rivales. No genera conflictos. Respeta. Y se hace respetar.</p><p>Hace 11 años, luego de dos finales perdidas, este cronista recordó en LA VOZ DE SAN JUSTO cómo nació su pasión por el fútbol. Y evocó a Rojitas, una de las máximas figuras de la historia de Boca Juniors, a quien nunca vio jugar, que solo ganó un par de títulos locales, pero sigue siendo una referencia personal ineludible. Es que, en tiempos de escasas pantallas, la radio despertaba la imaginación. La idea de aquella nota pasaba por señalar que, incluso sin títulos, ese adulto que llora ya significaba un canto a la belleza del deporte más bonito. Había que darle las gracias y pedirle perdón por tanto destrato. Porque, como casi siempre sucedía, cuando se hacía del balón podía ocurrir lo imposible.</p><p>Como ocurrió en ese tremendo partido del martes. El que al finalizar lo hizo lagrimear.</p><p>Aquellas reflexiones de hace más de una década se basaron en un texto del periodista catalán Martí Perarnau, publicado en el portal español Sport en julio de 2015, que vale la pena releer: “Cuando ya no esté, el fútbol nos parecerá un deporte diferente y habrá un gran vacío. Se vivirá un duelo inmenso, largo como un ayuno. Un duelo de proporciones colosales. Un vacío en el estómago del fútbol. Cuando no esté cambiará nuestra mirada sobre el fútbol porque andaremos angustiados recordando lo que fue y ya no es. Porque es lo más próximo a una certeza. Es la certeza de que ocurrirá lo impensable, lo incierto, lo improbable. Que por difícil que sea, sucederá”.</p><p>Continúa Perarnau: “Cuando ya no esté, el balón será un huérfano en busca de alguien que lo acune y le pasee por caminos divertidos. Harta de ser maltratada, la pelota será la primera que llorará por el adiós de quien tanto la quiso. Ya llora un poco ahora que Xavi se va y Pirlo empieza a irse. Lloró cuando Zidane se fue y Ronaldinho se aniquiló, pero nada será comparable a su adiós, que abrirá un paréntesis sin final, un agujero ignoto. Cuando no esté, el tiempo dará marcha atrás y regresaremos a algún lugar prehistórico donde todo vuelva a empezar, de nuevo la larga marcha en busca del elegido”.</p><p>Durante años, ganaban el partido las voces de la crítica, a veces despiadada. Cuando el pitazo final parece estar asomando, esos cultores del pesimismo pierden fuerza. Ya no tienen razón de ser. Se van diluyendo en las lágrimas de ese chico de casi 40 años.</p><p>Quizás vuelva a suceder lo de Qatar y dentro de una semana volveremos juntos a llorar de alegría. O quizás esta noche, tras el partido con Suiza, ya no esté más con la celeste y blanca. Y lagrimearemos junto a él.</p><p>Pero mientras los quizás no se conviertan en certezas, una expectativa hermosa y contradictoria sacude a millones de argentinos habituados a sufrir por un resultado y también a disfrutar de su magia.</p><p>Es verdad: el tiempo dará marcha atrás cuando deje la selección. El vacío será inmenso. Y la pelota llorará.</p><p>Pero tranquilos. Messi todavía está.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hBLZpb3qItVCVrAUjZwAY-SDeIU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/messi_egipto_triunfo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Sigue desafiando al tiempo, a las críticas y a esa ansiedad que provoca imaginar el fútbol sin él. Después de ganar todo, de conmoverse hasta las lágrimas y de convertir cada partido en una promesa de belleza, persiste una certeza: mientras Messi vista la celeste y blanca, la ilusión argentina tendrá un motivo para seguir latiendo.]]>
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                                <updated>2026-07-11T12:10:08+00:00</updated>
                <published>2026-07-11T12:03:58+00:00</published>
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            La promesa incumplida de la Jefatura de Gabinete
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        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/la-promesa-incumplida-de-la-jefatura-de-gabinete" type="text/html" title="La promesa incumplida de la Jefatura de Gabinete" />
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fzNTGbRuTtlAPLS9xPp0sRWFFA0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/adorni_santilli_milei.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>La asunción de Diego Santilli como jefe de Gabinete de la Nación aparece como un relanzamiento político del gobierno libertario. Luego de las denuncias judiciales por las irregularidades patrimoniales de Manuel Adorni y de tres meses de parálisis el gobierno parece buscar el camino para retomar la iniciativa y encontrar algo de normalidad política en su gestión.</p><p>Con la salida de Manuel Adorni, Milei se convirtió en el presidente con más jefes de Gabinete en un solo mandato desde 1994: cuatro en apenas dos años y medio (Posse, Francos, Adorni y ahora Santilli). La duración promedio &nbsp;en el cargo es la más baja entre todos los períodos presidenciales desde 1994, por debajo incluso de la de Fernando de la Rúa.</p><p>Mientras la Justicia avanza sobre las denuncias vinculadas con el patrimonio de Manuel Adorni, las limitaciones de la figura constitucional de la Jefatura de Gabinete volvieron a quedar expuestas. En este sentido, es válido preguntarse si esas limitaciones no eran ya evidentes después de más de tres décadas de vigencia.</p><p>Fruto del Pacto de Olivos entre Carlos Menem y Raúl Alfonsín, la incorporación de la Jefatura de Gabinete de Ministros en la reforma constitucional de 1994 tenía como propósito declarado atenuar el presidencialismo y establecer un nexo institucional más intenso entre el Ejecutivo y el Congreso. La experiencia demuestra que aquella promesa no se materializó. Por el contrario, lejos de morigerar el poder presidencial, reforzó las prácticas conocidas hasta quedar empantanada en tareas de coordinación administrativa y sin el peso político que los constitucionalistas pretendieron otorgarle.</p><p>Un repaso cronológico permite advertir que ningún jefe de Gabinete construyó una legitimidad institucional equivalente a la de un primer ministro. Eduardo Bauzá, el primero en ocupar el cargo, era un hombre de máxima confianza de Carlos Menem. Esto señala que, desde el comienzo, la Jefatura operó como una extensión del círculo presidencial. Alberto Fernández adquirió mayor gravitación política durante los primeros años del kirchnerismo, pero su permanencia también dependió de esa confianza y concluyó tras el conflicto por las retenciones móviles de 2008. Marcos Peña concentró poder de coordinación durante el macrismo, sin que ello lo convirtiera en un funcionario responsable ante el Congreso. Juan Manzur fue designado en 2021, después de la derrota oficialista en las elecciones legislativas, como parte de una reconfiguración política del gobierno de Alberto Fernández. En la administración de Milei, finalmente, la rápida rotación de jefes de Gabinete volvió a confirmar que el nombramiento y la continuidad en el cargo dependen, ante todo, de la confianza presidencial.</p>Alumbramiento forzado<p>Es posible que la metáfora solo sea interpretada por los mayores, pero ciertamente la Jefatura de Gabinete fue “traída con fórceps”. Su incorporación formó parte de la transacción política que hizo posible la reelección de Carlos Menem tras el Pacto de Olivos. A cambio, Raúl Alfonsín logró incluir instituciones destinadas a moderar el poder presidencial e introdujo innovaciones institucionales valiosas. Sin embargo, el texto surgido de la Convención Constituyente no consiguió, al menos hasta ahora, limitar de manera efectiva la concentración de poder en la presidencia.</p><p>La idea era incorporar elementos propios de sistemas democráticos semiparlamentarios. Los artículos 100 y 101 de la Constitución reformada en 1994 establecieron sus atribuciones y determinaron que el Legislativo puede remover de su función al jefe de Gabinete con el voto de la mayoría absoluta de sus miembros, lo que podría ser una válvula de escape frente a las crisis recurrentes que se producen en el país.</p><p>Sin embargo, la Jefatura nació de un canje político y encontró contrapesos que aumentan el poder del presidente en el mismo texto constitucional (decretos de necesidad y urgencia, delegaciones legislativas ante emergencias y regulaciones de veto y promulgación parcial de las leyes, entre otros). Es decir, el intento de limitar el presidencialismo fue compensado con herramientas que lo reforzaron. Además, el jefe de Gabinete tiene “responsabilidad política ante el Congreso”, pero es nombrado y removido libremente por el presidente. No requiere aprobación parlamentaria para asumir.</p><p>Un informe del Observatorio de la Calidad Institucional de la Escuela de Gobierno de la Universidad Austral, titulado “La devaluada figura del jefe de Gabinete de Ministros”, señala que el cargo combina amplias atribuciones y responsabilidad política ante el Congreso. Sin embargo, esa responsabilidad nunca se tradujo en una autonomía efectiva. En la práctica, quedó más cerca de una delegación de tareas burocráticas del presidente que del desempeño de un “súper ministro” con capacidad de equilibrar el poder del Ejecutivo.</p><p>El mismo informe advierte que la obligación constitucional de concurrir mensualmente al Congreso para informar sobre la marcha del gobierno no se cumplió con la regularidad prevista. El caso de Juan Manzur resulta ilustrativo: durante su gestión como jefe de Gabinete del gobierno de Alberto Fernández transcurrió casi un año sin que asistiera a la Cámara de Diputados. A más de tres décadas de creada la institución, se sucedieron numerosos titulares en el cargo, pero sus exposiciones ante el Parlamento no lograron consolidar un control político efectivo. Con frecuencia, los informes quedaron reducidos a documentos extensos y burocráticos.</p><p>Al mismo tiempo, la responsabilidad ante el Congreso fue reemplazada por una dependencia exclusiva del presidente. Es verdad que, en las últimas semanas, el voto de censura pudo haberse concretado, pero a lo largo del tiempo, quienes ejercieron el cargo lo dejaron por decisión presidencial, por crisis internas o por reconfiguraciones políticas, no por pérdida de confianza parlamentaria. Ningún jefe de Gabinete fue removido por el Congreso.</p><p>El caso Adorni confirmó la subordinación política de una institución atravesada desde su origen por la ambigüedad. En la práctica, nunca logró consolidarse como una instancia responsable ante el Parlamento, sino que funcionó como un engranaje subordinado a la voluntad y a las necesidades del poder presidencial. De esta manera, la Jefatura de Gabinete es una promesa incumplida. El semiparlamentarismo quedó reducido a una ficción.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fzNTGbRuTtlAPLS9xPp0sRWFFA0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/adorni_santilli_milei.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La renuncia de Manuel Adorni cierra un período crítico para el gobierno y reabre el debate sobre una institución creada para atenuar el presidencialismo. A más de tres décadas de la reforma de 1994, la Jefatura de Gabinete nunca logró autonomía frente al presidente ni responsabilidad efectiva ante el Congreso.]]>
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                                <updated>2026-07-04T12:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-07-04T12:20:50+00:00</published>
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            “Termosellar”, una costumbre
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8koqSoJQnoBV0vYorDq-9LlSdp8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/martin_insaurralde.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>&nbsp;</p><p>Una mujer recorre cámara en mano un vestidor de dimensiones exageradas, casi un departamento dentro de otro. Mientras filma, abre cajones, cajas, valijas. Adentro, ordenados con una prolijidad elogiable, se observan fajos de dólares en bolsas de plástico termoselladas. Todos organizados. Casi con la fecha en la que llegaron a ese vestidor.</p><p>No es difícil hacer inferencias. Alguien pensó que esa montaña de dinero iba a durar mucho tiempo allí, hasta que fuese posible disfrutar de semejante suma. Y alguien decidió registrar imágenes. Las razones por las que lo hizo importan menos que la escena de dinero</p><p>cuidadosamente preservado, aislado y protegido del paso del tiempo.</p><p>Los billetes sellados, ordenados y apilados en un vestidor funcionan como metáfora de una costumbre que existe en la Argentina desde hace varias décadas. Alguna parte de su dirigencia practica el termosellado como modo de gestionar la realidad para que los hechos no modifiquen su narrativa.</p><p>&nbsp;</p>Encapsulando a Adorni<p>Utilizando la lógica esgrimida por el todavía hoy jefe de Gabinete en su intento por explicar su crecimiento patrimonial, sería posible afirmar que Martín Insaurralde hubiese “ahorrado en negro como todos los argentinos”. Pero Manuel Adorni no podría hoy salir a “defender” a quien ocupó un cargo similar en el actual gobierno de la provincia de Buenos Aires. Sus desventuras mediáticas y judiciales se lo impiden. Mucho más luego de las fallidas explicaciones sobre su patrimonio que obligaron a reproducir el mecanismo clásico de esconder, guardarse y esperar.</p><p>Frente a esa realidad, la decisión fue encapsular. Termosellar a Adorni, despojarlo de algunas de sus funciones y manejar los tiempos en el Congreso para evitar la interpelación y una posterior moción de censura. Retirarlo de la primera plana mientras se espera que los hechos permitan decidir si se lo rescata o descarta.</p><p>No obstante, la operación de “guardado” no alcanzó la prolijidad de los fajos alojados en el vestidor de Insaurralde. Porque la envoltura narrativa que pretende morigerar el impacto choca con la épica discursiva de un gobierno que construyó buena parte de su capital afirmando que venía a combatir los privilegios de la vieja casta política. Y también porque la maquinaria de termosellado libertario todavía está en construcción. Se está fabricando en tiempo real. En esto difiere del kirchnerismo, que ya lo tiene consolidado. La diferencia está en el grado de desarrollo de las acciones tendientes a proteger el relato cuando los hechos amenazan con desmentirlo.</p>El termosellado ideológico<p>El caso de los billetes de Insaurralde le quita -otra vez- el velo al ya varias veces expuesto termosellado kirchnerista. Los espacios políticos construidos alrededor de un ideas férreas o de liderazgos intensos se articulan en la forja de una identidad ideológica definida. Y crean su propio sistema inmune. Cuando un hecho los amenaza, se activan anticuerpos que no modifican creencias, sino que adaptan los hechos al discurso. Se cava una trinchera en la que la posverdad florece.</p><p>El kirchnerismo duro es dueño de una narrativa repetida sobre la condena de Cristina Fernández de Kirchner. La Justicia no es independiente, los jueces responden al poder de turno, los tribunales son una herramienta de persecución política, las causas son construcciones destinadas a eliminar a la única líder capaz de representar al pueblo. Lawfare, exclaman.</p><p>Y entonces, aparecen los videos de Cirio e Insaurralde. Y los hechos deben reinterpretarse.</p><p>El ministro bonaerense Carlos Bianco, vocero del gobierno de Kicillof, aseguró que el caso "deberá esclarecerlo el Poder Judicial, que determinará de dónde provienen esos fondos y, si se comprueba la existencia de un delito, definirá las sanciones que correspondan". Ninguna referencia a lawfare. Ninguna sospecha sobre los jueces. Ninguna mención a la persecución política. La Justicia, de repente, es un árbitro confiable al que hay que dejar trabajar.</p><p>Se asiste de este modo a un termosellado ideológico en el que se procura descomponer una contradicción evidente. Es verdad que son situaciones judiciales diferentes, difíciles de equiparar y con expedientes que transitan instancias distintas. La cuestión es el cambio de valoración que se hace del Poder Judicial. Entonces, surge el interrogante: ¿por qué el Poder Judicial es una herramienta de persecución cuando el expediente tiene el nombre de Cristina, y una instancia confiable cuando tiene el de Insaurralde?". Más allá de las críticas legítimas que puedan formularse sobre el funcionamiento de la Justicia, son los jueces quienes deben determinar responsabilidades en ambos casos.</p><p>Es una postura que exhibe inconsistencias y reflota la lógica del termosellado. Una costumbre que refleja la mayor o menor capacidad de cualquier espacio político para procesar un hecho incómodo sin alterar su discurso. Si el escándalo viene de adentro y daña la imagen, se protege al protagonista hasta que resulta imposible hacerlo. En ese momento, se lo eyecta y se sigue. Si el escándalo viene de afuera, se interpreta como persecución, se denuncia y se sigue.</p><p>No se aprende, no se corrige, no se cuestiona. La máquina selladora no distingue el contenido de su envase. Solo importa que el paquete se cierre para seguir.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8koqSoJQnoBV0vYorDq-9LlSdp8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/martin_insaurralde.webp" class="type:primaryImage" /></figure>El verbo no existe en el diccionario de la RAE. Pero las bolsas plásticas con dólares en un vestidor ofrecen una metáfora adecuada para describir una práctica habitual de la política nacional. Una forma de coherencia selectiva que permite seguir adelante sin aprender, corregir ni cuestionar.]]>
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                                <updated>2026-06-27T12:35:07+00:00</updated>
                <published>2026-06-27T12:30:00+00:00</published>
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            La verdad también necesita tiempo
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Igfkok-1-SUJa_lvifzYgcd6HXo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/luzu.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ&nbsp;<p>En el año 2006, el diario Clarín cumplió 60 años y celebró ese aniversario con un Seminario Internacional dedicado a los retos y encrucijadas del periodismo real en el siglo XXI, que se realizó en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba). Allí, hace ya dos décadas, destacados filósofos, sociólogos, ejecutivos y periodistas de todo el mundo analizaron las transformaciones que comenzaban a redefinir el ejercicio de este oficio.</p><p>Entre ellas, una sobresalía por encima del resto: la que avizoraba la irrupción masiva de la tecnología digital. Es la que señalaba que la simplificación de los métodos tecnológicos para generar sitios en Internet y la explosión de lo que en ese tiempo eran las “weblogs”, había instalado la creencia de que para difundir información no es necesario ser periodista. Es decir, cualquier persona se iba a convertir en creadora de contenidos.</p><p>Lo profético de esta aseveración está fuera de duda. &nbsp;Apenas dos décadas después, el entorno digital y algunos canales de streaming -no todos, por cierto- multiplican formatos que simulan la práctica periodística, pero prescinden de sus estándares profesionales. El resultado es una circulación de contenidos sin contraste de fuentes, la idea de que informar consiste apenas en opinar y una lógica de agresión e irresponsabilidad que diluye los límites éticos.</p><p>En aquel seminario, el sociólogo francés Dominique Wolton habló sobre la necesidad de continuar profundizando la mediación profesional para valorar los asuntos públicos y señaló que pensar que cualquier persona con un teléfono o un micrófono es periodista es una ilusión técnica peligrosa. Dijo: “Cuanto más canales hay, más mensajes hay, mayor es la necesidad de que haya periodistas para hacer ese trabajo que consiste en realizar un arbitraje dentro de la cantidad de información y seleccionar aquellas que son importantes para el público”. Y aseveró que la idea de que cada persona pueda ser emisor de mensajes masivos es parte de “un discurso demagógico que dice que ya no se necesitan intermediarios para acceder a la información. No es cierto, hoy más que nunca se necesitan periodistas, documentalistas, archivistas y docentes”.</p><p>&nbsp;</p>El caso Messi<p>Lo que hace 20 años aparecía como una advertencia sobre el futuro hoy forma parte de la cotidianeidad informativa. La falsa noticia sobre la muerte del padre de Lionel Messi expuso en toda su magnitud la existencia de un modelo comunicacional que privilegia el impacto inmediato por sobre la verificación y convierte al espectáculo en el principal criterio editorial. Un sistema en el que la inmediatez desplaza a la responsabilidad profesional. Es decir, no se trató de un simple error o un accidente aislado. En ese sentido, en el libro Ética Periodística en la Era Digital, Luis Botello y Javier Darío Restrepo, destacan el riesgo de la “instantaneidad de las noticias y la búsqueda de interacciones directas” que colisionan con la calidad informativa.</p><p>Es una lógica de pseudo ejercicio periodístico validada por numerosas figuras con poder político o económico. Los nuevos formatos resultan más "amables" porque ofrecen una exposición sin el rigor ni la incomodidad de una entrevista y, además, garantizan repercusión inmediata en múltiples plataformas. Allí proliferan las charlas de café con interlocutores complacientes en lugar del intercambio crítico propio del periodismo.</p><p>Paralelamente, muchos equipos de comunicación oficial invalidan o simplemente ignoran los requerimientos de la prensa para evitar el filtro que supone la mediación de los medios tradicionales, procurando convencer de que solo es verdad lo que se difunde a través de canales oficiales Así, la vertiginosidad, la superficialidad y la ausencia de fuentes y preguntas terminan convirtiéndose en enemigos del pensamiento crítico.</p><p>La primicia, por más trascendente que sea, no exime de la verificación. Difundir un hecho irreversible como la muerte de un ser humano basándose únicamente en la presión de una productora a través de la “cucaracha” o de rumores y tendencias en las redes merece calificarse de escándalo. Además, las formas con las que se emitió esta falsa noticia rompen con el principio ético de intentar minimizar el daño que una información puede causar. &nbsp;No se trata de un anticuado precepto. No es el símbolo de una nostalgia teórica. Es el mandato ético que exige un freno cuando se está frente a la pantalla en vivo y ante las exigencias del apuro digital.</p><p>Volviendo a Wolton, este caso demostró el riesgo de la falta de intermediación profesional. La discusión no es quién puede comunicar, sino bajo qué reglas decide hacerlo. Chequear en lugar de hablar o clickear es, aún hoy, una tarea ineludible. Bien lo decía Gabriel García Márquez: la mejor noticia no es la que se da primero, sino la que se da mejor.</p><p>Por respeto al oficio periodístico, recuperar la conciencia del impacto de cada noticia es la única forma de preservar el activo esencial de la credibilidad y, más importante aún, no perder la humanidad en el camino.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Igfkok-1-SUJa_lvifzYgcd6HXo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/luzu.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La falsa noticia sobre la muerte del padre de Lionel Messi puso en evidencia un ecosistema digital que privilegia la velocidad sobre la verificación y el predominio de la opinión por sobre la fundamentación. En este y en todos los tiempos, la primicia no es la que llega primero, sino la que llega con la verdad comprobada.]]>
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                <published>2026-06-20T16:09:08+00:00</published>
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            Cómo entender a Donald
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Gi9cQ8BDEoO0ymz18TKpqQabaTA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/donald_trump.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>&nbsp;Los periodistas Maggie Haberman y Jonathan Swan revelaron en The New York Times los entresijos de la decisión de Donald Trump de lanzar un ataque contra Irán, luego de intensas reuniones con sus principales colaboradores y los líderes del gobierno de Israel, en febrero de este año.</p><p>En un párrafo de esa nota esclarecedora, señalan que el periodista Tucker Carlson -polémico vocero de la derecha norteamericana y defensor del movimiento Maga- “había acudido varias veces al Despacho Oval durante el año anterior para advertir a Trump que una guerra con Irán destruiría su presidencia”. Agregan que el presidente intentó tranquilizarlo por teléfono. “Sé que te preocupa, pero todo va a salir bien”, dijo. Carlson le preguntó cómo lo sabía. “Porque siempre es así”, respondió Trump.</p><p>La frase clausura cualquier discusión. Para el presidente de Estados Unidos, sus decisiones son acertadas. Aunque es válido interrogarse si es así en todo momento. Desde la lógica, basta encontrar un caso en que no hayan funcionado para que la afirmación tajante pierda validez. Además, pretender que un proceso político que incluye acciones militares de magnitud ingrese en la categoría de “siempre funciona” es, cuanto menos, una simplificación excesiva.</p><p>En términos retóricos, las afirmaciones absolutas buscan transmitir seguridad y control, pero justamente por eso pueden generar sospecha. Porque suenan más a una construcción discursiva que a descripción honesta de la realidad. Quizás como pocos líderes políticos de este -y otros- tiempos Trump abusa de este recurso, descarta la posibilidad de otros significados, no invita a debatirlos, cierra el sentido de modo terminante.</p><p>Ese tipo de afirmaciones también revela rasgos de personalidad. Algunos analistas hablan, incluso, de un perfil “ozempico”, en referencia al medicamento que hace adelgazar de modo rápido. Una forma de liderazgo que exhibe cambios rápidos, intensidad y una confianza extrema, casi artificial, en la propia eficacia. En Trump, esa combinación de histrionismo, poca empatía y vocación de control se convierte en una necesidad política.</p><p>&nbsp;</p>El sistema es el estilo<p>Así, quien por la mañana amenaza con extinguir a una civilización como la persa y por la tarde promete un futuro esplendoroso para ese mismo pueblo y otros de Medio Oriente, desorienta y provoca desconcierto. También confunde, según el artículo publicado en el diario neoyorquino, a sus más consecuentes -algunos obsecuentes- colaboradores.</p><p>Para Trump, ser el eje central de cualquier proceso es una de las claves -aunque no la única- de su accionar. La coherencia no le preocupa en lo más mínimo. De otro modo no puede comprenderse que alterne amenazas con promesas, condenas con elogios o superponga mensajes opuestos sin ruborizarse. Como “siempre funciona” la contradicción no es un error, es un método, un sistema.</p><p>De este modo, no tiene problemas en advertir sobre escenarios catastróficos en Medio Oriente y, al día siguiente, anunciar prosperidad infinita; se lanza a cuestionar a Rusia por su invasión a Ucrania y luego afirma que Vladimir Putin es un viejo amigo; agrede al Papa León XIV y postea imágenes en las que se presenta como líder religioso; promete a su pueblo que no se inmiscuirá en conflictos bélicos y, tras cartón, ordena bombardeos fulminantes; se presenta como garante del orden internacional mientras dinamita consensos, amenaza con anexar Groenlandia o retirarse de la Otan.En verdad, la reconstrucción del New York Times sobre la decisión de atacar a Irán, publicada en abril pasado, exhibe que hubo dudas y vacilaciones, se generaron tensiones internas y se plantearon escenarios no favorables. Por ello, aquello de que todo funcionará solo puede ingresar en el terreno del relato, de una determinada narrativa de supuesta omnipotencia.</p><p>Hace más de medio siglo, el sociólogo belga radicado en Chile, Armand Mattelart, publicó un libro que durante largo tiempo fue de lectura casi obligatoria para estudiantes de periodismo y comunicación social, titulado “Para leer al Pato Donald”. Allí sostenía que las historietas de&nbsp;Walt Disney difundían una ideología acorde con los valores del&nbsp;capitalismo&nbsp;y con una visión del mundo favorable a los intereses estadounidenses. El texto fue una invitación a la polémica en el marco de las luchas ideológicas en los años 70 especialmente.</p><p>En esa obra crítica a la cultura de masas de la que, para Mattelart, Disney sería portavoz, leer al Pato Donald implicaba el intento de hallar una matriz comunicacional que pretendía instalar una visión en la que Estados Unidos definía el tablero geopolítico y los hechos se subordinaban a ese objetivo.&nbsp;</p><p>En el mundo de las historietas de Disney, el Pato es un personaje que obliga a un esfuerzo para comprenderlo, debido a su lenguaje enrevesado y su comportamiento impulsivo y temperamental. Porque no se puede verificar cada palabra que pronuncia y porque sus reacciones a veces no son las que pueden esperarse en un contexto determinado. Y, aunque el dibujo animado tiene la intención de generar humor, la consecuencia similar: quienes interactúan con él casi siempre se alejan porque no lo comprenden.</p><p>Analogía mediante, tal vez el problema para comprender al personaje político que lleva el mismo nombre no pase tanto por desentrañar si dice la verdad o si se contradice. Porque sus palabras, sus impulsos y sus acciones van de la mano con su convicción de que siempre tiene razón. Como en aquel viejo libro será necesario captar lo que está implícito para tratar de entender a un Donald convencido de que todo lo que hace “siempre funciona”. Difícil tarea para quien ha generado con sus acciones un berenjenal geopolítico de proporciones y una realidad en la que van alejándose sus potenciales aliados.</p><p>Y, de modo más general, siempre es necesario encender las alarmas cuando cualquier personaje con poder asegura ser infalible.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Gi9cQ8BDEoO0ymz18TKpqQabaTA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/donald_trump.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>¿Y si las contradicciones no fueran errores, sino parte del método? La frase “siempre funciona” con la que Trump habría cerrado el debate interno sobre la decisión de lanzar un ataque contra Irán revelaría una manera de ejercer el poder que no es nueva, pero que se reformula por las particularidades del personaje.  El intento de comprender a este polémico personaje exige ir más allá de sus palabras.]]>
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                <published>2026-05-16T12:18:53+00:00</published>
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            Ni juntos ni cerca
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/prNa_pclRZ9q66TrY9K6f6kh6jY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/manuel_adorni_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>&nbsp;</p><p>Ocurrió hace varias semanas, pero la misa en la Basílica de Luján en la que se recordó el primer aniversario del fallecimiento del Papa Francisco resulta ser un ejemplo cabal de lo que pretende reflejar el título de esta columna.</p><p>En un sector, los funcionarios oficialistas con la estridente ausencia de la vicepresidenta de la Nación que no asistió para no sentarse junto a ellos. Más allá, los opositores encabezados por el gobernador de la provincia de Buenos Aires. Gestos adustos, comentarios por lo bajo, ni un saludo a la distancia, exhibidos sin prurito en un recinto muy caro a los sentimientos religiosos del pueblo argentino en el que coincidieron dirigentes que llegaron hasta allí solo con el objetivo de no dejar que “los otros” se apropien de la figura y el legado del Pontífice.</p><p>Aquella escena se ha tornado habitual. Los políticos que no comparten las mismas ideas evitan saludarse, se destratan, se muestran hostiles siempre, agreden con palabras. La enemistad es la marca de la disputa por el poder. Desde hace años, la lógica de trincheras domina la vida pública.</p><p>El caso del legado del papa Francisco resulta ilustrativo. Ni siquiera en torno a una figura global que ha construido su mensaje sobre la idea de encuentro es posible alcanzar un consenso básico. Cada facción lo recorta, lo interpreta, lo utiliza según su conveniencia. La figura se fragmenta, se vuelve campo de disputa. Ni siquiera aquí es posible acordar un mínimo común. La consecuencia es que la fractura política adquiere una dimensión cultural profunda.</p><p>Es la grieta en toda su dimensión. Un fenómeno que se verifica en muchas otras naciones, y se ha exacerbado en este tiempo. Caracterizado de la siguiente manera por la periodista y escritora estadounidense Anne Applebaum en su libro El ocaso de la democracia: “El irritante y disonante sonido de la política moderna; la ira que rezuman los informativos de televisión; el increíble ritmo de las redes sociales; los titulares que se contradicen entre sí cuando pasamos de uno a otro; la contrastante torpeza y lentitud de la burocracia y los tribunales: todo eso ha desconcertado a aquella parte de la población. La propia democracia siempre ha sido ruidosa y estridente en sí misma, pero cuando se siguen sus reglas, a la larga acaba creando consenso. No ocurre así con el debate moderno, que en algunas personas inspira, por el contrario, el deseo de silenciar al resto por la fuerza”.</p><p>&nbsp;</p>La indiferencia<p>La polarización cada vez más agresiva viene hoy acompañada de otro fenómeno. Quizás sea menos visible y más silencioso, pero no por ello intrascendente. Mientras la confrontación política se intensifica, varios sectores de la sociedad parecen replegarse hacia su propio “metro cuadrado”. Asoma la indiferencia como producto de la desconfianza en lo público a raíz de las promesas incumplidas y las frustraciones reiteradas.</p><p>La enemistad política se potencia con la indiferencia pública. Los vínculos entre la dirigencia están rotos por la grieta. Los sociales se debilitan con el alejamiento y la distancia que la ciudadanía toma por los asuntos que deberían interesarle.</p><p>De este modo, a la agresión permanente y la acción política destinada a destruir los puentes con quienes piensan distinto se le suma la destrucción de lazos culturales que, en otro tiempo, fortalecían la cohesión social. El odio visible y la indiferencia silenciosa conviven y se retroalimentan, con consecuencias notorias.</p><p>Por caso, la política no tiene capacidad de alcanzar acuerdos mínimos. Esa imprevisibilidad debilita las condiciones de gobernabilidad. Al mismo tiempo, en la sociedad, se profundiza el recelo porque se extiende la idea de que la dirigencia vive de la charlatanería, la mentira y la desinformación. El repliegue daña el tejido comunitario y las crisis de convivencia van de la mano con la falta de empatía y el desinterés.</p><p>En los temas centrales de la vida pública no es posible estar juntos. Hastiados de no conseguir los consensos más elementales y de observar cómo los dirigentes siguen fomentando la enemistad, la vida social -que poco tiene que ver con el microclima especial de la minoría que “debate” con similar agresividad en las redes sociales- tampoco halla cómo estar cerca. Entonces, convivir con el conflicto solo agiganta la polarización y la autonomía personal se convierte en indiferencia.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/prNa_pclRZ9q66TrY9K6f6kh6jY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/manuel_adorni_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La Argentina está dividida por el conflicto político. Y también se deteriora por la indiferencia. Vivimos oscilando entre dos fenómenos que, combinados, rebajan a formalidades el concepto de democracia.]]>
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                                <updated>2026-05-09T12:10:05+00:00</updated>
                <published>2026-05-09T12:09:03+00:00</published>
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            No hubo nocaut, tampoco victoria
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/EKfUNTzWlvsCoU9VIeFfIn_-p8c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/manuel_adorni_en_el_congreso.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ&nbsp;<p>Bajo aplausos y vítores ingresó al ring de la Cámara de Diputados. “¡Vamos Manuel!”, se le escuchó gritar al presidente en modo barra.&nbsp; Todo el oficialismo le tributó una bienvenida repleta de algazara, de la que se podía inferir la trascendencia política del combate que se aprestaba a librar.</p><p>Manuel Adorni, sentado en el centro del recinto, se dedicó a cumplir con el guion previsto. Leyó durante largas horas, recobró algunos tonos altaneros que había perdido en los escarceos surgidos tras la serie de denuncias en su contra y se volcó con toda decisión a cumplir con el objetivo propuesto: subsistir.</p><p>Lo consiguió. No lo noquearon. Pero tampoco logró que le levantaran la mano en señal de triunfo. Sostenido por un ruidoso “rincón”, liderado por el presidente de la Nación quien volvió a desplegar todo su arsenal de improperios y acusaciones, pudo terminar el round de pie, aunque sigue entre las cuerdas.</p><p>Como en tantos combates extensos, la pelea se definió más por la resistencia que por los golpes certeros. Hubo momentos de intensidad, cruces ásperos y gestos de confrontación, que no lograron torcer el resultado. El paso de las horas fue consolidando una lógica en la que sobrevivir se volvió más importante que imponerse y en la que el desenlace quedó abierto.</p><p>&nbsp;</p>Objetivo ¿cumplido?<p>Con los matices propios de un Congreso que no siempre está a la altura de las circunstancias, la institucionalidad no sufrió. Puede afirmarse, entonces, que la estrategia legalista pergeñada por el oficialismo salió airosa.</p><p>Más allá de que la frecuencia mensual de presentaciones en el Congreso nunca ha existido ni en este ni en ningún gobierno anterior, se cumplió lo que establece el artículo 101 de la Constitución Nacional sobre los informes del jefe de Gabinete a las cámaras del Parlamento. Este “partido formal” exhibió escasas alternativas sobresalientes. Los cruces entre Milei y la izquierda extrema atrajeron los focos. Mientras, tomando como eje la cuestión patrimonial del jefe de Gabinete, los legisladores kirchneristas interrumpían con gritos y amagaban con una moción de censura que finalmente no se produjo.</p><p>Adorni no perdió el control de su discurso y tampoco dejó frases desafortunadas como en otras ocasiones. Mantuvo un tono firme y, como podía esperarse, hizo una defensa férrea del gobierno. Su estrategia tenía un fin claro: antes que intentar la victoria había que trabajar para no perder. Llegó al final sin mayores desbordes, aplaudido por las gradas libertarias y apuntalado por la falta de eficacia política de una oposición que no logró acorralarlo. Resultó ser, al final, un nuevo episodio de una conocida saga de la política argentina de la que el Congreso es escenario, pero no herramienta.</p><p>El jefe de Gabinete dará explicaciones en la Justicia. Así lo reafirmó en el momento en que finalizaba su faena. Logró mantenerse en pie, protegido por el respaldo del poder. Pero dejó intactas las sospechas que lo persiguen desde hace varias semanas.</p><p>Es decir, cumplió desde lo institucional. Pero sus deudas se mantienen y no solo tienen como acreedoras a ignotas jubiladas. También la ciudadanía merece respuestas. Mientras las espera, la opinión pública se pregunta si, como tantas otras veces, en las cuestiones más sensibles seguirá “estando de Adorni”.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/EKfUNTzWlvsCoU9VIeFfIn_-p8c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/manuel_adorni_en_el_congreso.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El jefe de Gabinete cumplió con el rito institucional ante el Congreso, pero dejó abiertas las preguntas de fondo. Resistió el embate opositor, sin lograr despejar las dudas que erosionan su credibilidad pública.]]>
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