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    <title>La Voz de San Justo</title>
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    <updated>2026-08-22T12:46:35+00:00</updated>
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            Cuando hablar también es prevenir: la mirada de Ricardo Gallegos sobre las adicciones
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/m3Rv5LWt14D95hQxns8v40hvdWA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ricardo_daniel_gallegos.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Ricardo Daniel Gallegos trabaja como enfermero y supervisor en la Clínica Privada de Psiquiatría de San Francisco. También es docente en el Instituto Madre Teresa de Calcuta, donde está a cargo de la asignatura Enfermería en Salud Mental, y se formó como operador terapéutico en adicciones. Su acercamiento específico a esta problemática surgió a partir de su trabajo cotidiano con pacientes que presentaban trastornos vinculados al consumo de sustancias.</p><p>Según contó a POSTA/LA VOZ DE SAN JUSTO, hace aproximadamente cuatro o cinco años comenzó a advertir que dentro de la institución en la que trabaja ingresaban pacientes con algún trastorno de consumo de sustancias y que, como enfermero, no contaba con suficientes herramientas para abordar esas situaciones. Esa necesidad lo llevó a capacitarse en Córdoba, en el Sanatorio Morra y también en una institución vinculada al abordaje de los consumos.</p><p>“No tenía herramientas y dije: tengo que hacer algo, tengo que empatizar más con este tipo de pacientes”, explicó Gallegos al recordar que lo llevó a especializarse. Para él, esa formación significó también comprender una cuestión que considera central para abordar las adicciones: quienes atraviesan un consumo problemático son pacientes y tienen derechos, al igual que cualquier otra persona que atraviese una enfermedad.</p><p>“Un paciente con algún consumo de sustancias tiene los mismos derechos que otro paciente, sea clínico o sea también de la salud mental”, sostuvo. En ese sentido, cuestionó los prejuicios que suelen aparecer alrededor de las personas que consumen y planteó que muchas veces la sociedad las juzga por su situación sin considerar que se trata de una problemática de salud.</p><p>Gallegos utilizó como ejemplo la comparación con otras enfermedades. Mientras una persona con diabetes suele ser identificada socialmente como alguien que atraviesa una enfermedad clínica, explicó, una persona con una adicción muchas veces es mirada desde el prejuicio. “Decimos: ¿por qué consumió?”, señaló, al describir una forma de abordar la problemática que, según su mirada, termina dejando de lado las necesidades concretas del paciente.</p><p>La capacitación, relató, le permitió incorporar herramientas relacionadas con la empatía, el diálogo y el acompañamiento. &nbsp; “La familia también va sufriendo paralelamente al paciente”, explicó. Por eso considera fundamental que el acompañamiento alcance al entorno y que tanto la persona que atraviesa una adicción como sus familiares puedan encontrar espacios donde recibir orientación.</p><p>La falta de empatía y el estigma aparecen, para Gallegos, como dos obstáculos importantes. Considera que todavía existe una tendencia a prejuzgar y discriminar a quienes tienen algún trastorno por consumo de sustancias. A eso se suma algunas dificultades para los profesionales. “Hoy en día muchos profesionales de la salud no tenemos las herramientas para abordar a un paciente con algún trastorno de consumo de sustancias”, afirmó. Frente a esa realidad, sostiene que la formación permanente resulta necesaria. Para Gallegos, los profesionales deben continuar adquiriendo conocimientos y recursos que permitan acompañar tanto a los pacientes como a las familias.</p><p>Las recaídas y la frustración son otro de los aspectos que considera necesario trabajar. En un proceso de recuperación, explicó, pueden producirse recaídas y eso puede generar frustración tanto en la persona que atraviesa el consumo como en su familia y en los propios profesionales que la acompañan.</p><p>Frente a esas situaciones, plantea la necesidad de construir una red de apoyo. “Tenemos que crear una red para evitar esto, para que las personas se sientan contenidas”, sostuvo. En esa red ubica a enfermeros, operadores terapéuticos, médicos, psiquiatras, psicólogos y trabajadores sociales, entre otros profesionales que puedan intervenir de manera conjunta.</p><p>Para Gallegos, el objetivo es que una recaída no signifique el abandono del proceso. Por el contrario, considera que en esos momentos es especialmente importante que el paciente se sienta escuchado y que la familia también tenga acompañamiento para poder atravesar la situación.</p><p>¿Qué puede hacer una familia cuando advierte que uno de sus integrantes atraviesa un consumo problemático? Para Gallegos, lo primero es acompañar, guiar y buscar ayuda. Considera importante acercarse a los centros de contención disponibles y procurar que la persona no quede aislada.</p><p>En ese punto también aparece una dificultad concreta: el acceso. Según explicó, no todas las familias cuentan con una obra social, recursos económicos o posibilidades de acceder a una institución privada. Esa situación puede hacer que algunas personas se alejen de los espacios de atención que necesitan.</p><p>No todas las sustancias generan las mismas consecuencias, pero Gallegos remarcó que el abordaje debe contemplar la problemática de la adicción en su conjunto. También amplió el concepto de adicciones y señaló que no todas están relacionadas exclusivamente con sustancias. En su mirada, los consumos y determinadas conductas vinculadas con la tecnología también requieren atención y contención.</p><p>En todos los casos, considera que es importante intervenir antes de que la persona llegue a una situación límite. “No hay que dejar que el paciente o el familiar toque fondo”, planteó, al remarcar la importancia de la prevención y de una intervención temprana.</p><p>Actualmente, Gallegos realiza charlas de manera particular y busca un espacio físico donde poder desarrollar encuentros de orientación y prevención. Su intención es crear un espacio comunitario que pueda funcionar como un eslabón dentro de la red de atención existente.</p><p>La propuesta, explicó, estaría destinada no solamente a quienes atraviesan una problemática de consumo, sino también a sus familias. El objetivo sería acompañar a quienes necesitan una primera orientación, a quienes no pueden acceder a una institución privada o a quienes necesitan continuar un proceso de acompañamiento.</p><p>Las denominadas granjas de recuperación también forman parte de los caminos posibles para quienes necesitan continuar un proceso de rehabilitación. Gallegos considera que pueden ser una alternativa, aunque aclaró que existen diferentes modalidades. Algunas tienen una orientación religiosa y otras están relacionadas con la espiritualidad.</p><p>Sin embargo, señaló una dificultad que observa en este tipo de instituciones: la falta de cupos. Según contó desde su experiencia laboral, en la clínica donde trabaja se realizan procesos de desintoxicación para luego derivar a los pacientes a una granja, pero en determinadas ocasiones las listas de espera pueden extenderse durante meses.</p><p>Esa demora, explicó, representa una dificultad adicional para las personas que necesitan continuar con su proceso de recuperación y buscan un lugar donde hacerlo. La falta de disponibilidad de espacios se convierte así en una de las dificultades que atraviesan tanto los pacientes como sus familias.</p><p>&nbsp;</p>En la ciudad, las adicciones crecen<p>En San Francisco, Gallegos observa un crecimiento de la problemática. Según su percepción, los consumos atraviesan distintos sectores sociales y diferentes edades. También señaló que cada vez observa personas más jóvenes involucradas en situaciones de consumo.</p><p>Al ser consultado sobre cuándo comenzó a notar un incremento más marcado, ubicó el crecimiento más visible en los últimos cuatro o cinco años. Sin embargo, aclaró que la problemática de las adicciones “siempre estuvo” y que durante mucho tiempo pudo haber existido temor a hablar sobre ella.</p><p>“Como comunidad yo creo que debemos comprender que nadie debería quedarse solo frente a una problemática como esta de consumo”, expresó.</p><p>¿Una persona que tuvo una adicción es adicta para toda la vida?</p><p>Para el profesional, la respuesta está relacionada con la propia concepción de la adicción como una enfermedad. “El adicto sigue siendo adicto”, afirmó, y explicó que el objetivo es mantener a la persona cuidada y protegida para evitar recaídas.</p><p>Según su mirada, existen personas rehabilitadas que llevan años sin consumir, pero considera que la contención continúa siendo importante. En ese proceso, la familia puede ocupar un lugar central, aunque el acompañamiento también puede involucrar a profesionales y otros integrantes de la red de apoyo.</p><p>“La recuperación no debería entenderse como un momento aislado sino como un proceso que requiere continuidad. El acompañamiento posterior, la prevención de recaídas y la presencia de una red sólida forman parte de ese camino”, agregó.</p><p>En definitiva, Gallegos plantea que la prevención comienza mucho antes de una internación o de un tratamiento: comienza con la posibilidad de hablar, escuchar y reconocer que existe una problemática. Y también con la construcción de redes que permitan que nadie tenga que atravesarla en soledad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/m3Rv5LWt14D95hQxns8v40hvdWA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ricardo_daniel_gallegos.webp" class="type:primaryImage" /></figure>El enfermero, supervisor de una clínica privada de psiquiatría y operador terapéutico en adicciones, Ricardo Daniel Gallegos, habló con POSTA sobre la prevención y el acompañamiento frente a los consumos problemáticos. Desde su experiencia en San Francisco, advirtió sobre el crecimiento de esta problemática, el impacto en las familias y la necesidad de fortalecer las redes de atención y contención en la ciudad.]]>
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                <published>2026-08-22T12:46:33+00:00</published>
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            Gabriela Sidler: “Sin sindicatos estaríamos condenados a retroceder cien años”
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/O8onl8xUTWICIhflFvE9gpMNFA8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/gabriela_sidler.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Gabriela Sidler comenzó a trabajar en el ámbito de la salud cuando tenía apenas 18 años. Era febrero de 1987 cuando ingresó a Clínica Regional de San Francisco, una institución en la que permaneció durante 23 años y desde la cual empezó a conocer, desde adentro, las necesidades, los conflictos y las particularidades del trabajo sanitario. Aquella experiencia sería determinante para el camino que emprendería años después dentro de la actividad sindical.</p><p>Con el paso del tiempo se incorporó a la Asociación de Trabajadores de la Sanidad Argentina (ATSA) seccional San Francisco, primero como secretaria gremial. Desde ese lugar comenzó a realizar inspecciones, recorrer establecimientos y acompañar distintas problemáticas laborales. En 2018 decidió presentarse a elecciones y fue elegida por los trabajadores para conducir el gremio como secretaria general, función que continúa desempeñando en la actualidad.</p><p>Ese mismo año también se sumó a la conducción de la Federación de Asociaciones de Trabajadores de la Sanidad Argentina como prosecretaria gremial, cargo que todavía ocupa. En diálogo con POSTA, Sidler repasó el recorrido que la llevó desde su primer empleo en una clínica hasta convertirse en una de los principales referentes sindicales del sector privado de la salud en San Francisco y la región.</p><p>Sidler considera que asumir una responsabilidad sindical requiere, ante todo, una convicción profunda. Para ella no se trata solamente de ocupar un cargo, sino de comprender el sentido de la tarea y sostenerla en el tiempo, incluso frente a los conflictos y obstáculos que aparecen de manera cotidiana.</p><p>“En esto hay que estar convencido y creer que se puede. Desde el sindicalismo podemos proteger los derechos de los trabajadores, más allá de todas las cosas que se dicen. Cada uno tiene una convicción y sabe lo que hace”, expresó. Según planteó, el desafío consiste en mantener un equilibrio dentro de las relaciones laborales y evitar que una de las partes quede completamente desprotegida.</p><p>La dirigente sostuvo que la existencia de las organizaciones sindicales resulta necesaria para establecer mecanismos de control en el ámbito laboral. “Para que haya un equilibrio en todos lados tiene que haber un control, y para eso están los sindicatos”, afirmó. Desde su perspectiva, la ausencia de representación colectiva dejaría a los trabajadores expuestos a situaciones de abuso y a decisiones unilaterales.</p><p>Sidler aseguró que desarrolla su actividad con pasión y que uno de sus principales objetivos es fortalecer la unidad entre los trabajadores. “Es un desafío todos los días. Lo hago con mucha pasión y creyendo que debemos entender que los trabajadores tenemos que estar unidos para evitar lo que está pasando con todos estos cambios de las leyes laborales y los abusos que pueden existir en muchos lugares”, señaló.</p><p>La referente de ATSA también advirtió que el desconocimiento de los derechos laborales facilita situaciones de aprovechamiento. Por ese motivo, una parte importante del trabajo gremial consiste en informar, asesorar y acompañar a quienes no saben cuáles son las normas que los protegen o qué herramientas tienen disponibles cuando se presenta un conflicto.</p><p>“Estamos en una etapa de cambio, pero también de aprovechamiento, muchas veces por la falta de conocimiento de los trabajadores. Nosotros apelamos a que la gente empiece a conocer cuáles son sus derechos, a no permitir determinadas situaciones y a entender que no todo es válido”, explicó.</p>Los derechos que siguen vigentes<p>Sidler remarcó que los cambios normativos no significan que todas las protecciones laborales hayan desaparecido. En el caso de los trabajadores de la sanidad, destacó que el convenio colectivo continúa vigente y amplía derechos en beneficio de quienes se encuentran comprendidos dentro de la actividad.</p><p>“El convenio colectivo nuestro sigue vigente. Cada vez que se firma una paritaria se renueva ese convenio, y esto hace que, más allá de lo que la ley pueda decir, el convenio colectivo amplíe derechos para beneficio de los trabajadores”, indicó.</p><p>ATSA San Francisco representa a un universo amplio de trabajadores vinculados con la salud privada. La jurisdicción incluye empleados de clínicas y sanatorios, laboratorios de análisis clínicos, centros odontológicos, establecimientos sin internación, geriátricos y centros de diagnóstico por imágenes, entre otras actividades. También abarca empresas vinculadas con la elaboración de productos medicinales.</p><p>&nbsp;</p>Ser mujer en un ámbito mayoritariamente masculino<p>Uno de los principales desafíos que atravesó durante su recorrido fue insertarse en un ámbito donde la mayoría de los interlocutores son hombres. Sidler explicó que esa situación se repite en las negociaciones, en las audiencias y en los encuentros con representantes de los distintos establecimientos.</p><p>“Cada negociación que uno tiene, en una audiencia o cuando tiene que hablar con algún establecimiento, es complicada porque el 99% son hombres. Por supuesto que siempre intentan hacerte sentir, como se dice habitualmente, el sexo débil, algo que yo no creo ni acá ni en ningún lado”, manifestó.</p><p>“Lo vivo permanentemente, pero no me victimizo por eso. Siempre digo que habla mal del que lo hace. Creo que tengo el carácter y el conocimiento como para defender aquello por lo que estoy peleando”, expresó.</p><p>Frente a esas situaciones, decidió apostar a la formación. Estudió Recursos Humanos y posteriormente se recibió de abogada, herramientas que considera fundamentales para defender sus argumentos y sostener una discusión en igualdad de condiciones. “Cuando vos enfrentás a alguien sabiendo de lo que estás hablando, con el tiempo empiezan a entender que no podían intentar determinadas cosas”, afirmó.</p><p>Para Sidler, también se produjo un cambio cultural que modificó algunas conductas dentro de los espacios laborales. En ese sentido, observó que las nuevas generaciones muestran una mayor disposición a cuestionar los malos tratos y a defenderse frente a situaciones que antes podían ser naturalizadas.</p><p>Por otra parte, la dirigente señaló que alrededor del sindicalismo existe una discusión recurrente sobre la permanencia de los representantes en los cargos. Frente a ese cuestionamiento, sostuvo que la continuidad debe analizarse en función de la gestión, de los controles existentes y de la voluntad expresada por los trabajadores en las elecciones. “Se habla mucho de personas que permanecen 30 o 40 años, pero también hay una realidad: si tenés una gestión donde hubo cambios y nadie se presenta para competir, cambiar por cambiar a veces no es tan bueno”, consideró. “Alguien tiene que animarse, un grupo de personas debe presentarse a una lista. Eso requiere interés, mucho conocimiento y compromiso. Después, si perdés, volvés a tu lugar de trabajo”, explicó.</p><p>&nbsp;</p>La defensa del sindicalismo<p>Sidler reconoce que una parte de la sociedad observa con desconfianza a las organizaciones sindicales y que los cuestionamientos se profundizaron a partir de los discursos del Gobierno nacional. Aun así, defendió la importancia de la institución gremial y planteó que las responsabilidades deben analizarse de manera individual.</p><p>“Estoy convencida de que el sindicato como entidad es necesario porque es el sistema de contralor de los trabajadores. Alguien debe controlar”, sostuvo. Para explicar esa postura, recordó el surgimiento de los primeros movimientos gremiales en el contexto de la Revolución Industrial y las condiciones de explotación que debieron enfrentar los trabajadores. “En ese momento hubo personas que empezaron a darse cuenta de que la Revolución Industrial esclavizaba a la gente porque se aprovechaba de su desconocimiento. Alguien comenzó a pensar que había que proteger a una clase porque, de lo contrario, la esclavitud sería ineludible”, señaló.</p><p>En ese sentido, indicó que todavía existen ejemplos internacionales de producciones sostenidas mediante condiciones laborales precarias. Para Sidler, esas realidades demuestran que la defensa colectiva de los trabajadores continúa siendo necesaria. “El sindicato como entidad debe existir y la gente tiene que tomar conciencia. Lo que se debe calificar son las personas. A mí no me define lo que digo, sino mis acciones”, afirmó. Además, destacó que los trabajadores de la actividad conocen el trabajo que realiza la seccional y las intervenciones que llevan adelante ante diferentes conflictos.</p><p>No obstante, aclaró que el gremio necesita el acompañamiento de quienes representa. “El trabajo aislado no se puede realizar. El sindicato puede controlar, puede intimar, pero después el trabajador tiene que avalar y apoyar esa decisión, porque de lo contrario muchas cosas caen en saco roto”, advirtió.</p><p>“Sin sindicatos estaríamos condenados a retroceder cien años”, resumió.</p><p>&nbsp;</p>Una lucha que excedió lo laboral<p>Uno de los temas que más presencia tuvo durante su gestión fue la situación de los geriátricos de San Francisco. ATSA realizó durante años inspecciones y denuncias que permitieron visibilizar condiciones que, según Sidler, no solamente afectaban a los trabajadores, sino también a los adultos mayores alojados en esos establecimientos.</p><p>La dirigente recordó que las intervenciones se extendieron durante casi dos años antes de que se concretara el cierre de algunos lugares. “Fue muy triste. Fueron denuncias permanentes durante casi dos años hasta que se logró el cierre”, señaló.</p><p>Sin embargo, aclaró que muchas de las irregularidades detectadas no correspondían directamente al ámbito de actuación del gremio. “A nosotros únicamente nos corresponde la parte laboral, pero veíamos falta de atención en los gerontes, falta de alimentación, problemas en los lugares y situaciones realmente deplorables”, describió.</p><p>Frente a ese escenario, decidió involucrarse pese a que la habilitación y el control integral de los establecimientos dependen de otras autoridades. “Ver las cosas y no involucrarse es como no tener sensibilidad por lo que les pasa a personas que muchas veces no pueden defenderse”, sostuvo.</p><p>&nbsp;</p>“La idea no es cerrar, sino regularizar”<p>Sidler insistió en que el objetivo del gremio no es provocar el cierre de geriátricos, sino impulsar su adecuación a las condiciones necesarias para que puedan funcionar correctamente y brindar una atención apropiada. En ese punto, consideró indispensable avanzar en la modificación de la ordenanza municipal vigente y generar instancias de trabajo conjunto con las autoridades locales.</p><p>“Seguimos en la lucha por la ordenanza. Necesitamos que el municipio nos reúna para modificar algunas cosas, porque hay que regularizar los geriátricos”, planteó. Según explicó, la demanda de este tipo de establecimientos continuará creciendo y obliga a revisar las normas y los mecanismos de control. “Esta demanda no va a bajar, sino que va a subir cada vez más por los tiempos y por la situación. Lo que necesitamos es regularizar”, afirmó.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/O8onl8xUTWICIhflFvE9gpMNFA8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/gabriela_sidler.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La secretaria general de la Asociación de Trabajadores de la Sanidad Argentina (ATSA) seccional San Francisco repasó su historia dentro del ámbito de la salud, los desafíos de conducir un gremio siendo mujer y la defensa de los derechos laborales.]]>
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                <published>2026-07-18T12:05:11+00:00</published>
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            Alfonsina Carle: “Estamos acá para que las familias puedan despedirse de sus seres queridos&quot;
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/cr1AM25tbZKwqF42udeUOiGXkPA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/alfonsina_carle_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Cecilia Castagno | LVSJ&nbsp;<p>Hay silencios que pesan más que cualquier estruendo. El ruido constante de las excavadoras rompiendo toneladas de hormigón, las sirenas, las radios encendidas y las órdenes que van y vienen apenas alcanzan para disimular otro sonido, mucho más profundo: el de la incertidumbre de quienes llevan días esperando una respuesta. Frente a un edificio reducido a montañas de escombros, cada piedra removida puede acercar un milagro o confirmar la noticia que nadie quiere recibir.</p><p>Allí, en medio de ese escenario devastador, trabaja María Alfonsina Carle. Tiene apenas 22 años, es bombera voluntaria del cuartel de San Francisco e integra la Brigada USAR ARG-10 Córdoba, el equipo especializado enviado por Argentina para colaborar con las tareas de búsqueda y rescate tras el terremoto que sacudió a Venezuela. Su misión no es sencilla. Cada jornada implica enfrentarse al dolor ajeno, sostener la esperanza cuando las probabilidades disminuyen con el paso de los días y continuar trabajando con la convicción de que cada esfuerzo tiene sentido.</p><p>La brigada cordobesa, integrada por 32 rescatistas, llegó a la ciudad de La Guaira luego de ser convocada por el Ministerio de Seguridad de la Nación. Tras instalar su Base de Operaciones comenzó a intervenir junto a brigadas argentinas, bomberos venezolanos y equipos internacionales, siguiendo los protocolos establecidos por INSARAG, el grupo asesor de búsqueda y rescate de Naciones Unidas.</p><p>Para Alfonsina, sin embargo, esta misión representa mucho más que una experiencia profesional. "Es la primera vez que participo de una misión de estas características. Incluso es la primera vez que la brigada de Córdoba sale a una misión fuera del país", contó a Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO desde Venezuela durante una pausa del operativo.</p><p>Recordó que la convocatoria llegó pocos días después del terremoto. "Los bomberos siempre somos los primeros que recibimos las alertas en una plataforma digital donde, cuando hay un desastre internacional, los países notifican. Venezuela aceptó la ayuda y fuimos convocados a partir del Ministerio de Seguridad de la Nación. Eso fue un viernes. El terremoto ocurrió un miércoles y nosotros finalmente viajamos el viernes siguiente. El sábado de madrugada ya salimos para Venezuela", explicó.</p>Alfonsina partiendo al país venezolano tras la tragedia.<p>El arribo fue tan impactante como difícil de describir. "Creo que las imágenes no llegan a describir el desastre que realmente hay en el lugar. La verdad es que son muy devastadoras", afirmó.</p><p>Aun así, entre tanta destrucción Alfonsina también encontró gestos que la marcaron. "La gente del lugar está muy predispuesta a colaborar con comida, agua. Los soldados y los militares están siempre con nosotros, cuidándonos. Eso también se siente", relató.</p><p>Pero detrás de cada jornada de trabajo existe una realidad que golpea con fuerza. Conforme pasan los días, las posibilidades de encontrar personas con vida disminuyen dramáticamente. "Desde que estamos acá, nosotros no pudimos hacer ningún rescate. Lo único que hicimos fue recuperación de cuerpos", dijo.</p><p>Cada mañana, la brigada recibe la asignación de un nuevo sector. La logística está coordinada por la UCC, el organismo encargado de distribuir el trabajo entre los distintos equipos internacionales.</p>Desde La Guaira, Carle relató cómo transcurren las jornadas entre estructuras colapsadas.<p>"Ya trabajamos en seis sectores diferentes. Hicimos el recupero de unos ocho cuerpos sin vida entre el lunes y hoy", explicó mientras, del otro lado del teléfono, el ruido permanente de las máquinas confirmaba que la búsqueda continuaba. "Estamos trabajando con maquinaria pesada. Es imposible mover tantos escombros solamente con el cuerpo. Las máquinas trabajan durante el día y nosotros retomamos las tareas muy temprano, desde las cinco y media de la mañana", describió.</p><p>Sin embargo, hay una realidad que condiciona el ritmo de cada operativo. "Las maquinarias no son todas del gobierno de Venezuela, sino que dependen de cada civil que tiene la posibilidad de contratar una empresa para llegar hasta el edificio donde fue afectada su familia o sus amigos y comenzar a trabajar", explicó.</p><p>Esa escena se repite una y otra vez: familiares aguardando durante horas frente a montañas de cemento, hierro y polvo. Nadie quiere irse. Nadie deja de mirar. Todos esperan una respuesta. Y es precisamente allí donde los bomberos encuentran el verdadero sentido de su tarea.</p><p>"Sabíamos que las posibilidades de encontrar personas con vida eran las menos. Los milagros ocurren y no perdemos la fe. Pero también estamos acá para entregarles a esas familias el cuerpo de su ser querido, para que puedan despedirlo como se merece y cerrar ese ciclo", expresó Alfonsina.</p><p>Aun en medio de semejante escenario, el trabajo de los brigadistas no se reduce únicamente a la búsqueda. También implica sostenerse emocionalmente para poder volver a empezar cada mañana. "Antes de salir, el grupo que va a trabajar tiene una charla con nuestro líder para enfocarnos en el trabajo que vamos a hacer y, sobre todo, para no frustrar al equipo. Muchas veces llegamos al lugar y las estructuras están muy inseguras. Entonces no podemos arriesgar ni a nuestros brigadistas ni a nuestros canes. Trajimos un can que también trabaja y tampoco lo exponemos a ingresar a estructuras peligrosas", contó.</p><p>Cuando termina cada jornada, el operativo continúa de otra manera. "Hacemos una reunión que nosotros llamamos defusing. Ahí hablamos de toda la parte emocional que vivió cada uno, cómo se sintió, si hay algo que quedó resonando, algo que nos dejó tristes o si nos gustó cómo se trabajó. Es una manera de cerrar el ejercicio y que no queden cosas que nos afecten para seguir trabajando", relató.</p>Una misión entre ruinas, dolor y humanidad.<p>La contención entre compañeros se vuelve tan importante como la preparación técnica. En un escenario donde el cansancio físico se mezcla con el impacto de recuperar víctimas fatales, nadie atraviesa la experiencia en soledad.</p><p>Ese espíritu de equipo también quedó reflejado en uno de los momentos que más la conmovieron desde su llegada a Venezuela. "Hay muchos bomberos de Caracas trabajando acá. Incluso el primer día colaboramos con ellos para recuperar el cuerpo de una de sus compañeras. Lamentablemente ya no estaba con vida, pero ellos nos pidieron colaboración y pudimos trabajar para entregársela a sus compañeros", recordó.</p><p>Lejos de las diferencias de idiomas, uniformes o banderas, dice que la emergencia iguala a todos. "Es muy interesante cómo se trabaja con las otras brigadas; es la primera vez que nos cruzamos acá y parece que nos conocemos de toda la vida. Se trabaja con mucho compañerismo. No parece que somos de países diferentes, sino que todos somos brigadistas y estamos para lo mismo: ayudar a la gente que está acá", destacó.</p><p>"Tenemos mucho para aprender en el tema emocional y en el tema operativo. Nos damos cuenta que estamos muy bien en muchas cosas porque todos nuestros protocolos están escritos y cada uno de los trabajos queda registrado, pero también tenemos mucho que aprender de otros lugares y de cómo trabajan", aseguró Carle.</p><p>"Me tocó ir a campo y ver tantos brigadistas con un mismo objetivo, que era recuperar al esposo de una señora. Ya sabíamos que no estaba con vida, pero íbamos a hacer el recupero de ese cuerpo. Creo que esa imagen de todo el equipo trabajando por un mismo objetivo es una imagen preciosa y esperanzadora en medio de la tragedia", expresó.</p><p>Detrás del casco, los guantes y el uniforme también hay una historia personal. La vocación de Alfonsina nació mucho antes de integrar una brigada internacional. "Mi papá fue bombero durante 27 años en San Francisco y siempre hubo un amor por esto. En 2018 ingresaron mujeres a nuestro cuartel y ahí empecé a formar parte. Soy bombera desde hace siete años y hace dos años integro la Brigada USAR de la provincia de Córdoba", contó.</p><p>Para ella, la preparación técnica es indispensable, pero no alcanza. "Yo creo que lo principal es la vocación de servicio. Todo lo operativo se puede aprender. Podemos hacer cursos, estudiar, dedicar fines de semana. Pero si no hay amor y vocación por el servicio al prójimo, no somos nada. Creo que eso es lo principal", afirmó.</p><p>Aunque procura enfocarse en el trabajo, hay escenas imposibles de olvidar. “El primer choque con la realidad fue cuando llegamos. Después de tantos días se siguen viendo cuerpos que nadie reclama, cuerpos que no se pueden identificar. Esas imágenes son muy tristes porque nos nace querer ayudar, pero también tenemos nuestros cuidados por los riesgos biológicos y las enfermedades que pueden transmitir los cuerpos en descomposición. Eso nos pone un límite. Más allá de todas las ganas que tenemos de ayudar, a veces no se puede. Y eso se hace difícil", confesó.</p><p>Mientras en La Guaira continúan las tareas de búsqueda entre montañas de escombros, en San Francisco una familia espera noticias de su hija y un cuartel sigue con orgullo cada paso de una de sus bomberas más jóvenes. Ella sabe que quizá nunca pueda borrar de su memoria los rostros de quienes aguardaban detrás de las cintas de seguridad, ni el silencio que precedía a cada hallazgo.</p><p>Pero también sabe que, cuando ya casi no queda esperanza, todavía hay una forma de ayudar. Porque entre toneladas de hormigón, polvo y dolor, los brigadistas siguen buscando. No solo cuerpos. También buscan devolverles a las familias la posibilidad de despedir a quienes aman. Y en esa misión, silenciosa y profundamente humana, reside el verdadero sentido de su vocación.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/cr1AM25tbZKwqF42udeUOiGXkPA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/alfonsina_carle_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Con esa convicción trabaja la bombera sanfrancisqueña que integra la Brigada USAR ARG-10 Córdoba en Venezuela. Entre montañas de escombros y largas jornadas de búsqueda, la joven contó cómo se vive una misión donde la esperanza convive con el dolor y la vocación de servicio se convierte en el sostén de quienes aguardan una respuesta.]]>
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                <published>2026-07-11T12:00:00+00:00</published>
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            Mauricio Olguín, el fotógrafo que sale a buscar historias entre la gente
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XzjbnF-ceyLcKbqQZFe8txNbWvc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/mauricio_olguin_fotografo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>La escena se repite cada vez con mayor frecuencia en distintos puntos de San Francisco. Un fotógrafo se acerca a una persona que camina por la calle, le propone hacerle unas fotos y, minutos después, le muestra un retrato profesional que sorprende tanto al protagonista como a quienes observan la situación. Detrás de esa idea está Mauricio Olguín, fotógrafo sanfrancisqueño de 37 años que desde hace algunos años comenzó a trasladar a la ciudad un formato de contenido que había visto en referentes internacionales.</p><p>Sin embargo, detrás de esos videos que circulan por las redes sociales hay una historia que comenzó mucho antes. Hace once años, cuando todavía no imaginaba que viviría exclusivamente de la fotografía, una invitación cambió el rumbo de su vida.</p><p>"Se me dio la oportunidad de hacer fotos por colegas que en ese momento necesitaban ayuda. Me animé a aceptar la invitación y una cosa fue llevando a la otra. Me empezó a gustar hacer fotos y así me metí en el mundo de la fotografía", recordó a POSTA.</p><p>Con el paso del tiempo descubrió que, además de disfrutar el momento de tomar imágenes, había otra parte del proceso que lo apasionaba aún más. "Me gustaba mucho hacer fotos y también el tema de la edición. Pasaba muchas horas frente a la computadora editando y ahí me di cuenta de que realmente me gustaba", contó.</p><p>&nbsp;</p>Una de las fotografías tomadas por Mauricio.&nbsp;<p>&nbsp;</p>Un camino autodidacta<p>Olguin nunca pasó por una escuela de fotografía. Su formación fue construyéndose de otra manera: observando, practicando y capacitándose con profesionales cuyo trabajo admiraba.</p><p>"Esto fue totalmente autodidacta. Arranqué sin pensar en estudiar fotografía. Sí hice cursos con grandes referentes que me gustan mucho. Fui aprendiendo de cada uno de ellos y tomando las herramientas que me resultaban útiles", explicó.</p><p>Ese proceso de aprendizaje fue moldeando también su identidad como fotógrafo. Aunque realizó distintos trabajos, siempre hubo un género que despertó un interés especial.</p><p>"Me gustan las fotos de retrato, las fotos de la gente y la fotografía social. Hoy me inclino mucho hacia los eventos sociales porque reúnen todo lo que más disfruto: las personas, los momentos y el retrato en sí", señaló.</p><p>&nbsp;</p>Años para consolidarse<p>Hoy la fotografía es su único medio de vida, pero reconoce que el camino hasta llegar a ese punto estuvo lejos de ser sencillo. "Hace once años que hago esto y vivo exclusivamente de la fotografía. Me costó mucho. Los primeros siete años fueron de crecimiento, de apostar constantemente. Al principio siempre aparecen dudas, uno analiza muchas cosas, pero decidí apostar fuerte a este trabajo", afirmó.</p><p>Según contó, recién después de esos primeros años comenzó a notar un cambio importante. "A partir de los siete años empecé a ver muchos resultados y eso me permitió proyectar mucho más lejos todo lo que estaba haciendo", explicó.</p><p>Además del trabajo detrás de la cámara, Olguín considera que hoy existe otro elemento indispensable para cualquier emprendimiento: la presencia en redes sociales. "Las redes sociales son muy importantes hoy en día. Con todo el mundo que hablo, ya sean clientes o amigos, siempre llegamos a la misma conclusión. Hoy se vende mucho a través de las redes sociales", sostuvo.</p><p>Incluso observa que esa transformación también modificó la forma en que trabajan muchos negocios. "Lamentablemente muchos comercios físicos están cerrando, pero hay una realidad: las redes sociales hoy son una herramienta muy fuerte para mostrar lo que uno hace", dijo.</p>Otro de sus retratos en la calle.La idea de fotografiar desconocidos<p>Hace aproximadamente tres o cuatro años decidió comenzar a producir el contenido que actualmente tiene mayor repercusión: salir a la calle para retratar personas que no conoce. La idea nació luego de ver el trabajo de fotógrafos extranjeros.</p><p>"Vi contenidos de fotógrafos de España y de otros lugares y pensé: ¿por qué no hacer lo mismo acá, en una ciudad grande y linda como San Francisco, que tiene mucho para ofrecer?", recordó. Así comenzaron las primeras experiencias en distintos lugares.</p><p>"Empecé hace tres o cuatro años. Hice contenidos en San Francisco, también en Balnearia, Miramar y Porteña. Después hubo un pequeño receso y hace poco retomé nuevamente este tipo de contenido", explicó.</p><p>La respuesta del público, asegura, suele ser inmediata. "A la gente le gusta mucho la situación. Disfruta el momento en el que les propongo hacer las fotos y trato justamente de capturar esa reacción espontánea, esa sorpresa y esa alegría", expresó.</p><p>Más allá de la repercusión que generan sus publicaciones, Olguin sostiene que el objetivo principal va mucho más allá de conseguir reproducciones o seguidores. "Lo que más me gusta de este contenido es visibilizar a la gente. Mostrar a personas que están caminando por la calle y que no esperan que alguien se acerque a hacerles un retrato. Me gusta darles ese momento para que sean protagonistas", explicó.</p><p>Como ejemplo mencionó uno de los casos recientes que más repercusión tuvo en sus redes: el de Alberto Francisco Ramírez, vendedor de praliné conocido por muchos vecinos de San Francisco.</p><p>"Hablé con la hija, le pregunté si él había visto el video porque no tiene redes sociales. Me contó que lo vio, que le gustó mucho y que desde entonces mucha gente lo saluda y le compra praliné. Eso está bueno porque siento que no solo estoy haciendo contenido para mí, sino que también estoy ayudando a otras personas", relató.</p>Otro retrato espontáneo del fotógrafo.Mirar hacia adelante<p>Mientras continúa desarrollando su trabajo en eventos y retratos, Olguín reconoce que el contenido para redes representa una nueva etapa profesional.</p><p>"Crear contenido es algo nuevo para mí y estoy apostando mucho a eso. Obviamente voy a seguir con la fotografía porque es algo que no voy a dejar nunca. Me gusta muchísimo, pero creo que también es momento de transicionar hacia algo nuevo que va muy de la mano con las redes sociales", concluyó.</p><p>Con una cámara, la ciudad como escenario y personas comunes convertidas en protagonistas, Mauricio Olguín encontró una manera distinta de ejercer la fotografía: no solo retratando rostros, sino también haciendo visibles historias cotidianas.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XzjbnF-ceyLcKbqQZFe8txNbWvc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/mauricio_olguin_fotografo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Es sanfrancisqueño y hace once años vive exclusivamente de la fotografía. Autodidacta, apasionado por el retrato y los momentos espontáneos, encontró en las redes sociales una nueva forma de mostrar su trabajo. "Lo que más me gusta es visibilizar a la gente", asegura.]]>
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                <published>2026-07-04T12:50:30+00:00</published>
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            “No necesitamos tropezar con las mismas piedras”: Antonela Dutruel y el libro que invita a animarse
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/vkiA0yMsuyBOKEGa9-rDk2p__2U=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/antonela_dutruel_3.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>“No necesitamos todos tropezar con las mismas piedras”. La frase aparece casi al pasar durante la conversación con Antonela Dutruel, pero termina convirtiéndose en una manera de entender la escritura, la vida y también el sentido profundo de su primer libro, “Mejor bueno por conocer”, que fue publicado por Editorial Orsai con prólogo de Hernán Casciari.</p><p>La autora sanfrancisqueña, licenciada en Relaciones Internacionales, traductora, subtituladora especializada en tecnología, instructora de yoga, especialista en inteligencia artificial y creadora de proyectos, llega a la literatura desde un camino poco convencional, aunque reconoce que escribir estuvo siempre allí.</p><p>“Para mí es alquímico escribir, es transformar algo que me está pasando o un caos que tengo en la cabeza”, cuenta a Posta/ LA VOZ DE SAN JUSTO. Y agrega: “Yo tengo cuadernos guardados desde que era chica, tengo mis cuadernos de primer grado, el diario íntimo. Todavía lo leo, está escrito en lápiz”.</p>Una crisis, una mudanza y un libro que nació para compartir historias.<p>Durante años escribió para ella misma. Diarios, apuntes, reflexiones y textos que quedaron guardados en cuadernos que hoy funcionan como una memoria de todas las personas que fue a lo largo de su vida. “Fui a buscar todo eso y me doy cuenta todas las que fui en ese camino, todas las personas que vas siendo en cada momento”, señala.</p><p>Aunque había publicado trabajos académicos vinculados a la ciencia política y la integración latinoamericana, nunca se había animado a la ficción. “Nunca me había animado a escribir ficción, en un lugar personal. Esto es ficción, es algo narrativo y es algo que yo siempre hice para mí”.</p><p>Precisamente allí aparece una de las ideas centrales del libro.</p><p>“No necesitamos todos tropezar con las mismas piedras. Si nos vamos avisando, yo me tropiezo con otra y te cuento a vos y entonces encontramos un camino en el medio”.</p><p>Para Dutruel, las historias permiten comprender emociones y experiencias de una manera distinta.</p><p>“Es distinto cuando alguien te dice un concepto o una idea a cuando le bajás una historia en donde vos podés palpar esa emoción”.</p><p>El libro llegó en medio de una crisis personal. Durante 2025 decidió mudarse a Córdoba por cuestiones laborales. La experiencia, reconoce, estuvo llena de incertidumbres.</p><p>“Este no es un libro cómodo. Tenía ganas de tocar cosas que a mí me incomodaban”</p><p>&nbsp;</p><p>“En agosto del año pasado estaba en una crisis re grande. No sabía si me quedaba, si me volvía. Estaba diciendo: ¿hice bien, hice mal en mudarme?”. En ese contexto apareció la convocatoria de Orsai. “Yo soy muy fanática de Orsai hace años. Cuando veo la convocatoria para escribir dije: ya está, yo quiero hacer esto”.</p><p>La historia con la que se presentó provenía de uno de sus diarios personales. “La envié un viernes y el lunes a las ocho de la mañana me llega un mail que decía: ‘Antonela, en 2026 va a haber un libro publicado con tu nombre en Orsai’. Me largué a llorar”.</p><p>El proceso de edición estuvo acompañado por correctores y editores, pero también por un trabajo interno que la enfrentó a sus propias inseguridades. “Yo sentía que me quedaba re grande. Al principio me sentí muy exigida. Me preguntaba: ¿dónde me metí?”. Sin embargo, la escritura terminó convirtiéndose en un refugio.</p><p>“No creo que haya un buen momento para hacer nada, ni para tener hijos, ni para escribir un libro. Pero qué lindo es tener estos proyectos que te encienden el alma”, reflexiona.</p><p>Una vez concluida la obra, la autora sintió que las historias dejaban de pertenecerle. “Cuando lo terminé dije: esto ya no es mío, es de todos los que lo leen”.</p><p>El propio título del libro surge de una pregunta que la acompañó durante años. “Toda la vida he escuchado esa frase: ‘más vale malo conocido que bueno por conocer’. Y yo me preguntaba por qué”. De allí nació la decisión de invertir el refrán popular. “Si vos ya sabés que es malo, ¿por qué es mejor acostumbrarse a quedarse donde te duele que salir a buscar algo que no?”.</p><p>“Para mí tiene mucho que ver con decir: gracias hasta acá, qué bueno todo lo que aprendí, yo voy a seguir para otro lado”.</p><p>Las historias del libro atraviesan distintas emociones y experiencias. Hay relatos vinculados a la violencia, otros a situaciones cotidianas y otros que exploran relaciones humanas desde diversos ángulos. “Estamos viviendo con algunos malos conocidos al ladito y por ahí a veces está bueno decir: gracias hasta acá”.</p><p>&nbsp;</p><p>"Ya no importa que entiendan el relato como yo lo escribí. Lo importante es que lo hagan propio”</p><p>&nbsp;</p><p>La autora reconoce que releer sus propios textos genera sentimientos contradictorios. “Me da piel de gallina. Por un lado está la autocrítica de decir: acá lo podría haber escrito mejor –sigue-. La última etapa para mí fue dificilísimo”.</p><p>El mayor temor era exponer aquello que durante años permaneció en la intimidad. “Yo sentía que me estaban quemando en la hoguera”.</p><p>Por eso comenzó a compartir algunos cuentos con personas de confianza.</p><p>“Lo que me dio confianza fue entender que ya no importa que entiendan el relato como yo lo escribí. Lo importante es que lo hagan propio”.</p><p>La lectura, asegura, cambió su vida. “La lectura a mí siempre me salvó la vida”.También la escritura. “La escritura siento que es muy poderosa. Yo siento que sana. A mí me sanó, me salvó la vida, me mantuvo cuerda en momentos en que estaba en medio del caos”.</p><p>Con casi 41 años, Dutruel dice estar aprendiendo a nombrarse de otra manera. “También es animarme a decirme escritora”.</p><p>Su vínculo con los libros atraviesa todas las áreas de su vida, incluso la tecnología y la programación. “Yo soy un bicho de libros”.</p><p>La ficción le permitió abordar temas que todavía no se animaba a contar desde un lugar autobiográfico. “Este no es un libro cómodo. Yo tenía ganas de tocar cosas que a mí me incomodaban, mis malos conocidos”.</p><p>Hay cuentos narrados desde distintas voces, distintos protagonistas y diferentes miradas.</p><p>“Para cada cosa me permití ponerme pieles diferentes”.</p><p>El libro también tendrá una dimensión tecnológica. Además de la edición impresa y digital, estará disponible gratuitamente en PDF, contará con lecturas realizadas por la propia autora y tendrá una aplicación vinculada mediante un código QR. “A mí me gusta eso, charlar con la gente, que me cuenten qué les pasó”.</p><p>Mientras trabaja para presentar la obra en Córdoba y San Francisco, Dutruel ya piensa en nuevos proyectos, entre ellos un libro sobre tecnologías e inteligencia artificial. “Ya empecé a escribir un libro sobre tecnologías e IA porque también creo que hay mucho para hablar ahí”.</p><p>Sin embargo, el corazón de “Mejor bueno por conocer” parece permanecer en aquella idea inicial: compartir las propias caídas para que otros encuentren otro camino.</p><p>“Creo que el paso de dar algo, así una persona lo agarre y sea para mejor, para un cambio para mejor, es suficiente”.</p><p>Y acaso allí se encuentre la verdadera razón del título. No se trata solamente de animarse a lo desconocido. Se trata de entender que las experiencias compartidas, los relatos y las palabras también pueden funcionar como señales en el camino. Porque, como dice Antonela Dutruel, “no necesitamos todos tropezar con las mismas piedras”.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/vkiA0yMsuyBOKEGa9-rDk2p__2U=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/antonela_dutruel_3.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La sanfrancisqueña publicó “Mejor bueno por conocer”, su primer libro bajo el sello Orsai. La obra nació en medio de una crisis personal y propone revisar aquellas certezas que muchas veces impiden avanzar.]]>
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            Jimena Agüero: “No pensábamos que íbamos a tener que volver a explicar quiénes somos”
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hOx_HvnI8Lxutfk2bGDWJ8eJELQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/jimena_aguero_5.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Cecilia Castagno | LVSJ&nbsp;<p>A simple vista, la historia de Jimena Agüero podría resumirse en una sucesión de logros: un emprendimiento propio, un empleo formal, reconocimiento social y participación activa en políticas de inclusión. Sin embargo, detrás de ese presente hay un recorrido atravesado por obstáculos que durante décadas marcaron la vida de muchas personas trans en Argentina.</p><p>Hoy, a los 43 años, Jimena trabaja en la Dirección General de la Mujer, Género y Diversidad, área municipal que articula acciones junto al Polo de la Mujer. Además, sostiene su taller de costura, un oficio que descubrió casi por necesidad y que terminó transformándose en una herramienta de autonomía. Su relato mezcla recuerdos dolorosos, agradecimientos y una convicción firme: todavía queda mucho por hacer para garantizar igualdad de oportunidades.</p><p>“La gran faltante y la demanda histórica por parte del colectivo LGBT es la inclusión laboral”, afirmó durante una entrevista con Posta/LA VOZ DE SAN JUSTO. Para ella, el trabajo representa mucho más que un ingreso económico: “Te da esa tranquilidad de poder pagar tus cuentas, el alquiler y vivir sin la incertidumbre permanente”.</p>Entre prejuicios y sueños cumplidos: Jimena Agüero, referente de la diversidad en San Francisco.<p>“La calle nunca te garantiza nada y además conlleva riesgos para la salud, para la seguridad y una enorme estigmatización", expresó.</p><p>"La realidad es que hace 20 años pensábamos que hoy todas íbamos a poder acceder a un trabajo, pero todavía hay muchas compañeras que siguen encontrando enormes barreras para ingresar al mercado laboral", sostuvo.</p><p>La falta de oportunidades, explicó, está estrechamente vinculada con trayectorias de exclusión que comienzan desde edades tempranas. "Muchas personas trans fueron expulsadas del sistema educativo. Después volver a insertarse es muy complejo. Si tu único sustento sigue siendo la prostitución, se hace difícil estudiar, capacitarse y pensar en otro proyecto de vida", señaló.</p><p>&nbsp;</p><p>Una máquina de coser para creer en sí misma</p><p>La costura apareció primero como una búsqueda personal. Jimena quería confeccionar prendas que no encontraba fácilmente y comenzó a capacitarse. Dio sus primeros pasos en talleres donde aprendió técnicas básicas y luego amplió conocimientos en cursos vinculados al diseño de indumentaria.</p><p>En ese camino hubo un gesto que recuerda con emoción. “Mi mamá me regaló mi primera máquina y me dijo: ‘Tomá, con esto empezás’”, contó. Ese regalo se convirtió en mucho más que una herramienta de trabajo. Fue el punto de partida de una actividad que le permitió proyectar un futuro diferente.</p><p>Lo que comenzó como un hobby derivó en un emprendimiento que lleva adelante hasta la actualidad. Primero llegaron pequeños arreglos. Después aparecieron encargos más complejos y nuevas oportunidades. Con el tiempo, la recomendación de clientes y personas cercanas fue consolidando su trabajo.</p><p>“Estoy agradecida enormemente con toda la gente que desde el momento cero confió y apoyó”, aseguró.</p><p>&nbsp;</p><p>La costura también significó una transformación personal. “El primer desafío es confiar en vos. Cuando durante años te hicieron sentir que para lo único que servías era para estar en la calle, terminás creyéndolo. Nosotras no veíamos compañeras trabajando en otros lugares. Entonces una se preguntaba si la gente iba a confiar en una mujer trans para hacer un trabajo", reflexionó.</p><p>Aunque durante mucho tiempo sintió que la sociedad solo reservaba para las mujeres trans determinados lugares y que cualquier otro proyecto parecía imposible, poco a poco comenzó a comprobar que muchas personas valoraban sus capacidades por encima de cualquier prejuicio: "Yo creo que la gente vio más que eso. Vio que quería superarme, salir adelante y construir una vida diferente. Sabía que la calle era un lugar en el no que quería estar”.</p><p>&nbsp;</p><p>La inclusión laboral, la deuda pendiente</p><p>Si bien reconoce avances sociales importantes, Jimena sostiene que la realidad cotidiana de muchas personas trans continúa marcada por la exclusión. Insiste en que numerosas integrantes del colectivo fueron expulsadas del sistema educativo y encuentran enormes dificultades para reinsertarse años después.</p><p>Desde su función en el área de Diversidad, trabaja para acompañar procesos vinculados a capacitación, terminalidad educativa y acceso a distintos programas. También se articulan acciones con organismos e instituciones para brindar contención frente a problemáticas complejas. "Nosotras tratamos de generar herramientas para que puedan terminar los estudios, capacitarse en algún oficio o desarrollar emprendimientos propios. Siempre buscamos abrir puertas" en una realidad que todavía está lejos de ser igualitaria.</p><p>&nbsp;</p><p>“Yo recién conseguí mi trabajo formal a los 41 años”, contó. La frase resume décadas de barreras. Incluso recordó que, siendo joven, llegó a cortarse el cabello para intentar acceder a una oportunidad laboral: “Me tuve que cortar el cabello para poder acceder. Y ni siquiera así fue posible. Imaginate lo que significaba para una persona trans intentar conseguir empleo hace 20 años”.</p><p>“Hoy tengo horarios, compromisos y obligaciones. Parece algo normal para cualquier persona, pero para muchas de nosotras era algo que veíamos imposible”, agregó. Para ella, el acceso al empleo no debería depender de leyes especiales ni de cupos. “Si una persona tiene las capacidades para ocupar un puesto, su identidad no debería ser un obstáculo. ¿Por qué tengo que luchar por algo que debería ser universal?”, planteó.</p><p>También relató situaciones que hoy parecen difíciles de creer. "Había comerciantes que me daban determinados horarios para comprar ropa o me pedían que fuera cuando no hubiera otros clientes. Creo que la incomodidad la tenían ellos más que las personas", sostuvo.</p><p>Aun así, reconoce transformaciones positivas: "Veo una mirada más amigable para con nosotras. Siguen existiendo prejuicios, pero también hay más información, más visibilidad y más personas dispuestas a escuchar".&nbsp; En ese sentido, destacó la importancia que tuvo el Centro Trans de San Francisco para compartir experiencias y mostrar realidades que durante mucho tiempo permanecieron ocultas.</p><p>Otro punto de inflexión fue la Ley de Identidad de Género. “Para mí fue un antes y un después. Poder ser reconocidas con nuestra identidad fue como volver a nacer", confesó.</p><p>No obstante, advierte que algunos discursos actuales reabrieron debates que creía superados. “Creíamos que ya había quedado en el pasado, porque pensamos que no teníamos que estar otra vez demostrando por qué somos así. Parecía que era una lucha ya ganada, pero parece que no”, manifestó.</p><p>A pesar de todo, Jimena mantiene una mirada esperanzadora. Rescata que las nuevas generaciones muestran naturalidad frente a la diversidad y que los espacios educativos se han convertido en ámbitos de diálogo más frecuentes. "Fuimos a dar muchas charlas de ESI (Educación Sexual Integral) a colegios que nos convocaron y eso es un logro impresionante, porque no vamos a hablar de sexo, vamos a hablar de diversidad, de diversidad corporal, sexual, étnica. Vamos a hablar de diversidad porque el mundo es diverso", indicó.</p><p>"Los chicos tienen otra mirada. No cargan con prejuicios. Escuchan, preguntan y entienden la diversidad como algo natural", destacó.</p><p>Al mirar hacia atrás, reconoce que nunca imaginó el presente que hoy construyó: "Nunca pensé que este iba a ser mi futuro. No me veía trabajando, teniendo compañeros, proyectos o una vida como la que tengo hoy".</p><p>Y aunque se considera afortunada, sabe que todavía queda mucho camino por recorrer. "Soy una privilegiada por tener trabajo y por haber conseguido muchas de las cosas que soñé. Pero también sé que hay un montón de compañeras muy capaces que todavía no tienen las mismas oportunidades. Ojalá algún día hablar de inclusión laboral deje de ser un reclamo", concluyó.</p><p>La historia de Jimena está hecha de pequeñas conquistas, que durante mucho tiempo parecieron imposible. De puertas que tardaron demasiado en abrirse y de derechos que todavía necesitan consolidarse. Una historia que habla de resiliencia, pero también de una sociedad que todavía tiene desafíos pendientes para garantizar que nadie quede afuera por ser quien es.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hOx_HvnI8Lxutfk2bGDWJ8eJELQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/06/jimena_aguero_5.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Su historia está marcada por años de búsqueda de oportunidades y por una lucha que, asegura, aún no terminó. Hoy trabaja en el área de Diversidad de la municipalidad, pero recuerda que recién pudo acceder a un empleo formal a los 41 años.]]>
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                <published>2026-06-20T12:00:00+00:00</published>
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            Maximilianio Fassetta: el sanfrancisqueño que trabaja entre aviones, madrugadas y adrenalina en el aeropuerto
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/kpF3XBYAFEwrzTFM7a4adaEFYSI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/maximiliano_fassetta.png" class="type:primaryImage" /></figure>Por Cecilia Castagno | LVSJ<p>&nbsp;</p><p>“En Aerolíneas Argentinas hace por lo menos ocho años que trabajo. Entramos como maleteros y a medida que vamos capacitándonos vamos avanzando y aprendiendo a hacer más funciones”, contó el joven sanfrancisqueño, de 31 años, que llegó a Córdoba en 2014 y que jamás imaginó terminar trabajando en el mundo aeroportuario.</p><p>Su tarea no se limitó a cargar valijas. Fue maletero, señalero, tractorista, cintero y operador de equipos especiales. “Después, manejo de los equipos ya un poco más grandes, por ejemplo el remolque para remolcar el avión, ciertos grupos electrógenos y también una turbina que ayuda para prender uno de los motores cuando viene con algún problema”, explicó a Posta/ LA VOZ DE SAN JUSTO.</p><p>Cada función requiere cursos, habilitaciones y entrenamientos permanentes. “Todos los años la empresa va capacitándote. Este año se nos capacitó en la parte teórica de deshielo y ahora nos falta la parte práctica”, relató. El aprendizaje nunca termina en un aeropuerto donde cada detalle puede ser decisivo.</p><p>&nbsp;</p><p>Jornadas intensas y un trabajo invisible</p><p>La rutina de Fassetta cambia según el turno y las necesidades operativas. “Nuestros horarios son cuatro por dos francos. Hacemos mañanas desde las cuatro hasta las 12 o las 14, y después tardes desde las 14 hasta las 22, la noche”, agregó. A veces las jornadas se extienden hasta la madrugada cuando los vuelos sufren demoras o aparecen contingencias climáticas.</p><p>Uno de los días que más recuerda fue el enorme operativo aéreo que se desplegó en Córdoba por la final entre Belgrano y River. Desde la madrugada, la plataforma del aeropuerto comenzó a llenarse de vuelos privados, charters y aeronaves vinculadas al movimiento de dirigentes, cuerpos técnicos, periodistas e hinchas. “Allí estuvimos desde las cuatro de la mañana, fueron horas muy intensas y de mucha adrenalina y emoción. -recordó-. Fue impresionante ver tantos aviones juntos, privados entrando y saliendo todo el tiempo y el movimiento que había en plataforma. Son jornadas que no te olvidás más”.</p>De San Francisco a la pista. “Somos un engranaje, una parte en tierra que suma para que todo salga bien”, expresó Maximiliano Fassetta.<p>El clima suele ser uno de los grandes desafíos. “Cuando se cierra un aeropuerto por tormenta empiezan a caer vuelos y se acumula todo. Ahí se activa la alerta roja y no podemos salir a plataforma por el tema de los rayos”, explicó. En esos momentos, el trabajo se reorganiza minuto a minuto para evitar más demoras y mantener la seguridad.</p><p>Fassetta todavía recuerda la sensación de enfrentar por primera vez a un avión gigante mientras hacía señales en pista. “Me llamó mucho la atención cuando arranqué este trabajo. Era tener esos bichos enormes acercándose a mí”, dijo. También mencionó el impacto que le produjo ver aeronaves de gran porte como la del avión de Emtrasur que pasó por Córdoba en 2022 y que luego generó repercusión internacional. Se trataba del Boeing 747 de la empresa venezolana Emtrasur, tripulado por ciudadanos venezolanos e iraníes, cuya presencia despertó una fuerte controversia política y judicial en el país.</p><p>Aunque desde afuera algunos crean que se trata de un trabajo sencillo, él asegura que la exigencia física es constante. “La gente no ve que a la hora de cargar el avión estamos arrodillados o encorvados. Hay bodegas muy chicas y cargas muy pesadas”, contó. Incluso recordó que en algunas ocasiones debieron trasladar féretros o bolsas caudales de gran peso.</p><p>&nbsp;</p><p>La seguridad operacional lo es todo</p><p>Consultado sobre las críticas que suelen circular en redes sociales por el trato de las valijas, Fassetta respondió sin rodeos. “Hay mucho de ironía en esos videos. A veces la gente exagera cuando lo mira de arriba. Cada uno cumple su función y no pasan esas cosas como muchas veces se cree”, afirmó.</p><p>También defendió el rol de Aerolíneas Argentinas y el trabajo que realizan puertas adentro. “Hay mucha gente que valora el servicio. Es una empresa que en temas de operación y seguridad lo da todo”, sostuvo. Según indicó, cuando un vuelo se demora o se cancela, la prioridad es evitar riesgos. “Puede ser por un simple detalle que el avión no salga, pero siempre se prioriza la seguridad operacional”, remarcó.</p><p>El joven sanfrancisqueño reconoce que los paros generan enojo en los pasajeros, aunque pidió entender el contexto. “La gente piensa que por trabajar en un aeropuerto ganás cierta cantidad de dinero y realmente no es cierto”, señaló.</p><p>En medio del ruido de motores y las corridas de plataforma, Fassetta siente que forma parte de algo mucho más grande. “Somos un engranaje, una parte en tierra que suma para que todo salga bien”, resumió. Y agregó: “Es un trabajo invisible porque nadie ve todo lo que pasa para que un avión pueda salir seguro”.</p><p>&nbsp;</p><p>“Es un trabajo que se vive con pasión”</p><p>Carlos Fernández, operador de rampa de Aerolíneas Argentinas y secretario gremial la sección de Córdoba de la Asociación del Personal Aeronáutico (APA), conoce desde hace años el esfuerzo que existe detrás de cada vuelo. “Todo lo que necesita el avión en tierra lo hacemos nosotros”, manifestó sobre las tareas que incluyen señalización, carga y descarga, inspecciones, suministro de agua potable y asistencia operativa, entre otras.</p><p>“El trabajo cambió muchísimo y está mucho más profesionalizada la función. Dependemos de estándares internacionales y la seguridad es fundamental”, afirmó. Según detalló, cada trabajador necesita licencias específicas para desempeñar sus tareas en plataforma.</p><p>Fernández destacó además la pasión que existe entre quienes trabajan en aviación. “Es un trabajo muy apasionante. Acá los trabajadores de Aerolíneas tienen tatuajes de la empresa, no ves eso en otros lugares”, expresó.</p><p>También se refirió al enorme movimiento logístico que implica cada aterrizaje. “Por un avión tenés casi 20 personas alrededor”, señaló. Mecánicos, operadores, seguridad, combustible y mantenimiento forman parte de una estructura coordinada que rara vez es visible para los pasajeros.</p>Maximiliano Fassetta y Carlos Fernández.<p>“Todos los días son absolutamente diferentes. Depende del clima, de las demoras, de la niebla o de cualquier situación operativa”, agregó. Entre las imágenes que más lo impactaron recordó la llegada del gigantesco Antonov ucraniano y la jornada de la final en Córdoba con 55 aviones en plataforma.</p><p>Mientras tanto, Maximiliano sigue descubriendo nuevos desafíos en cada guardia. “Nunca me imaginé que iba a terminar trabajando en Aerolíneas ni haciendo esta tarea, pero cada día me gusta más”, confesó. Entre pistas, frío, calor y motores encendidos, el joven sanfrancisqueño encontró un oficio poco convencional que convirtió en pasión. Para él, cada aterrizaje encierra una historia distinta y cada despegue confirma que detrás de un viaje existen decenas de trabajadores anónimos. “Es trabajo que realmente disfruto”, repitió, orgulloso de haberse ganado un lugar en la pista.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/kpF3XBYAFEwrzTFM7a4adaEFYSI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/maximiliano_fassetta.png" class="type:primaryImage" /></figure>Es uno de los trabajadores de Aerolíneas Argentinas que hace posible que cada vuelo despegue y aterrice con seguridad en el aeropuerto Taravella de Córdoba. “Nunca me imaginé que iba a terminar haciendo esta tarea, pero cada día me gusta más”, confiesa.]]>
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                <published>2026-05-30T12:00:00+00:00</published>
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            “Vivo un sueño a diario”: Mario Bessone, de aprender a bailar a dirigir la Escuela Municipal de Folclore
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Avv2cCXdDwCxg0yiyVYSfbWVHbg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/mario_bessone.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La imagen todavía lo emociona. Un grupo de bailarines celebrando sobre el escenario, abrazos, aplausos y un reconocimiento que resume años de ensayos, viajes, sacrificios y amor por el folclore. La Escuela Municipal de Danzas Folclóricas de San Francisco volvió de la ciudad santafesina de San Jorge con importantes premios obtenidos en el Certamen Nacional de Danzas Folklóricas “A Don Lázaro”, pero también con una distinción especial: el reconocimiento a Mejor Delegación en la categoría Mayor Libre.</p><p>Sin embargo, para el director de la institución, Mario Bessone, el valor de ese premio va mucho más allá de un trofeo o una copa. Es también una especie de síntesis de un camino personal que comenzó hace más de tres décadas, cuando era apenas un adolescente que soñaba con bailar, aunque todavía no supiera cómo hacerlo.</p><p>&nbsp;</p>“Uno no va buscando el premio”<p>En diálogo con Posta/LA VOZ DE SAN JUSTO, Bessone reconoció la felicidad que significó el reconocimiento obtenido en San Jorge, aunque aclaró que el espíritu con el que trabajan desde la escuela siempre es otro.</p><p>“Siempre que participamos de este tipo de eventos, de estos festivales, en realidad lo que vamos a buscar es compartir, pasar un día de danza y que los alumnos expongan el trabajo que se hace en el ensayo. Uno no va en búsqueda del premio, al menos no es nuestra impronta. Pero tampoco vamos a caer en la falsa hipocresía de decir que no te da felicidad obtenerlo. Si bien no es el objetivo principal, siempre es bueno recibir un reconocimiento de esta índole”, expresó.</p><p>La delegación sanfrancisqueña participó con 21 bailarines y obtuvo premios en distintos rubros: segundo puesto en solista de malambo femenino mayor, segundo puesto en conjunto de malambo mayor, tercer puesto en solista de malambo masculino mayor, segundo puesto en conjunto de danza tradicional, segundo premio en pareja tradicional y una mención especial en danza estilizada. Además, el bailarín Franco Abelar fue reconocido como Mejor Bailarín del certamen.</p><p>Pero el logro más significativo llegó con la obtención del premio a Mejor Delegación de la categoría Mayor Libre, una distinción que se obtiene a partir de la sumatoria de puntos obtenidos en todas las disciplinas.</p>Mario Bessone:, una vida ligada al folclore y a la formación de nuevas generaciones.<p>“Este reconocimiento se pone en juego todos los años, así que el próximo tendremos que devolverlo. Se obtiene con la sumatoria de puntos de los distintos premios que uno va logrando en cada rubro. Cada puesto suma y, en función de eso, se define cuál fue la mejor delegación de la categoría. Nosotros tuvimos la suerte de conseguirlo”, explicó.</p><p>Detrás de cada resultado, aclaró, existe mucho más que talento arriba del escenario.</p><p>“Hay muchísimo trabajo. Principalmente el compromiso de los chicos con los ensayos, coordinar vestuario, maquillaje, peinados, traslados, porque también implica una logística importante. Entonces estos reconocimientos son un mimo, algo que alienta a seguir trabajando”, afirmó.</p><p>&nbsp;</p>El primer clic: ver bailar a su hermana<p>Mucho antes de dirigir una institución, de viajar a certámenes nacionales o de formar generaciones de bailarines, Mario fue un chico que descubrió algo que le cambió la vida casi por casualidad.</p><p>Aunque en su casa no existía una fuerte tradición folclórica, sí había algunas señales dispersas: un padre que escuchaba chamamé popular, festivales televisados como Cosquín o Jesús María sonando de fondo y, sobre todo, una hermana mayor que comenzó a bailar.</p><p>“Mi pasión empezó un poco en el colegio, en los actos escolares. Ni siquiera teníamos profesora de danza, sino una profesora de música que armaba los actos y algunas veces me convocó. Pero el gran clic vino cuando vi bailar a mi hermana mayor, Gabriela. Ella fue la culpable de que toda la familia termináramos bailando, gracias a Dios”, recordó.</p><p>Y agregó: “Mis dos hermanas, mi sobrina, mi mamá… terminamos todos metidos en este bello colectivo de la danza folclórica. Pero la culpable fue Gabi, porque ella empezó primero y después nos fuimos enganchando todos”.</p><p>&nbsp;</p>La fascinación definitiva apareció en un festival.<p>Mario recuerda que fue como espectador, cuando todavía era apenas un niño o estaba entrando en la adolescencia. Allí vio algo que lo impactó profundamente: chicos de su edad vestidos de gauchos, preparándose detrás del escenario y zapateando malambo.</p><p>“Me acuerdo patente de esa sensación. Vi chicos de mi edad vestidos de gaucho, preparándose para salir a bailar y zapatear, y dije: ‘Wow, quiero hacer esto’. Me voló la cabeza. Después fui aprendiendo qué era cada cosa, cómo calentaban, cómo se preparaban, pero en ese momento dije simplemente: quiero estar ahí”, relató. Desde entonces, ya no hubo vuelta atrás.</p><p>“No sé si alguna vez pensé que tenía talento o no. Lo que sí sé es que me apasionó muchísimo. Ese fue el clic. Después todo lo demás vino por impulso, por querer mejorar, aprender y vivir más momentos como esos”, aseguró.</p><p>Mario quería ir a bailar donde estaba su hermana, en Devoto, pero la situación económica familiar no lo permitía. Era mediados de los años noventa y sus padres atravesaban un momento complejo.</p><p>“Mis papás habían perdido el trabajo. Era el año 94, una época de crisis muy fuerte, similar a la actual, y no estaban en condiciones de darme plata para el colectivo ni para viajar”, recordó. Fue entonces cuando su mamá averiguó y descubrió que la Municipalidad de San Francisco ofrecía clases gratuitas de danzas folklóricas.</p><p>Así conoció a quienes serían sus grandes maestros:&nbsp; José “Cacho” Carballo y Cristina Escudero. “No conocíamos absolutamente nada del ambiente de la danza. Mi mamá averiguó y fuimos a hablar con Cacho y Cristina, que son mis maestros de toda la vida, no solo desde lo profesional sino como maestros de vida”, dijo. Pero había un problema: Mario no sabía bailar. Nada. Por eso tuvo que empezar desde cero junto a niños mucho menores que él.</p><p>“Yo ya iba al secundario, estaba en primer año de la Escuela del Trabajo, y me pusieron con chicos de 6 o 7 años porque tenía que aprender desde cero. Me acuerdo que salía del taller, con la ropa llena de grasa, y los chicos me miraban raro porque yo era más grande, más alto y llegaba vestido de taller”, contó entre sonrisas. Sin embargo, esa diferencia duró poco.</p><p>“Fue un período muy corto porque estaba tan apasionado que todo lo que me enseñaban los profes lo practicaba en mi casa. Ensayaba todo el tiempo. Me gustó tanto que eso terminó siendo el motor para avanzar”, recordó.</p>&nbsp;Del alumno al director<p>La historia siguió creciendo dentro del mismo lugar. Mario pasó por todos los grupos de la Escuela Municipal según las edades, estudió el profesorado cuando se abrió dentro de la institución y comenzó a asumir cada vez más responsabilidades.</p><p>“Hice toda mi formación acá. Después de unos años bailando se abrió el profesorado, lo estudié, me recibí y fui quedando como docente de distintos grupos. Poco a poco los directores me fueron dando más responsabilidades”, relató.</p><p>Hasta que llegó el momento inesperado. Hace dos años, Cacho Carvallo y Cristina Escudero decidieron retirarse y él quedó al frente de la escuela donde se había formado. La emoción todavía aparece cuando habla de ese momento.</p><p>“Es inexplicable. Vivo un sueño a diario. Obviamente el trabajo tiene problemas y responsabilidades, pero sigue siendo un sueño. A veces llego al salón y hago una retrospección: pienso que entré ahí sin saber absolutamente nada y hoy tengo la responsabilidad de dirigir la escuela”, confesó.</p><p>Para Mario, ese espacio es mucho más que un salón de danza. “Ese salón es mi vida. Creo que pasé más tiempo ahí que en mi casa. Ahí encontré a mis mejores amigos, lloré, me reí, me lesioné, transpiré muchísimo, aprendí, crecí. Entonces pensar que llegué sin saber nada y hoy puedo compartir conocimientos con las generaciones que vienen es un orgullo demasiado grande”, afirmó.</p><p>&nbsp;</p>El futuro, una generación detrás de otra<p>Aunque el reconocimiento nacional llena de satisfacción a toda la escuela, Bessone evita hablar de metas personales grandilocuentes. Su mirada está puesta en el crecimiento de los alumnos y en sostener un proceso formativo que considera clave.</p><p>“No me pongo objetivos personales. Sí pensamos mucho institucionalmente: cómo seguir evolucionando con los grupos, cómo acompañar a cada alumno. Nosotros hacemos un seguimiento permanente, especialmente con niños y jóvenes, porque van cambiando de grupo y queremos que el proceso sea gradual, que no sea un cambio brusco”, explicó.</p><p>Ese acompañamiento, sostiene, es parte de la identidad de la escuela. “Nos enfocamos mucho en eso, en estar presentes, acompañar y seguir participando de festivales y convocatorias. Todo el tiempo estamos planificando y pensando cómo seguir creciendo”, sostuvo.</p><p>Mientras tanto, cada ensayo, cada viaje y cada presentación parecen devolverle algo de aquel chico que un día vio un malambo por primera vez y decidió que quería estar arriba del escenario. Hoy, décadas después, Mario Bessone no solo sigue bailando: también ayuda a que otros encuentren en la danza el mismo lugar que él encontró cuando apenas estaba empezando.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Avv2cCXdDwCxg0yiyVYSfbWVHbg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/mario_bessone.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El director de la Escuela Municipal de Danzas Folclóricas de San Francisco acaba de celebrar un importante reconocimiento nacional junto a sus alumnos. Pero detrás del premio hay una historia de pasión, esfuerzo y formación: la de un chico que llegó sin saber bailar y aprendió entre niños, y que hoy conduce la institución donde se formó.]]>
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                <published>2026-05-23T12:04:18+00:00</published>
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            “La universidad pública se defiende entre todos”: Germán Lamberti, militancia, ingeniería y el debate por el futuro
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/RyI-SNUWRRSwsNTycnuGz4SRynU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/german_lamberti.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Por Cecilia Castagno | LVSJ<p>Los pasillos de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (FCEFyN) de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) estaban atravesados por el bullicio típico de los días previos a una elección universitaria. Afiches pegados en las paredes, estudiantes entrando y saliendo de las aulas, banderas colgadas en los balcones y grupos repartiendo volantes componían una escena cargada de militancia y debate político. En medio de ese movimiento, Germán Lamberti caminaba saludando a docentes, alumnos y no docentes como quien vuelve a un lugar que siente propio.</p><p>A sus 31 años, el sanfrancisqueño e ingeniero en Computación egresado de la UNC es candidato a consejero graduado por el Claustro de Graduados dentro de la lista Impulsar + Épica + Renovación Profesional, que acompaña a Pedro Pérez en el espacio “Vamos”, de cara a las elecciones universitarias de los días 20 y 21 de mayo.</p><p>En 2025 fue seleccionado para representar a Córdoba en el Seminario País Federal, una iniciativa vinculada a la formación de líderes y a la actividad universitaria y profesional, donde compartió experiencias y debates con jóvenes de distintos espacios políticos y sociales del país.</p><p>Además de su actividad política y académica, Lamberti es CTO y cofundador de la startup TrustHub y presidente de la Fundación La Casa Universitaria de Córdoba. Este año también fue docente del ingreso universitario en Matemática y Física Química.</p><p>“He caminado muchos años estos pasillos de la Facultad y venimos hace años conviviendo entre la educación, la formación, la tecnología y también la militancia universitaria”, expresó durante la entrevista con Posta/LA VOZ DE SAN JUSTO.</p><p>En medio de la caminata apareció una escena que resumió parte del reconocimiento que construyó dentro de la facultad. “¡Qué jugador!”, se escuchó. El saludo vino del decano de la Facultad de Astronomía, Matemática y Física (Famaf), y candidato a rector de la UNC, Pedro Pérez, quien lo saludó con una palmada en el hombro. La escena ocurrió en pasillos cargados de ruido, reuniones y conversaciones cruzadas. La adrenalina electoral se respiraba en cada rincón de la universidad.</p><p>La participación política de Lamberti comenzó antes de llegar a la UNC. Según recordó, en el secundario ya había integrado el centro de estudiantes del Instituto Pablo VI. “Creo que ahí arranca un poco esta vocación de servicio. Yo siempre lo pongo como que uno trabaja por el resto, en el sentido de devolverle a la sociedad lo que la sociedad le dio”, contó.</p><p>Sin embargo, aclaró que en sus primeros años universitarios no militó. “Me sumo bastante después por una cuestión de sentirme interpelado. Decir: yo vengo acá, es una universidad pública, tengo la posibilidad de estudiar porque es gratuita y de calidad. Y siempre me gustó la idea de poder ayudar a mejorar la facultad y la universidad”, explicó.</p><p>Esa búsqueda lo llevó a participar en Compromiso Estudiantil Universitario y luego en el centro de estudiantes. “Configuré mi formación académica y profesional con mi formación política y mi participación ciudadana en el marco de la universidad pública”, afirmó.</p><p>En un contexto donde muchos jóvenes manifiestan desencanto con la política, Lamberti defiende la participación y cuestiona el prejuicio instalado en algunos sectores respecto de que a la universidad “solo se va a estudiar, no a hacer política”. “Me ha tocado convivir mucho con esa frase, sobre todo en el espectro de las ciencias duras. Cuando uno se forma en ciencias duras se encuentra mucho más con esta opinión que si uno se forma en ciencias blandas”, señaló.</p><p>“La ingeniería tiene que estar pensando o discutiendo el modelo de país que queremos. Si queremos un país de servicios o si queremos un país de servicios e industria”</p><p>&nbsp;</p><p>Para el ingeniero, la formación técnica no puede separarse de los problemas sociales y productivos del país. “Hay que repensar cómo se vincula el profesionalismo de ciencias duras con la sociedad. Uno no se puede vincular solamente desde lo material, desde lo tecnológico o desde lo productivo. Ese desarrollo tiene que estar enfocado en mejorar la vida de la gente”, sostuvo.</p><p>Y profundizó: “La ingeniería tiene que estar pensando o discutiendo el modelo de país que queremos. Si queremos un país de servicios o si queremos un país de servicios e industria”.</p><p>En esa línea, consideró que los profesionales de las ciencias duras también deben involucrarse en las discusiones de fondo sobre desarrollo nacional. “Es muy importante que el perfil profesional y tecnológico también se plantee estas discusiones porque es el primer afectado cuando aparecen políticas de desindustrialización”, advirtió.</p><p>Durante la entrevista también habló sobre la emigración de científicos e ingenieros argentinos. “Hoy me toca presenciar cómo muchos compañeros ingenieros y científicos se van del país porque no encuentran la posibilidad de trabajar de sus profesiones”, lamentó.</p><p>Lejos de separar tecnología y política, planteó que ambas dimensiones deben convivir: “Amo la tecnología, amo la computación, pero también me parece que tenemos que involucrarnos en la sociedad, cada uno desde el lugar que pueda”.</p><p>Lamberti participó además de la cuarta Marcha Federal Universitaria desde la asunción de Javier Milei. Sobre esa movilización dijo: “Celebro que haya sido la marcha con mayor convocatoria hasta el momento. Es una forma de expresar que la situación es límite”.</p><p>Luego describió la situación salarial de muchos docentes universitarios. “Hoy los docentes asistentes de dedicación simple están cobrando alrededor de 250 mil pesos. Para llegar a ser docente universitario tenés que tener un título de grado y muchos años de formación académica”, cuestionó.</p><p>&nbsp;</p><p>“Estamos de acuerdo en que la universidad tiene que ser más transparente. Ahora también pasemos a lo importante: los docentes no pueden estar trabajando medio día de docentes y a la noche haciendo Uber”</p><p>&nbsp;</p><p>En varios momentos de la charla insistió en una idea que atraviesa a distintos sectores políticos y sociales. “La universidad pública es un valor de todos. Es transversal”, expresó. Y agregó: “Hay unidad en el reclamo, a la universidad hay que sostenerla y defenderla entre todos”.</p><p>Para Lamberti, todavía existe un desafío pendiente para explicar socialmente la importancia del financiamiento universitario. “Todos los argentinos sostenemos la universidad pública. Los que estudiamos y los que no estudian”, indicó.</p><p>Al mismo tiempo, consideró que las universidades deben profundizar las políticas de transparencia: “Nosotros desde la militancia estudiantil siempre pregonamos por la transparencia y por hacer pública la información del uso de fondos”.</p><p>Sin embargo, remarcó que el eje central no puede perderse. “Estamos de acuerdo en que la universidad tiene que ser más transparente. Ahora también pasemos a lo importante: los docentes no pueden estar trabajando medio día de docentes y a la noche haciendo Uber”, sostuvo.</p><p>Lamberti defendió además el papel de la educación pública como “herramienta de movilidad social ascendente. La universidad pública y gratuita permite que muchos hijos de trabajadores podamos venir a estudiar, formarnos y desarrollarnos”, afirmó.</p><p>En ese sentido recordó el esfuerzo de muchas familias argentinas. “Somos muchos los profesionales que nunca nos podríamos haber egresado si Argentina no tuviera este esquema de educación pública”, agregó.</p>El debate por los extranjeros<p>Sobre el debate en torno a los estudiantes extranjeros en las universidades públicas argentinas, Germán planteó una mirada vinculada al concepto de “soft power” y al intercambio cultural que genera la educación superior.</p><p>“Hay opiniones cómodas que dicen: ‘a nosotros nos cobran y al resto hay que cobrarle’. Pero después hay una reflexión más profunda que tiene que ver con algo que se llama soft power”, manifestó.</p><p>En ese sentido, sostuvo que la llegada de estudiantes de otros países también representa una forma de proyección cultural y económica para Argentina: “Al recibir extranjeros les transmitimos nuestra cultura, nuestros valores de sociedad y de país. Y eso hace que después, cuando vuelven a su tierra, hablen de Argentina y probablemente le compren productos, servicios o cultura”.</p><p>Además, remarcó que quienes vienen a estudiar al país también "pagan impuestos inmobiliarios, pagan IVA, pagan todos los impuestos que pagamos los argentinos día a día”.</p><p>“Es importante generar relaciones con ciudadanos de otros países que eligen a Argentina como su segundo hogar y generan puentes culturales que nos permiten también crecer hacia afuera”, agregó.</p><p>&nbsp;</p>La universidad en tiempos de IA<p>Lamberti también habló sobre el impacto de la inteligencia artificial y los cambios tecnológicos en la educación superior. Consideró que las universidades deberán adaptar permanentemente sus programas y métodos de enseñanza frente a una revolución tecnológica que avanza a gran velocidad.</p><p>“Hoy los estudiantes pueden preguntarle a la inteligencia artificial cómo resolver ejercicios y eso cambia la forma de estudiar y de vincularse”, dijo. Aun así, remarcó la importancia de sostener el pensamiento crítico y las relaciones humanas dentro de la universidad. “Nos formamos para tener pensamiento crítico y tenemos que sostenerlo a pesar de las bondades que ofrecen estas tecnologías”, señaló.</p><p>Sobre el futuro laboral, sostuvo que la formación profesional deberá combinar conocimientos técnicos con liderazgo y capacidad de gestión. “Los puestos laborales que no van a ser reemplazados son los de toma de decisión”, aseguró.</p><p>Por eso, al dirigirse a los estudiantes que recién comienzan la universidad, insistió en la necesidad de participar: “Participar en los espacios de debate te forma para toda la vida”.&nbsp;</p><p>También dejó un mensaje para quienes observan la militancia universitaria con desconfianza. “No es necesario pensarse como político para participar. Uno puede pensarse como un futuro gerente, un profesional o un líder que necesita herramientas para tomar decisiones”, manifestó.</p><p>Hacia el final de la entrevista volvió sobre la defensa de la educación pública y el reclamo presupuestario que atraviesa a las universidades nacionales. “Al presidente Milei le diría que muchos jóvenes lo acompañaron y creyeron en él, pero esos jóvenes siguen creyendo en la educación pública. Desfinanciar la universidad no es el camino”, concluyó.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/RyI-SNUWRRSwsNTycnuGz4SRynU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/german_lamberti.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>El ingeniero en Computación y candidato a consejero graduado de la UNC habló sobre la defensa de la educación pública, el rol político de las ciencias duras, la necesidad de discutir un modelo de desarrollo con industria y tecnología y el desafío de sostener la participación universitaria en tiempos de crisis. “Hay unidad en el reclamo”, afirmó.]]>
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                                <updated>2026-05-17T01:55:06+00:00</updated>
                <published>2026-05-16T12:14:48+00:00</published>
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            Hacer del carnaval una forma de vida
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/RrC_gPgJ5ugfA3V6ebA4pcq8EQA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/aylen_fontanesi_de_brinkmann.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay un cartel que Aylén Fontanesi no olvidó nunca. Tenía algo más de 20 años, volvía con su mamá desde San Francisco después de recorrer institutos sin encontrar nada que le cerrara, cuando vio un letrero que decía: “Academia de Danza, Báilalo”. Entró. Esa tarde empezó su formación como profesora. El resto fue consecuencia.</p><p>Hoy, con 38 años y una trayectoria que la llevó desde el Club Centro Social de Brinkmann hasta los corsódromos de Corrientes y Gualeguaychú, Fontanesi lleva su Samba Show Escuela de Carnaval a Freyre. Lo hace con el aval de la Municipalidad local y un objetivo claro: que esa localidad vuelva a tener carnaval después de muchos años de ausencia.</p><p>Aylén hizo folklore, jazz, gimnasia aeróbica, patín. Todo lo que tuviera que ver con el cuerpo en movimiento. Pero siempre tuvo un norte claro. “Yo no quería hacer ni ser otra cosa”, dice hoy sin dudar, con la misma firmeza con la que se lo dijo a sus padres al terminar el secundario, cuando anunció que se iba a Córdoba a estudiar en la Facultad de Bellas Artes</p><p>No duró. El profesorado de Danza y Métodos Dancísticos se bailaba poco. Al año volvió a Brinkmann. Fue entonces, durante ese viaje a San Francisco con su mamá Graciela Chiappero, cuando apareció el cartel que selló su destino profesional. Empezó en la academia Báilalo y poco después le ofrecieron dictar clases en el Club Centro Social de Brinkmann. Arrancó con alrededor de 20 años y ochenta alumnas. Nunca más paró.</p><p>&nbsp;</p>La llamada que no esperaba<p>Cuando ya llevaba cuatro o cinco años de clases, Germán Argañaráz, secretario de Cultura de Brinkmann durante la gestión del intendente Gustavo Tevez, le propuso que formara una comparsa. La primera respuesta de Aylén fue un rotundo no. “Yo no sé del mundo del carnaval, lo mío va por otro lado”, le explicó. Fue su mamá quien la convenció: armaría una comisión para ayudarla y, de paso, cumpliría un sueño propio: verla bailar un carnaval.</p><p>Aylén tenía 25 años, acababa de ser madre de Juan Cruz, y se metió de lleno en el proyecto. En Brinkmann había comparsas infantiles, pero no de adultas. Así nació Brinka Danza Mayores, con cerca de 40 bailarinas. Ese primer año desfiló como pasista sin saber exactamente qué era serlo. Fue aprendiendo sobre la marcha. Y cuando terminó esa primera noche de carnaval, algo se acomodó en su interior. “Me enamoro completamente del carnaval”, recuerda.</p><p>&nbsp;</p>Corrientes y el cielo con las manos<p>Tomó clases con profesoras de Río de Janeiro y de Corrientes. Trajo docentes a Brinkmann. La comparsa creció. Y en 2018 llegó la propuesta que cambió el piso: desfilar en el Carnaval de Corrientes, dentro de la comparsa Copacabana, donde quedó “totalmente deslumbrada. El carnaval del país, realmente, es el carnaval de Corrientes”.</p><p>Al año siguiente volvió, y al siguiente la convocaron para ser coreógrafa de la escuela de samba de esa misma comparsa. Había un problema: Aylén coordinaba coreografías para varias comparsas de la región -Morteros, Altos de Chipión, Arrufó y Brinkmann- y tenía un hijo en edad escolar. Negoció: iría en diciembre con Juan Cruz. Dejó todo listo en la región y viajó. Formó la escuadra de Copacabana y tuvo el gusto de llevar chicas de Morteros y de Brinkmann a desfilar una noche en el corsódromo correntino.</p><p>Era 2020. Cuando terminó el carnaval y volvió a casa, se decretó la pandemia.</p>Aylén Fontanesi nació en pleno carnaval y nunca se alejó de él.La escuela que construyó desde cero<p>Después de casi 9 años al frente de Brinka Danza, Aylén dejó esa comparsa para armar su propio proyecto. Así nació Samba Show Escuela de Carnaval, que hoy funciona en Brinkmann de forma privada y es la primera -y hasta ahora única- escuela de carnaval de la zona.</p><p>La idea original era una escuela de samba pura. Pero en 2022 la convocaron para bailar en Gualeguaychú, en la comparsa O'Bahía, y el fin de semana anterior actuó como jurado en el carnaval de Gualeguay. Lo que vio en Entre Ríos le mostró un carnaval más amplio, donde conviven ritmos, vestuario, carrozas y estructuras escénicas. “Me estoy quedando chica con una escuela de samba”, pensó. Desde entonces la propuesta incorpora también confección de trajes, tocados, espaldares y técnica de emplumar.</p><p>Hoy tiene alumnas que llegan desde Colonia Aldao, Colonia Bicha, Morteros y Colonia Vignaud. Sigue coreografiando comparsas de la región. Y suma al título de mejor pasista -conseguido en dos ediciones consecutivas en San Francisco, y también en Bell Ville y Arroyito- su propia definición de éxito: “La permanencia y el poder mantener durante tantos años el trabajo en el mismo lugar y acompañado por la misma gente, para mí es el éxito”.</p><p>&nbsp;</p>Lo que se aprende en una comparsa<p>En la escuela, el primer paso no es aprender un paso de samba. Es entender de dónde viene el carnaval y por qué es mucho más que espuma y desfiles nocturnos. El segundo paso es personal: ¿por qué quiero estar acá? ¿Qué busco? Y también hay lugar para quienes no quieren bailar: para quien prefiere coser, diseñar, construir estructuras, maquillar. “Sin todo eso, una comparsa no podría salir a la calle”, subraya.</p><p>Tres nombres marcaron su camino profesional: Melisa Torres, Gabriela Ceballos&nbsp; y Emilce Parga. Y en lo personal, sus padres, Graciela Chiappero y Gustavo Fontanesi, que la acompañaron desde el principio, y su hijo Juan Cruz -por cumplir trece años- que según ella es la mejor prueba de que los sueños y la maternidad no se excluyen.</p><p>&nbsp;</p>Freyre: retomar una fiesta que se fue<p>Esa localidad lleva muchos años sin carnaval propio. La propuesta, auspiciada por el intendente Germán Baldo, apunta a que la comunidad lo retome desde adentro: con su propia escuela, sus propios bailarines, sus propios trajes. No con comparsas contratadas de afuera. Con gente de ahí.</p><p>Aylén agradece el gesto institucional, sobre todo en un contexto donde, como ella dice, “el arte está bastante pisoteado y bastante desdibujado”. Que un municipio apueste a esto, dice, no es menor. El objetivo es llegar al Carnaval 2027 con una comparsa de Freyre que sorprenda, que deje la vara un poco más alta que el año anterior.</p><p>“Yo nací el 11 de febrero, pleno carnaval, así que seguramente ya lo vengo arrastrando desde siempre. Mi lema es: vivo en modo carnaval”, aseguró Aylen Fontanesi. Eso también es lo que quiere contagiar en Freyre.</p><p>&nbsp;</p>Escuela de carnaval en Freyre<p>La Municipalidad de Freyre, bajo la gestión del intendente Germán Baldo, auspicia la llegada de la Samba Show Escuela de Carnaval de Aylén Fontanesi a esa localidad.</p><p>&nbsp;</p><p>¿Qué ofrece?</p><p>Historia y cultura del carnaval, técnica de samba, coreografías, confección de trajes, tocados, espaldares y emplumar. Todo lo que compone una comparsa, desde adentro.</p><p>&nbsp;</p><p>¿Para quién?</p><p>Abierta para vecinos y vecinas de Freyre y toda la región, sin importar si tienen experiencia previa en baile. También hay lugar para quienes prefieren sumarse desde la confección de vestuario o la producción.Inscripciones: SUM de la Municipalidad de Freyre De 8 a 12 hs</p><p>El objetivo a mediano plazo es que Freyre cuente con su propia comparsa para el Carnaval 2027.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/RrC_gPgJ5ugfA3V6ebA4pcq8EQA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/aylen_fontanesi_de_brinkmann.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Nacida en Brinkmann, con 38 años y casi dos décadas sobre el escenario, Aylén Fontanesi construyó una carrera coreografiando comparsas de toda la región. Ahora lleva su Escuela de Carnaval a Freyre, con el respaldo de la municipalidad local.]]>
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                <published>2026-05-09T13:00:24+00:00</published>
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            “Que la inclusión no sea solo discurso”: Adriana Quaglia y el desafío de Sonando por cambiar la escena
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4yC6D7xF-IZaSWdvnmE6qICGr4E=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/adriana_quaglia_1.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Por Cecilia Castagno | LVSJ&nbsp;<p>En una Argentina atravesada por la tensión en torno a la Ley de Emergencia en Discapacidad, experiencias como la de la Asociación Civil Sonando adquieren una dimensión que va mucho más allá de lo artístico. Nacida hace una década en el fondo de un centro terapéutico, hoy se consolidó como un espacio clave de encuentro, creación y defensa de derechos para personas con discapacidad en la ciudad de Santa Fe.</p><p>“Es un proyecto que empezó hace 10 años y continúa hoy en día y fue mutando, así como fue mutando también todo lo referido a lo que es la inclusión de las personas con discapacidad”, explica Adriana Quaglia (43), fundadora y presidenta del espacio. Su recorrido personal también acompaña ese proceso: llegó a Santa Fe a los 19 años desde San Francisco, ciudad que aún extraña, y desde entonces construyó un camino que combina música, educación e inclusión.</p><p>El origen de Sonando está marcado por una escena tan sencilla como reveladora. Un ensayo musical un sábado a la mañana. “Pensé que no iba a ir nadie... y resultó que fueron todos los estudiantes. Todos”, recuerda Quaglia en diálogo con Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO. Aquella convocatoria inesperada dejó en evidencia una necesidad que hasta ese momento no estaba siendo atendida: la de contar con espacios recreativos y artísticos para personas con discapacidad, más allá de los ámbitos terapéuticos.</p><p>“Esos espacios son fundamentales, pero no pueden ser los únicos. También tienen derecho a lo recreativo, artístico, educativo”, subraya.</p><p>Con el tiempo, el proyecto fue creciendo. Lo que comenzó como una banda improvisada en un espacio terapéutico logró expandirse hacia ámbitos culturales más amplios. “Logramos salir de ese espacio y empezar a habitar otros lugares más concurridos y más culturales”, cuenta. Actualmente, la asociación funciona en una sede ubicada en un club, reúne entre 40 y 50 participantes y cuenta con un equipo de cinco profesoras que trabajan desde una lógica personalizada.</p><p>Sin embargo, ese crecimiento también dejó al descubierto una realidad incómoda. “Hay muchos espacios, teatros y salas que son accesibles para que una persona con silla de ruedas vaya a escuchar en concierto, pero no para que el artista se suba al escenario”, advierte Quaglia. La frase sintetiza una de las principales deudas de la inclusión: la diferencia entre poder estar y poder participar activamente.</p>Sonando nació como una respuesta concreta a la falta de lugares donde las personas puedan disfrutar, crear y expresarse.<p>En Sonando, el arte es una herramienta de transformación. “Fundamentalmente nosotros observamos la alegría. Un disfrute constante”, señala Adriana. Pero ese impacto va más allá de lo emocional. “Hay mayor autonomía y mayor validez de sí mismo”, agrega. En ese proceso, el foco deja de estar en las limitaciones para centrarse en las posibilidades. “Se destaca a la persona con lo que sí puede hacer... acá sí puede hacer música”, afirma. Porque “la verdadera inclusión no es solamente trabajar con personas con discapacidad, sino que las personas habiten todos los espacios”.</p><p>El rol de las familias es otro de los pilares del proyecto. “Esto es un espacio familiar”, dice Quaglia. Las familias no solo acompañan, sino que también participan activamente en la construcción cotidiana del espacio. Son parte del entramado que sostiene y potencia cada propuesta.</p><p>Pero en un contexto de crisis y debate, el sostenimiento no puede depender únicamente de la voluntad colectiva. “Si el Estado no acompaña, todo se cae”, advierte. Y remarca la responsabilidad estatal en la garantía de derechos: “Tiene que cumplir con los derechos que también reclama”.</p><p>Ante esas falencias, “las asociaciones civiles se constituyen como espacios de resistencia, un espacio de resguardo y de resistencia”, sostiene la entrevistada. En un momento donde incluso los derechos conquistados están en riesgo, para ella la tarea es clara: “Estamos tratando de no perder derechos, ni siquiera de ganar más derechos”.</p>La sanfrancisqueña es fundadora y presidenta de la Asociación Civil Sonando, desde donde impulsa propuestas artísticas inclusivas.<p>"Hay que apuntar a la accesibilidad de los espacios formales”, insiste. Porque el problema no se limita a la existencia de propuestas, sino a las barreras que impiden acceder a ellas. “Si alguien quiere estudiar música de forma formal, se encuentra con un montón de barreras, desde lo actitudinal hasta lo institucional”, explica.</p><p>En ese entramado, los prejuicios siguen teniendo peso. “Todos tenemos prejuicios, queramos o no”, reconoce. Y propone una reflexión concreta: mirar los espacios cotidianos y preguntarse por las ausencias. “Si en un lugar nunca hay personas con discapacidad, algo está pasando”, afirma.</p><p>A pesar de las dificultades, Sonando sigue proyectando. Entre sus objetivos se encuentra la construcción de instrumentos adaptados para personas con parálisis cerebral, utilizando tecnología asistiva (TA) y recursos accesibles. También avanzan en la organización del festival “Más Música”, que este año se extenderá durante tres días y buscará reunir a docentes y talleristas para pensar prácticas inclusivas.</p><p>Adriana también imagina nuevos horizontes para la asociación. “Me gustaría llevar el proyecto de Sonando a San Francisco. Me parece que es una ciudad pujante, que tiene un montón. Es muy rica, es muy abierta culturalmente”, consideró, en referencia a su lugar de origen.</p><p>“Hay muchos espacios, teatros y salas que son accesibles para que una persona con silla de ruedas vaya a escuchar en concierto, pero no para que el artista se suba al escenario”</p><p>&nbsp;</p><p>La música, en ese recorrido, ocupa un lugar central, aunque lejos de una mirada romántica o simplificada. Ante la pregunta por su significado personal, Adriana se sincera: “Es una forma de transitar la vida muy gratificante, pese a contextos bastante difíciles”.</p><p>Sin embargo, el desafío no es solo técnico ni organizativo. También es cultural. “Estamos podridos de los que se quieren sacar la foto”, dice Quaglia, en referencia a acciones aisladas que no generan cambios estructurales. “Hacen un evento y al día siguiente volvemos a no poder acceder a un espacio porque no tiene rampa”, agrega.</p><p>“Me parece que la cuestión de comunicación y los colectivos es lo que nos salva. Nadie se salva solo; generar vínculos es lo principal”, sostiene.</p><p>El sostenimiento económico es otro de los desafíos que atraviesan. “Nuestra asociación se sostiene de varias formas, con asociados que pagan una cuota mensual, con algunos talleres que son pagos, con los que contratamos profes y músicos, porque solemos tocar con otras orquestas y grupos, y también gestionamos subsidios, pero que son temporales”, contó Quaglia.</p><p>En ese sentido, mencionó algunas de las estrategias que desarrollan para sostener y ampliar el alcance del proyecto. “Tenemos un proyecto que se llama Sonando en los Barrios, que va a barrios más carenciados, entonces para eso pedimos subsidios. Pedimos subsidios para transporte y demás. Es complicado, pero hay que estar en movimiento”, siguió.</p><p>En ese contraste entre discurso y realidad, Sonando se posiciona como una experiencia concreta que demuestra que la inclusión es posible, pero requiere compromiso sostenido. “La música sola no genera nada, sino la persona que la está haciendo, la que la escucha”, reflexiona.</p><p>En tiempos donde se discuten leyes y presupuestos, el trabajo de estas organizaciones pone en primer plano una pregunta más profunda: qué tipo de sociedad se está construyendo. “Que la inclusión sea real, y que no sea solamente algo del discurso”, plantea Quaglia.</p><p>Y deja una invitación abierta, que es también un desafío: “Si te incomoda, está bien, pero hacé algo con esa incomodidad”. Porque, en definitiva, de eso se trata: de transformar esa incomodidad en acción, para que algún día no haya que hablar de inclusión, sino simplemente de igualdad.</p><p>“Que no haya que incluir a nadie, porque ya estemos todos adentro”, concluyó.</p><p>&nbsp;</p><p>Perfil&nbsp;</p><p>Adriana Quaglia es profesora y licenciada en música con orientación en composición por la Universidad Nacional del Litoral, donde obtuvo la medalla al mejor promedio. Cuenta con una Maestría en Educación Inclusiva para Niños, Niñas y Adolescentes en Situación de Exclusión Social y actualmente es doctoranda en Educación en la Diversidad en la Universidad Nacional de Cuyo.</p><p>Su formación se completa con su labor como terapeuta no verbal en el enfoque Benenzon e instructora de yoga para niños y niñas, además de especializaciones en discapacidad realizadas en Santa Fe, Buenos Aires, Córdoba y Estados Unidos.</p><p>A su vez, integra el equipo de educación inclusiva en el nivel secundario de los ministerios de Educación y Cultura de Santa Fe y brinda capacitaciones en el ámbito de la educación especial en niveles terciarios y universitarios.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4yC6D7xF-IZaSWdvnmE6qICGr4E=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/adriana_quaglia_1.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En medio de la discusión permanente por la Ley de Emergencia en Discapacidad, la sanfrancisqueña impulsa desde Santa Fe la Asociación Civil Sonando, un espacio de arte, inclusión y resistencia. Cuestiona las barreras que aún persisten y reclama una accesibilidad real que garantice derechos culturales para las personas con discapacidad.]]>
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                <published>2026-05-02T12:39:37+00:00</published>
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            Analía Ciardola: “No podría vivir sin enseñar algo”
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/JAYnO3Swpk5_9OMp9eD1jscZLhM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/analia_ciardola.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La vida de Analía Ciardola está atravesada por una pasión que nació temprano y nunca se detuvo. Desde muy chica, sus padres la incentivaron a realizar distintas actividades, como danza y patín, en una búsqueda que marcó su infancia y adolescencia. Entre todas esas experiencias, hubo una que terminó definiendo su camino: la danza. Con el tiempo, esa inclinación se transformó en una vocación que la llevó, siendo muy joven, a dar sus primeros pasos como docente.</p><p>Ese inicio fue en 1989, cuando con apenas 15 años comenzó a dictar clases en la casa de su abuela. El espacio era reducido, pero suficiente para empezar a construir lo que luego sería el Instituto Privado de Aeróbica y Expresión Corporal (IPAEC). “Comienzo desde muy joven a dictar mis clases, era una experiencia nueva, pero me gustaba mucho”, recordó a Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO. En paralelo, estudiaba, combinando formación y trabajo en una etapa de mucho esfuerzo.</p><p>En aquellos primeros años, las clases eran pocas, pero el compromiso era total. Una de las imágenes que mejor sintetiza ese comienzo es la de su primera alumna, Celeste. Analía no solo le enseñaba, sino que también la iba a buscar y la llevaba de regreso a su casa. “La cargaba en mi moto y la llevaba hasta la casa de mi abuela, le daba clase y la volvía a llevar a su casa”, cuenta. Y agrega: “La confianza de sus papás, con una niñita de ocho años, de dármela para que yo le enseñe una disciplina, hoy no sé si eso pasaría”.</p><p>Con el paso del tiempo, ese vínculo se transformó en algo mucho más profundo. Celeste hoy es madre y sus hijas también forman parte del IPAEC. Como ese caso, hay muchos otros. Analía habla de generaciones enteras que pasaron por el instituto: “Tengo abuelas, madres, tías, sobrinas de una misma familia que fueron a IPAEC y que hoy muchos de esos niños continúan”. Esa continuidad, para ella, es uno de los mayores valores construidos a lo largo de los años.</p><p>El crecimiento del espacio fue paulatino. De aquella habitación inicial, las clases se trasladaron al living de la casa de su abuela y luego a distintos salones alquilados. Siempre acompañando la demanda, siempre buscando un poco más de lugar. “Era muy chiquito el espacio, era una habitación. Luego extendí una parte de la casa y después fui alquilando en diferentes salones porque ya me quedaba chico”, explicó.</p><p>Ese proceso continuó hasta hace tres años, cuando IPAEC logró instalarse en un espacio más amplio, donde hoy se concentran todas las actividades, Dante Alighieri 2746. Allí conviven la danza, la gimnasia, la acrobacia y otras disciplinas. “Encontramos un espacio grande donde podíamos incorporar todas las actividades en un solo lugar”, señaló, destacando ese paso como un momento importante dentro del crecimiento del instituto.</p><p>A lo largo de más de tres décadas, Analía atravesó distintos momentos, pero siempre con el mismo eje: IPAEC. “Es mi vida. Yo desde los 15 años que creé IPAEC, es toda mi vida y es muy importante para mí”, afirmó. Y profundizó: “Fueron mis momentos buenos, mis momentos malos, pero siempre ahí, siempre en ese espacio. Es como que yo llego ahí y todo lo demás no tiene significado, excepto estar ahí con las chicas”.</p><p>Incluso hoy, cuando su rol ya no es el mismo que en los comienzos, ese vínculo sigue intacto. “Ahora que no estoy tanto dictando clases, es como que necesito ir, necesito estar dentro de esas cuatro paredes”, detalló. Esa necesidad habla de una conexión que trasciende lo laboral y se instala en lo emocional.</p><p>Uno de los momentos que le permitió tomar dimensión de todo lo construido fue la pandemia. El cierre de actividades y la imposibilidad de asistir al instituto generaron un quiebre. “Para mí fue un antes y un después. Cuando nos tuvimos que encerrar y no podíamos ir, no podíamos estar, no podíamos compartir con los niños, ahí me di cuenta de lo que era IPAEC”, relató emocionada y agregó: “No valorábamos muchas cosas y el encierro nos llevó a valorar ese espacio de reunión, de risas, de contagio, de llantos”.</p><p>En ese recorrido, la relación con sus alumnas ocupa un lugar central. Analía describe vínculos distintos, atravesados por el tiempo y las experiencias compartidas. “Es impagable todo. El compartir, el que vengan y te digan ‘¿te acordás de mí?’. A veces los chicos crecen y uno no los reconoce, pero cuando te lo dicen es muy fuerte”, comentó. También mencionó los encuentros fuera del instituto: “A veces estamos en algún lugar y te vienen, te abrazan, esas cosas no las cambiaría nunca por otra cosa, no tiene precio”.</p><p>Para ella, el instituto no solo forma bailarinas o deportistas, sino personas. “No solamente estamos formando un atleta o un bailarín, sino que también hay que formarlos desde la parte personal, que sean buenas personas, que pertenezcan a un equipo”, sostuvo. Esa idea atraviesa todo el proyecto y explica, en gran parte, el sentido de pertenencia que se genera.</p><p>Con el paso de los años, su rol fue cambiando. Hoy se dedica especialmente a las más pequeñas y también al trabajo con adultos, a través del pilates. “Trabajar con mujeres grandes que nunca lo había hecho es muy apasionante también”, cuenta. Aun así, deja en claro que no podría alejarse completamente: “Creo que no podría vivir sin enseñar algo”.</p><p>En paralelo, comenzó a correrse de la conducción del instituto, un lugar que hoy ocupa su hija, Trinidad Espasandín. Analía destaca ese proceso y el vínculo que mantienen. “Me emociona muchísimo. Trabajamos juntas y gracias a Dios tenemos una excelente relación, tanto familiar como laboral”, afirmó. También reconoce que este cambio le brinda tranquilidad: “Que ella hoy esté al frente a mí me da como un descanso”.</p><p>Dentro de ese crecimiento, el cheerleading marcó un punto de inflexión en la historia de IPAEC. La disciplina llegó de la mano de su hija, quien decidió formarse y apostar por un deporte que en ese momento no era muy conocido en el país. “A mí me habían invitado varias veces a capacitarme, pero por distintas cuestiones lo fui dejando. Y ella un día me dijo ‘a mí sí me interesa, yo lo quiero hacer’”, recordó Analía. A partir de ahí, Trinidad comenzó a capacitarse tanto a nivel nacional como internacional y logró instalar el cheerleading en San Francisco. “Hoy es el deporte que está con muchísimo auge”, señaló, destacando que incluso ya han participado en torneos panamericanos y tienen un calendario con competencias en el exterior. Sin embargo, también reconoce que aún cuesta que se lo entienda como deporte. “Es muy completo, tiene parte de danza, de gimnasia, ejercicios de fuerza, pero todavía en Argentina cuesta que se entienda que es un deporte y no solo algo recreativo”, indicó.</p><p>Pensando en el futuro, su mirada es clara. “Creo que todo hay que soltar y dejar que las nuevas generaciones tengan su proceso”, remarcó. Por eso, se imagina acompañando desde otro lugar: “Me veo en IPAEC un poquito afuera, apoyando en todo lo que pueda, pero desde otra perspectiva”.</p><p>Aun así, su historia seguirá ligada a ese espacio que construyó desde muy joven. Porque IPAEC no es solo un lugar que construyó, sino el resultado de una vida dedicada a enseñar, a acompañar y a construir vínculos que, con el tiempo, se transformaron en una gran comunidad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/JAYnO3Swpk5_9OMp9eD1jscZLhM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/analia_ciardola.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Desde una habitación en la casa de su abuela hasta convertirse en un espacio que atraviesa generaciones, ella construyó en IPAEC, una historia marcada por la vocación, el esfuerzo y el vínculo con sus alumnas. A más de tres décadas de aquel inicio, repasa su recorrido, el crecimiento del instituto y el lugar central que ocupa en su vida.]]>
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                <published>2026-03-28T12:34:44+00:00</published>
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            Juani Buttignol: “No a cualquiera le gusta la electrónica, pero cada vez son más”
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/PU4BOfZijD-MzSnxs7O7eAeVlAg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/juani_buttignol_1.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La música electrónica ya no es un fenómeno lejano ni exclusivo de las grandes ciudades. En San Francisco, el género viene ganando terreno con fuerza y construyendo una escena propia que pisa cada vez más firme. En ese camino, los DJs locales se transforman en protagonistas de una movida que crece a base de constancia, pasión y público.</p><p>Uno de ellos es Juan Ignacio Buttignol, más conocido como Juani. Tiene 31 años, trabaja en la Cooperativa Eléctrica de Plaza San Francisco y desde los 13 se dedica a pasar música. Lo que empezó como un hobby, hoy es una parte central de su vida.</p><p>“Hace mucho tiempo, yo hace de los 13 años que pongo música”, contó en diálogo con Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO.</p><p>En su historia, como la de muchos DJs, los comienzos fueron bien distintos a su presente. Juani arrancó con el cachengue y eventos sociales: fiestas de 15, casamientos, reuniones... “Yo empecé haciendo cachengue primero, hacía muchos eventos sociales, tuve equipos propios, hacía fiestas, y ya después me empecé a encaminar un poco por el tema de boliche”, recordó.</p><p>Con el tiempo, su camino se fue definiendo hacia la electrónica, donde encontró su identidad. “Hoy hago música electrónica, y ya hace 10 años que hago música electrónica, hago más que nada el género tech house”, señaló. Pero no se quedó ahí: también creó un nuevo proyecto artístico. “Arranqué con un proyecto nuevo, que es otro nombre como DJ, como artista, que es Cadáver, que ese nombre es más a la rama del tecno”.</p><p>En ese recorrido, también hubo influencias que marcaron su estilo y su forma de trabajar. “Bassel Darwish, me gusta mucho, Mankesh, son artistas internacionales”, contó. Y destacó una experiencia clave en su carrera: “Tuve la oportunidad de trabajar con la gente de Don Blink y eso también te abre la cabeza y te hace ver cómo se manejan otros artistas”.</p><p>La escena local, según cuenta, tuvo altibajos, pero hoy atraviesa un momento de crecimiento. Juani no solo es DJ, sino también productor de Amnesia, la pista electrónica del boliche Oxxo. Desde ahí impulsa el movimiento.</p><p>“La escena local hoy en día cada vez está andando mejor, por suerte, la gente siempre acompañó, desde el primer día”, afirmó. Y remarcó la importancia de sostener espacios: “Si no hacíamos nada, directamente la escena, por así decirlo, moría”.</p><p>El cierre de otros espacios dedicados al género obligó a reinventarse. “Después de Runa disco, que era el otro boliche que hacía electrónica, se me dio esta oportunidad y no la desaproveché”, contó. Desde entonces, apuesta a traer artistas y generar fechas que posicionen la movida.</p><p>Ese crecimiento también se refleja en las conexiones con DJs de afuera. “Hoy se generó un círculo que me escriben a mí para que los traiga, entonces es mucho más fácil acceder a toda esa cantidad de artistas”, explicó.</p><p>“Lo que quiero es que la gente la pase bien”</p><p>&nbsp;</p><p>Aunque la pasión es fuerte, vivir exclusivamente de la música en una ciudad como San Francisco todavía es difícil. “Los fines de semana me doy estos gustos, digamos como hobby. No me dedico al 100% porque es medio difícil vivir de esto siendo de acá”, reconoció.</p><p>Aun así, el vínculo con la pista es lo que lo mantiene firme. “Me gusta esa sensación de que la gente la pase bien, que te griten… no parece pero en la cabina se siente mucho todo eso”, describió. Para él, el rol del DJ no es solo técnico, sino también emocional. “Yo lo que quiero hacer es todo lo contrario, tratar de que la gente la pase bien”.</p><p>Esa conexión también se construye con experiencia. “Sé mirar la pista, entonces también me doy cuenta de muchas cosas”, explicó, marcando la diferencia entre simplemente pasar música y leer al público.</p><p>En lo técnico, combina planificación e intuición. “Hago una preselección de descarga y ordeno todo por velocidad, entonces mis sets siempre empiezan tranquilos y van aumentando”, detalló. Trabaja con equipamiento propio y tecnología digital que replica la lógica clásica del DJ. “Yo tengo equipos propios que son reproductores, digamos, le enchufás el pendrive y es como un vinilo, por así decirlo, pero con toda la tecnología de hoy en día, entonces es todo digital en realidad, pero el mecanismo en sí es lo mismo que un vinilo, vos ponés los dos temas por separado y los mezclás con una mezcladora”, detalló.</p><p>La evolución de la electrónica también convive con prejuicios que todavía persisten. “La sociedad tiene ese pensamiento, que la música electrónica está ligada al consumo de pastillas, de drogas… pero eso existe en todos lados”, sostuvo. Y fue claro: “En la música electrónica, lo lindo es eso, que no necesitás nada externo para que te atrape”.</p><p>De cara al futuro, su agenda refleja ese momento en alza. “Este fin de semana hacemos una fecha muy grande junto al artista Lexlay en Oxxo”, contó. Además, se presentará en eventos masivos fuera de la ciudad, como 6 O’ Clock Party, en Santo Tomé.</p><p>Para quienes quieren empezar, su consejo es simple pero directo: “Que practiquen. La manera de hacer esto es practicando, presentándose en lugares donde haya 20, 10 personas”.</p><p>En una ciudad donde la electrónica supo ser nicho, hoy el panorama empieza a cambiar. “Cada vez son más”, dijo Juani&nbsp; sobre el público local. Y aunque reconoce que sigue siendo selecto, el crecimiento es sostenido. “No a cualquiera le gusta la electrónica, y está todo bien, pero sí, cada vez son más”, amplió. Esa exigencia, lejos de ser un obstáculo, funciona como motor. Obliga a los DJs a innovar, a leer la pista y a ofrecer propuestas de calidad. En un contexto donde el público no se conforma fácilmente, cada set es una prueba.</p><p>La historia de Juani Buttignol refleja ese proceso: de las fiestas familiares a las cabinas, del cachengue al techno, de tocar por diversión a construir una escena. En San Francisco, la electrónica es una realidad que sube el volumen.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/PU4BOfZijD-MzSnxs7O7eAeVlAg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/juani_buttignol_1.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Con una escena en expansión y cada vez más público, los DJs locales empiezan a consolidarse. Juani Buttignol, referente del género en San Francisco, cuenta cómo pasó de las fiestas de 15 a la cabina; del cachengue a la electrónica y por qué el movimiento no para de crecer.]]>
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                <published>2026-03-21T13:00:00+00:00</published>
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            Carlos Dante Pioli y el teatro como espacio de encuentro
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/L8EKY2u7ifKeOAlC5eF_aMcAWHg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/dante_pioli_teatro.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Carlos Dante Pioli —para muchos simplemente Charly— forma parte de una generación de teatreros que atravesaron distintas etapas del teatro sanfrancisqueño: los grupos independientes de los años noventa, los talleres institucionales, la experiencia de la docencia y, más recientemente, la creación de espacios propios para sostener la actividad. Profesor de historia de profesión y formador de actores por vocación, su recorrido está marcado por más de cuarenta años de vínculo con el escenario, la dirección y la enseñanza.</p><p>En ese camino aparecen grupos históricos de la ciudad, docentes que dejaron huella, experiencias con adolescentes y adultos y una convicción que atraviesa todo su relato: el teatro se construye de manera colectiva. Para Pioli, el escenario no es un lugar para competir ni para sobresalir individualmente, sino un espacio donde cada rol —por pequeño que sea— resulta imprescindible para que una obra exista. Esa mirada también explica el presente de su trabajo. Desde 2018 impulsa junto a Verónica Gieco el proyecto La Puerta, un espacio dedicado a la formación teatral y a la producción de obras independientes.</p><p>&nbsp;</p>Pero antes de todo eso hubo un comienzo bastante más simple…<p>Pioli cuenta que estaba en el secundario, en el último año de la Escuela Ravetti, y que en ese momento tenía como preceptor a Miguel Corón. Fue él quien lo invitó a participar de un grupo de teatro que estaba por estrenar una obra llamada “Felipito, el furibundo filibustero”, una adaptación de un cuento de Eduardo Gudiño Kiefer. “Necesitaban uno que haga de luz negra porque la obra jugaba con esto de la luz negra”, recuerda.</p><p>Ese grupo se llamaba Quijote y estaba integrado por adultos. Entre ellos menciona a María Cristina Zunino, Carlos Motura, Carlos Genesio, Adriana Bunfigli, el propio y Cati Canalis. Su tarea era vestirse completamente de negro y manipular unos pececitos pintados con colores flúor para que, bajo la luz negra, pareciera que flotaban en el fondo del mar. “Ahí ingresé al mundo del teatro. Me encantó y ahí continué y no paré más hasta la actualidad”.</p><p>Cuando intenta explicar qué fue lo que lo atrapó de ese universo vuelve a una palabra: la magia. Habla de ese mundo en el cual nadie te cuestiona nada, del compañerismo que existía en el grupo, del escenario y del contacto con el público. Dice que le encantaban los aplausos, pero no desde el punto de vista del ego sino desde esa dimensión artística que tiene el teatro. Recuerda que desde chico ya tenía inclinaciones artísticas: le gustaba dibujar, le gustaba pintar, siempre estuvo relacionado con alguna forma de expresión. Pero el teatro fue otra cosa.</p><p>Subirse al escenario le produjo una sensación difícil de explicar. Dice que esa adrenalina que genera el escenario es algo mágico, algo que solo experimenta quien se sube a actuar. También habla de la respuesta del público: “Sentir que la gente te devolvía la risa, el aplauso por lo que estabas haciendo, te hacía sentir que lo que estabas mostrando, agradaba, gustaba”. Aclara que nunca lo vivió desde un lugar de ego. Siempre trató de mantener un perfil bajo, pero reconoce que esa devolución del público es fundamental. “Uno se da cuenta que si no tenés al público no está completo el teatro, no está completa la obra en sí”.</p><p>Con el grupo Quijote participó en otras producciones infantiles como “Mi bello dragón” y “Pluf, el fantasmita”. De esos años guarda recuerdos muy claros, incluso del lugar donde estrenaban. Cuenta que presentaban las obras en el Teatrillo cuando todavía tenía el escenario con pisos de cemento, sin butacas, sin inaugurar y sin terminar.</p><p>Después de terminar la secundaria comenzó a estudiar el Profesorado de Historia en el Colegio Inmaculada Concepción. Allí volvió a encontrarse con el teatro, esta vez en el grupo Juglerías, dirigido por Yolanda Beguier y Héctor Bessone. Ese grupo reunía a alumnos y profesores del terciario y trabajaba con obras para adultos. En ese marco participó en “Narcisa Garay mujer para llorar” y en “La molinera de Arcos”.</p><p>Cuando recuerda esos años, Pioli dice que todavía hoy rescata mucho de aquellos primeros aprendizajes: la enseñanza, los valores y la forma de trabajar dentro de un grupo teatral. Una de las ideas que más lo marcaron fue la de evitar la competencia entre compañeros. Explica que en el mundo del teatro —y en el arte en general— el tema del ego y del sobresalir puede volverse muy complicado. Por eso destaca la enseñanza que recibió, sobre todo de Yolanda Beguier, acerca de la disciplina y del trabajo colectivo.</p><p>La idea era clara: todos son iguales dentro de una obra. No hay protagonistas absolutos ni actores de segunda línea. Cada personaje cumple una función imprescindible. “Porque aunque sea un personaje chiquitito, si no está ese personaje no se puede desarrollar la obra”.</p><p>“No hay protagonista, no hay actores de segunda línea: todos somos importantes en el momento que estamos actuando”.</p><p>Después de su paso por Juglerías hubo un tiempo en el que no participó activamente en grupos teatrales, aunque siguió muy cerca de la actividad como espectador. Cuenta que durante esos años asistía con frecuencia a ver obras y trataba de seguir todo lo que se producía en la ciudad.</p><p>&nbsp;</p>Una nueva etapa<p>El regreso llegó en el año 2000 cuando comenzó a trabajar en el Colegio Fasta Inmaculada Concepción, primero como preceptor y luego como profesor. En 2004 se abrió un grupo de teatro para estudiantes del secundario en contraturno y allí empezó a trabajar junto a la profesora Gabriela Vladimich. Fue su primera experiencia dirigiendo adolescentes y recuerda que era un grupo muy particular porque los chicos no iban obligados: asistían por decisión propia. Eso hacía que el trabajo fuera especialmente enriquecedor. Dice que hicieron una muy buena dupla con Gabriela y que ambos dirigían el grupo.</p><p>Con el tiempo el proyecto creció y en 2009 abrieron también un grupo de teatro para adultos dentro del mismo colegio. Ese grupo se llamó Bien Bravo y estaba destinado a padres o personas interesadas en hacer teatro. Pioli participó allí hasta el año 2018, aunque el grupo continúa funcionando.</p><p>Ese mismo año surgió una propuesta que cambiaría el rumbo de su actividad teatral. Verónica Gieco, también integrante del grupo Bien Bravo, le planteó la idea de crear un espacio destinado a la formación de actores a través de talleres y a la producción de obras. Así nació La Puerta. En un primer momento el proyecto funcionó en calle Libertad, a media cuadra de Pellegrini. Luego, en el verano de 2019, se trasladó al lugar donde funciona actualmente.</p><p>Para Pioli, el trabajo pedagógico dentro del teatro tiene una clave fundamental: el juego. Explica que cuando los alumnos llegan por interés propio es mucho más fácil trabajar con ellos. “Son como diamantes en bruto”, dice. En cada obra o personaje se intenta encontrar algo que se adapte a la personalidad de cada actor. El proceso empieza siempre desde lo lúdico: comenzar divirtiéndose, reírse, evitar juzgar o imponer exigencias demasiado rígidas desde el principio.</p><p>Por eso los talleres funcionan como un entrenamiento. Pioli compara el trabajo del actor con el de un deportista y sostiene que el taller es un espacio necesario para ejercitarse. En especial con los adultos propone recuperar algo que muchas veces se pierde con los años: sacar ese niño que tenemos adentro y que se fue perdiendo con las responsabilidades y las reglas de la vida adulta. Durante esas horas de trabajo la propuesta es simple: volver a jugar. A partir de ahí se desarrollan lecturas de textos, improvisaciones, trabajos individuales y grupales y ejercicios de escucha escénica.</p><p>Ese clima también genera vínculos que muchas veces se extienden más allá del teatro. Pioli destaca que a lo largo de los años muchas personas pasaron por los talleres de La Puerta. Algunos siguieron y otros tomaron otros caminos, pero en general se mantuvieron buenas relaciones dentro y fuera del grupo.</p><p>&nbsp;</p>El teatro como nexo<p>La experiencia con adolescentes también le permitió observar algo particular en relación con las nuevas generaciones. Muchos de los jóvenes que llegan a los talleres son chicos muy introvertidos en su vida social y buscan algo diferente a la rutina digital. En el teatro encuentran un espacio donde sentirse importantes, donde generar amistades y compartir con pares que tienen inquietudes similares. Cuenta que incluso ellos mismos expresan su entusiasmo: cuando terminan las clases de los jueves muchos no ven la hora de que llegue el próximo jueves para volver al teatro. Durante el taller ocurre algo poco habitual: dejan los celulares y durante dos horas no los utilizan. Son solamente clases de teatro.</p><p>Después de más de cuatro décadas vinculado a la actividad, Pioli también observa la evolución del teatro en San Francisco. Recuerda que cuando empezó había pocos grupos, aunque aclara que la ciudad siempre tuvo actividad teatral. En los años noventa funcionaban algunos espacios como el taller municipal de adultos dirigido por Rafael Brusa y el grupo Quijote. Con el paso del tiempo, especialmente después del año 2000, la actividad creció y aparecieron más grupos. Ese crecimiento lo considera positivo.</p><p>Sin embargo señala que todavía hay un desafío pendiente: fortalecer el apoyo del público a las producciones locales. Muchas veces —dice— las salas se llenan cuando llegan espectáculos de otras ciudades, pero no ocurre lo mismo con los grupos de San Francisco. En el caso de La Puerta el trabajo se sostiene de manera independiente, con la cuota de los alumnos y con la venta de entradas cuando presentan una obra.</p><p>Después de tantos años de trabajo, Pioli todavía mantiene proyectos y sueños vinculados al teatro. El principal es contar con una sala propia. Imagina una pequeña sala de teatro independiente, similar a las que existen en ciudades como Córdoba y Buenos Aires. No un espacio lujoso, sino un lugar equipado con luces, sonido y escenario donde puedan ensayar y montar espectáculos sin necesidad de armar y desarmar cada producción. Un teatro pequeño, pero propio.</p><p>“Cuanto más pasan los años, más ganas te dan de seguir trabajando”.</p><p>Mientras tanto, el trabajo continúa. Dice que la experiencia acumulada con los años le permite hacer cosas que quizás no hubiera podido realizar cuando era más joven. El recorrido, los talleres y el contacto con distintos grupos le dieron una mirada más crítica y más herramientas para dirigir. Por eso insiste en seguir creciendo y generando nuevas propuestas que también enriquezcan a los alumnos que pasan por La Puerta.</p><p>En este momento el grupo prepara varios proyectos para el año. Y cuando se le pregunta hasta cuándo piensa seguir vinculado al teatro, Pioli responde con una frase que resume su estado actual: cree que todavía queda mucho por hacer, porque todavía “hay hilo en el carretel para rato”.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/L8EKY2u7ifKeOAlC5eF_aMcAWHg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/dante_pioli_teatro.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Profesor de teatro y docente de historia, “Charly” lleva más de cuatro décadas vinculado al teatro en San Francisco. Desde sus comienzos en el grupo Quijote hasta el espacio independiente La Puerta, repasa un camino atravesado por la formación, el trabajo colectivo y una idea que repite como principio: en el teatro todos son importantes.]]>
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                <published>2026-03-07T12:47:57+00:00</published>
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            Nicolás Pereyra: “Bailar en la apertura del Festival de Cosquín me marcará para toda la vida”
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/J7Vx6YQ5KSb2Y0GgRQPjxjzZFt0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/nicolas_pereyra.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Nicolás Pereyra será uno de los 48 bailarines que protagonizarán la apertura del Festival Nacional de Folklore de Cosquín 2026, el encuentro más importante de la música y la danza popular argentina. Integrante del Ballet Oficial de Cosquín, el joven sanfrancisqueño formará parte de la primera luna, el próximo 24 de enero, y se subirá al escenario de la histórica Plaza Próspero Molina representando a nuestra ciudad en uno de los momentos más esperados del festival.</p><p>Su participación se dará en el marco de la 66ª edición del Festival Nacional de Folklore de Cosquín que se desarrollará del 24 de enero al 1° de febrero, reafirmando una vez más su lugar como epicentro de la cultura popular argentina. En ese contexto, la apertura adquiere un valor simbólico particular, ya que marca el inicio de nueve noches donde la música y la danza vuelven a encontrarse ante miles de espectadores.</p><p>“Fue un sueño enorme. Es un sueño que trabajo desde muy chico”, resume Nicolás en diálogo con Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO, al recordar el momento en que recibió la confirmación de que sería parte del Ballet Oficial durante este evento único. Su llegada al elenco no fue a través de una audición tradicional, sino como resultado de un recorrido previo que comenzó en 2024.</p>Nicolás Pereyra en la Plaza Próspero Molina, su escenario soñado.<p>“Yo no quedé seleccionado por audición. Llego al Ballet Oficial de Cosquín en 2024 gracias a un compañero del Ballet Municipal Patria, Federico Delgado, que es un gran referente de la ciudad”, explica. Fue Delgado quien lo invitó a conformar una gira por la provincia de Salta hace dos años y, tras la aprobación de los directores, Nicolás comenzó a integrar el ballet. A partir de allí, inició un camino de compromiso sostenido que lo llevó a quedar como bailarín estable.</p><p>Para la edición 2025 del festival no pudo estar presente por cuestiones de edad, pero a comienzos de ese mismo año llegó una noticia decisiva. “Los directores me preguntaron si yo quería seguir conformando el ballet durante todo el año. No dudé: fue un sí inmediato”, recuerda. Esa respuesta implicó asumir un esfuerzo enorme, tanto físico como personal.</p><p>Durante todo 2025, Nicolás viajó cada fin de semana desde San Francisco hasta Cosquín para cumplir con los ensayos. “Tres menos cinco de la mañana ya estaba saliendo de San Francisco para viajar hacia Córdoba y de Córdoba hacia Cosquín”, relata. La rutina comenzaba de madrugada y se repetía sin excepción. “Mi colectivo me llevaba hasta Córdoba y desde ahí me manejaba hasta Cosquín. Así fueron todos mis fines de semana durante todo el año”, agrega.</p><p>Ese ritmo de vida lo llevó a resignar momentos propios de su edad. “A veces me pongo a pensar en amigos de mi edad, que los fines de semana ya estamos pensando en salir. Para mí, los viernes era terminar de ensayar, llegar, comer, bañarse y acostarse porque al ratito tenía que empezar a viajar”, cuenta. Sin embargo, nunca dudó del camino elegido: el objetivo estaba claro desde hacía años.</p><p>El compromiso tuvo su recompensa. Integrar el elenco estable durante todo el año le permitió quedar automáticamente en el Ballet Oficial del festival. “Es un mérito en sí mismo poder quedar seleccionado sin pasar por la audición”, explica.&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>La emoción de representar a su ciudad&nbsp;<p>En la edición 2026, Nicolás será el único bailarín de San Francisco sobre el escenario mayor. En años anteriores, la ciudad contó con representantes en el ballet, pero esta vez será él quien lleve en soledad el nombre de su lugar de origen. “Es todavía algo que no puedo creer”, confiesa.</p><p>La repercusión no tardó en llegar. Mensajes, llamados y muestras de orgullo comenzaron a multiplicarse desde distintos puntos. “Hoy fue nuestro primer ensayo en la plaza y ya tengo mensajes de todos lados. Es algo en lo que todavía no caigo”, admite, sorprendido por la dimensión de lo que está por vivir.</p><p>“Voy a estar representando a mi ciudad, la cual me vio crecer y la cual me formó para esto”, dice con emoción. Para él, el orgullo va más allá de lo personal. “Represento a mi elenco, que es el Ballet Municipal Patria, y a todos las personas que día a día me acompañaron en este proceso”.</p><p>Los ensayos para la apertura ya están en marcha y se desarrollan todos los días, en doble turno, mañana y tarde. La exigencia es máxima: entrenamiento físico constante, largas jornadas de práctica y un trabajo diario sostenido para llegar de la mejor manera al escenario más importante del folklore. “El 8 de enero comenzamos los ensayos y en cinco días ya logramos montar el himno que se va a presentar”, cuenta.</p><p>Además, destaca el valor de compartir el proceso con profesionales de primer nivel. “Estoy compartiendo escenario con bailarines del Ballet Folklórico Nacional de Buenos Aires, es un orgullo bárbaro aprender de ellos”, señala y agrega que “Todos los días se aprende algo nuevo”.</p><p>&nbsp;</p>Desde los 15 forma parte del Ballet Municipal Patria .Un sueño que empezó en la infancia<p>La historia de Nicolás con el folklore comenzó muy temprano, casi de la mano de sus primeros pasos. “Mis inicios fueron cuando tenía cinco años”, recuerda. Sus padres, amantes de la esta cultura musical, decidieron anotarlo en la Escuela Municipal de Danzas Folklóricas de San Francisco, el espacio donde realizó todo su recorrido formativo y donde empezó a darle forma a una vocación que con el tiempo se transformaría en proyecto de vida que hoy elije sin dudarlo.</p><p>Desde el comienzo, su meta fue clara señala: integrar el Ballet Municipal Patria, el elenco estable de la ciudad. “Cuando entré a la escuela, la meta era el Ballet Municipal Patria”. A los 15 años, ese objetivo dejó de ser un deseo para convertirse en realidad. “Fue un orgullo tremendo, con tan corta edad ya integrar ese equipo que nos forma tanto técnico como físicamente”, afirma, todavía con emoción.</p><p>Sin embargo, el anhelo más profundo venía de mucho antes, de una imagen grabada para siempre en su memoria. En unas vacaciones familiares en las sierras, que casi siempre tenían a Cosquín como destino por el amor de toda la familia a esta música e identidad cultural, Nicolás recuerda un momento que lo marcó para siempre. Caminando por la plaza, se detuvo a observar los ensayos que se realizaban en la Próspero Molina.</p><p>“Tengo la imagen de ese Nico niño pasando por la plaza viendo ensayar en la Próspero Molina”, recuerda. A su lado, su mamá observaba el trabajo del ballet y le decía: “mirá todo el sacrificio que hacen”. Fue entonces cuando, siendo apenas un chico, respondió con una convicción que el tiempo terminaría confirmando: “yo voy a estar ahí, yo te lo prometo”. Hoy, años después, aquella promesa hecha durante unas vacaciones familiares está a punto de cumplirse sobre el escenario mayor del folklore argentino.</p><p>&nbsp;</p>Folklore como forma de vida<p>Nicolás nunca dudó del camino elegido. “Siempre tuve esta meta. Mi vida fue dedicada al folklore en todos sus ámbitos”, afirma. Además de la danza, incursionó en murga, canto y guitarra, participando en peñas y distintos eventos culturales de la ciudad.</p><p>Para él, el folklore es identidad, cultura y pertenencia. Mirando hacia adelante, su proyecto de vida sigue ligado a la formación. “Mi idea es estudiar, sé que se está haciendo una escuela en San Francisco que va a traer una carrera de danza”, cuenta. Luego, el objetivo es claro: “Estudiar el profesorado de folklore y el día de mañana poder estar dirigiendo a mi propio grupo”.</p><p>&nbsp;</p>El 24 de enero, un momento para siempre<p>Cuando piensa en la noche de la apertura, la emoción vuelve a aparecer con fuerza. “Va a ser una satisfacción tremenda poder estar cumpliendo no solamente mis sueños, sino el de mis padres y el de mis abuelos. Ese día va a ser mirar un ratito arriba, agradecerle por todo esto y pisar fuerte ese escenario”.</p><p>Desde San Francisco hasta Cosquín, la historia de Nicolás Pereyra es la de un sueño sostenido a fuerza de esfuerzo, disciplina y pasión por el folklore, con raíces profundas y un futuro que ya comienza a danzar en el escenario mayor de la cultura popular argentina.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/J7Vx6YQ5KSb2Y0GgRQPjxjzZFt0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/nicolas_pereyra.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Con apenas 18 años, el bailarín de San Francisco, que comenzó a soñar con este momento desde muy chico, se presentará el 24 de enero en la apertura del Festival Nacional de Folklore de Cosquín, el evento más importante de la música y la danza del país, tras un camino marcado por el esfuerzo, la constancia y la dedicación.]]>
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                <published>2026-01-17T13:00:00+00:00</published>
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            Valentina Barrale: la juventud que se queda para construir
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/M4qQh3Q5aDIEFsej9vI-A9zeNWg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/valentina_barrale.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Valentina Barrale tiene 25 años. Cuando lo dice parece un dato menor, pero enseguida uno entiende que es parte central de su identidad pública. Es abogada independiente, preside una asociación civil, organiza capacitaciones y acompaña a adolescentes que por primera vez se enfrentan a conceptos como democracia, representación y voto. Y ese presente no surgió de un golpe de suerte, sino de un camino que empezó antes de que pudiera poner la firma profesional que hoy lleva en su sello.</p><p>Egresó de la Escuela Normal en 2017. Su vocación estaba resuelta mucho antes: “Desde los catorce o quince años sabía que quería estudiar abogacía. Nunca dudé”, dice con naturalidad. Su papá le repetía que cuestionaba todo, que siempre buscaba la explicación y la vuelta de tuerca. Ella lo vivía como un rasgo propio; hoy lo reconoce como el primer latido profesional. Aunque cursó la orientación de Ciencias Naturales —“por mis amigas”, aclara entre risas—, sabía que su destino no estaba en fórmulas químicas ni diagramas celulares.</p><p>En 2018 ingresó a Abogacía en UCES. Al principio el plan parecía lineal: cursadas, recreos, grupos de estudio. Pero dos años después apareció la pandemia y con ella una nueva realidad universitaria. “Hice dos años presencial y dos años en computadora. Trabajo práctico por Zoom, la tesis por Zoom. Era raro. No veía a mis amigos y muchos eran de pueblos cercanos”, recuerda. Aun así, avanzó a paso firme: se recibió en 2022 y atravesó la carrera en tiempo y forma. “Tenía una sola meta y era recibirme”, resume.</p><p>Mientras estudiaba, la otra parte de su formación transcurría fuera del aula. Y ahí aparece el otro hilo conductor de su vida: el Modelo Naciones Unidas. Como muchos estudiantes, Valentina entró al proyecto desde el rol más básico: participante. Pero lo hizo antes de tiempo. “Empecé en tercero, cuando no se podía. No sé cómo entré, pero fui”. Su debut fue representando a Liberia, un país sobre el que tuvo que aprender desde cero. No importó: la experiencia la atrapó. “Es difícil explicar lo que te genera sin haberlo vivido. Te desconectás del teléfono y te metés en un papel”.</p>Si bien en sus primeros pasos como abogada busca ganar experiencia, su objetivo es especializarse en el derecho penal, la rama que más la apasiona.<p>Viajó a Chajarí, Buenos Aires y participó cada año hasta terminar el secundario. Muchos de los recuerdos se parecen a los de cualquier aventura adolescente, pero con un giro inesperado: horas de búsqueda de información, noches sin dormir preparando discursos, debates que arrancaban de cero y se resolvían como si la sala fuera realmente la ONU. “Eso te daba nafta para el año siguiente”, cuenta.</p><p>Cuando egresó, lejos de cerrar esa etapa, decidió profundizarla. En 2018 se sumó como voluntaria a Puentes Enteros, el grupo que organizaba el modelo desde hacía más de una década. Primero representó el órgano Asamblea General, luego quedó al frente del mismo y, sin despegarse de la carrera de derecho, fue creciendo en responsabilidades. La pandemia desarmó parte de la estructura: integrantes históricos empezaron a correrse y los encuentros virtuales hicieron aún más difícil sostener un proyecto basado en la presencia y la energía juvenil.</p><p>&nbsp;</p>Construir comunidad<p>Lo que vino después marcó su generación. “Con un grupo que habíamos empezado juntos en 2018, decidimos agarrar la asociación”, relata. Presentaron papeles ante la Inspección de Personas Jurídicas, ordenaron documentación y lo que hasta entonces era un nombre reconocido en la ciudad —“pero en los papeles no era nada”— pasó a convertirse en una asociación civil formal. Ese paso, que implicó burocracia, insistencia y aprendizaje, habilitó crecimiento, respaldo y continuidad. “Lo hicimos por amor al arte y porque Puentes nos había dado un montón”, repite.</p><p>Desde entonces, el Modelo ONU no fue su única actividad. Puentes Enteros organiza ciclos de charlas, proyectos educativos sobre efemérides y acciones destinadas a que los estudiantes comprendan qué significa participar en democracia, incluso antes de votar. Una frase que repite en capacitaciones sintetiza su mirada: “Muchos creen que la política está lejos, pero en actos de la vida cotidiana se hace política sin saberlo”. Esa constatación se volvió una brújula para los proyectos del grupo.</p><p>Puentes Enteros no se limita al Modelo. Durante el año, el grupo sostiene otras iniciativas que buscan ampliar el acceso a la educación cívica en distintas formas. Organizan ciclos de charlas con profesionales vinculados a efemérides, impulsan una competencia sobre la Constitución Nacional para estudiantes secundarios y preparan actividades para acompañar a quienes votan por primera vez. También trabajan en enseñar ciudadanía desde la práctica, explicando que la política no es ajena a la vida cotidiana, que uno toma postura sin advertirlo y que involucrarse no requiere carnet ni afiliación. Ese abanico de propuestas tiene el mismo espíritu: abrir puertas, poner herramientas al alcance de los chicos y demostrar que participar no es un privilegio sino una posibilidad real.</p><p>Todo el trabajo se sostiene con voluntarios, cientos de horas y una convicción que parece más grande que la edad de quienes la llevan adelante. “Somos entre 25 y 30 personas. Nadie cobra. A veces hasta ponemos plata de nuestro bolsillo”, explica. Con esa estructura, el Modelo ONU creció hasta convertirse en uno de los encuentros más convocantes del país. Llegaron delegaciones de escuelas de San Juan, de Córdoba, de Río Negro; Morteros replicó la experiencia con asesoramiento del equipo sanfrancisqueño; y Puentes Enteros pasó a ser una referencia regional, incluso para instituciones que recién empiezan.</p><p>En paralelo, Valentina construía su identidad profesional. Cuando se recibió, trabajó junto a un abogado mientras tramitaba su matrícula. Y apenas la obtuvo, hizo lo que había imaginado siempre: se lanzó sola. “Siempre quise ser abogada independiente. Aunque digan que no podés empezar sola porque sos joven, yo digo que sí se puede”. Hoy ejerce en su propio espacio, atiende consultas por expediente digital y, como todo profesional nacido en la era postpandemia, combina atención presencial con comunicación online. Su cuenta de Instagram, donde explica conceptos legales con lenguaje simple, es parte natural de su ejercicio cotidiano. “El expediente es electrónico y la consulta también. La gente quiere entender las cosas claras y simples”, definió.</p><p>Su área de interés ya está marcada: “Lo que más me gusta es penal. Es lo que más estudio y lo que quiero hacer sola en un futuro. Es una rama muy manejada por hombres y quiero que haya mujeres ahí”. En esa frase se condensa un aspecto clave de su perfil: mujer joven, abogada, ocupando espacios tradicionalmente masculinos con naturalidad, sin discursos grandilocuentes, solo con trabajo.</p><p>Avanzada la charla aparece otro capítulo de su presente: hace pocos meses sumó su conocimiento jurídico al área de Deportes de la Municipalidad, donde asesora instituciones, clubes y eventos. No lo plantea como giro profesional, sino como ampliación del mismo compromiso que sostiene en Puentes Enteros: acompañar a personas y espacios donde “lo legal” suele quedar en segundo plano, pero define responsabilidades, accesos y posibilidades.</p><p>Entre expedientes, capacitaciones, juventudes que se forman y clubes que ordenan papeles, Valentina todavía encuentra tiempo para un ritual que no negocia: caminar todos los días con su mamá y desconectarse en el gimnasio. “Ni llevo el teléfono”, dice. Una hora lejos del ruido, antes de volver a la computadora, al estudio, a la asociación, o a algún espacio donde una tanda de adolescentes aprende qué significa representar un país que tal vez ni sabían ubicar en un mapa.</p><p>En el cierre, vuelve a donde empezó: la ONU. Cuando le preguntan si alguna vez imaginó estar en un Modelo real, fuera de la simulación, responde sin vueltas: “Me proyecté muchas veces en un debate real. Me gusta la política. No sé si llegaré, pero me lo imaginé”. No lo dice como objetivo, ni como anuncio. Lo deja suspendido en el aire, como tantas cosas que hacen los jóvenes cuando todavía tienen tiempo, margen y voluntad para que algo improbable termine ocurriendo.</p><p>Para lo que viene, Valentina prefiere hablar de continuidad más que de grandes volantazos. En lo profesional, quiere seguir creciendo en un espacio físico propio y sostener el impulso que tuvo el año pasado, que define como “muy bueno”. Agradece a quienes confiaron en ella cuando recién empezaba y confiesa que al principio temió que las cosas no fluyan como lo hicieron.</p><p>En Puentes Enteros, su horizonte pasa por mantener unido al grupo que sostiene los proyectos y sumar apoyos privados que permitan dar aire al voluntariado, sin depender enteramente del municipio. Pero hace hincapié en la calidad humana del grupo: “Eso es lo más importante. Eso es lo que nos caracteriza, lo que nos distingue”.</p><p>Su historia todavía no tiene capítulo final. Pero si algo queda claro es que la fuerza de esa juventud que nació adentro del aula, floreció en los comités del Modelo y hoy atraviesa expedientes, asociaciones civiles y oficinas municipales, no piensa aflojar.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/M4qQh3Q5aDIEFsej9vI-A9zeNWg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/valentina_barrale.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>A los 25 años, Valentina Barrale ejerce como abogada independiente, preside Puentes Enteros -la asociación que sostiene uno de los Modelos ONU más convocantes del país- y suma horas al servicio público. Su historia une vocación temprana, compromiso civil y la certeza de que los jóvenes pueden transformar lugares que antes solo habitaban.]]>
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            A los 16, su primer verano en Carlos Paz: el sueño teatral de Máximo Girardi
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7cOLlUy2frg_60Aq7cIS1c5Ej5Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/maximo_girardi_5.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>&nbsp;Máximo Girardi tiene 16 años, es sanfrancisqueño y en 2026 cursará quinto año en el Ipet 50 “Emilio F. Olmos”, donde sigue la especialidad Maestro Mayor de Obras. Pero, además de planos y cálculos, su vida cotidiana está atravesada por otro lenguaje: el teatro. Desde hace años se forma en La Comedia San Francisco y este verano dará un paso que no es habitual a su edad: hará temporada en Villa Carlos Paz, integrando el elenco de Filomena Marturano y Chau Señor Miedo, en el Teatro Candilejas.</p><p>Llegar a la marquesina carlospacense siendo tan joven no es un dato menor. Para Máximo, significa entrar en contacto con un mundo que hasta hace poco parecía lejano, pero que hoy se vuelve concreto gracias al trabajo sostenido y al acompañamiento de una compañía con experiencia.</p>Un adolescente entre libretos y escenarios.El descubrimiento temprano de la vocación<p>“Descubrirlo como tal fue a mis 10 años”, recordó Máximo al contarle a Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO cómo comenzó su vínculo con la actuación. “Ahí empecé en La Comedia San Francisco con Adrián Vocos y desde ahí no me fui más. Pero yo de chiquito siempre tenía la necesidad de expresarme”, explicó.</p><p>Esa inclinación se manifestaba incluso en la escuela primaria. “Siempre actuaba o interpretaba un personaje. Un día una señorita de la Escuela José Bernardo Iturraspe le dijo a mi mamá que yo tenía que probar hacer teatro, porque ‘yo te veo para eso’. Yo actuaba en todas las obras que se hacían en el colegio”, relató.</p><p>&nbsp;</p>La primera temporada y las emociones a flor de piel<p>Carlos Paz será, para él, su primera experiencia de temporada teatral. Y aunque se apoya en la trayectoria del grupo, sabe que el desafío es personal. “Es mi primera vez haciendo temporadas. Lo bueno es que la compañía ya tiene experiencia, hace 13 años que La Comedia San Francisco hace temporadas”, señaló.</p><p>Sobre lo que siente, no dudó: “Es una alegría muy grande, una emoción muy grande. Es hermoso, muy lindo, muy linda sensación. Pero también hay cierto nervio. Al ser la primera vez. Sobre todo alegría, que es lo que más destaco”.</p><p>&nbsp;</p>Máximo, en la obra Chau Señor Miedo.Actuar para chicos: un compromiso especial<p>Una de las obras que integrará es Chau Señor Miedo, destinada al público infantil. Para Máximo, ese tipo de teatro tiene un valor particular. “A mí me encanta porque le sacás una alegría al niño. Le creás una ilusión que le provoca alegría”, expresó.</p><p>Y agregó que no todo es diversión: “En Chau Señor Miedo hay momentos en los que se provoca miedo, pero después ese miedo se vence. Entonces es muy lindo. Me encanta generar esas sensaciones”.</p><p>Esa experiencia implica, además, una responsabilidad. “Todo teatro, toda obra deja un mensaje. Pero también hay mucha responsabilidad”, afirmó.</p><p>Cuando habla del público infantil, Máximo se detiene en una imagen que lo conmueve. “Ver la sala llena de familias me genera una satisfacción enorme, sobre todo cuando termina la obra. Los aplausos de los nenes, los gritos… el aplauso final. Esa es una sensación muy satisfactoria”, describió.</p><p>“Me siento muy bien cuando digo: al nene le gustó, le provoqué alegría. Eso es lo que más destaco y lo que más me gusta”, añadió.</p><p>En Chau Señor Miedo, interpreta a Carlos, un niño de entre 8 y 10 años que protege a su hermana menor. “Es un chico que siempre trata de estar al lado de su hermana, pero que también tiene sus miedos y busca vencerlos”, explicó.</p><p>Ese rol lo interpela de manera personal. “Yo tengo un hermano más chiquito y los que tenemos hermanos sabemos lo que es esa complicidad. No te voy a decir que no costó, pero cuando encontré el personaje me sentí muy cómodo”, confesó.</p><p>En Filomena Marturano, en cambio, encarna a uno de los hijos de la protagonista. “Es otro personaje muy lindo. Los dos son muy diferentes entre sí y eso implica un gran desafío”, sostuvo.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>Aprender, mirar y soñar más lejos<p>Sobre el ritmo de la temporada y el entorno de Carlos Paz, Máximo se muestra expectante. “Hay mucho talento. Hay elencos con actores muy conocidos. Espero sentirme cómodo, saludarlos, compartir momentos y aprender. Siempre hay que dejar un lugar para aprender del otro”, dijo.</p><p>Aunque se proyecta también con estudios universitarios vinculados a su formación técnica, el teatro ocupa un lugar central en sus sueños. “Me encantaría explorar otros formatos como cine o televisión, pero siempre me siento más cómodo en el teatro”, reconoció.</p>Junto a otros artistas de La Comedia San Francisco en el lanzamiento de la temporada carlospacense.<p>&nbsp;</p><p>Agradecido por el acompañamiento familiar, no oculta una aspiración mayor: llegar algún día a la calle Corrientes. “Me gustaría mucho llegar al teatro de calle Corrientes. Esperemos que algún día se me dé”, expresó.</p><p>&nbsp;</p>Un mensaje para animarse<p>Antes de despedirse, dejó un mensaje para otros jóvenes —y no tan jóvenes— que dudan en dar el primer paso. “Siempre intentarlo. El no ya lo tenés. El teatro es hermoso, sana, alegra y provoca un montón de emociones. Que se animen, que vengan un día y prueben. Seguramente les va a gustar”, concluyó.</p><p>A los 16 años, Máximo Girardi ya sabe que los sueños no esperan a que uno crezca: se trabajan, se ensayan y, a veces, empiezan a cumplirse mucho antes de lo imaginado.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7cOLlUy2frg_60Aq7cIS1c5Ej5Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/maximo_girardi_5.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>El sanfrancisqueño este verano será parte del elenco de dos obras en una de las plazas teatrales más importantes del país, un desafío que asume con emoción, nervios y la certeza de estar cumpliendo un sueño temprano.]]>
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                <published>2026-01-03T12:43:20+00:00</published>
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            El increíble cierre de año de Milagros Nieva
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7rvdOhygD3vFgN-X7dbvZlnnb4I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/milagros_nievas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay historias que se construyen a fuerza de insistencia, y la de Mili Nieva tiene esa textura de sueño que se va abriendo a pasos suaves, pero constantes. Con 25 años, después de abandonar el profesorado de primaria en cuarto año porque algo no terminaba de latirle, descubrió que su brújula no apuntaba a un aula sino a un escenario. O mejor dicho, a ese detrás de escena donde no hay luces, pero sí decisiones, corridas, logística y la adrenalina de que todo salga bien.</p><p>Desde los 15, de la mano de Adrián Vocos, aprendió lo que era moverse entre bambalinas. “Yo actuaba, pero también me metía en la producción, en las giras, en las temporadas de Carlos Paz. Fui aprendiendo observando, absorbiendo todo”, recuerda. Y ahí empezó a descubrir que lo suyo no era solamente actuar: “La producción es hacer que las cosas pasen. Todo ese trabajo que no se ve, pero sostiene lo que sí se ve”.</p><p>Ese aprendizaje autodidacta la llevó, casi sin darse cuenta, a buscar escenarios más grandes. La atracción por los eventos masivos —recitales, festivales, shows con miles de personas— la empujó a salir de la comodidad del teatro y a meterse, literalmente, “de metida” en el mundo cuartetero cordobés.</p><p>Este año trabajó con la productora que organiza La Bresh, La Wasabi y los eventos más fuertes de la escena cordobesa. Viajaba viernes, hacía pre-producción; sábado, producción; domingo, volvía “matada”. Todo por aprender. A veces cobraba, a veces no. Muchas veces pagaba hotel de su bolsillo. “Yo les decía: ‘Me banco los viáticos, pero déjenme estar ahí’. Necesitaba aprender en la cancha”, cuenta.</p><p>Y mientras tanto insistía con lo que parecía imposible: entrar a Universo Jiménez, la productora más grande del cuarteto. Llevaba currículums, se aparecía en el streaming, se asomaba a las oficinas, pedía permiso, preguntaba, volvía. Hasta que un día dejó de insistir. Había gastado todas sus energías y decidió buscar algo estable en San Francisco.</p><p>Entró a trabajar en Panacota… y una semana después, pasó lo que pasa cuando una puerta se abre justo después de que te resignaste.</p><p>&nbsp;</p>&nbsp;“Soy muy jimenera. Este año yo quería trabajar con Carlos”<p>También por insistencia propia llegó la posibilidad desde Circo Beat para sumarse a la producción del show de La Mona en Sportivo Belgrano. Ella ya sabía que la fecha venía en camino. Lo había presentido, deseado y, sobre todo, buscado. “Yo dije: este año quiero trabajar con Carlos”, admite.</p><p>Le dieron la parte de hospitality: camarines, comida, bebidas, clima, comodidad del artista y de todo el equipo. Un rol clave, delicado y lleno de responsabilidad. La noche de Sportivo fue un torbellino. Quince mil persona, gente queriendo colarse a los camarines, idas y vueltas, músicos, equipo técnico. “Yo dije: esto me tiene que salir perfecto, porque no sé si voy a tener otra oportunidad”.</p><p>Cuando el show terminó, pasó lo que nunca se había animado a imaginar: “Al otro día me llamaron de Universo Jiménez. Me dijeron que les había gustado cómo trabajé y me preguntaron si podía asistirlos en la producción del show de Shakira. Me tiraron Shakira de una. Yo quedé dura”.</p><p>&nbsp;</p>El sueño compartido con su papá<p>En Sportivo, Mili estaba tan desbordada que pidió refuerzos. “Llamé a mi papá para que me ayude. Le dije: ‘Pa, necesito que me des una mano con el trabajo pesado’. Y él vino, gratis, sin dudarlo”.</p><p>No sabía entonces que ese gesto iba a cambiarlo todo.</p><p>Cuando Universo Jiménez llamó para convocarla, la sorpresa fue doble: “Me dijeron: queremos que vengas vos… y si puede venir tu papá también, mejor”.</p><p>Ahí se quebró un poco. Su papá, Alberto, es fanático de La Mona desde siempre. De esos que lloran en las primeras tres canciones, donde sea. “Cuando le dije que nos llamaban para producir a Shakira, él me dijo ‘qué experiencia linda’. Pero cuando le dije que también era para ir a La Plata, al último show del año de La Mona… ahí sí, se emocionó de verdad”.</p><p>&nbsp;</p>La Plata: cinco camarines, seis palcos y un torbellino perfecto<p>El show en La Plata fue uno de los grandes eventos del año dentro del cuarteto: el cierre anual de La Mona, con toda la expectativa que eso genera. Universo Jiménez los llevó con todo cubierto: pasajes, chofer privado, hotel, movilidad interna.</p><p>“Llegamos al estadio, nos acreditaron, nos pusieron pulseras, nos dieron monopatín y handy. Era otro nivel”, cuenta.</p><p>Ella y su papá quedaron a cargo de camarines y atención personalizada. Un trabajo inmenso. Esa noche hubo músicos, técnicos, invitados especiales, artistas como LukRa y el Mono de Kapanga. Y, por si fuera poco, Chiqui Tapia y la cúpula de la AFA, Carlos Tevez y Wanchope Ávila pidiendo palcos a último momento.</p><p>“Sobreviví a seis palcos y cinco camarines. Estoy orgullosa”, dice, entre risas.</p><p>Mientras tanto, Alberto cumplía su propio sueño: “Esa noche él asistió a Carlos en camarines. Mi papá, fan jimenero desde siempre, ahí, mano a mano con él. Fue muy fuerte para nosotros”.</p><p>&nbsp;</p>El cansancio feliz y la vida que se abre<p>El esfuerzo para ese recital fue importante: el día anterior llegaron a las 10 de la mañana y se fueron pasada la medianoche. Y al día siguiente, en el show mismo, estuvieron de 9 de la mañana a 3.30 del día siguiente. Sin parar. Bebidas, comida, aire acondicionado, ropa de cambio, toallas, logística, urgencias, comunicación… todo.</p><p>Pero nunca se quejó. Al contrario: “Me entusiasma. Yo no estoy ahí para conocer al artista; estoy para aprender. Quiero ver cómo funciona todo y qué puedo sumar”.</p><p>Su papá también vivió lo suyo: pidió días licencias en Manfrey, donde trabaja hace 25 años, y se subió a una aventura que jamás imaginó. “Nosotros no nos vemos tanto, él vive en Freyre. Y de repente estábamos compartiendo viajes, hoteles y producciones. Fue muy especial”.</p><p>&nbsp;</p>Vivir esta aventura con su padre, quien le contagió su amor por La Mona, es un sueño cumplido del cual todavía no despertó.Lo que viene<p>Mientras cerraban La Plata, Mili ya tenía la cabeza en lo que venía: Shakira en Córdoba, dos fechas. Y después, el verano.</p><p>“Universo tiene contacto con Cosquín Rock. Me contaban que allá hay 70 camarines. Me da un poco de miedo, pero también me tienta”.</p><p>Cuando le preguntás por un futuro más largo, no duda: “Mi sueño es poder vivir de la producción. Me dicen loca, pero quiero giras, hoteles diferentes cada fin de semana, aprender, vivir estas aventuras. No sé si para toda la vida, pero ahora sí”.</p><p>No quiere aún su propia productora. Ahora, su norte es otro: “Quiero seguir trabajando con Universo Jiménez. Ahí aprendí, ahí me abrieron puertas. Yo dije: es por acá”.</p><p>Y mientras el año termina, ella mira todo lo que pasó como si tratara de acomodar las piezas: una pastelería, una fábrica, dos vidas comunes… y de golpe, la presencia casi divina de La Mona, Shakira, La Plata, los monopatines en el estadio, el handy, los camarines, el llanto de su papá, el sueño que se hizo real.</p><p>“Pasamos de ser simples espectadores a estar mano a mano con La Mona Jiménez”, dice, todavía incrédula.</p><p>Y para una fanática —y para una hija— no hay escenario más grande que ese.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7rvdOhygD3vFgN-X7dbvZlnnb4I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/milagros_nievas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Autodidacta, curiosa y fanática de La Mona por herencia de su padre, Mili vivió en pocas semanas lo que parecía imposible: asistir en la organización del espectáculo de Jiménez en Sportivo Belgrano, ser convocada por la productora Universo Jiménez para el cierre del año en La Plata y, de yapa, sumarse a la producción del show de Shakira en Córdoba. Todo mientras compartía cada paso con Alberto, su papá, el mismo que siempre lloraba en cada inicio de show del ídolo cordobés.]]>
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            Diego Lahournere: “En la emergencia nadie se salva solo”
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/VsAsU_Xt7Y2t--wV2DyFlVlerPw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/11/diego_lahournere_medico.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En el marco del Día del Médico, que se celebra cada 3 de diciembre, Diego Lahournere, referente de la emergentología de San Francisco y presidente de la Cámara de Empresas de Emergencias del Interior de Córdoba, reflexionó sobre la vocación, los desafíos actuales y el valor del equipo en un ámbito donde cada segundo importa.</p><p>La fecha funciona como un momento de pausa en medio del ritmo acelerado de la emergencia. “Esta jornada me permite detenerme un momento y reconocer la esencia de nuestra profesión: estar al servicio del otro, en cualquier circunstancia, con humanidad y responsabilidad”, expresó el médico a Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO. Agregó: “Es una fecha que vivo con gratitud, por lo aprendido, por lo que aún queda por aprender, por quienes guiaron mi camino y por quienes acompañan la tarea diaria”. Para Lahournere, la emergentología ofrece una satisfacción única que es lograr el objetivo más noble: darle a alguien otra oportunidad.</p><p>La vocación está puesta a prueba todos los días. El médico de emergencias no puede permitirse la indiferencia: “se es o no se es”. En este sentido, Lahournere ratifica que el compromiso en la medicina no se mide por cantidad de tareas sino por calidad de entrega. Tomar decisiones en segundos, sostener emocionalmente a familias enteras y actuar con precisión incluso en los escenarios más adversos forman parte del ADN de la especialidad. Hoy, además de atender, también le toca “guiar, acompañar, enseñar y gestionar”, funciones que considera inseparables cuando se busca que un sistema sanitario ofrezca respuestas reales.</p><p>En ese camino, el trabajo en equipo ocupa un lugar central. “En la emergencia nadie se salva solo”, argumentó. Paramédicos, choferes, enfermeros, operadores, administrativos y médicos conforman un engranaje que debe funcionar en absoluta sincronía. Cada intervención exitosa “refleja el esfuerzo colectivo”. Además, extiende esta mirada a todos los ámbitos donde pueden surgir urgencias: una guardia, un consultorio, un centro de salud o incluso la vía pública. En todos esos escenarios, los médicos son quienes deben sostener la primera respuesta.</p><p>Con respecto a su trayectoria, la resumió en tres pilares: humildad, empatía y respeto. Humildad para aceptar que el aprendizaje es permanente y que cada paciente tiene algo para enseñar. Empatía para acompañar más allá de la técnica, porque “una palabra tranquila puede contener más que cualquier medicación”. Y respeto por los vínculos humanos y profesionales, que considera esenciales para el bienestar del paciente.</p><p>Entre las experiencias que marcaron su manera de ejercer, Lahournere elige aquellas en las que “una palabra serena sostuvo a una familia en medio del caos, en las que un gesto humano hizo más que cualquier medicación”. Recuerdos que reafirman que antes que técnicos son personas acompañando a otras personas en sus peores momentos. “Podés ser el mejor profesional, dominar cada protocolo, pero la empatía sigue siendo la herramienta más poderosa”, sostuvo. A su entender, escuchar, acompañar o simplemente estar presente puede satisfacer necesidades que ninguna intervención técnica alcanza.</p><p>El contexto actual, sin embargo, presenta desafíos complejos. Sistemas saturados, desgaste emocional, violencia hacia el personal de salud y recursos insuficientes atraviesan la tarea cotidiana. En ese escenario, el Día del Médico adquiere un significado especial. “Es un recordatorio de que debemos cuidar también a quienes cuidan”, manifestó. A esa presión se suma el impacto de nuevas tecnologías, la inteligencia artificial y la telemedicina. Herramientas útiles, pero que nunca reemplazarán la sensibilidad y el criterio humano. “Detrás de cada decisión siempre habrá una firma humana. Eso no será fácil de reemplazar. Yo, al menos, no lo veré”, añadió.</p>Desafíos y humanidad en la primera línea.&nbsp;<p>Su mensaje para quienes recién comienzan, especialmente quienes eligen la emergentología, es claro: no medir el camino por la cantidad de tareas, sino por la calidad de la formación y el compromiso. Define a la especialidad como “de trinchera”, donde cada minuto importa y las decisiones pueden cambiar destinos. Por eso insiste en la capacitación constante y en elegir la especialidad con responsabilidad. También subraya la necesidad de fortalecer áreas críticas, como emergencias, terapias intensivas, guardias pediátricas, porque, si se descuidan, “quienes pierden son los pacientes”.</p><p>A su vez, añadió: “No enamoraremos a las nuevas generaciones de una especialidad tan demandante si el sistema les pone más obstáculos que oportunidades”. Creer que dificultar el acceso forma mejores profesionales es, para él, un error. “Solo genera menos médicos, más cansados y más desilusionados”, señaló.</p><p>En este punto, el médico vuelve sobre una idea que atraviesa toda su mirada: la identidad profesional se construye en los vínculos. Lahournere remarca que los lazos con colegas, docentes, equipos de trabajo y pacientes son los que sostienen la motivación incluso en los momentos de mayor desgaste. Para él, la medicina se aprende tanto en los libros como en la interacción humana, porque es en esa relación donde el profesional comprende el impacto real de su tarea.</p><p>En la emergentología, Lahournere asegura que las situaciones límite obligan a revisar constantemente la manera de actuar y de acompañar. Cada caso es singular y obliga a ajustar miradas, a mejorar procesos y a reforzar la importancia de la escucha. Ese ejercicio permanente y es parte esencial del crecimiento del médico, sobre todo en las especialidades críticas.</p><p>Para concluir, dejó un mensaje colectivo: “Un saludo profundo a quienes ejercen una profesión tan interpelada como imprescindible. A quienes siguen eligiendo ser médicos incluso frente a la adversidad, a quienes sostienen el sistema con vocación, entrega y humanidad”.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/VsAsU_Xt7Y2t--wV2DyFlVlerPw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/11/diego_lahournere_medico.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El profesional reflexionó sobre la vocación, el trabajo en equipo y los desafíos de la emergentología. Destaca que cada decisión en urgencias requiere compromiso, empatía y coordinación entre todos los profesionales.]]>
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            El viaje musical de Alejo Giampieri: “No es fácil, pero nunca descarto hacer lo que me gusta”
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/vrgNNM0IyMCN0vTZ3K2bR7OxTwU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/11/alejo_giampieri.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay historias que parecen anunciarse mucho antes de que sus protagonistas puedan comprenderlas. En el caso de Alejo Giampieri, ese anuncio llegó en forma de melodías espontáneas que escapaban sin aviso. “Siempre me cuentan una anécdota”, recuerda entre risas, antes de ponerse serio. “De chiquito cantaba en la ducha. Mi abuelo me veía en el patio y pensaba que hablaba solo, y mi mamá le decía: ‘no, está cantando’. Entonces siento que inconscientemente ya había cosas de uno”.</p><p>La música apareció antes que la memoria. En su familia evocan también una pequeña batería que tuvo de niño y que él, incluso ahora, no alcanza a recordar. Entre ese patio y esos primeros sonidos se fue moldeando una sensibilidad que luego encontró forma en espacios fundamentales de su infancia artística: la academia El Faro de Rossana Pampiglione, el Conservatorio “Arturo Berutti”, las clases de piano con Leo Verra y el teatro con Verónica Gieco y Carlos Pioli en “La Puerta”. Cada docente, cada escenario y cada ejercicio se transformaron en cimientos de un recorrido que no siempre fue lineal, pero sí profundamente emotivo.</p>Un músico que creció entre voces, patios y primeras melodías.<p>&nbsp;</p><p>Su amor por la música también se alimentó de ídolos tempranos. No era común que un niño consumiera ópera con tanta naturalidad, pero él lo hacía. “De chico me gustaba mucho Luciano Pavarotti, los Tres Tenores, escuchar ópera, música clásica”, confiesa a Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO. Y, como un hilo que une épocas, suma una referencia que se volvió determinante: “A mí me gusta mucho Queen. Siempre sentí que Freddie Mercury me abrió el paradigma del show, de las armonías, de la creatividad”.</p>&nbsp;El salto a Córdoba<p>&nbsp;Hoy, con 21 años, Alejo vive en la ciudad de Córdoba, donde estudia las carreras de Vocalista Superior, Tecnicatura en Piano e Instrumentista Superior en la prestigiosa escuela La Colmena. Ese cambio geográfico y emocional fue un quiebre en su vida. “Fue como un mundo aparte”, reconoce. “Me encontré con amigos, con artistas increíbles. En Córdoba hay espacios donde uno puede desarrollarse, y hay músicos independientes que son muy virtuosos, pero que por ahí no tienen el reconocimiento que merecen. Eso te abre la cabeza”.</p><p>&nbsp;Ese “mundo aparte” también significó recalibrar su identidad artística. En Córdoba, donde la escena independiente vibra sin pedir permiso, Alejo encontró no solo referentes, sino también un espejo: jóvenes que, como él, estudian, crean, componen y dudan. Sobre todo dudan. Y es en esa duda –esa mezcla de vértigo y deseo– donde, a veces, nacen las canciones más honestas.</p>&nbsp;“Destino”: la canción escrita en 20 minutos que terminó marcándolo<p>&nbsp;Su nuevo tema, “Destino”, surgió casi sin aviso. La historia empezó con una amiga que le pasó el contacto de Marcelo Predacino, guitarrista y director musical de la banda de Abel Pintos, además de productor y compositor. Alejo viajó a San Telmo, Buenos Aires, y allí se encontró con un equipo que le dio forma profesional a algo que comenzó siendo apenas una intuición.</p><p>“Es mi primer tema”, cuenta. “Trabajé con los colaboradores de Marcelo y ahí surgió poder hacer este último tema”. Aunque la canción pasó por un proceso de producción detallado, su origen fue casi impulsivo. “Lo escribí en 15 o 20 minutos”, admite sorprendido por su propio impulso. “Me pasa que me surge más la melodía que la letra, entonces tenía que poner palabras a todo eso que me pasaba. Fue un desafío muy lindo”.</p><p>&nbsp;“Está bueno integrar géneros. No olvidarse de las raíces”</p><p>&nbsp;</p><p>El nombre del tema, curiosamente, no fue decisión propia. “Fue gracias a mi hermano”, dice sonriendo. “Yo estaba medio terco, no sabía si realmente era la canción. Y él me dijo: ‘está muy bueno, tiene un gran estribillo’. Y me terminó convenciendo”. Con el tiempo comprendió que el título tenía sentido emocional: parte de la letra refleja su propia forma de transitar los cambios, las incertidumbres y esa mezcla de melancolía y romanticismo que aparece en su música. “Siento que es autorreferencial en algunas cosas”, admite. “Hay melancolía, tristeza, pero también algo romántico. Eso aparece acompañado por la música, y está muy bueno”.</p>La búsqueda de una voz propia<p>En esta etapa, Alejo trabaja en un sonido que combina sus raíces líricas con la energía pop que hoy vibra en la escena nacional. “En este tema uso una voz completamente distinta a lo que hacía antes”, asegura. Sus primeros años de formación, marcados por el canto lírico, contrastan con la estética actual de su música. “Yo siento que mi voz va tirando a los 2000, tipo Tan Biónica, Miranda. Tiene ese estilo”.</p><p>&nbsp;La transición entre estilos también lo transformó como oyente. “Consumo música de manera distinta desde que empecé a hacer música”, dice. Dejó atrás prejuicios y se abrió a una escucha más diversa. “Es animarse a escuchar lo que el otro te muestra. Si a todos nos gustara lo mismo, sería aburrido”, reflexiona.</p><p>&nbsp;</p>Rituales nocturnos<p>Hay artistas que escriben de día, en cafés o estudios. Alejo no. Él compone en la noche, cuando el silencio baja y la intuición sube. “Mi mamá y mi papá piensan que soy un murciélago”, bromea. “Me activo a la noche. A veces me surge cuando me estoy bañando. Me grabo melodías con el celular. Armo armonías en mi cabeza, me imagino una banda completa. Ese es mi ritual”.</p><p>En esa intimidad nocturna aparecen sensaciones, palabras, ritmos. Y también dudas. Pero es justamente esa vulnerabilidad la que le permite convertir su mundo interno en canciones.</p><p>No todo es inspiración. En la música, como en casi todas las búsquedas profundas, también hay renuncias. Alejo lo sabe. “No es un camino fácil”, reconoce. “Pero nunca descarto la idea de hacer lo que me gusta. Es una vida y hay que valorar lo que estamos haciendo ahora. No cumplir el sueño de otro, sino el de uno”.</p><p>Esa convicción explica también su ambición: “Soy muy ambicioso. Me encantaría estar en un estadio lleno de gente”, confiesa sin miedo a sonar pretencioso. Es un deseo sincero, que convive con una larga lista de artistas con los que soñaría colaborar: Oasis, Brian May y Roger Taylor, Charly García, Dante Spinetta, Duki, Milo J, Bizarrap, Paulo Londra, Shakira. Nombres que hablan tanto de sus influencias como de su amplitud estética.</p><p>Alejo observa con atención lo que pasa en la escena nacional. No sólo escucha: estudia, analiza, piensa. “Mucho se habla del underground”, reflexiona. “Hay pibes que producen desde su casa y están en la búsqueda de un nuevo sonido que pueda marcar tendencia”. Le interesa, especialmente, la convivencia entre lo actual y lo tradicional. Menciona el trabajo de Milo J, quien recupera elementos folclóricos y los mezcla con el sonido urbano. “Está bueno integrar géneros. No olvidarse de las raíces”, afirma.</p><p>&nbsp;</p><p>“A veces las inspiración surge cuando me estoy bañando. Me grabo melodías con el celular. Armo armonías en mi cabeza, me imagino una banda completa”.</p><p>&nbsp;</p><p>También advierte que el consumo musical se transformó: ahora todo es inmediato. Las redes sociales, el ritmo frenético de TikTok, la necesidad de mostrar contenido constante. En ese contexto, Alejo valora cuando aparece “una obra compleja que intenta romper”. Para él, allí también se juega el futuro de la música argentina.</p><p>Antes de cerrar, Alejo deja una reflexión para quienes lo escuchan: “Espero que disfruten de mi primer lanzamiento, Destino, y que sean felices con lo que escuchan. Que se sientan identificados, que bailen con sus amigos y sus familias. El amor es todo lo que importa”. Esa frase parece sintetizar no sólo la intención de su música, sino también su propia historia: un recorrido hecho de intuiciones, de noches en vela, de melodías que llegan sin aviso y de emociones que buscan transformarse en canciones.</p>]]>
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                                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2025-11-22T13:00:00+00:00</published>
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