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    <title>La Voz de San Justo</title>
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    <updated>2026-11-06T12:00:04+00:00</updated>
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            Menos mal que llega el Papa (II)
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/T2B-E2-NeiQZpf8bcs_UrJpVsxM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/11/papa_leon.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ&nbsp;<p>&nbsp;</p><p>El país recibe mañana al Papa León XIV. Desde aquella gira de Juan Pablo II en 1987 y con la frustración de no haber recibido al cardenal Bergoglio consagrado como Francisco, la visita del actual Pontífice posiblemente congregará multitudes como hace mucho tiempo no se observan en el país.</p><p>El alcance popular que tendrá la presencia del Pontífice puede contrastar de modo violento con la indiferencia y la escasa capacidad de movilización que, a diferencia de aquellos iniciales tiempos de restauración democrática, hoy exhiben las distintas fuerzas políticas.</p><p>En verdad, la llegada de León XIV puede constituir una ocasión para que la reflexión alcance cuestiones que exceden la fe. En tiempos en los que domina la polarización y se impone la falta de diálogo y la dificultad para alcanzar acuerdos, algunas de las miradas papales remiten a preguntas fundamentales sobre la vida pública y la sociedad.</p><p>La premisa repetida de “menos mal que llega el Papa” tiene la intención de ampliar la perspectiva de que su estadía en la Argentina ayude a recuperar referencias humanas en un país -y un mundo- atravesado por la confrontación.</p><p>&nbsp;</p><p>Bien común</p><p>El concepto de bien común fue definido hace más de un siglo por el Papa León XIII en su Rerum Novarum, documento que dio origen a la Doctrina Social de la Iglesia. El texto de su Encíclica Magnifica Humanitas, León XIV demuestra que haberse impuesto ese nombre no es una coincidencia. Su identificación con aquel Pontífice que gobernó la Iglesia a fines del siglo XIX tendría la clara intención de reforzar principios hoy amenazados, pero que conforman el basamento doctrinario de las enseñanzas sociales y políticas del catolicismo.</p><p>Por ejemplo, el Papa refuerza la idea de que el bien común no es la suma de los intereses individuales. Y recuerda que hacerlo vigente requiere cooperación, responsabilidad y capacidad para construir acuerdos entre personas con ideas e intereses diferentes.</p><p>Es una reflexión que impacta en la realidad agrietada de la vida política nacional que no exige pensamiento único, sino empatía y capacidad de escucha como actitudes iniciales para desactivar el ya ajado “nosotros o ellos”.&nbsp;&nbsp;</p><p>En este punto, más allá de reconocer la importancia de que existan ideas diferentes en una sociedad democrática, León XIV cuestiona visiones ideológicas, sobre todo a las extremas. Por un lado, refiriéndose a lo que habitualmente se ubica a la izquierda, sostiene que “las grandes proclamas políticas en favor del pueblo y las ideologías comunitarias no sirven para nada si no están orientadas a la promoción de las personas con sus derechos inalienables”. Luego cruza la vereda y afirma que “del mismo modo, no basta con exaltar la libertad individual o la iniciativa privada, si después se acepta que una multitud de personas siga viviendo sin un trabajo digno y sin acceso a los bienes fundamentales”.</p><p>&nbsp;</p><p>Conocer y reconocer</p><p>Conocer y reconocer no son sinónimos. Conocer al otro no significa reconocerlo. Esto último introduce el concepto de dignidad. El progreso de una sociedad debería medirse en base a qué importancia se les otorga a las personas, independientemente de sus ideas, riquezas o posiciones sociales. Claro que tampoco se trata de una contraposición entre la libertad individual y el bien colectivo. Reconocer la libertad del hombre implica también preocuparse por las condiciones que les permitirán ejercerla.</p><p>¿Qué sucede en realidad? Para muchos hoy alguien es digno si comparte nuestras ideas o nuestra manera de vivir. El concepto se vuelve relativo para quienes las cuestionan. Asimismo, el bien común se vuelve una abstracción si no hay respeto para sus derechos, sus intereses y las razones que tenga para esgrimirlos.</p><p>El Papa lo ha señalado con claridad cuando, en la referida Encíclica, afirmó que “la política recurre con facilidad a la desinformación, a la ridiculización del adversario y a la construcción sistemática de miedos y resentimientos. Así, la diversidad del otro se vive cada vez más como una amenaza, alimentando el deseo de posesión, la voluntad de dominio, las ambiciones hegemónicas, los abusos de poder y el miedo a la diferencia”.</p><p>Ingresa aquí también la reflexión sobre los sectores más vulnerables de una sociedad, por quienes León XIV mantiene la misma preocupación que Francisco. En su exhortación apostólica “Dilexi Te” (Te he amado), sostiene que la atención a “los más pobres no puede quedarse en la mera asistencia privada; exige de la política estructuras de justicia y decisiones valientes que combatan las causas de la miseria y devuelvan la dignidad a los olvidados."</p><p>&nbsp;</p><p>Desarmar las palabras</p><p>León XIV también invita a desarmar las palabras. A tomar nota de la necesidad de evitar las que humillan o exacerban las controversias.&nbsp; Explica que “el poder de las palabras es enorme y lo experimentamos en nuestra comunicación cotidiana (…). La paz comienza por cada uno de nosotros, por el modo en el que miramos a los demás, escuchamos a los demás, hablamos de los demás; y, en este sentido, el modo en que comunicamos tiene una importancia fundamental; debemos decir “no” a la guerra de las palabras”.</p><p>Más allá de las afirmaciones de ocasión en las que -salvo algunos extremos- nadie tendrá la intención de quedar al margen, suena lógico preguntarse &nbsp;¿de qué modo reaccionarán el presidente y muchos otros dirigentes cuando tomen nota del pedido de hacer un examen de conciencia “sobre las palabras que usamos y sobre la agresividad, abierta o encubierta, que las motiva”?</p><p>El Papa llega con un mensaje claro. Destinado, en principio, a los fieles cristianos que lo seguirán en sus distintas actividades. Pero el bien común, la dignidad humana y el reconocimiento al otro, entre otros, son valores de alcance universal.</p><p>Así, el mensaje de León XIV puede contribuir a que la Argentina reflexione sobre la necesidad de encontrar senderos de convivencia y reconocer prioridades. Por ello, menos mal que llega el Papa mañana. Su visita ofrece una ocasión para replantear preguntas que los actores de la vida pública no deberían dejar de hacerse.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/T2B-E2-NeiQZpf8bcs_UrJpVsxM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/11/papa_leon.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Ante la inminente llegada de León XIV a la Argentina, su mensaje parece toparse con las actitudes de una dirigencia habituada a la confrontación. Una oportunidad para recuperar el sentido del bien común, desarmar la violencia verbal y recuperar el significado de la dignidad humana.]]>
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                <published>2026-11-06T12:00:00+00:00</published>
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            Menos mal que llega el Papa
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/KFHi8wU3yD71nJofSJRhm8R0CJc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/triunfo_lula.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>&nbsp;</p><p>Los últimos diez días han prodigado episodios que son manifestaciones diferentes de un problema que se sostiene en el tiempo. En nuestro país y en varios otros. Circunstancias que expresan las dificultades de la política -y de sus protagonistas- para que la racionalidad y la previsibilidad se hagan presentes y contribuyan a reducir la incertidumbre, así como a establecer condiciones para procesar los conflictos.</p><p>El triunfo electoral de Lula fue un mazazo para Milei. El silencio que al que se llamó el gobierno contrastó con las expresiones airadas que lanzó durante sus intervenciones de apoyo a Bolsonaro. Aliados internos como Mauricio Macri y el PRO felicitaron públicamente al veterano presidente, otra vez Patricia Bullrich se desmarcó y el propio Partido Liberal brasileño terminó reconociendo los resultados. Mientras tanto, la Casa Rosada quedó sola en su postura de no reconocer el triunfo. Hasta Donald Trump matizó la situación señalando que se “lleva muy bien” con Lula.</p><p>En este contexto, la participación argentina en la salida de Brasil del ex candidato del Partido Liberal agregó ingredientes a una relación con Brasilia en la que las diferencias ideológicas han desplazado a los intereses comunes.&nbsp;</p><p>¿Alguna enseñanza podrá extraer el presidente luego del resultado de las urnas en Brasil? La escena internacional plantea interrogantes similares. ¿Y si Trump pierde las elecciones de medio término? ¿Y si Netanyahu no logra formar gobierno en Israel luego de comicios muy reñidos? ¿Y si, aunque no parezca verosímil hoy, el socialismo gana en España a fin de mes? La vida interna de cada país tiene sus particularidades. Los procesos no son equivalentes. Pero la fragilidad de los equilibrios políticos parece ser un punto de contacto que obliga a la cautela.</p><p>Salvo en regímenes autocráticos, ninguna victoria electoral otorga un poder ilimitado ni asegura la continuidad en el gobierno. Las mayorías cambian, los electorados cobran facturas y el humor social cambia con frecuencia. Aceptar esto es condición necesaria de la cultura democrática. Reconocer la legitimidad del adversario, procurar acuerdos, respetar las reglas y escuchar son actitudes que se dejan de lado en numerosas circunstancias.</p><p>&nbsp;</p><p>Hogueras</p><p>La triste metáfora de las hogueras contra periodistas puede terminar convirtiéndose en un búmeran. El cedazo de la rigidez ideológica desgasta las alianzas puertas adentro y pone en riesgo las internacionales. Las afinidades políticas facilitan los vínculos, pero no garantizan su continuidad cuando cambian las circunstancias. La tozudez política puede llevar a chocar varias veces con la misma pared. Y esperar que el muro pida perdón.</p><p>Mientras tanto, el peronismo celebra el resultado electoral brasileño como si fuese propio. Y sus voceros anticipan un cambio de época. Pero quizás estén avivando un fuego equivocado. El desafío de Lula en Brasil es enorme: tendrá el Congreso en contra, los problemas económicos se acumulan y la Justicia está acusada de parcialidad, entre otros factores.</p><p>La oposición sigue sin resolver sus evidentes diferencias políticas, &nbsp;no termina de asumir los errores del pasado y está enfrascada en una disputa de egos. &nbsp;Pero celebró el resultado de la elección de Brasil y se apresuró a adoptarlo como hoja de ruta propia. No parece comprender que el optimismo exagerado no figura en el reflejo que muestra el espejo brasileño.</p><p>A un año de las presidenciales, ni siquiera están claras las reglas de juego. No es posible definir si habrá primarias obligatorias, ni tampoco si podrá ordenarse el festival de fechas electorales en el que se han convertido últimamente los procesos para elegir autoridades. Los sobresaltos financieros y económicos padecidos en anteriores procesos electorales deberían formar parte de la experiencia acumulada por los dirigentes políticos. Sin embargo, parece que algunos siguen esperando que les den el peine cuando ya están pelados.</p><p>El respeto por las reglas, el reconocimiento del otro y la disposición al diálogo son necesarios para sostener la convivencia, más allá de que no aseguren un triunfo electoral. “La esperanza no es la convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certidumbre de que algo tiene sentido, sin importar su resultado final”, escribió el lúcido pensador y político checo Václav Havel.</p><p>Esperanza, convicción, certidumbre, sentido. Menos mal que llega el Papa.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/KFHi8wU3yD71nJofSJRhm8R0CJc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/triunfo_lula.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La elección en Brasil fue un golpe difícil de asimilar en el gobierno. La oposición celebró como si fuese propio el triunfo de Lula. Pero los hechos políticos de otro país pueden no ser un espejo fiel en el propio mientras persistan condiciones que dificultan la convivencia.]]>
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                                <updated>2026-10-31T12:00:05+00:00</updated>
                <published>2026-10-31T12:00:00+00:00</published>
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            La séptima función del lenguaje
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/BEyM5Rp7OzzMEVR6bCx6JJVLG0E=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/javier_milei_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ&nbsp;<p>El 25 de mayo de 1980, tras compartir un almuerzo en el centro de Paris con el líder socialista francés Francois Mitterrand, el semiólogo Roland Barthes fue atropellado por una camioneta cuando cruzaba la rue des Écoles en dirección al Collège de France. En principio, Barthes sobrevivió al accidente, pero un mes después falleció como consecuencia de complicaciones pulmonares derivadas de ese hecho.</p><p>A partir de este suceso real, el escritor galo Laurent Binet escribió una novela en la que introduce la idea ficticia de que, en realidad, a Barthes lo asesinaron. Ese libro se titula “La séptima función del lenguaje” y en él se plantea que fuerzas oscuras cometieron el crimen para robarle un manuscrito en el que el teórico describía esa séptima función, que se sumaría a las seis establecidas por el lingüista Roman Jakobson: emotiva, conativa o apelativa, poética,&nbsp; referencial, metalingüística y fática.</p><p>La función número siete que imagina Binet en esa novela policial con ambiciones semiológicas permitiría “a quien la domina convencer a cualquiera de cualquier cosa en cualquier circunstancia”. Es decir, quien maneja las palabras ostenta la capacidad para manipular y persuadir a quien se le cruce.</p><p>Al respecto, la historia brinda ejemplos contundentes de uso del lenguaje como arma de poder. Sin embargo, es posible que nunca como en este tiempo se presenten condiciones para que sean mayoría los que pueden terminar convencidos de cualquier cosa en cualquier circunstancia por quien domina la séptima función.</p><p>En verdad, las palabras siempre hacen algo más que decir. En la política es natural la intencionalidad que procura persuadir a través de un relato que acomoda los hechos a una visión ideológica e identifica adversarios con el objetivo de maximizar la adhesión de los ciudadanos. En este punto, convendría plantearse si el insulto, la procacidad o la interpretación literal de ciertas frases son expresiones del temperamento de un político o forman parte de una función lingüística que intente reforzar identidades, centralizar la atención pública y desplazar la discusión hacia terrenos favorables al protagonista.</p><p>Las últimas exageraciones verbales del presidente Milei parecen confirmar en que su discurso no se agota en lo que dice, sino que también instala enérgicos debates y produce efectos duraderos. Que haya interpretado literalmente la frase de que “la gente no llega a fin de mes” y que haya tratado a quienes la sostienen como “una pelotudez” removió el avispero político y mediático. Y produjo un desplazamiento de la discusión, puesto que el problema planteado -las restricciones de los presupuestos familiares, la parálisis productiva y la caída de los ingresos-&nbsp; se desplazó hacia las maneras en que se lo enuncia. Lo mismo ha sucedido con sus exabruptos en tierra española durante esta semana.</p><p>&nbsp;</p><p>¿Temperamento o estrategia?</p><p>Días atrás en La Nación, el columnista Pablo Mendelevich se preguntó si la literal interpretación de lo que ocurre cuando no se llega a fin de mes forma parte de lo que sería una escasa capacidad de empatía del presidente o es una estrategia que tendría como objetivo volver a mostrarse como el Milei “original” justo cuando comienza el año electoral.</p><p>“Es así”, dirán los que interpretan sus salidas de cauce lingüísticas como manifestación de un temperamento irascible. En este caso, vale aclarar que un efecto político no demuestra automáticamente una intención razonada con anterioridad. Sin embargo, también sería válido pensar que la literalidad, la descalificación y el insulto podrían servir para cohesionar a la propia tropa, inhibir a los críticos, mantenerlos a la defensiva, dominar la agenda pública e ilegitimar los cuestionamientos.</p><p>En tiempos de redes sociales, los improperios tienen circulación rápida y millones de reproducciones instantáneas. No importa si las reacciones son de simpatía o cuestionadoras. Lo que realmente interesa es que el debate sobre las cuestiones sustantivas de la realidad alcance también a las formas del relato, reforzándose así la polarización y fortaleciendo las cámara de eco digitales. Por cierto, los exégetas de la comunicación política sostendrán, con razón, que Milei es solo un personaje más de una saga en la que los modos de comunicar son protagonistas</p><p>La séptima función del lenguaje pertenece a la ficción. En la realidad, las palabras no necesiten convencer a todos de cualquier cosa. Les bastaría con establecer de qué se habla, cómo se discute y qué temas quedan ocultos. Pero en un ecosistema mediático que premia la reacción inmediata, el insulto puede terminar siendo más rentable que la explicación y la provocación más visible que una respuesta. Así, el lenguaje mantiene su capacidad para convencer, interviene en la definición de la agenda y guía los términos en que se la discute.</p><p>No obstante, queda abierta la pregunta acerca de si los exabruptos presidenciales responden a un temperamento verbalmente vehemente y confrontativo o si son parte de una estrategia política que busca réditos electorales.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/BEyM5Rp7OzzMEVR6bCx6JJVLG0E=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/javier_milei_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>¿La retórica provocadora y destemplada del presidente es manifestación de su temperamento o forma parte de una maniobra de comunicación política? Aun cuando no se pueda encontrar la respuesta definitiva, una novela francesa ayudaría a reflexionar hasta dónde pueden las palabras ordenar la agenda pública, cuestionar objeciones y reforzar identidades.]]>
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                <published>2026-10-24T12:00:00+00:00</published>
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            La política del “alcanzame el azúcar”
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/VkDrsvJvpI8KkPyk1koo_1bu6WQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/mario_pergolini.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>&nbsp;</p><p>Mario Pergolini, quizás el personaje más lúcido de los medios de comunicación argentinos de las últimas décadas, lanzó la frase. Es posible que haya ensayado una de sus conocidas provocaciones para incitar a la reflexión. En una entrevista, disparó: “Al 80% de la gente le importa tres pitos. Milei, los insultos de Milei, lo que diga Milei de cualquiera. No les interesa, no está en su cotidianidad, no está en su charla".</p><p>"Dicen: 'Uy, mirá cómo insultó a alguien' de la misma&nbsp;forma que dicen: 'Alcánzame el azúcar'", sostuvo.&nbsp;Y agregó que lo mismo ocurre con los estadounidenses y su opinión sobre Donald&nbsp;Trump, con lo que el problema no solo se presenta fronteras adentro.</p><p>Los periodistas quedaron atónitos ante las afirmaciones de Pergolini. Lo sucedido invita a reflexionar sobre las burbujas en las que se mueve la comunicación política, tanto en el país como en el resto del mundo. Un ámbito que se presenta como abierto a todos, pero que suele limitarse a quienes manifiestan un interés particular por las cuestiones ideológicas, la gestión de gobierno o la batalla cultural. Desde esa burbuja, se puede perder de vista que las preocupaciones que ocupan el centro de sus análisis no ingresan en las prioridades de buena parte de la ciudadanía.</p><p>No hay datos concretos que certifiquen que el 80% de los argentinos se desentiende de la política. &nbsp;Es posible que esa cifra forme parte de la idea provocativa de Pergolini. Sin embargo, vale preguntarse cuánto interés manifiesta una amplia porción de la población frente a las vicisitudes diarias de la “alta política”. La cara de asombro de los periodistas porteños permite inferir que estarían sobreestimando el alcance de sus análisis.</p><p>La reacción de sorpresa quizás no sea solo de quienes entrevistaron a Pergolini. &nbsp;Seguir la agenda de los medios, consultar publicaciones en las redes sociales, leer columnas de opinión y discutir de política con personas pretendidamente informadas son situaciones que pueden generar un microclima en el que se pierde de vista a los que permanecen al margen de esas acciones. Están fuera no necesariamente por carecer de convicciones ideológicas, sino porque sus prioridades pasan por afrontar la incertidumbre económica, cuidar a sus familias y conservar el trabajo, entre otras urgencias cotidianas.</p><p>Está claro que las hipérboles del lenguaje presidencial generan desgaste y merecen reprobación. La inflación discursiva, la retórica incendiaria y el insulto degradan la discusión pública, estimulan el hostigamiento, favorecen la polarización y contribuyen a debilitar las reglas de convivencia democrática. Pero la chabacanería del debate puede ser importante solo para una minoría integrada por dirigentes, periodistas y militantes. Que sea una actitud reprochable no significa que su rechazo forme parte de las prioridades de parte de la ciudadanía.</p><p>&nbsp;</p>Indiferencia<p>El politólogo irlandés Peter Mair en “Gobernar el vacío: la banalización de la democracia occidental” aporta la idea de que la indiferencia es importante para explicar las actitudes de los ciudadanos en general frente al mundo de la política. Señala que este aspecto “ha sido uno de los elementos más descuidados en el estudio de la relación entre los ciudadanos y la política, y su importancia muy subestimada”.</p><p>Mair admite que la indiferencia puede conducir a la hostilidad o a la pérdida de la confianza en el sistema político y en las instituciones democráticas, pero “sigue siendo un fenómeno importante por derecho propio y de ahí que también sea importante reconocer que la política y los políticos quizá sean considerados irrelevantes por muchos ciudadanos”.</p><p>Que los votantes concentren su atención en otros asuntos y resten importancia a la influencia de la política en sus vidas puede llevar a la dirigencia a creer que será fácil orientarlos ideológicamente. Esta interpretación resulta tentadora para quienes confunden la indiferencia hacia la agenda política con la inexistencia de convicciones. Una persona puede expresar hartazgo, desconfianza, indiferencia y falta de identificación con los partidos, sin que ello suponga carencia de opiniones o renuncia a sus propias ideas.</p><p>Así, la sorpresa de los periodistas ante las afirmaciones de Pergolini desnudó cierta soberbia de quienes se autoperciben como portadores de verdades que suponen compartidas por buena parte de la sociedad. Por ello, les cuesta comprender que una persona no se interese por lo que dijo Milei o cualquier otro dirigente, por la forma en la que lo dijo o a quién atacó esta vez y que solo esté pensando en ver si alguien le alcanza el azúcar.</p><p>La distancia entre la agenda política y las preocupaciones diarias puede alimentar esa subestimada indiferencia. La consecuencia podría ser que la política termine encerrada en sus propias discusiones y se dirija únicamente a quienes ya están dispuestos a escucharla.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/VkDrsvJvpI8KkPyk1koo_1bu6WQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/mario_pergolini.webp" class="type:primaryImage" /></figure>En un microclima del que participan dirigentes, periodistas y militantes se debate cada palabra de la política. Fuera de él, buena parte de la sociedad atiende otras urgencias. Confundir la indiferencia con la falta de convicciones puede llevar a que la discusión quede limitada a quienes están encerrados en aquella “burbuja”.]]>
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            La pelota sigue en la cancha
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/wsiJ3GVW5akXyaVyaCeyykPb-B8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/liones_messi.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia<p>El pase fue largo. Muy largo. La pelota se iba hacia un costado, sin destinatario fijo. Fue una típica jugada "para que corra el juez de línea", habría relatado el inolvidable Turco Wehbe. En su partido despedida de la selección, Messi era, supuestamente, quien debía recibirla. Se sorprendió ante la imperfección de la entrega. Aun así, con casi 40 años, salió raudo detrás del balón que se escapaba. Lo alcanzó. Lo pisó. Lo frenó sobre la raya y, desde allí, retomó el ataque albiceleste. Nadie se lo exigía. Nada se definía en esa jugada.</p><p>Esta no es una columna sobre la despedida de Messi. Tampoco sobre fútbol. &nbsp;Es sobre una jugada que no pasará a la historia y esa es su virtud. No hubo reclamo de tribuna para exigir el esfuerzo de ir a buscar el balón. El resultado no iba a cambiar si la pelota se daba por perdida. Y el error, además, no era suyo. Hubo, apenas, alguien que no aceptó que se malograra una oportunidad de ataque por una falla ajena.</p><p>Pero es Messi, se dirá. Es cierto. Es Messi. Y en una semana en la que abundaron las reflexiones sobre el legado del más formidable jugador de fútbol de la historia, aquel momento resumió una actitud que lo acompañó a lo largo de su carrera. La convicción de no ceder en el esfuerzo, de no dar por perdida ninguna pelota, aunque el empeño por alcanzarla pase inadvertido. Una actitud que sostuvo incluso cuando perdía finales y las críticas eran feroces. Y no cambió con el éxito. Demostró que el talento es necesario, pero a veces importa más una decisión.</p>Correr y recomenzar<p>La jugada muestra dos gestos. El primero es insistir aunque parezca inútil hacerlo. El segundo, menos visible, es la decisión -otra vez- de no quedarse en la raya y rearmar el ataque. Perseverar, construir sobre lo alcanzado hasta ese momento. Sería interesante, entonces, ensayar una respuesta que permita reflexionar sobre las oportunidades que se pierden por no hacer un esfuerzo para recuperar la pelota o por no saber qué hacer si se alcanza esa meta.</p><p>Esta lógica aplica a otros ámbitos. La economía, por ejemplo. Ordenar las cuentas públicas y estabilizar los precios son objetivos imprescindibles para alcanzar la pelota. Está sobre la línea. Se hizo el esfuerzo de correrla tras el pase defectuoso del gobierno anterior. Pero ahora la Argentina vuelve a experimentar la repetición del dilema que obliga a “rearmar el ataque” para que el orden se traduzca en inversión, empleo y mejora del salario.</p><p>Y a quienes se ubican en la vereda contraria les cabe algo parecido. Denunciar los costos es parte del juego político. Pero la crítica solo es válida cuando se acompaña de un plan posible a partir de lo ya se logró, lo que reclama, además, una mirada honesta sobre lo que se hizo cuando les tocó gobernar.</p><p>La jugada no terminó en la raya. Recomenzó allí. El esfuerzo vale más cuando se comprende que no todo lo anterior debe arrojarse por la borda. Así lo entienden docentes que no se resignan a perder una generación, equipos de salud que cumplen su tarea en condiciones difíciles, vecinos que sostienen un merendero, trabajadores que no renuncian a dar lo mejor a sus familias, industriales pyme que pagan sueldos con márgenes mínimos y emprendedores que afrontan dificultades sin abandonar sus proyectos. Ellos, y muchos más, conocen lo que es correr hacia el córner todos los días.</p><p>Ese esfuerzo individual y comunitario, sin aplaudidores ni pantallas, solo vale si alguien recibe la pelota. Sin embargo, con frecuencia, la política la revolea. Así, sin distinción de ideologías, se desarma lo que dejó el anterior, se hacen quejas sobre la herencia &nbsp;recibida y se pretende empezar de cero.</p><p>Volvamos a aquella jugada. Messi sigue siendo una figura descollante del fútbol mundial. Sin embargo, en su partido de despedida y sin tener nada que demostrar a nadie, se esforzó como en sus primeros tiempos por una pelota que no le llegaba. Corrió hasta la raya, la paró y reinició la jugada.</p><p>El simbolismo de esta actitud determina que los actores de la política deben hacerse cargo de ese balón que está en disputa. El mismo que tantos argentinos persiguen hasta dejarlo jugable. Alguien tendrá que empezar a construir a partir de ahí.</p><p>Messi ya no está en la selección. Pero nos dejó la pelota en la cancha.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/wsiJ3GVW5akXyaVyaCeyykPb-B8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/liones_messi.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Una jugada sin importancia de Messi en su despedida de la selección hace pensar en una actitud que va más allá del fútbol. Frente al deseo de buscar resultados rápidos, la tentación de rendirse y la frustración, el desafío sería aceptar que no siempre hay que empezar todo de nuevo.]]>
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                <published>2026-10-10T10:00:00+00:00</published>
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            Chapotear en la incertidumbre
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/JZHGHv49UX6MlWDcKDZfEHIoYX4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/opinion.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia<p>&nbsp;Cada cuatro años, octubre es un mes electoralmente decisivo para el país. Estamos a un año de la elección presidencial y el juego del poder sacude tableros. También vidas. Otra vez los argentinos comenzamos a chapotear en la incertidumbre.</p><p>Chapotear es hacer ruido al mover los pies o las manos en el agua o en el barro. Trasladada a la política argentina, la imagen mostraría a votantes intentando moverse en un terreno inestable. Sin certezas, en condiciones de creciente incertidumbre, sin saber con claridad qué consecuencias tendrán las elecciones para sus vidas.</p><p>La cautela lleva a postergar proyectos personales y, en el terreno económico, a demorar compras o refugiarse en el dólar. No se trata de una regla general, pero la experiencia argentina muestra que la proximidad electoral acentúa las dudas cuando la incertidumbre política dificulta anticipar el rumbo económico. Aunque todavía falte un año para las elecciones, las expectativas sobre su resultado comienzan a influir en las decisiones del presente. Y el fenómeno no se limita a la economía. Tiene connotaciones puramente humanas. Tanto es así que, en su “Manual para vivir en la era de la incertidumbre”, el ensayista español Antonio Garrigues Walker escribió que “es una huella antropológica tener miedo a lo desconocido”.</p><p>Ese temor, universal en su origen, alcanza una intensidad singular en la Argentina preelectoral. Sobran los ejemplos de acciones de los ciudadanos para protegerse frente a un futuro que no pueden controlar. No necesariamente se supone que son las mejores alternativas, pero todas intentan reducir la exposición a un escenario político cuyo rumbo desconoce.</p><p>En nuestro país, la volatilidad política puede convertirse en un obstáculo para asumir compromisos o tomar decisiones que requieren previsibilidad. El cuadro de situación muestra a un votante enfrentado a la proximidad de las urnas casi con la resignación de no saber qué terreno está pisando. La polarización incrementa la inestabilidad y agudiza el estrés social.</p>Esperando la carta<p>Las sensaciones de aquel coronel retratado por García Márquez que espera durante años una carta que no llega, pueden asemejarse a las de un ciudadano que aguarda señales para ordenar sus decisiones, pero no encuentra quién le escriba. Se desgasta procurando comprender qué puede ocurrir y encuentra dificultades para organizar su vida porque las expectativas son inciertas. El coronel espera una respuesta concreta. El votante también. El coronel no se resigna a perder su dignidad. Muchos ciudadanos tampoco.</p><p>Falta un año. La dirigencia política detenta sus conocidas actitudes endogámicas y se mueve desde hace tiempo en clave electoral. La ciudadanía espera, como el coronel, que las cartas lleguen a tiempo y aporten las necesarias clarificaciones. Pero los procesos electorales recientes han demostrado que las señales de hoy no necesariamente permiten anticipar el escenario posterior a las elecciones presidenciales. Por eso, el aprendizaje ciudadano exige, una vez más, avanzar con mesura y postergar aquellas decisiones que requieren un horizonte más previsible.</p><p>El filósofo francés Edgar Morin señaló que, en este tiempo, la humanidad tiene que “navegar en océanos de incertidumbre entre archipiélagos de certezas”. En nuestro país, por imperio de lógicas políticas que se resisten a cambiar y tal como viene sucediendo desde hace varios períodos electorales, hasta el próximo octubre habrá que chapotear en las cenagosas orillas de esos océanos y seguir buscando archipiélagos que devuelvan alguna certeza, lo que confirma que la incertidumbre electoral se ha convertido en un factor determinante de las decisiones de la vida cotidiana.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/JZHGHv49UX6MlWDcKDZfEHIoYX4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/opinion.webp" class="type:primaryImage" /></figure>A un año de las elecciones presidenciales, las expectativas sobre el resultado comienzan a condicionar decisiones del presente. La incertidumbre política se introduce en los proyectos personales, las conductas económicas y la vida cotidiana, mientras la polarización agrega tensión a un escenario difícil de anticipar.]]>
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                                <updated>2026-10-03T11:00:04+00:00</updated>
                <published>2026-10-03T11:00:00+00:00</published>
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            El “otro” siempre es peor
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        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/el-otro-siempre-es-peor" type="text/html" title="El “otro” siempre es peor" />
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                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/WOr-tmy5uiQByVf7ZkkzsE96sO4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/pelea_politica.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia<p>Se acerca el nuevo año electoral. Las fuerzas políticas o, mejor dicho, sus dirigentes han comenzado el largo, arduo y agotador camino en procura del destino de éxito medido en cantidad de votos que les permitan llegar al poder o mantenerlo.</p><p>Son las reglas de la democracia. Aunque sería propicio reflexionar sobre si las características de la práctica actual -en el país y en el mundo- rellenan todos los casilleros de lo que, a lo largo de la historia, célebres pensadores definieron como condiciones centrales para la vigencia de los principios democráticos en una sociedad.</p><p>Manuel Arias Maldonado es un reconocido catedrático de Ciencia Política español que escribió recientemente un artículo titulado “¿Podemos salvar la democracia liberal? (https://ethic.es/podemos-salvar-democracia-liberal) , en el que plantea que los peligros que amenazan actualmente a la democracia liberal ya no se presentan principalmente como una alternativa totalitaria o dictatorial, sino que también pueden manifestarse en las actitudes de ciudadanos y dirigentes que dicen defenderla pero no respetan sus normas y debilitan las instancias de control.</p><p>En otras palabras, un gobierno o un partido opositor puede accionar debilitando la separación de poderes, atacando a jueces y medios de comunicación, colmando de militantes los puestos de la administración pública, usando la mentira y desacreditando de manera permanente al adversario. En esta “hipocresía democrática”, el rol del ciudadano es, para el autor, central, puesto que mientras “manifiesta su preferencia abstracta por la democracia, procede sin embargo a apoyar en las urnas a formaciones o líderes que contribuyen a erosionarla”. Así, se habla “el lenguaje de la democracia pese a que que justamente se atenta contra ella”.</p><p>Este fenómeno global tendría en nuestro país características particulares. En primer lugar el “nosotros o ellos” como mecanismo de construcción política que se prolonga en un lenguaje fácil de reconocer. De este modo, conceptos usados con intención peyorativa como casta, kukas, zurdos, la derecha, fachos, vieja política, odio a periodistas y varios otros se convierten en categorías morales que se convierten en matriz del accionar político. Esto significa que el mecanismo de identificación es similar aun cuando la ideología y la historia de las distintas fuerzas sean diferentes.</p><p>Así, si lo hace o lo dice el adversario, se habla de autoritarismo, ataque a las instituciones, intolerancia, persecución o intentos de proscripción. Si lo mismo parte del propio espacio político se trata de una reacción necesaria, de una exageración propia del temperamento del dirigente o de una respuesta a la provocación. La misma conducta o palabras similares pueden adquirir significados completamente diferentes según quién sea el protagonista.</p><p>&nbsp;Polarizar es la cuestión</p><p>Desde hace años, la proximidad electoral hace mucho más visibles esos esquemas que terminan siendo fundamento de la grieta. Derrotar al otro es un objetivo que ordena la lucha política. Pero el respeto por determinadas reglas no puede quedar subordinado solo a la necesidad de impedir que el adversario llegue o vuelva al poder.</p><p>La polarización se extrema con esta dinámica política, aunque genera una paradoja. Frente a las elecciones próximas, el gobierno plantea la amenaza del regreso del kirchnerismo. Pero necesita que este adversario mantenga una relativa fortaleza política para que sea funcional a sus intereses. En sentido inverso, la dirigencia pero-kirchnerista solo habla de Milei porque es el rival a partir del cual puede recrear su propia identidad.</p><p>Entonces, ya casi no se necesita convencer a la ciudadanía de que las propuestas de “nosotros” son mejores. Solo basta con generar el clima que permita diluir todos los errores o excesos de unos porque es demasiado peligroso que los otros triunfen en la elección. Predomina una lógica que acepta que alguien de los “nuestros” pueda equivocarse, excederse o, incluso, hacer algo que yo no apruebo. Pero se tolera pues enfrente están “ellos”.</p><p>¿Qué sucede cuando el clima lleva a ciudadanos a disimular en los propios aquello que consideran inadmisible que hagan los adversarios? Es una pregunta que suena a advertencia y que el texto de Arias Maldonado plantea como una enfermedad que puede volverse crónica debido a que “la democracia plena ha dejado paso hace tiempo a una democracia de rasgos iliberales donde la excepcionalidad institucional coexiste con una aparente normalidad cotidiana”.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/WOr-tmy5uiQByVf7ZkkzsE96sO4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/pelea_politica.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Las instituciones de una democracia liberal pueden debilitarse cuando la polarización convierte al adversario en una amenaza. La contradicción aparece cuando la pertenencia política lleva a tolerar en los “nuestros” aquello que se condenaría sin dudar en los “otros”.]]>
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                                <updated>2026-09-26T12:00:04+00:00</updated>
                <published>2026-09-26T12:00:00+00:00</published>
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            Ni apocalípticos ni integrados; por ahora, ajenos
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/BNeRjrTb1aa0DVdcGB_uN0kweXA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/inteligencia_artificial.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>La primera edición del libro se publicó en 1964. En una serie de ensayos magistrales sobre la cultura de masas, el semiólogo Umberto Eco se planteó el problema central de la doble postura ante el impacto de nuevos medios y lenguajes: la de los apocalípticos, que veían en ellos la “anticultura” y la de los integrados, que aceptaban la cultura de masas como una nueva forma de circulación y acceso a los bienes culturales.</p><p>La obra de Eco “Apocalípticos e Integrados” marcó una bisagra en los estudios de comunicación masiva, porque cuestionó el academicismo y reivindicó los productos de la cultura popular. Asimismo, identificó las dos posturas dominantes en la discusión sobre el impacto de los medios de masas en la segunda mitad del siglo pasado.</p><p>La humanidad vive hoy un tiempo de características muy diferentes a aquel en el que Eco escribió sus reflexiones. No obstante, mientras gran parte del mundo asiste a un debate crucial sobre el futuro de la inteligencia artificial, la discusión intelectual global parece atrapada en una nueva versión de aquella dicotomía que Eco presentó en los años sesenta.</p><p>Por un lado, están los apocalípticos de hoy, que advierten sobre riesgos existenciales asociados a la IA, capaces incluso de amenazar la vida en el planeta. Por el otro, los integrados celebran una era de productividad creciente, avances científicos acelerados y una eficiencia automatizada en todos los órdenes.</p><p>Basándose en conceptos del ensayista francés Gilbert Cohen–Séat, el pensador italiano retomó el concepto de una “iconosfera” dominada por las pantallas, en la que “cada día una parte del globo vivirá pasivamente mirando aquello que una restringida minoría preparará para ella”. Fue un presagio acertado. Esa “iconosfera” modificó la percepción humana al saturarla de imágenes, entre otros efectos. Más tarde, con la llegada primero de la Internet y todas sus herramientas y, luego, de la inteligencia artificial, se abrió una nueva era en la que las imágenes y las informaciones que circulan masivamente ahora pueden ser generadas, no por una minoría de seres humanos, sino &nbsp;por sistemas inteligentes.</p><p>&nbsp;</p>Discusiones analógicas<p>Es tan profundo el cambio que permanecer aislado no puede ser una opción. &nbsp;Sin embargo, mientras el planeta procesa una transformación nunca vista, la Argentina se mantiene empantanada en discusiones analógicas de las que emergen los vicios tradicionales de la política vernácula.</p><p>El debate que sacude al mundo prácticamente no ha comenzado por aquí. En los círculos de poder todavía son escasas las voces que hablan de inteligencia artificial. Algún anuncio de instalaciones de bases de datos en la Patagonia, encuentros con determinados popes de las industrias, un proyecto que propiciaba la creación de sociedades integradas por máquinas inteligentes que no prosperó y poco más puede encontrarse sobre el tema en la agenda política argentina.</p><p>Aquí se cuentan con los dedos las discusiones serias sobre cómo regular la IA, cómo potenciarla para sus usos benéficos, cómo amortiguar sus consecuencias negativas, cómo insertarla en los sistemas educativos o productivos, qué variables éticas deben establecerse para su utilización.</p><p>Entonces, mientras la frontera tecnológica se expande a una velocidad inusitada, impulsada por la inteligencia artificial, la política doméstica permanece estancada en su analógica y repetitiva “torpeza natural”.</p><p>Por caso, mientras el mundo enfrenta el desafío de pensar qué será de la humanidad en la próxima década, aquí se piensa solo en la elección que viene. No se levanta la vista más allá del día a día. La energía política se consume en la lógica polarizada, en la rigidez de las posturas ideológicas y en el intento de adaptar la realidad al relato.&nbsp; Se revolean acusaciones, se potencian los mesianismos y las desprolijidades. Se antepone la lealtad a la eficiencia.</p><p>Como se señaló, en la polémica mundial sobre la nueva “algoritmósfera” generada por la inteligencia artificial, que se superpone a la “iconosfera”, hay líderes que se ubican en cada una de las categorías planteadas por Umberto Eco en aquel libro emblemático. Las diferencias entre ambas posiciones cada vez son más evidentes y se contraponen intereses poderosos. &nbsp;Sin embargo, en la Argentina solo pueden ensayarse inferencias acerca de quiénes se ubicarán entre los apocalípticos y quiénes entre los integrados. La incertidumbre, que es norma frente a la irrupción de una tecnología que no parece tener límites, se traslada a la realidad en muchos ámbitos.&nbsp;</p><p>En el país hay apocalípticos e integrados en todos los temas. Sin embargo, frente a la IA, la sensación es que la política argentina es simplemente ajena.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/BNeRjrTb1aa0DVdcGB_uN0kweXA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/inteligencia_artificial.webp" class="type:primaryImage" /></figure>El mundo debate los riesgos y las oportunidades de la inteligencia artificial. Se discute cómo aprovechar sus posibilidades y contener sus riesgos.  En la Argentina, la discusión apenas asoma entre una agenda política atrapada en las urgencias y disputas de siempre.]]>
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                                <updated>2026-09-19T12:30:53+00:00</updated>
                <published>2026-09-19T12:30:00+00:00</published>
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            ¿Debemos acostumbrarnos a que se aprenda menos?
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/d0_uByRbyaqlKGOyj0dD6bK0bZE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/pruebas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ&nbsp;<p>El resultado de las Pruebas Pisa 2025, que se tomaron a estudiantes de 15 años en más de 90 países grafica con elocuencia el problema. En Lectura, la Argentina obtuvo 389 puntos, 12 menos que en 2022 y 72 por debajo del promedio de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), responsable de esta evaluación internacional.</p><p>Respecto de la prueba del año 2000, en la que la Argentina se ubicó segunda, solo detrás de México, el descenso es de 39 puntos. Entre 91 sistemas educativos, se ubicó en el puesto 62 y es el octavo entre los 13 países de América Latina que participaron.</p><p>Los números también exhiben caídas significativas en el rendimiento escolar en Matemáticas y Ciencias, lo que permite sostener que el deterioro de los aprendizajes ya no puede ser atribuido exclusivamente a los efectos de la pandemia y, como consecuencia de ello, se ponen en cuestión algunas ideas que circulan en los debates educativos.</p><p>Un dato relevante es que el retroceso en Lectura alcanza a tres de cada cuatro sistemas educativos en el mundo y también afecta a los sectores socioeconómicos más favorecidos. Se puede inferir al respecto que se está frente a un fenómeno que excede la desigualdad educativa provocada por la brecha de ingresos en una sociedad, aunque esta circunstancia no se vuelve totalmente irrelevante.</p><p>En este contexto, más allá del chisporroteo político habitual, los malos resultados educativos no generaron demasiadas repercusiones. Se instala así la sensación de que el resultado de la evaluación produce títulos periodísticos, declaraciones y cruces políticos, pero después el sistema parece volver a su rutina.</p><p>Entonces, surge la preocupación de que el problema no sea solo que los aprendizajes retroceden, sino que, como sociedad, hayamos empezado a naturalizar ese deterioro. Si no hay una reflexión profunda sobre un tema que excede los marcos académicos especializados y se establece como normal que las nuevas generaciones comprendan menos, lean peor o tengan mayores dificultades para resolver problemas o razonar de modo crítico, se está transitando un camino mucho más pedregoso, en el que la posición en un ranking internacional termine siendo apenas un dato coyuntural.</p><p>&nbsp;</p>Responsabilidades<p>Luego de conocerse los resultados, el gobierno nacional acusó a sus antecesores. Algunas provincias, como Córdoba, celebraron tener resultados más altos que el promedio nacional, hecho remarcable, por cierto, pero que no alcanza para aliviar el problema. Desde la oposición hubo tímidos intentos de desligarse de su responsabilidad, señalándose que “el problema es mucho más complejo”, de acuerdo con lo expresado por el ex ministro de Educación, Nicolás Trotta.</p><p>No está mal discutir qué rol les cabe a las políticas educativas a los gobiernos, a las condiciones de vida de la sociedad, a las familias, a las instituciones, a la irrupción de la tecnología y a las prácticas docentes, entre otras variables. Pero explicar situaciones &nbsp;y diagnosticar responsabilidades no significa que el problema esté resuelto.</p><p>&nbsp;</p>Nuevos escenarios<p>Además, la discusión sobre el estado de la educación en el país no parece abarcar una nueva dimensión: el mundo en el que se aprende. La dispersión de la atención, la omnipresencia de las pantallas y las transformaciones culturales que la tecnología está produciendo enfrentan a la escuela a desafíos otrora impensados. Además, la irrupción de la inteligencia artificial exige -aunque no lo parezca- afianzar el desarrollo de las capacidades básicas.</p><p>Las respuestas de una máquina pueden ser una herramienta para aprender. Por eso, comprender lo que se lee hoy es mucho más importante que nunca. Que la IA escriba, resuma, calcule o busque información es una realidad con la que la escuela debe lidiar. Pero la infraestructura intelectual de la sociedad actual -y de la que viene- exige comprensión lectora, capacidad de escritura, razonamiento crítico y discernimiento ético. En este marco, el papel del docente se vuelve todavía más decisivo.</p><p>Ayer los maestros celebraron su día. Cada 11 de septiembre, los discursos reclaman que la educación sea asumida como una prioridad. Se recuerda a Sarmiento, se aprovecha para enaltecer la función docente, se expresan autoelogios oficiales por el apoyo de los gobernantes a la educación y se habla de la esperanza en el futuro venturoso del país gracias a lo que los estudiantes hoy aprenden. Pero este año se conocieron los resultado de las Pruebas Pisa, que constituyen una señal de advertencia y deberían obligarnos a discutir, en serio, qué debe hacerse para que los resultados sean distintos. Y, sobre todo, para evitar que nos acostumbremos al retroceso educativo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/d0_uByRbyaqlKGOyj0dD6bK0bZE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/pruebas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Los resultados de las Pruebas Pisa 2025 vuelven a exhibir el deterioro de los aprendizajes, pero la discusión pública amenaza con reducirse a buscar responsables. El desafío es más serio. Exige  asumir la educación como prioridad, construir una política coherente para un mundo que cambió y no naturalizar el deterioro.]]>
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                <published>2026-09-12T12:30:00+00:00</published>
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            Malvinas, más allá de la coyuntura
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/dlNh7VVcBBKNvE2mbcXu0MV_oKU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/bandera_las_malvinas_son_argentinas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ&nbsp;<p>El agónico gol de Lautaro Martínez frente a Inglaterra permitió que los argentinos disfrutáramos de una de las victorias más épicas del seleccionado nacional. Y la euforia por el triunfo deportivo se agigantó con la bandera sobre Malvinas desplegada en el campo de juego tras esa inolvidable semifinal.</p><p>A partir de allí, la cuestión islas fue reapareciendo en la escena política nacional. Y alcanzó su máxima repercusión con las declaraciones de Trump, quien amenazó a Gran Bretaña con revisar la postura neutral de Estados Unidos sobre la soberanía de las islas, y luego con el discurso de Milei del pasado jueves.</p><p>Así, el fútbol se erigió en el contexto propicio para convertir un objeto común en una expresión de pertenencia colectiva.&nbsp; Durante unos minutos, esa sábana pintada en un hotel expresó la necesidad de reconocernos en un "nosotros", puesto que la causa Malvinas es &nbsp;de todos. Es innegable su arraigo en el sentimiento nacional.</p><p>En este marco, las noticias provenientes de Estados Unidos generaron inferencias, expresadas en el discurso presidencial, sobre la debilidad actual de Gran Bretaña en el contexto internacional. Es una realidad que, especialmente luego del Brexit, el otrora poderoso imperio se sumió en una difícil realidad de la que no acierta a salir.</p><p>Sin embargo, las amenazas de Trump no constituyen todavía un cambio estratégico importante. Y nada hace presumir todavía que no sean más que otra &nbsp;de sus habituales bravuconadas. Aprovechar las fisuras británicas es una alternativa favorable, pero no sería viable construir la política sobre Malvinas a partir de las declaraciones del actual habitante de la Casa Blanca, cuya política exterior es propensa a barquinazos imprevisibles.</p><p>Frente a esta realidad, conviene preguntarse por qué la política argentina sigue discutiendo estrategias y no define una política de Estado permanente y coherente. La que la Constitución establece en la primera de sus disposiciones transitorias. La que señala que&nbsp; recuperar los territorios del Atlántico Sur y ejercer plenamente la soberanía son objetivos irrenunciables del país. Por eso, la discusión no debería ser si Milei estuvo bien o mal en reivindicar &nbsp;el derecho soberano. Tiene la obligación de hacerlo, como la tuvo cada gobierno democrático desde 1994.</p><p>&nbsp;</p>¿Oportunismo o convicción?<p>Se puede advertir que la reinstalación de Malvinas en el centro del debate público es un intento del gobierno para recuperar el protagonismo en la narrativa política interna. Es una estrategia utilizada por todos los gobernantes en todos los tiempos. Cuando los problemas sociales y económicos se acentúan, apelar al sentimiento patriótico es una actitud repetida. El gobierno entrevió una oportunidad y actuó en consecuencia.</p><p>No es la primera ni será la última vez que esto ocurre. Desde la guerra de 1982, la causa Malvinas ha sido tironeada en función de las conveniencias políticas del momento. Sin embargo, nunca dejó de ser una reivindicación legítima. Por lo tanto, aunque el gobierno libertario encuentre en la intensificación de las acciones de reclamo por la soberanía una herramienta para recuperar la iniciativa, nada impide que pueda aprovecharse esta circunstancia para construir esa política de Estado que trascienda los límites de una gestión.</p><p>Claro que el oportunismo tampoco debería tener cabida en la oposición. Con la excepción de los sectores más radicalizados, las críticas escuchadas tras la cadena nacional siguen una línea argumental bastante definida. Se señala que Milei llega tarde, se recuerda la volatilidad de sus posiciones anteriores sobre Malvinas y se cuestiona que ahora recurra a una épica nacionalista que hasta hace poco parecía ajena a su discurso. Incluso se lo acusa de "galtierizarse" para sostener esa narrativa, como si ello fuese una virtud. Por otra parte, muchos consideran poco creíble este cambio de postura debido a la admiración que alguna vez manifestó por Margaret Thatcher. Todas estas objeciones pueden ser válidas. Sin embargo, también pueden descalificarse por contener el mismo oportunismo que buscan denunciar.</p><p>En uno y otro caso, la épica discursiva encuentra límites difíciles de franquear. El desarrollo de la exploración petrolera en la cuenca de Malvinas es un asunto sensible que merece una respuesta contundente. Las medidas anunciadas por el presidente podrían tener algún efecto puntual sobre determinadas empresas que tengan negocios o intereses en el país. Pero el alcance de estas disposiciones todavía es una incógnita. Y son varias las voces que anticipan su posible escasa efectividad.</p><p>Así las cosas, la utilización de Malvinas en la política interna no es una novedad. Habría que preguntarse en este caso quién está en condiciones de tirar la primera piedra. Pero el reclamo soberano no deja de tener vigencia. Por ello, se hace necesario pasar del oportunismo político efímero a la convicción de que debe crearse una política de Estado con criterios permanentes, alejados de intereses mezquinos y centrados en el profundo significado del mensaje plasmado en aquella bandera que apareció luego de ganarle a Inglaterra.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/dlNh7VVcBBKNvE2mbcXu0MV_oKU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/bandera_las_malvinas_son_argentinas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La reaparición del reclamo soberano sobre las islas del Atlántico Sur en el debate político obliga a extender la mirada. Mientras se presentan oportunidades diplomáticas, disputas partidarias y reivindicaciones legítimas, la Argentina sigue debiendo una política de Estado permanente para una causa que trasciende gobiernos.]]>
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                                <updated>2026-09-05T12:14:15+00:00</updated>
                <published>2026-09-05T12:14:12+00:00</published>
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            El estruendo de un adiós
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/pbWVRio15k-ekiqn5KIpzUAsQ3s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/lionel_messi.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>Ese maestro de periodistas que fue Juan Carlos Brook relataba con su proverbial tono irónico que lo de “noticia bomba” era tomado en otros tiempos de modo literal. Cada vez que un hecho provocaba alto impacto en la opinión pública, en la esquina de LA VOZ DE SAN JUSTO se detonaba una bomba de estruendo, para conseguir que los lectores se acerquen al pizarrón colocado en la vereda con el texto que anticipaba los detalles del suceso que leerían en la edición del día siguiente.</p><p>Precisamente, en los primeros años de vida de este diario hubo que recurrir a una de aquellas convocatorias para anunciar una noticia de gran impacto. Pero era el Día de los Muertos y, después del bombazo, los periodistas debieron padecer la severa reprimenda de doña Juanita, una vecina del lugar, que no les perdonó haber quebrado con semejante estruendo el carácter sagrado de la jornada dedicada a recordar a los difuntos.</p><p>Bombazos, ya sin bombas en el frente de los diarios, siguen existiendo. Y el último fue uno de los más resonantes. Porque esta vez el estruendo no se escuchó en una esquina. Impactó en todas. Sus esquirlas pegaron de lleno en el corazón de millones de argentinos. Lionel Messi anunció que deja la selección.</p><p>“Cada vez que subo las escaleras del Camp Nou y de pronto veo el fulgor del pasto iluminado, en ese momento que siempre nos recuerda a la infancia, digo lo mismo para mis adentros: hay que tener mucha suerte para que te guste mucho un deporte y te toque ser contemporáneo de su mejor versión”, escribió Hernán Casciari en “Messi es un perro”. El mismo autor que tenía “nostalgia del presente” cada vez que el 10 estaba en la cancha.</p><p>Messi fue protagonista de inolvidables bombazos futbolísticos durante dos décadas con la celeste y blanca. Un pibe con “capacidades diferentes y un talento asombroso para hacer con una pelota lo que parecía imposible: llevarla hasta la red una y otra vez”, según Casciari, quien lo llevó hasta la mitología: “Si lo dejaran, no haría otra cosa. Llevar esa esfera blanca a los tres palos todo el tiempo, como Sísifo”.</p><p>Déjeme, Hernán, tomar su idea para intentar una explicación de lo que se sintió al recibir el bombazo. En la hora del juicio final podré decir que viví en el tiempo en el que un chico rosarino hizo magia en la cancha, una época en la que la disfonía fue habitual luego de miles de gambetas y casi un millar de golazos. Reformulo su relato: estarán todos atentos, en silencio, algunos bajarán la cabeza sabiendo que lo cuestionaron inmerecidamente. Entonces “aparecerá Dios y señalándome dirá: tú, el gordito, estás salvado”.</p><p>“¿Qué voy a hacer cuando se retire?” La mamá de Lionel contó que esa expresión era de su esposo, Jorge Messi, fallecido semanas atrás.</p><p>¿Y ahora qué hacemos todos nosotros? El vacío y el desconcierto van acompañados de profunda emoción. Era el momento, es verdad. Pero tan grande como su virtuosismo con la pelota es el impacto que el anuncio del retiro de la selección ha dejado en el ánimo de quienes tuvimos el privilegio de disfrutar de su talento.</p><p>No es el día de los muertos doña Juanita. El bombazo nos pegó duro. Pero estamos salvados.</p><p>Lo vimos jugar a Messi.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/pbWVRio15k-ekiqn5KIpzUAsQ3s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/lionel_messi.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Un bombazo futbolístico sacudió a millones de argentinos: Lionel Messi anunció que dejará la Selección. Una mirada cargada de emoción sobre el impacto de despedir al jugador que marcó una era y que nos regaló el privilegio de verlo hacer magia con una pelota.]]>
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                                <updated>2026-09-01T11:55:44+00:00</updated>
                <published>2026-09-01T11:55:41+00:00</published>
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            La degradación de la empatía
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/R3y3LBqPHDnNeW3f6IxuAWGwlYQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/el_diputado_nacional_por_la_libertad_avanza_alberto_benegas_lynch.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ&nbsp;<p>No son siempre públicas, pero sí reiteradas, algunas quejas en determinados círculos politicos sobre los cuestionamientos casi generalizados que la opinión pública hace del accionar de la clase dirigente. Es verdad que las generalizaciones ingresan en la categoría de injustas cuando se esparcen sin matices. Pero también es una realidad que son reiteradas las conductas que contribuyen a acrecentar el malestar social y a elevar el tono de las críticas.</p><p>Un listado de hechos da cuenta de conflictos de intereses, carencia de idoneidad, corrupción, privilegios, falta de rendición de cuentas, nepotismo, clientelismo y arbitrariedad, entre otros. Indican una distancia real entre las demandas de la ciudadanía y el discurso dirigencial. Son expresión de la división entre la empatía emocional del discurso y la empatía cognitiva que requiere destrezas mentales y, fundamentalmente, criterios éticos para plasmarse en la realidad.&nbsp;</p><p>Milei llegó al gobierno con una prédica que empatizaba con el sentimiento de hastío de una mayoría de argentinos. La idea de “casta” fue un eje discursivo que prendió y le permitió asumir el poder. Sin embargo, el caso Adorni -no el único pero sí el más emblemático- dañó seriamente al gobierno porque reveló la contradicción entre el discurso moralizador y las acciones privadas o públicas del ex jefe de gabinete.</p><p>También se encuadra en este panorama la obstinación de Milei y otros funcionarios en enfatizar la responsabilidad contractual de los deudores morosos por encima de las circunstancias que llevan a una familia a endeudarse para comprar alimentos o cubrir otros gastos básicos. Cuando el diputado Benegas Lynch dijo que la morosidad es responsabilidad del que compró un televisor para el Mundial y ahora no lo quiere pagar porque Argentina no salió campeón, ya no se puede hablar de frases desafortunadas o anecdóticas.</p><p>Se hace evidente, entonces, la falta de empatía con los votantes que, hastiados del período kirchnerista, pretendían un cambio que incluyera una dimensión ética y no solo el regreso de cierta racionalidad económica. Pero también con quienes, más allá de sus preferencias políticas, padecen restricciones económicas, laborales y productivas y esperaban que, luego del ajuste, ese cambio contemplara sus dificultades.</p><p>&nbsp;</p>No hay exclusividad<p>Los ejemplos de falta de empatía cognitiva de la dirigencia política se repiten en todas las vertientes ideológicas y también en latitudes distintas. Por caso, el ex candidato presidencial Sergio Massa se presenta como el paladín de la unidad en un movimiento que afirma pensar primero siempre en los más débiles y vulnerables. Como es habitual en él, hace gala de su contorsionismo político. Aunque a veces le sale mal.</p><p>De un vuelo privado en una nave propiedad de un empresario “amigo” para unas lujosas vacaciones en el Caribe se desprende esta condición. El periodismo develó que supuestamente intentó ocultarlo saliendo de Uruguay y volviendo por Paraguay. ¿Por qué esconder? Simplemente porque la contradicción entre el discurso público y las acciones privadas resulta tan evidente que cualquier explicación parece insuficiente. ¿La austeridad es una virtud cuando la practica el pueblo y una opción personal cuando la practica el dirigente?</p><p>En el mismo sentido, se conoció que una dirigente sindical abonó casi 200 mil dólares para comprar el departamento del piso inferior al que ocupa Cristina Kirchner bajo prisión domiciliaria. La prensa porteña publicó que personas consultadas en el edificio manifestaron no conocerla y&nbsp;no hay pruebas de que viva allí, lo que deja abierta la puerta a especulaciones sobre los verdaderos motivos de la adquisición. Algo similar ocurre cuando un legislador provincial contrata como “asesores” a personas con antecedentes penales y condenas judiciales y la respuesta institucional se limita a autorizarle una licencia temporal en el cargo. En estos casos, vale preguntarse si la empatía debe empezar por los propios y terminar allí.</p><p>El plano internacional exhibe otra faceta de la misma trama. Al mismo tiempo en que miles de marroquíes desesperados protagonizaban, semanas atrás, una oleada migratoria casi sin precedentes en la ciudad española de Ceuta, el presidente del gobierno español difundía un video en el que daba a conocer su playlist de Spotify. Recién un mes después, el gobierno central español , a través de su ministra de Defensa, pidió disculpas por no haber encarado la crisis con la seriedad del caso. En un contexto en el que las posiciones oscilan entre la xenofobia y la defensa de un gobierno que no supo responder adecuadamente a la crisis, convendría preguntarse si la dirigencia puede reclamar empatía con quienes migran sin mostrarla también hacia las comunidades que deben afrontar las consecuencias de una migración descontrolada. Comprender a un vulnerable no significa ignorar a otro vulnerable.</p><p>Cuando se la utiliza como herramienta del discurso político pero sirve para comprender a unos y negar a otros, la empatía deja de ser un valor y se degrada como principio moral. Se convierte en la espada oxidada de una forma de hacer política.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/R3y3LBqPHDnNeW3f6IxuAWGwlYQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/el_diputado_nacional_por_la_libertad_avanza_alberto_benegas_lynch.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Es una palabra repetida del discurso político, pero también en una práctica selectiva. A veces sirve para comprender a los propios solamente. Y no es utilizada para reconocer a los otros. Varios ejemplos revelan cuánto cuesta llevar la empatía del discurso a los hechos.]]>
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                <published>2026-08-29T12:07:42+00:00</published>
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            Qué y cómo
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/jbwLCCzQNvhAWs3TrXMQT1qLiOk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/javier_milei.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>&nbsp;</p><p>A lo largo de la historia, pero mucho más en este tiempo signado por la proliferación de medios y técnicas de comunicación masiva, la política ha solido ser muy eficaz para decir qué está pasando, qué se ha logrado, qué se viene para el futuro y por qué la sociedad debe confiar. Sin embargo, mucho menos clara y transparente ha sido cuando llega el momento de explicar cómo se llegará desde la situación actual hasta ese futuro venturoso que se promete.</p><p>Cuando el qué y el cómo dejan de tener relación directa, el relato político puede seguir siendo funcional, pero empieza a perder su capacidad para explicar la realidad que vive la gente. La Argentina, la actual y la de las últimas décadas brinda ejemplos contundentes de esta contradicción.</p><p>Los qué proclamados por Milei son los mismos del comienzo: estabilización de la macroeconomía, superávit fiscal, disminución de la inflación y recuperación de la actividad que llegará como consecuencia de las reformas y desregulaciones aplicadas. Este esquema es el que defendió el presidente, haciendo alarde -otra vez- de su intemperancia, en el discurso que pronunció en la reunión del Council of the Americas días atrás.</p><p>No obstante, las negativas tajantes y los airados cuestionamientos presidenciales frente a la creciente demanda social para que los frutos del ordenamiento lleguen a la vida cotidiana parecen haber abierto tímidas grietas en el seno del gobierno. &nbsp;Otras voces del oficialismo plantean una reformulación de ese qué. El ministro de Economía, Luis Caputo, reactivó un verbo que no figuraba en el relato gubernamental. Precisamente, habló de reactivar. Y la senadora Patricia Bullrich admitió la necesidad de acercar a la ciudadanía los beneficios de la consolidación macroeconómica.</p><p>Aun admitiendo que estas posibles contradicciones sean parte de &nbsp;una estrategia comunicacional en la que Milei le habla solo a sus más militantes y Caputo y Bullrich bajan el tono y procuran insuflar una dosis realismo, el cómo surge con fuerza. ¿Cómo se consigue que los beneficios prometidos dejen de ser una expectativa?</p><p>&nbsp;</p>El verdadero problema<p>Así las cosas, el gobierno parece tener relativamente claro el qué, pero no cómo traducir la estabilización en crecimiento que trascienda a todos los sectores. Es decir, cómo se traduce el ordenamiento macro en crecimiento, empleo, consumo, inversión y mejora de los ingresos, entre otras variables.</p><p>Este problema no es solo económico. La cercanía del proceso electoral acentúa su contenido esencialmente político. Si la decisión es resistirse a revisar o corregir, mostrarse inflexible y no ampliar la agenda pública, un qué consistente no encontrará un cómo capaz de convertir la promesa de transformación en una experiencia cotidiana.</p><p>Por cierto, incluso soslayando los modos extemporáneos y hasta groseros de las apariciones públicas del presidente, la distancia entre relato y realidad no es una característica original de la gestion libertaria. Tampoco una particularidad del mileísmo o el kirchnerismo. Ni siquiera es un “invento” argentino. Es un hecho palpable en la mayoría de las democracias, que ha contribuido a la crisis de las instituciones, al desprestigio de la dirigencia y a la reaparición de experiencias populistas o autoritarias que convierten determinadas interpretaciones en verdades difíciles de discutir.</p><p>Para peor, la lógica de las redes sociales multiplica esta capacidad. En esas burbujas, ya no se comunica solo una interpretación de la realidad, sino que cada ciudadano recibe una narrativa que se amolda a sus propias convicciones y tiende a rechazar cualquier otra.</p><p>De todos modos, la política siempre necesita relatos que contemplen los qué y los cómo. El problema asoma cuando esos relatos niegan aspectos de evidentes de la realidad y reemplazan a la explicación de los hechos. Porque el qué puede convencer durante un tiempo, pero el cómo es lo que finalmente permite verificarlo.</p><p>En definitiva, un gobierno, el de Milei o cualquier otro, puede difundir información y estadísticas para sostener que la economía está mejorando. Es posible que esos datos armonicen con la verdad. &nbsp;Pero las demandas seguirán creciendo si el relato político se conforma con decirnos en qué debemos creer y no puede responder cómo la promesa se convierte en realidad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/jbwLCCzQNvhAWs3TrXMQT1qLiOk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/javier_milei.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La política suele ser eficaz para explicar qué sucede y qué se propone, pero menos para responder cómo se alcanzarán los objetivos. La actualidad económica del país vuelve a exponer esa distancia, que no es patrimonio de un gobierno y que las redes sociales amplifican.]]>
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                                <updated>2026-08-30T13:00:33+00:00</updated>
                <published>2026-08-22T12:10:36+00:00</published>
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            La política ya está de pretemporada
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/IU-C2slFFKGf9DChtXnvHGNC1Gw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/junta_electoral.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Fernando Quaglia | LVSJ</p><p>Las encuestas y los focus groups están a la orden del día. Los equipos de comunicación ensayan narrativas, buscan ejes discursivos y argumentos. Se organizan reuniones entre quienes hace tiempo no dialogaban. Se abrió la etapa de análisis para posibles alianzas y de debate para intentar la sutura de grietas internas. El mercado de pases está agitado.</p><p>Comenzó la pretemporada.</p><p>El malhumor ciudadano viene creciendo al ritmo de las dificultades de una economía que no despega. Una parte de la dirigencia parece haber tomado nota de que algo debe hacer. El escenario empieza a necesitar acuerdos para recuperar identidades políticas que parecían relegadas frente a la lógica tradicional de oficialismo - oposición.</p><p>El escenario vuelve a mostrar escenas conocidas. El Congreso es caja de resonancia de las demandas de distintos sectores, pero también escenario de confrontaciones. Los gobernadores aliados al gobierno elevan sus reclamos y hacen visible el costo político de decisiones que hasta ahora habían aceptado, aunque con cautela.</p><p>Karina Milei, por intermedio del jefe de Gabinete, organiza una reunión con el expresidente Mauricio Macri para explorar consensos que puedan desembocar en una alianza electoral. Tantear con qué jugadores se puede contar es un movimiento propio de una pretemporada.</p><p>Quizás este encuentro haya sido resultado también del reclamo del ministro Caputo para que la política contribuya a reducir las incertidumbres económicas que siempre asoman en la Argentina cuando las elecciones se avecinan. Las urgencias de la gestión devuelven a la política al centro de la escena. Y la identidad libertaria, construida a partir de la ruptura de puentes, comienza ahora a necesitarlos. Los tiempos cambian.</p><p>En el otro vestuario, los apellidos son los mismos. Massa, Kirchner, Kicillof, Quintela, Insfrán, Mayans, Ziliotto se reunieron para, según afirmaron, discutir la postura de ese espacio frente a la posible eliminación de las Paso. Son jugadores conocidos de un equipo que pretendería dejar de pelear el descenso, aunque sin caras nuevas para refrescar su imagen. Además, los resquemores de siempre tampoco parecen haber desaparecido.</p><p>El desafío de la principal fuerza opositora sería, entonces, cómo “oxigenar” una propuesta para el electorado sin modificar demasiado el plantel. Se podría pensar que vuelve a cumplirse aquella máxima atribuida a Perón que Antonio Cafiero solía repetir: “Los peronistas somos como los gatos, cuando parece que nos estamos peleando, nos estamos reproduciendo”. Es válido preguntarse si efectivamente se están reproduciendo.</p><p>La demanda ciudadana</p><p>Las encuestas publicadas en los últimos meses revelan que ningún dirigente registra hoy una imagen positiva superior a la negativa. El desgaste alcanza al oficialismo y a la oposición, y revela una dificultad que excede la competencia entre Milei y el kirchnerismo. El presidente ya no puede descansar solamente en su condición de outsider. Las principales figuras del peronismo arrastran un deterioro que tampoco sería capaz de atraer mayorías. El resultado es una escena política sin liderazgos capaces, por ahora, de transformar las expectativas ciudadanas.</p><p>En este contexto, el periodista Luciano Román, en La Nación, publicó una columna de opinión en la que plantea la tesis de una “desilusión sin nostalgia”. En ese texto, se difundió una encuesta de la consultora Rubikon Intel en la que se afirma que el 60,9% de los votantes está dispuesto a evaluar un candidato nuevo, por fuera de La Libertad Avanza y del kirchnerismo.</p><p>Por cierto, no existe todavía una oferta política que se identifique con esta tercera vía. Y tampoco parece asomar algún dirigente que la pueda encarnar. Es decir, la demanda de renovación no encuentra ejemplos potencialmente válidos. Sin embargo, el dato puede ser revelador puesto que, de acuerdo con el referido sondeo, el desencanto con el presente no supondría la intención de regresar al pasado.</p><p>Faltan varios meses, pero la pretemporada electoral está en marcha. Unos buscan acuerdos para afianzar identidad y conservar aliados. Otros procuran ordenar la tropa con los apellidos de siempre. El cambio de nombres, la suma de dirigentes con ideologías afines, la conformación de alianzas y los encuentros “fraternos” entre personajes cuyas diferencias son ostensibles no se vislumbran hoy como respuestas sólidas a la demanda social que parece reclamar algo más que el despliegue de las mismas piezas en el terreno de juego.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/IU-C2slFFKGf9DChtXnvHGNC1Gw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/junta_electoral.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La política argentina ya está en modo electoral. El gobierno procura acuerdos, el kirchnerismo intenta ordenar sus filas, la dirigencia se reacomoda con los nombres conocidos. Pero algunas encuestas revelan el ánimo de una sociedad que parece reclamar algo diferente, aunque sin nostalgia por el pasado]]>
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                                <updated>2026-08-15T12:41:16+00:00</updated>
                <published>2026-08-15T12:41:09+00:00</published>
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            La expropiación del sentido común
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/TZF7caxE33l6gRnr-JzSduCLEwI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/quaglia.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Fernando Quaglia | LVSJ</p><p>La política argentina actual tiende a privilegiar ideas y convicciones por encima de los hechos. Entonces, la realidad deja de actuar como un límite a las decisiones y el sentido común se convierte en un gran ausente.</p><p>Más allá de la frase que señala que “es el menos común de los sentidos”, referirse al sentido común exige ingresar en categorías filosóficas fundantes que implican esfuerzo para comprenderlas.</p><p>Aristóteles lo asemejó a la prudencia, entendida como la capacidad humana de juzgar de modo correcto situaciones concretas. Más adelante, en el siglo XVIII, un filósofo no tan conocido, Thomas Reid, señalaba que conocer implica la existencia de principios, no siempre visibles pero reconocibles por el ser humano, que dirigen la interpretación de los hechos. Antonio Gramsci introdujo un matiz diferenciador al sostener que el sentido común no es una verdad absoluta sino una construcción cultural que expresa relaciones de poder y se convierte en el piso desde el cual una sociedad interpreta la realidad.</p><p>En cualquier caso, tener sentido común exige respetar evidencias existentes antes de tomar decisiones. Es decir, entender que el sentido común se hace presente cuando las ideas se contrastan con la realidad, cuando la acción política no prescinde de las circunstancias en las que se desarrolla. Se podrá señalar que esto lleva al pragmatismo excesivo o al utilitarismo. Sin embargo, en determinadas situaciones, las ideas dejan de ser útiles cuando prescinden de los hechos. Aquí sí el sentido común puede corregir desvíos.</p><p>Las ideologías son valiosas para orientar decisiones, pero el sentido común sirve para impedir que el marco ideológico termine reemplazando a la realidad. Por ello, puede ocurrir que aplicar este enfoque a las vicisitudes de la política argentina abra la posibilidad de convertir el análisis en un laberinto. No obstante, vale la pena el intento cuando la realidad exhibe numerosas situaciones en las que parece demostrar que, en este ámbito, es el menos común de los sentidos.</p>Convicciones versus realidad<p>Alejada del sentido común está la tendencia a minimizar problemas cuya evidencia termina imponiéndose. Por ejemplo, restar importancia al drama de la morosidad de miles de familias argentinas cuando el ministro de Economía la atribuyó solo a especulación financiera o el presidente la presentó como una consecuencia de la ignorancia en la materia. Lo mismo cuando se tildó de tarados a los que reclaman por la situación del sector productivo. En ese sentido, también se está lejos cuando no se advierte que las preocupaciones sociales ya no pasan únicamente por la reducción de la inflación.</p><p>Tampoco parece responder al sentido común el envío de un proyecto para facilitar la extranjerización de la tierra precisamente cuando el Mundial de Fútbol volvió a poner en primer plano sentimientos nacionalistas. En la misma línea se ubica la decisión de desregular la actividad de los prácticos navales sin dialogar con quienes conocen el funcionamiento del sistema portuario, lo que generó pérdidas multimillonarias en el ámbito del comercio exterior. La misma ausencia quedó plasmada en el deterioro innecesario de la relación con Brasil, principal socio comercial del país, al tiempo que se intenta construir un liderazgo regional basado en lo ideológico por sobre los intereses reales de la Argentina.</p><p>De todos modos, los problemas reales de gestión del Gobierno se atenúan cuando algunos dirigentes opositores actúan como si fuesen los jefes de campaña del oficialismo. Así, además de algunos aciertos, los errores en la vereda contraria se transforman en un activo para el bando libertario.</p><p>Es que la oposición tampoco muestra apego al sentido común. Un exministro cuestiona el proyecto de reforma del Banco Central y dice que si ganan las elecciones harán “todo al revés”. El mismo espacio político rechazó con énfasis la iniciativa de liberar la compra de tierras a los extranjeros, pero nunca termina de explicar la cesión de una porción de territorio nacional para la instalación de una base china. Y desde La Rioja, en un rapto de chavismo tardío, un gobernador anuncia nacionalizaciones y expropiaciones generalizadas.</p><p>Son cuestiones diferentes, pero revelan la dificultad para sostener coherencia con la realidad, puesto que la toma de posición está condicionada por la conveniencia política ante la cercanía del tiempo electoral o por la imposibilidad de exhibir una alternativa atractiva.</p><p>En definitiva, la prudencia de Aristóteles, los principios de Reid o la construcción cultural de Gramsci no asoman como aspectos visibles de este tiempo político. Los hechos existen, aunque contradigan las convicciones propias. Son un límite que debe ser reconocido porque las ideas están obligadas a rendir examen ante el “tribunal” de la realidad. Como no suele ser así, el único expropiado es el sentido común.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/TZF7caxE33l6gRnr-JzSduCLEwI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/quaglia.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La política argentina actual tiende a privilegiar ideas y convicciones por encima de los hechos. Entonces, la realidad deja de actuar como un límite a las decisiones y el sentido común se convierte en un gran ausente]]>
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                                <updated>2026-08-08T11:30:04+00:00</updated>
                <published>2026-08-08T11:30:00+00:00</published>
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            Infantilizar la diplomacia
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/9kCadd4o-eZhSt3udFdF6N9m5nA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/milei_y_brasil.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>Los ataques verbales y las acusaciones de Javier Milei contra las autoridades brasileñas en un acto partidario de la oposición bolsonarista generaron una seria controversia diplomática con el país vecino, principal socio comercial de la Argentina.</p><p>¿Es normal que un jefe de Estado se inmiscuya en la política interna de otro Estado y apoye a los candidatos opositores? Para Milei, sí lo es. “Parte de nuestra misión como gobierno es advertir a las demás naciones para que cambien a tiempo, seguiremos ofreciendo nuestro testimonio en todas partes contra las mentiras del socialismo”, dijo en esa ocasión. A confesión de parte, relevo de pruebas. Es decir, ya no son solo gritos o acusaciones. Si bien este tipo de episodios no es nuevo, la forma en que se manifiestan altera criterios que durante décadas orientaron las relaciones entre los Estados.</p><p>En verdad, la política exterior en general descansa sobre el principio de que, en democracia, los gobiernos cambian, pero los intereses nacionales permanecen. En teoría, la máxima inicial de la diplomacia moderna se basa en que las relaciones entre los países pretenden alcanzar los objetivos surgidos de aquellos intereses. Así, los temas son el comercio, la seguridad, las fronteras, la infraestructura y la energía. Todo esto y mucho más debería sobrevivir a los cambios electorales.</p><p>Sin embargo, en especial desde los albores de este siglo, las alianzas forjadas en la sintonía ideológica parecen romper con aquella tradición. Estarían dando nacimiento a la diplomacia identitaria a partir del principio del alineamiento ideológico. Si no tienen ideas similares, los gobernantes dejan de vincularse con sus pares. Lo hacen con los dirigentes con ideas afines que están en la oposición. Ya no se observa al otro país como un vecino con el que se comparten intereses comunes y se hacen negocios. Se lo categoriza como un enemigo en la batalla cultural e ideológica.</p><p>En este tiempo, abundan los ejemplos en los que la política exterior empezó a adoptar la lógica de las redes sociales. La diplomacia crea disputas en el fangoso terreno electoral. Los tradicionales y pacatos comunicados de las cancillerías compiten con los discursos de campaña. Y las posturas de un país se miden más por los aplausos de la propia tribuna que por los resultados. De este modo, la dogmatización ideológica o la personalización de los vínculos internacionales prevalecen.</p><p>&nbsp;</p>Más allá de las ideologías<p>Por cierto, este fenómeno no es nuevo ni propio de una línea política. La historia registra fuertes alineamientos ideológicos no siempre vinculados con la defensa de los intereses de un país en particular. Un ejemplo fue la Cumbre del ALCA en Mar del Plata, en 2005. Allí, ante más de 30 mil militantes, Hugo Chávez utilizó ese encuentro de mandatarios americanos como escenario de confrontación. Logró el rechazo al ALCA e inició la construcción de un bloque latinoamericano de gobiernos afines.</p><p>Asimismo, Lula tampoco fue ajeno a los intentos de influir en la política argentina. Expresó públicamente su respaldo a Daniel Scioli en 2015, mantuvo una relación cercana con Alberto Fernández y Cristina Kirchner y, según versiones, el oficialismo brasileño colaboró con asesores en la campaña de Sergio Massa. Incluso visitó a la expresidenta en el domicilio donde cumple su condena. Sin embargo, es necesaria la aclaración, esa participación no se expresó mediante discursos pronunciados en actos partidarios en territorio argentino para descalificar al gobierno de turno.</p><p>No obstante, la irrupción de Donald Trump en el escenario mundial aceleró la tendencia que Chávez había impulsado. Así, se incrementó la organización de los liderazgos como redes que trascienden fronteras. Y lo hacen con una intensidad manifiesta que llega hasta las descalificaciones o a la posible contradicción entre el objetivo de consolidar la prevalencia de una ideología y los intereses permanentes de una Nación.</p><p>Más allá del retiro de su embajador en la Argentina, Brasil seguirá siendo el principal socio comercial argentino y el Mercosur continuará siendo estratégico por más discursos de campaña que Milei pronuncie contra Lula. Quizás este modo de relacionarse con países que no comparten su visión sirva para reforzar la adhesión de las huestes libertarias. Como se infiere de sus palabras en el acto de apoyo a Flavio Bolsonaro, la meta es formar un bloque de países cuyos gobiernos comparten principios ideológicos. Nada nuevo. Esto ya lo ensayó el chavismo. Y, a la luz de lo que se observa en la actualidad, los frutos fueron perecederos.</p><p>Es que condicionar la diplomacia a la simpatía personal e ideológica entre líderes políticos termina infantilizando la diplomacia.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/9kCadd4o-eZhSt3udFdF6N9m5nA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/milei_y_brasil.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La participación del presidente Javier Milei en un acto opositor en Brasil parece confirmar que la política exterior se desplaza hacia una lógica de alineamientos ideológicos, campañas electorales y liderazgos personalistas que debilitan la diplomacia tradicional y generan conflictos entre países]]>
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                                <updated>2026-08-01T12:47:09+00:00</updated>
                <published>2026-08-01T12:10:46+00:00</published>
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            Después de la pausa de hidratación
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fJxbVRK3XccL1SmSSPJD098QAPI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/luis_caputo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>&nbsp;</p><p>Terminó el Mundial. La selección argentina fue subcampeona. A la decepción por no conseguir el título le siguió una reacción popular que fue muy distinta a la que se presentó frente a otras finales perdidas. Se reconoció el proceso y el trabajo en equipo. También los liderazgos austeros y sensatos, exentos de posturas demagógicas y con la sensibilidad a flor de piel.</p><p>Es verdad que el cierre del Mundial también dejó episodios que deslucieron parcialmente ese recorrido. Las reacciones de unos pocos jugadores resultaron innecesarias y alimentaron interpretaciones conspirativas sobre un supuesto sentimiento antiargentino en otras latitudes. Las hogueras virtuales de las redes sociales hicieron el resto, amplificando esos episodios hasta darles una dimensión mayor que la que realmente tuvieron. Sin embargo, el reconocimiento a los valores que encarnó esta selección quedó por encima de esos excesos, que merecen una revisión crítica, pero no alcanzan a opacar lo construido durante todo el proceso.</p><p>El Mundial significó un tiempo muerto para los grandes temas del país. El Congreso se aletargó y proyectos de ley trascendentes volvieron a su cajón. También varias decisiones en materia económica parecieron suspenderse debido a que la atención de la opinión pública estaba centrada en los partidos de la selección. Así, mientras el país miraba las remontadas de Messi y sus muchachos, la política se dedicó a esperar. “El 2027 empieza después del Mundial”, fue la consigna.</p><p>Y ya empezó. Como si el Mundial hubiera sido apenas un paréntesis en una dinámica que nunca cambió y de la que la dirigencia pretendió arrimar a su propio arco algunas enseñanzas de la "Scaloneta" para mejorar el clima político. Todo volvió a medirse en clave electoral, con la mirada puesta en las legislativas del año próximo. Se reactivó la confrontación entre las distintas fuerzas y también dentro de cada una de ellas. El cortoplacismo volvió a imponerse tanto en los discursos como en las decisiones, mientras la agenda pública acumula problemas que no admiten demoras.</p><p>El gobierno y los sectores autodenominados progresistas quedaron en offside frente a “ola antiargentina” que se desplegó luego de la final que ganó España. Los libertarios procuraron capitalizar este hecho para su batalla cultural. No tuvieron mayor éxito. En la vereda de enfrente fueron muchos los que no pudieron conciliar el sueño al escuchar &nbsp;las acusaciones de discriminación y racismo que hicieron personajes representativos en el mundo de las ideas que defienden.&nbsp;&nbsp;</p><p>La confusión se mantuvo cuando, era inevitable, se retomó una agenda política que había quedado eclipsada por el Mundial. Volvieron a discutirse las reformas que el Gobierno pretende impulsar -entre ellas la electoral y el futuro de las Paso-, la polémica por la ley de tierras y las modificaciones al régimen de inocencia fiscal. También regresó al centro del debate el desafío de consolidar la estabilidad sin resignar la demorada reactivación económica, en medio de declaraciones oficiales -como la de Luis Caputo sobre los dólares "en el colchón"- que remitieron a situaciones similares del pasado.</p><p>&nbsp;</p>Elecciones y Justicia<p>Al mismo tiempo, la política volvió a organizarse en función del calendario electoral. Mientras el oficialismo procura reordenar su estrategia y exhibe una unidad que las fotografías muestran más sólida de lo que en realidad es, las distintas expresiones de la oposición continúan inmersas en sus propias incertidumbres, con dirigentes enfrascados en disputas personales y movimientos destinados a despejar sospechas sin terminar de definir un rumbo común. La "rosca" recuperó protagonismo y también los gobernadores comenzaron a tomar decisiones con la mirada puesta en el tiempo electoral que se avecina.</p><p>Ni siquiera el fútbol quedó al margen del regreso de la política. El “Chiqui” Tapia de traje blanco inmaculado, observó el horizonte judicial detrás de sus anteojos negros, bajó del avión, cruzó la alfombra roja y esbozó una mueca con sorna. Sonreía.&nbsp; Pese a que en Estados Unidos ya se investigan las sospechosas operaciones financieras de la dirigencia del fútbol nacional, sabe que en algunos ámbitos tribunalicios continúan aquí jugando su propio partido. Un pase para adelante, varios para el costado y otro al arquero. No solo es lentitud.</p><p>La discutida pausa de hidratación del Mundial sirvió, en algunos casos, para corregir errores, reorganizar posiciones y replantear estrategias de cara a los tramos decisivos de un partido. La pregunta es si la dirigencia hizo eso durante las semanas en las que estuvimos pendientes de la selección o simplemente aguardó a que pasara el campeonato pensando que un nuevo título fungiría como un bálsamo que acomodase la realidad a sus propios intereses.</p><p>Después de su golazo a Inglaterra, Enzo Fernández hizo el “Topo Gigio”. Para el columnista Luciano Román, en La Nación, ese gesto “tiene algo de desafío y de desahogo, pero también podría leerse como la predisposición a escuchar. A veces toca oír el aliento, la felicitación, el fervor de la idolatría; otras veces, la crítica constructiva y hasta las preguntas incómodas”.</p><p>Después de esta larga pausa de hidratación, la política volvió a la cancha. En el Mundial, los equipos aprovecharon ese intervalo para corregir errores, redefinir estrategias y escuchar a su entrenador. La dirigencia argentina, en cambio, volvió a jugar como si nada hubiera ocurrido. Es difícil corregir estrategias o tomar decisiones acertadas si antes no existe la disposición a escuchar.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fJxbVRK3XccL1SmSSPJD098QAPI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/luis_caputo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Durante el Mundial de Fútbol la política argentina entró en un largo impasse. Conflictos, disputas, negociaciones y tensiones permanecieron suspendidas por un acontecimiento que monopolizó la atención pública de nuestro país y el mundo. Ahora se reanudó el juego.]]>
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                <published>2026-07-25T12:09:28+00:00</published>
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            El peligro de las generalizaciones
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Kdr7qHFnseRYMCSn7wF-yi8PCSI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/argentina_espana.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Luis Giordano | LVSJ<p>Hay algo que viene ocurriendo en las últimas semanas que excede largamente al fútbol. De pronto, parecería que ser argentino pasó de ser una nacionalidad a convertirse, para algunos, en un defecto. En redes sociales, en ciertos medios de comunicación y hasta en declaraciones de celebridades comenzó a instalarse una idea tan simplista como peligrosa: que Argentina es un país racista, xenófobo y provocador. Como si 47 millones de personas pudieran resumirse en tres adjetivos.</p><p>El deporte fue el escenario ideal para que ese discurso encontrara un megáfono. Después de la final, comenzaron a circular videos de argentinos insultados únicamente por llevar una camiseta de Lionel Messi. Una mujer fue agredida verbalmente desde la calle mientras observaba los festejos desde un balcón en España. En otros casos hubo burlas, hostigamientos y descalificaciones por el simple hecho de ser argentinos. Cuando una camiseta deja de representar un equipo y pasa a justificar una agresión, el problema ya no es deportivo.</p><p>Lo mismo ocurrió con la polémica por la bandera de "Malvinas Argentinas". Una simple bandera, que para millones de argentinos representa una causa histórica y un reclamo de soberanía sostenido durante décadas por gobiernos de distinto signo político, terminó generando reacciones desmedidas. De repente, un símbolo nacional pasó a ser presentado como una provocación. Esa reacción dice tanto sobre quien lleva la bandera como sobre quien decide escandalizarse por verla.</p><p>También sorprendieron algunos comentarios de medios y figuras públicas, que calificaron a la Selección Argentina como un equipo "asqueroso" o "vomitivo" por supuestamente haberle dado la espalda al campeón durante los festejos. La crítica se instaló rápidamente como una falta de respeto, sin reparar en un detalle que muchos videos muestran con claridad: los jugadores argentinos estaban mirando hacia la tribuna donde se encontraban sus familiares e hinchas, no dándole la espalda deliberadamente al rival. Pero, además, el episodio deja al descubierto una evidente doble vara. En la final del Mundial de Qatar 2022, cuando Lionel Messi levantó la Copa del Mundo, los jugadores de Francia ya se habían retirado al vestuario. Nadie habló entonces de una falta de respeto, nadie exigió disculpas y nadie calificó al seleccionado francés con adjetivos despectivos. Lo que en un caso fue entendido como parte de la dinámica de una celebración, en el otro terminó convertido en un escándalo internacional. Cuando el criterio cambia según quién sea el protagonista, deja de ser un criterio y pasa a ser un prejuicio.</p><p>Más llamativa todavía fue la reacción de algunas celebridades. El actor Samuel L. Jackson calificó a Argentina como "uno de los países más racistas del mundo" e invitó a apoyar a España en la final. La actriz Kelly McCreary celebró la victoria española asegurando que habían "pateado traseros nazis" y sostuvo que jamás apoyaría a un país "colonialista" como Argentina. Resulta difícil no advertir la ironía de esa afirmación cuando quien estaba del otro lado era, precisamente, una nación con una historia colonial conocida en buena parte del planeta.</p><p>Nada de esto implica negar los problemas propios. Argentina tiene racismo. Tiene discriminación. Tiene xenofobia. Como la tienen España, Francia, Estados Unidos, Brasil y prácticamente cualquier sociedad del planeta. Sería absurdo sostener lo contrario. El problema aparece cuando esos hechos dejan de analizarse como fenómenos sociales para transformarse en la identidad de un país entero.</p><p>Frente a este escenario, el Gobierno argentino no debería mirar para otro lado. No se trata de responder a cada comentario desafortunado que circula en redes sociales, sino de advertir cuando comienza a instalarse una narrativa que estigmatiza al país y a sus ciudadanos. La defensa de la imagen de la Argentina en el exterior también forma parte de la política exterior. Cuando millones de argentinos son señalados con prejuicios o se normalizan agresiones por su nacionalidad, el silencio diplomático deja de ser prudencia y empieza a parecer indiferencia. Un Estado que no defiende a sus ciudadanos cuando son atacados por lo que representan corre el riesgo de dejar que otros escriban el relato sobre quiénes somos.</p><p>La historia enseña que las generalizaciones rara vez son inocentes. Antes de rechazar a una sociedad, muchas veces se la deshumaniza. Se la reduce a una caricatura. Se exageran sus defectos, se silencian sus virtudes y se instala la idea de que "todos son iguales". Ese mecanismo ha aparecido en distintos momentos de la historia para justificar desprecios, exclusiones e incluso conflictos bélicos entre naciones. Por eso conviene desconfiar cada vez que un pueblo entero es presentado como un problema.</p><p>Quizás haya otro elemento que incomoda. El argentino, con todos sus defectos y virtudes, nunca se caracterizó por aceptar con facilidad que alguien venga a decirle cómo debe pensar, cómo debe vivir o cómo debe comportarse. Mucho menos cuando esas lecciones llegan desde países que también cargan con episodios de discriminación, violencia o colonialismo en su propia historia. La autocrítica siempre es saludable; las clases de superioridad moral suelen ser bastante menos convincentes.</p><p>Tal vez esa incorrección tan argentina sea parte de la explicación. No somos un pueblo que acostumbre agachar la cabeza. Podemos discutir entre nosotros durante horas, criticarnos con dureza e incluso exagerar nuestros propios problemas. Pero cuando desde afuera se pretende reducir nuestra identidad a un estereotipo, aparece algo que atraviesa generaciones: la defensa de un país que, con todas sus contradicciones, sigue siendo mucho más complejo de lo que algunos relatos intentan mostrar.</p><p>Las redes sociales potencian ese fenómeno. Los algoritmos premian la indignación antes que la verdad. Cuanto más extremo es un mensaje, mayor difusión obtiene. Y así, una mentira repetida miles de veces termina pareciendo una certeza para quienes nunca se detuvieron a comprobarla.</p><p>Criticar conductas concretas siempre será legítimo. Señalar actos de discriminación también. Lo que no debería naturalizarse es la condena colectiva. Porque el día en que aceptemos que una nacionalidad alcanza para definir moralmente a millones de personas, habremos dejado de combatir los prejuicios para empezar a practicarlos.</p><p>Y ese sí sería un verdadero retroceso.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Kdr7qHFnseRYMCSn7wF-yi8PCSI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/argentina_espana.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Lo que comenzó como una polémica futbolística terminó exponiendo un fenómeno más amplio: la creciente difusión de discursos que reducen a millones de argentinos a estereotipos. Entre agresiones, acusaciones y dobles varas, el debate ya excede al deporte.]]>
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                                <updated>2026-07-21T14:47:12+00:00</updated>
                <published>2026-07-21T14:47:05+00:00</published>
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            Una sábana que se volvió bandera
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7zjVgCJYjpVNvIBXuDZpMJYcSlg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/seleccion_argentina_bandera_malvinas_contra_inglaterra.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ<p>&nbsp;</p><p>Un aficionado la arrojó al campo de juego donde la selección festejaba el épico triunfo sobre Inglaterra. Giovanni Lo Celso y Lisandro Martínez la tomaron de sus puntas y la levantaron hacia la tribuna.</p><p>No era una bandera oficial. Mucho menos un documento diplomático ni una declaración gubernamental. Se trataba de una simple sábana de hotel convertida en pancarta. Algo que en cualquier otro contexto pasaría inadvertido se transformó luego del partido en un objeto con un valor simbólico extraordinario.</p><p>¿Cuál es la razón por la que un objeto precario, pintado con aerosol, puede adquirir esa potencia emocional? No es la sábana. Ni siquiera la frase, la misma que desde hace años puebla las carteleras y pizarrones de nuestras escuelas. Es el contexto en el que apareció.</p><p>La masividad del Mundial de Fútbol estableció el significado. Un campeonato que cada cuatro años rompe las prácticas de lo que el sociólogo -británico, vaya paradoja- Michael Billig denomina “nacionalismo banal”. Esto es, los mecanismos rutinarios y formas cotidianas por las que la Nación es recordada en forma permanente.</p><p>La escarapela en el pecho, la bandera en el mástil, los carteles sobre Malvinas son recordatorios que permanecen “mudos” hasta que alguna efeméride o la efervescencia social por algún acontecimiento los amplifica y les devuelve su poder. La bandera que antes colgaba desapercibida en un colegio ahora se reconvierte en pintura facial, en decenas de miles de camisetas celestes y blancas e insignias que pueblan las tribunas. &nbsp;Ocurre lo mismo en todas las latitudes, según Billig. Los símbolos nacionales adquieren su fuerza cuando una comunidad los rescata para expresar sus sentimientos y reforzar su identidad.</p><p>En este marco, es preciso señalar que la reivindicación argentina sobre las Malvinas existe desde hace casi dos siglos. Esa porción usurpada de nuestro territorio forma parte del sentimiento nacional. Un sentimiento amplificado por el recuerdo del conflicto de1982 y por el ejemplo de los excombatientes. También figura desde siempre en los mapas escolares, en los carteles de las rutas &nbsp;y, aun con idas y vueltas, &nbsp;es un tema permanente de política exterior. Antecede al Mundial. El fútbol es parte de nuestra identidad, pero no es el generador del reclamo. Sin embargo, enfrentar a Inglaterra lo hizo visible otra vez. Aquí sí una contienda deportiva disparó la emocionalidad que está instalada en los argentinos.</p><p>&nbsp;</p>No todo es lo mismo<p>La polémica llegará pronto a su cima. Y la espuma dialéctica terminará por desvanecerse. Sin embargo, se hace necesaria una distinción. No toda apelación al sentimiento nacional supone lo mismo. Una cosa es reivindicar un reclamo de soberanía, ampliamente compartido por la sociedad argentina, y otra muy distinta convertir al rival en objeto de descalificaciones por su ideología o su origen nacional o étnico. Entre ambas posturas existe una gran diferencia que el fervor del Mundial no debería borrar. Los episodios registrados en distintos países, donde incluso se ha cuestionado la pertenencia nacional de futbolistas hijos de inmigrantes, muestran hasta dónde el nacionalismo puede derivar en expresiones xenófobas que nada tienen que ver con la defensa de una postura soberana.</p><p>No obstante, la respuesta a la pregunta del comienzo quizás sea más sencilla. Era esperable que aparecieran símbolos asociados al reclamo por Malvinas en el estadio de la ciudad de Atlanta. De todos modos, no se trató de una operación ideológica o de inteligencia ni de una declaración diplomática con pretensiones de incidir en la larga controversia sobre la soberanía de las islas. Tampoco resolverá la discusión sobre la conveniencia o no de haberse exhibido al final del partido.</p><p>Pero una improvisada pancarta confirmó que el fútbol puede ser el contexto propicio para convertir un objeto común en una expresión de pertenencia colectiva. Durante unos minutos, esa sábana pintada en un hotel expresó la necesidad de reconocernos en un "nosotros", sin exigirle a un plantel de &nbsp;jugadores que cargue sobre sus espaldas el peso del histórico reclamo por Malvinas.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7zjVgCJYjpVNvIBXuDZpMJYcSlg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/seleccion_argentina_bandera_malvinas_contra_inglaterra.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Las multitudinarias celebraciones tras la clasificación a la final del  Mundial volvieron a visibilizar un sentimiento nacional que durante largos períodos está integrado a la vida cotidiana. Por eso una simple sábana sobre Malvinas pudo adquirir un enorme valor simbólico.]]>
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                <published>2026-07-18T12:30:00+00:00</published>
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            Una tarjeta roja y una puerta abierta
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        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/una-tarjeta-roja-y-una-puerta-abierta" type="text/html" title="Una tarjeta roja y una puerta abierta" />
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Mt9eLb21CLTpj7-Ak5k-J65PBW8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/trump_fifa.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Fernando Quaglia | LVSJ&nbsp;<p>&nbsp;</p><p>El ariete de la selección de Estados Unidos, Folarin Balogun, pudo jugar en octavos de final del Mundial de Fútbol frente a Bélgica, pese a haber sido expulsado en el partido anterior. El combinado norteamericano perdió 4 a 1 y se despidió del torneo. La anécdota, sin embargo, es que pudo vestir la camiseta estadounidense después de que el presidente de su país interviniera ante las autoridades de la FIFA para que la sanción fuera revisada</p><p>No es la primera vez, ni será la última en la que la política se entromete con el más popular de los deportes. Aunque en este caso no sirvió de mucho. &nbsp;Episodios insólitos se recuerdan en la historia de los mundiales. Basta evocar al emir de Kuwait, Fahd Al-Ahmad Al-Jaber Al-Sabah, durante el Mundial de España 1982, quien&nbsp; no dudó en ingresar a la cancha tras un gol de Francia. Los jugadores del país árabe reclamaban que había sonado un silbato antes de la conversión. Se comprobó que provenía de la tribuna. Vestido con su túnica tradicional, el jeque encaró al árbitro soviético Miroslav Stupar para que anule la jugada. Y el juez aceptó. No alcanzó. La selección kuwaití lo mismo fue goleada.</p><p>En el episodio de 1982, la presencia física de un dirigente en el campo de juego alcanzó para alterar una decisión arbitral. El caso que comenzó con el llamado de Trump adquiere una lógica similar, puesto que no hizo falta ingresar al terreno ni desafiar al árbitro. Bastó con activar una excepción prevista en el código disciplinario de la Fifa, que permite revisar las sanciones impuestas a los jugadores expulsados. El debate se sostiene ante la sospecha de que su aplicación haya quedado condicionada por el peso político de quien la reclamó. Queda expuesta así la prepotencia que consiste en acomodar las normas a la conveniencia de quien se arroga el poder.</p><p>Al mismo tiempo, la explicación del presidente de la Fifa se ciñó a lo reglamentario, pero dejó ver un pragmatismo institucional difícil de evitar. Infantino defendió la independencia de sus órganos judiciales y admitió haber recibido un llamado de Donald Trump. Cedió frente al poderoso, pero actuó minimizando el episodio. Porque fue solo la llamada de un amigo con el que tiene lazos cordiales y es el líder de la Nación anfitriona. &nbsp;Hasta qué punto una excepción prevista por el reglamento puede considerarse ajena al peso político de quien la solicita, es un interrogante que inquieta.</p><p>Un estudioso de las teorías de Antonio Gramsci podría advertir allí una expresión de hegemonía. Es decir, la capacidad de un actor poderoso para obtener una decisión favorable, surgida de un interés particular, que será presentada y aceptada como una aplicación natural, neutral y legítima de las reglas.</p>&nbsp;Más allá del fútbol<p>Lo acontecido puede extenderse más allá de los protagonistas y del fútbol. En ambos casos la norma se ajusta al poder y no al revés. Algo que es tan antiguo como la política y recurrente en el fútbol. Y que tiene ejemplos en todos los rincones del planeta. Se reproduce en las organizaciones deportivas y en varios otros ámbitos. Cuando se habla de “secanucas” en la AFA queda claro el mismo patrón. Pero también cuando un banco central es presionado por las autoridades del Ejecutivo para emitir moneda que cubra los enormes déficits, cuando algún organismo regulador cede ante el poder o cuando se discuten los nombramientos en la Justicia. En algunos casos, aunque no se viole una regla, las conductas deterioran la &nbsp;fortaleza institucional porque dependen de la intención de complacer a quienes concentran el poder.</p><p>Para el histriónico mandatario norteamericano ganar una discusión es central, es hacer justicia. Más aún si existe algún resquicio legal que permita ser interpretado o utilizado. No importa el modo cómo se imponga la pretensión. El que manda tiene siempre razón. El riesgo de esta postura fue sintetizado en La Nación por la periodista Gail Scriven: “Trump cruza una línea roja cada semana, y cada vez más,&nbsp;el mundo es su patio de juego. Soy el jefe, les dice a sus pares del&nbsp;G7&nbsp;en la cara. Pero cada vez emerge con más fuerza en&nbsp;Estados Unidos&nbsp;y en el resto del mundo la pregunta:&nbsp;¿qué o quiénes pueden ponerle un límite?”.</p><p>En definitiva, la historia demuestra que el poder suele pretender ajustar las normas a su propia mirada, a sus intereses. Sí es una novedad que ya no se haga en las sombras. No hace falta forzar la entrada. Basta con que dejen la puerta abierta quienes deben resguardar las reglas.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Mt9eLb21CLTpj7-Ak5k-J65PBW8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/trump_fifa.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La habilitación del futbolista de la selección de Estados Unidos Folarin Balogun tras la intervención de Donald Trump ante la Fifa repite un patrón de conducta que ya no se ejecuta en las sombras. Las instituciones se debilitan cuando las excepciones a las normas se activan por influencia política.]]>
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                <published>2026-07-14T14:25:26+00:00</published>
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