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    <title>La Voz de San Justo</title>
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    <updated>2026-04-25T20:50:06+00:00</updated>
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            Alejandro Real: volver a lo analógico en tiempos de lo inmediato
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4QnGNV3eKKTyjk2hvy8UUrmPKA4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/alejandro_real.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En una época atravesada por la inmediatez, las plataformas digitales y el consumo rápido, hay quienes eligen ir a contramano. Apostar por el objeto, por el sonido con textura, por la experiencia de escuchar música como un ritual. En San Francisco, ese camino lo tomó Alejandro Real, vecino de la ciudad, quien decidió abrir Flash Point, un espacio dedicado a la venta de CDs, vinilos y cassettes, pero también a algo más profundo: recuperar una forma distinta de vincularse con la música.</p><p>La historia del local no comenzó con una persiana que se levanta, sino con una cuenta de Instagram. “Esto nació en 2023, primero abriendo por redes, con ventas online”, comentó Alejandro a Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO. Detrás de ese inicio estaba su propia historia como oyente y coleccionista: “Todo surge a partir del coleccionismo de la música, de escuchar en formato físico, ya sea en cassette, CD, vinilo”.</p><p>Ese vínculo no es nuevo. Lo acompaña desde chico. “Siempre fui de comprar mi CD, cassette, de coleccionar, de ir a recitales”, recordó. La música, en su caso, no fue solo un pasatiempo, sino una forma de estar en el mundo. Con el tiempo, esa pasión empezó a tomar otra forma: primero como venta online, luego como proyecto de vida.</p><p>El salto llegó este año, cuando decidió dejar su trabajo como empleado de comercio y apostar de lleno al emprendimiento. “Hace dos meses tenía otro trabajo, decidí irme y así de una me picó el bicho de decir ‘voy a abrir el local’”, relató. La decisión, reconoce, no fue sencilla ni estaba en sus planes: “Sinceramente no esperaba abrir un local, y menos por la situación que está medio complicada. Fue todo muy de golpe”.</p><p>Hoy, Flash Point funciona como un punto de encuentro en Alberdi 1607, de lunes a lunes y de 17 a 20. No solo para comprar música, sino para escucharla. El espacio cuenta con bandejas de vinilo, reproductores de cassette y compacteras, disponibles para quienes quieran experimentar el sonido en su formato original. “La idea es que la gente pueda venir, escuchar música, comprar. De eso se trata”, explicó.</p><p>En ese sentido, el diferencial no está únicamente en el producto, sino en la experiencia. En tiempos donde una canción se reproduce en segundos desde un celular, Alejandro propone frenar. “Creo que es fundamental desconectar un poco. Poner una pausa, ir a lo físico, conectar con lo analógico”, sostiene. Para él, no se trata de oponer lo digital a lo físico, sino de entender que son experiencias distintas: “El formato digital no es malo, pero es otro estilo. Acá pasa más por una cuestión de nostalgia, de tener el disco”.</p><p>La respuesta del público, según cuenta, fue inmediata y positiva. “Muy buena, la verdad que la gente la notó muy contenta con el espacio. Todo el tiempo me decían ‘hacía falta’, ‘qué bueno que haya un lugar así’”, destacó. Ese reconocimiento, asegura, es uno de los motores que lo impulsa a seguir.</p><p>Alejandro también se nutre de una lógica particular: la búsqueda constante. “Esto se trata de buscar, de moverse. Siempre aparece alguien que tiene CDs o cassettes guardados en su casa”, explicó. Ese circuito permite no solo abastecer el local, sino también darle una segunda vida a materiales que estaban olvidados.</p><p>En cuanto a los formatos, hay una sorpresa: el cassette volvió con fuerza. “Es uno de los formatos que más sale junto con el vinilo”, afirmó. Una tendencia que dialoga con lo que sucede a nivel global: el resurgimiento de lo físico, incluso entre generaciones que no crecieron con esos dispositivos.</p><p>De hecho, uno de los fenómenos que más lo sorprenden es el interés de los más chicos. “Me pasa de mandar cassettes a chicos de 12 años, o un CD de Ramones para un nene de 8”, cuenta. La reacción, dice, es siempre la misma: asombro. “Quedan flashados, contentos. Es increíble porque podrían escucharlo por una plataforma, pero eligen esto”.</p><p>En las bateas del local conviven clásicos internacionales y discos nacionales icónicos. Desde The Beatles, Rolling Stones, Pink Floyd o Led Zeppelin, hasta joyas del rock argentino como “Clics modernos” de Charly García, “Artaud” de Luis Alberto Spinetta o “Oktubre” de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. “Hay de todo un poco, para todos los gustos”, resumió.Además, el espacio no se limita a la venta: también ofrece bandejas, walkman y distintos equipos para quienes quieren iniciarse en el mundo del formato físico. A eso se suma la posibilidad de comprar, vender o canjear material, ampliando así el circuito de intercambio.</p><p>Alejandro, que es oriundo de Mar del Plata y vive en San Francisco desde hace una década, asegura que no tiene registro de otros espacios similares en la ciudad actualmente. En ese contexto, Flash Point aparece como una propuesta singular, que te lleva al pasado.A la hora de pensar en el futuro, su mirada es clara. Más allá de la rentabilidad, lo que busca es sostener el espíritu del lugar: “Que sea un espacio donde la gente pueda venir, desconectar de la vorágine de la tecnología y también encontrarse con lo social”. En otras palabras, un refugio frente al ritmo acelerado de lo digital.</p><p>Por otra parte, Alejandro profundizó sobre la diferencia entre el formato físico y las plataformas digitales y fue directo. “La diferencia es el sonido principalmente, es mucho mejor lo que el formato físico”, destacó. Pero también puso el acento en la experiencia completa: “El arte de tapa, el librito, o sea el disco, ponerlo, escucharlo todo”. En contraposición, observó que hoy predomina un consumo más fragmentado. “Uno con las aplicaciones salta los temas, ya no escuchan más el disco completo”, destacó.&nbsp;</p><p>En ese sentido, remarcó que “se perdió esa pausa, todo va muy acelerado” y definió su propuesta como una invitación a “volver a las raíces”, retomando el ritual de elegir un disco, abrirlo y escucharlo del primer tema hasta el último.El objetivo, de algún modo, ya empezó a cumplirse. “Con la respuesta que estoy teniendo, ya me siento conforme”, reconoció. Y cierra con un mensaje simple pero sentido para quienes acompañaron el proyecto desde el inicio: “Gracias a todos los que vinieron, quiero que sepan que tienen un lugar donde pueden venir a desconectar un poco y conectar con lo analógico”.En tiempos donde todo parece efímero, Alejandro propone quedarse. Escuchar. Y volver a girar el disco.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4QnGNV3eKKTyjk2hvy8UUrmPKA4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/alejandro_real.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En San Francisco, abrió un espacio dedicado a vinilos, CDs y cassettes, donde la música se escucha sin apuro y desafía la era digital. “Creo que es fundamental desconectar un poco, poner una pausa e ir a lo físico”, afirma.]]>
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                <updated>2026-04-25T20:50:06+00:00</updated>
                <published>2026-04-25T12:30:00+00:00</published>
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            Valentina Demarco: algo que vibra en el pecho
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zGRytXi6JwdApd2k8RwNekqMcjM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/valentina_demarco_3.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Por Manuel Ruiz<p>&nbsp;Valentina Demarco (31) dice que el primer estimulo que tuvo para acercarse al presente que construye a diario, lo tuvo a los 8 años. Ella, sentada en un pupitre de la escuela Mitre quedó maravillada con lo que una profesora de música del Conservatorio Superior de Música “Arturo Berutti” le contó sobre lo que significaba hacer música, tocar un instrumento. Ese día, cuando salió del colegio y le dijo a su madre que la llave al “Conser” porque quería ir. No sabía bien a qué y no sabía que instrumento iba a tocar hasta que la secretaria de la institución le apuro la voluntad con una característica frialdad “¿Qué instrumento queres tocar nena?”. La niña Valentina dijo sin saber bien porque, el piano.</p><p>Y entonces: una vida. Que hoy la encuentra en Brasilia, la capital de Brasil, estudiando y perfeccionando su capacidad para tocar el violonchelo en la Escuela de Música de Brasilia (Escola de Música de Brasilia) desde hace ya dos años de casi 23 siendo parte del Conser como alumna, y docente.</p><p>“En el Conser empecé cuando tenía 8 años. Empecé a estudiar piano. Ahí me formé musicalmente, y después que terminé la escuela, seguí el profesorado. O sea, no me fui nunca, hasta ahora. No me había ido nunca, porque después de que terminé el profesorado tuve la suerte de trabajar ahí también como profe”, cuenta Valentina que el día anterior tuvo una presentación con sus compañeros de la orquesta de la EMB en donde interpretaron conciertos de Bach y Vivaldi.</p><p>“A los 18 empecé a dar clases de piano, para juntar una platita para irme a Bariloche, y después formalmente, digamos, empecé a dar clases particulares de instrumento y ya recibida, empecé a dar clases en las escuelas, pasé por Ravetti, Isfa y Fasta. Di clases en distintas academias también, y en mi academia propia, que bueno, es un espacio que se llama "Ton y Son" Espacio Musical y que tengo desde ese entonces, y en el conservatorio, dando clases de piano y otras materias. Y en el medio de todo este trabajo, decidí irme a Villa María a estudiar la Licenciatura en Ciencias de la Educación hasta que volví en pandemia a San Francisco”.</p><p>Hasta ahí, hasta hace unos años nomás, si bien cuenta Demarco tuvo experiencias con bandas y búsquedas fuera de la academia, la música parecía ser una gran hora cátedra. Primero como alumna y después como docente.</p><p>Hasta que un viaje, que terminó siendo otro gran viaje.</p>Un cello en Brasil<p>&nbsp;“A Brasilia vine a seguir el sueño de profesionalizarme en violonchelo. Esa era mi búsqueda, pero no sabía que se me iba a dar en Brasilia. Yo quería irme a Córdoba en ese momento, conocí a alguien y se abrió la posibilidad de estudiar en la escuela. Me preparé y me animé a rendir el examen de ingreso, y aposté con todo lo que eso implicaba. Ya va a ser dos años y medio ya que estoy acá, el trayecto que estoy haciendo es un título técnico con orientación en violonchelo que ofrece la Escuela de Música de Brasilia, y son seis semestres, o sea, tres años, yo estoy cursando ya el último año”, abre Valentina la narración de una experiencia que además de profesionalizante, está siendo algo mucho más profundo y que comenzó cuando la sonoridad de ese instrumento la envolvió en los pasillos del Conser.</p><p>“Pienso al instrumento como herramienta para la vida, para mi ser música no pasa por ser concertista de cello, es otro perfil el mío. Quizás porque tengo otro recorrido. Pero también lo vivo el cello como un sueño. Lo encontré en el Conser, cuando se abrió la catedra, empecé a conocerlo y a vibrar con su sonido y después, al participar también en la orquesta juvenil, que siento que fue lo que me terminó de impulsar el sueño de sentir que quería ser parte de esa experiencia, de ver qué me pasaba con el cello y también de alguna forma, volver a encontrar mi musicalidad desde otro instrumento, como darme otra oportunidad también en mi música, en ser música. La formación en piano desde tan chiquita y en el Conser, es como muy académica, rigurosa en cuanto a partituras y a un método de estudio muy específico, entonces como que entrando al profesorado se me despertó un montón de dudas, de mí misma, de mi recorrido, de mi deseo de hacer música y era como deconstruirme para volver a construir en mí como otra forma de sonar, eso siento siempre”.</p><p>“Me identifico mucho desde la docencia y también siento que me resguarde mucho en ese lugar como música. Y hoy, esto que estoy haciendo me hace vivirlo distinto, escucharme distinto y buscarme de otra forma sin dejar la docencia de lado”.</p><p>Y las preguntas como notas de en una partitura, se mezclan, crecen, se aclaran Si se tiene el valor y la claridad de hacercelas y contestarlas, claro: ¿por qué el cello después de una vida al frente de un piano?</p><p>“Uno se hace esas preguntas porque agarré el instrumento más de grande y como que lo elegí desde otro lugar. Creo que primero me encantó el sonido, por eso llegué a esa aula, escuchando y viendo de qué se trataba eso. Me acuerdo que yo ya trabajaba en el Conser cuando abrieron la cátedra. Yo venía muy como el piano y había probado también otros instrumentos: he tocado el clarinete, tomé clases de guitarra, después me compré de caradura un charango y siempre mi idea fue no solo divertirme, sino aprender para poder llevarlo al aula, y mostrar otros mundos. Y el cello, me cautivó porque ya la toma, la posición que requiere para ser tocado es como de estar abrazando a otro y receptar el sonido desde esa vibración, tan cerquita del pecho…”. Esos tres puntos suspensivos son de satisfacción, la musicalidad de la voz de Valentina del otro lado del teléfono. Y el silencio en vez de una última palabra, lo intensifica. &nbsp;</p>Un cello, con los otros<p>“El cello es un instrumento muy artesanal, a mí me fascinaba eso. Primero, esto de la postura que te mencioné y segundo, artesanal en la forma de construir el sonido, o sea, moves milimétricamente el dedo y se te cambia todo y renegás de eso. A mí me sigue costando, me costó y me sigue costando el hecho de lo corporal, en lo técnico, que implica el instrumento, porque tuve una formación desde chica en el piano. Hay un montón de cosas que yo fui destrabando, o preguntándome con otra conciencia de mí misma y de lo que implicaba el instrumento para hacer música, y es saberse horrible en el proceso, una lucha de todos los días, gustarse y no gustarse, y seguir buscando. Por eso lo uso también como una conversación de alguna manera conmigo misma, diálogo que hago conmigo misma en esto de ser música que a veces tiene una luz un poco apagada y a veces logra brillar un poquito, porque bueno, la autoestima, las emociones, el sentir que se puede, lleva mucho trabajo detrás. Yo digo que a veces no nos enseñan del todo como es el oficio del músico, tenemos muy en claro el recorrido que hace un deportista y todo lo que tiene que entrenarse y prepararse y cómo son sus días, pero yo por lo menos no tenía muy en claro todo lo que demanda el instrumento en sí. De adolescente, uno lo hace sin pensar, cuando uno es chico, toca sin cuestionárselo y de grande siento que uno se hace otras preguntas, todo eso me vuelve loca del instrumento y también me hace soñar con el trabajo en la orquesta. La experiencia en la orquesta a mí me hizo soñar en tocar con otros, el hecho de ensamblarse con otros sonidos y escucharse con ellos. Yo venía del piano: solitario, la forma de estudiarlo y la forma de tocar, con el cello uno toca en la soledad de su casa y estudia, pero después, cuando lo lleva al trabajo grupal tiene que despertar otras escuchas, ensamblarse en la calidad de esos sonidos, en el tipo de dinámica que determina la obra, en la búsqueda de la composición o de la estética que uno quiere crear, entonces eso es una búsqueda de una riqueza más sonora que es muy divertida también”.</p><p>Valentina anda viajando en músicas. Sobre todo en la suya. Mientras descubre sonoridades, se descubre: lo que piensa de la música, de interpretarla, de enseñarla, de sus estructuras, de lo colectivo. La chica que un día se fue del Conser lleva un cello en la espalda y anda en busca de más músicas que la acerquen a eso que quiere ser hasta que el ritmo de su vida suene a otra cosa.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zGRytXi6JwdApd2k8RwNekqMcjM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/valentina_demarco_3.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>A los ocho años, Valentina Demarco cruzó el umbral del Conservatorio 'Arturo Berutti' buscando un piano, sin saber que la música terminaría llevándola mucho más lejos que una partitura. Tras una vida de docencia y academia en San Francisco, un viaje inesperado hacia el corazón de Brasil transformó su pulso: hoy, entre los pasillos de la Escuela de Música de Brasilia, Valentina abraza el violonchelo para redescubrir su propia voz y aprender que, a veces, hay que deconstruir el silencio para volver a sonar]]>
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                <updated>2026-04-18T13:55:08+00:00</updated>
                <published>2026-04-18T13:05:02+00:00</published>
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            “No le tengo miedo a la muerte, sino a no vivir”: Gustavo Rosso tras el accidente
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/lk85-jLG-MlQmPLGO9ZsmPcyOe4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/gustavo_rosso.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Por Luis Giordano<p>El 24 de febrero no tenía nada de distinto en la rutina de Gustavo Rosso. Como desde hace más de una década, su día comenzó temprano, entre el trabajo, la organización de su jornada y el entrenamiento. Ese martes le tocaban tres horas de ciclismo en la Autovía 19, un escenario habitual para alguien que compite en pruebas de larga distancia. “Fue un día más normal de los días de mi vida, en lo cual me levanto, desayuno, trabajo y entreno. Eso es lo que hago todos los días en los últimos 14 años. Ese día me tocaban tres horas de bici y salí a hacerlo como todos los martes, jueves y sábados”, comentó a Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO, poniendo en contexto una rutina que no es casual, sino parte de una preparación exigente que incluye entre 250 y 300 kilómetros semanales.</p><p>Había salido a entrenar con Franco Tesio, aunque su compañero terminó antes y regresó. Gustavo continuó solo, como muchas veces. Faltaban unos 200 metros para la rotonda de ingreso hacia Frontera cuando la escena cambió por completo. “Veo un camión sojero que venía pegado a la línea blanca, que es donde voy yo para no molestar. Cuando vuelvo a mirar, ya estaba sobre la línea y viniéndose encima. Para un camión es un movimiento mínimo, de 50 o 70 centímetros, pero para mí es que se me venga encima directamente”, relató. En ese instante, la reacción fue automática: intentar abrirse hacia la derecha, aunque el margen era prácticamente inexistente. “Lo único que pude hacer fue tirarme hacia la derecha, pero ahí están los reductores de velocidad que para un auto no son nada, pero para una rueda fina de bici son enormes. Golpeo ahí y salgo despedido”, recordó.</p>El impacto, el cuerpo y el riesgo de vida<p>El golpe fue violento. Venía a unos 40 kilómetros por hora y el cuerpo no tuvo tiempo de absorber nada. “Golpeo la pierna, siento que toco el camión, vuelo y caigo. Primero la cabeza, después la clavícula y las costillas. Ahí es donde se rompe todo”, explicó. El diagnóstico posterior confirmó la gravedad: tres costillas fracturadas —una de ellas desplazada hacia el pulmón— y la clavícula partida en cuatro. Pero el momento más delicado fue inmediato. “Ahí estaba el riesgo de vida, porque el pulmón empieza a contraerse. Fueron 48 horas críticas en las que podía pasar cualquier cosa”, aseguró.</p><p>A pesar de la violencia del impacto, nunca perdió el conocimiento. “Estuve consciente todo el tiempo. Cuando me caigo, lo primero que hago es levantarme, porque lo tengo incorporado de correr motocross: lo más grave no es caerte, es que te vuelvan a chocar”, dice. Esa reacción le permitió salir de la ruta y ganar unos metros, aunque rápidamente su propio cuerpo le indicó la gravedad de la situación. “Empiezo a respirar y siento como burbujea. Eso significa que el pulmón está pinchado. Ahí ya sabía que la cosa venía complicada”, agregó.</p>La espera, el dolor y una ayuda clave<p>En medio de esa situación, tomó una decisión rápida: pedir ayuda y avisar. “Lo primero que hice fue subir a la bici y hacer los metros que me faltaban para llegar, después llamé por teléfono, avisar lo que había pasado y decir que me esperen en el sanatorio. Sabía que no estaba bien”, relató. La espera de la ambulancia se volvió eterna. “Al principio el cuerpo te neutraliza el dolor, pero después de los 20 o 30 minutos aparece todo junto. Y cada vez respiraba menos”, describió.</p><p>En ese momento apareció una figura que hoy destaca con especial énfasis: Pablo Cozzi, un ciclista que se detuvo y se quedó a su lado. “Había un chico que me vio, se quedó conmigo, me hablaba. Yo necesitaba mantenerme despierto y él estuvo ahí todo el tiempo. Eso fue clave, porque en ese estado te podés caer, te podés ir”, recordó. Esa compañía, en medio de la ruta, se volvió determinante hasta la llegada de la ambulancia y el traslado al sanatorio.</p>Una recuperación que sigue<p>El ingreso al Sanatorio Argentino marcó el inicio de la etapa más crítica. Gustavo atravesó días complejos, con riesgo de vida y múltiples intervenciones. “Gracias a Dios y a la pericia de los médicos salí adelante. Fueron 48 horas muy delicadas, donde el pulmón podía seguir desinflándose y no había mucho margen”, explicó. En su relato, menciona especialmente a los doctores Matías Gandolfo, Hernán Butus y Javier Dona, además de todo el equipo del Sanatorio Argentino. “Volví tres veces a quirófano, estuve mucho tiempo internado y todavía me queda una intervención más. La atención fue increíble, desde terapia hasta enfermería”, destacó.</p><p>Sin embargo, la recuperación no fue lineal. A la fractura de clavícula se sumó una complicación inesperada: una bacteria. “La operación salió perfecta, pero entró una bacteria que me generó un problema y me atrasó todo. Hoy, más de 40 días después, sigo con la clavícula con problemas”, cuenta. El dolor sigue presente y limita su movimiento. “Los huesos se mueven, se golpean entre sí y duelen. Es una sensación muy fuerte. Me queda al menos un mes más para resolverlo y después recién empezar la rehabilitación”, agregó.</p>El sostén: familia, ciudad y amor<p>En ese proceso, el acompañamiento fue fundamental. Gustavo no duda en remarcarlo. “Ahí te das cuenta de todo. De quién está, de quién aparece, de la gente que se preocupa de verdad”, dice. Agradece a su familia, a su entorno cercano y también a la comunidad. “La cantidad de mensajes que recibí de la ciudad fue inconmensurable. Es increíble. No pude responder a todos, pero lo sentí y lo valoro muchísimo”, afirmó.</p><p>Pero si hay un nombre que atraviesa todo su relato es el de Maru, su pareja. “Los primeros 30 días yo no me podía mover. Ella me levantaba, me llevaba al baño, me bañaba, me cambiaba. Todo. Cuando una persona hace eso durante 30 días y lo hace con una sonrisa, eso no es normal. Eso es amor”, expresó con los ojos húmedos. La relación comenzó en agosto del año pasado, pero el accidente marcó un antes y un después. “Uno puede compartir, viajar, salir, pero cuando estás en una situación así, donde sos una bolsa de huesos que no puede ni levantarse, ahí conocés realmente a la persona. Y ella no se movió de mi lado”, agregó.</p>La pérdida y la vida que sigue<p>La historia personal de Gustavo ya había sido atravesada por el dolor. En 2009, su esposa Solange Magnano falleció producto de una mala praxis médica. Una pérdida que lo marcó profundamente. “Son golpes que te cambian para siempre. Pasás por el enojo, por negar, por escapar, hasta que aceptás. Y cuando aceptás, recién ahí podés abrir otra puerta”, recordó.</p><p>Hoy, con otra mirada, puede hablar también del presente. “La madre de mis hijos fue el amor de mi vida, pero hoy puedo decir que Maru también es el amor de mi vida. La vida me dio otra oportunidad y este accidente, dentro de lo negativo, me confirmó lo que siento”, aseguró.</p>La muerte, el miedo y el sentido de vivir<p>Su relación con la muerte no es teórica. Forma parte de la cuarta generación de Rosso Hermanos, la empresa funeraria fundada por su bisabuelo. “Convivo con la muerte todos los días. Veo situaciones de todo tipo. Y te puedo asegurar algo: es la única certeza que tenemos”, afirmó.</p><p>Sin embargo, su mirada es clara. “No le tengo miedo a la muerte. Le tengo miedo a no vivir lo que quiero vivir y a sufrir antes de morir. Eso sí me da miedo”, explicó. El accidente lo enfrentó a ese límite de manera concreta. “Cuando llego a terapia y me dicen que estaba en riesgo la vida, ahí tuve miedo. Pero miedo a no seguir, a no poder vivir todo lo que quiero vivir”, agregó.</p>La ruta, el riesgo y la decisión de volver<p>Lejos de buscar culpables, Gustavo asume su posición. “Yo tengo claro que el que no tiene que estar en la ruta soy yo, no el camión. El camionero está trabajando”, sostiene. No hubo contacto con el conductor. “No paró, pero es entendible. En la ruta pasan estas cosas”, dice.</p><p>Aun así, no piensa dejar de entrenar. “En dos o tres meses voy a estar de nuevo entrenando. Es así. Lo tengo claro”, afirmó. Y lo explica con una lógica propia: “Si algo te hace feliz, no lo dejás por miedo. Vivir es riesgoso. Desde que nacemos, puede pasar cualquier cosa”.</p>El objetivo: volver al Ironman<p>Hoy, la prioridad es recuperarse. Mantener la cabeza fuerte y el cuerpo lo más activo posible dentro de las limitaciones. “Estoy haciendo lo que puedo para perder la menor cantidad de masa muscular y estar listo para cuando pueda volver”, explica.</p><p>El horizonte está puesto en noviembre. “Si Dios quiere, voy a correr el Ironman. Y si no, será el siguiente, pero voy a volver”, asegura. La fecha no es casual: coincide con el aniversario del fallecimiento de Solange. “Siempre elegí noviembre. Es una forma de estar, de recordar, de seguir”, concluye.</p><p>El accidente lo puso frente a la fragilidad. Pero también reforzó sus certezas. Gustavo Rosso lo resume sin vueltas: “Cuando tenés motivos para vivir, no te querés morir”.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/lk85-jLG-MlQmPLGO9ZsmPcyOe4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/gustavo_rosso.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El triatleta sanfrancisqueño sufrió un grave accidente el pasado 24 de febrero mientras entrenaba en la autovía 19. Estuvo en estado crítico, atravesó varias cirugías y hoy encara una recuperación para volver a competir a fin de año. En una entrevista profunda, reconstruye lo ocurrido, reflexiona sobre el riesgo, la muerte y el sentido de la vida, y pone en palabras el valor del acompañamiento y el amor.]]>
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            Vocación de servicio en la medicina infantil: la historia de María Julia Orellano
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/3eI1vQ9CMMVNxjSEB7wb4o24Es0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/julia_orellano_5.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>A sus 38 años, María Julia Orellano construyó una trayectoria sólida dentro de la medicina, con un camino marcado por la formación constante, la experiencia en el sistema público y una fuerte dedicación al cuidado de niños y niñas. Médica egresada de la Universidad Nacional de Córdoba, su recorrido profesional implicó años de estudio, práctica y especialización.</p><p>“En la época que yo lo hice, había que hacer un año de cirugía general. Hice un año de cirugía general, después hice cuatro años de traumatología de adultos en el Hospital de Urgencias y después hice tres de traumatología infantil en el Hospital de Niños de la Santísima Trinidad”, explicó sobre su formación, que refleja la exigencia del camino elegido. Actualmente se desempeña en ese hospital pediátrico de referencia de la capital provincial, además de trabajar en el Hospital Municipal Gumersindo Sayago de Villa Carlos Paz, en consultorios privados y viajar una vez al mes a San Francisco para atender en la Clínica Regional del Este.</p><p>Su elección por la traumatología tiene raíces claras. “La traumatología siempre me gustó porque es muy resolutiva. Si algo está roto, buscamos arreglarlo, buscamos acomodarlo, entonces eso es muy resolutivo”, señaló en diálogo con Posta/ LA VOZ DE SAN JUSTO. Pero fue el vínculo con los pacientes más pequeños lo que terminó de definir su especialización: “Me llevo muy bien trabajando con ellos. La verdad que los niños son súper leales, súper sinceros”.</p><p>Nacida en San Francisco, donde reside su familia, Orellano cursó la primaria en la Escuela J. Bernardo Iturraspe y el secundario en el Colegio Superior San Martín. Desde allí inició un recorrido que la llevó a consolidarse como una profesional reconocida dentro de su especialidad, especialmente en el ámbito público.</p>Entre urgencias y cirugías programadas, la labor de Orellano no se detiene.<p>El día a día en el servicio de traumatología infantil está lejos de ser previsible. “A veces son días complejos. En consultorio hay muchísima gente, no solamente los pacientes con turnos, sino también todos los que vienen a la guardia, los fracturados y demás. Entonces, a los 15 turnos programados se les suma todo el resto y terminamos viendo unos 30 pacientes cada uno”, relató. A esa dinámica se suman las cirugías: “Tenemos cirugías de urgencia, que se hacen lo más rápido posible, y cirugías programadas, que son las que ya tienen una fecha asignada”.</p><p>&nbsp;</p><p>A lo largo de su carrera participó en innumerables intervenciones quirúrgicas. No lleva la cuenta exacta, pero sí conserva en la memoria algunos casos que la marcaron especialmente. “Casos complejos hay muchos, porque es un hospital de referencia y recibimos pacientes de toda la provincia e incluso de otras provincias como La Rioja, Catamarca o Santiago del Estero”, explicó. Entre ellos, recordó uno en particular, que la atravesó especialmente por su gravedad y por el contexto en el que ocurrió. “Una niña que había sufrido una explosión ingresó con una fractura expuesta. La operamos ese mismo día, después requirió otras cirugías y tuvo una muy buena recuperación”, contó. El hecho se remonta a 2023, cuando una explosión en una cámara séptica en una vivienda de la localidad de La Para provocó la muerte de un bebé de 10 meses y de un hombre de 35 años. Como consecuencia de la onda expansiva, la niña fue despedida y terminó arriba de un árbol, con múltiples heridas de consideración, salvándose de milagro. “Son situaciones muy duras, pero también son las que te marcan. Ver después la evolución y que pueda recuperarse es muy importante para nosotros”, agregó.</p><p>El impacto emocional de estos casos también forma parte del trabajo cotidiano. “A los padres se les intenta hablar con sinceridad y de la forma más clara posible para que entiendan lo que tienen los niños. Y cuando el niño está consciente, también hablamos con él. Nunca hay que subestimar el poder de la mente del niño, es increíble. Vos le explicás lo que vas a hacer, le pedís que te ayude y el niño responde”, aseguró.</p><p>Ese vínculo directo con los pacientes es, también, lo que sostiene su vocación día a día. “Me encanta trabajar con los chicos, me encanta divertirme con ellos, reírme, jugar. Hay veces que tengo que revisar un muñeco antes de revisar al chico. Y ellos te cuentan todo, desde el principio, qué estaban haciendo, cómo se lastimaron, con quién estaban. Trabajar con niños me encanta”, expresó.</p><p>&nbsp;</p><p>“La traumatología siempre me gustó porque es muy resolutiva. Si algo está roto, buscamos arreglarlo, buscamos acomodarlo”</p><p>&nbsp;</p><p>La medicina ocupa gran parte de su tiempo. Aun así, Julia encuentra espacios para sus intereses personales. Realiza actividad física, viaja y practica buceo. “Soy buceadora certificada y en buceo avanzado”, contó. Sin embargo, reconoce que la profesión no se detiene: “Muchas veces estoy en mi casa o con mi familia y me llegan mensajes de pacientes, conocidos o colegas. Como somos pocos especialistas, me consultan para ver qué hacer en ciertos casos”.</p><p>&nbsp;En un contexto donde la falta de médicos se vuelve cada vez más evidente, Orellano deja un mensaje claro para quienes piensan en seguir ese camino. “Que lo hagan si les gusta y que elijan una especialidad que realmente les guste, porque lo van a hacer toda su vida. Esto requiere capacitación constante”, afirmó. En ese sentido, destacó su formación permanente: “El año pasado hice un curso avanzado de la Sociedad Argentina de Traumatología, ahora estoy haciendo uno de neuroortopedia y próximamente tengo otro en una asociación internacional”.</p><p>También se refirió a los avances tecnológicos en la medicina. “Desde poder ver radiografías en el quirófano hasta las historias clínicas digitales, todo ayuda. Incluso hay cursos sobre inteligencia artificial aplicada a diagnósticos y pronósticos”, señaló, aunque remarcó que estos avances no siempre llegan al mismo ritmo en todos los contextos.</p><p>El trabajo en el hospital, subrayó, es siempre colectivo. “Es un trabajo en equipo, por supuesto. En el Hospital de Niños tenemos un hermoso servicio, nos ayudamos entre todos”, afirmó. Y recordó sus inicios: “Cuando era estudiante venía a hacer guardias gratis, a ayudar. Ahí ya me gustó y supe que quería esto, aunque después fue difícil porque terminé la especialidad en pandemia y no había cargos”.</p><p>&nbsp;</p><p>“Los chicos tienen que jugar. A veces se caen y se lastiman, pero eso es parte de crecer. Hay que agradecer que son chicos sanos, que pueden correr, saltar y jugar”</p><p>&nbsp;</p><p>En cuanto a las consultas más frecuentes, explicó que predominan las fracturas de muñeca. “Son las más comunes y tenemos protocolos para resolverlas en la guardia con sedación. También operamos muchas fracturas de codo”, detalló.</p><p>&nbsp;Finalmente, dejó recomendaciones para las familias. “Que no se desesperen, que busquen inmovilizar como puedan y que vayan con tranquilidad. No hay necesidad de poner en riesgo a toda la familia”, aconsejó. Y sobre la prevención, aportó una mirada clara: “Los chicos tienen que jugar. A veces se caen y se lastiman, pero eso es parte de crecer. Hay que agradecer que son chicos sanos, que pueden correr, saltar y jugar”.</p><p>&nbsp;Al hablar de la diferencia entre atender adultos y niños, fue contundente: “Al niño hay que explicarle todo lo que le vas a hacer, cómo lo vas a tocar, si le va a doler o no. El adulto ya está acostumbrado, el niño no”.</p><p>&nbsp;Con una carrera en pleno desarrollo, una fuerte presencia en el sistema público y una mirada centrada en el compromiso diario, Orellano sintetiza su forma de ejercer la medicina en una idea que repite como eje de su trabajo: sostener, todos los días, la vocación de servicio en cada paciente que llega a su consultorio o a la guardia.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/3eI1vQ9CMMVNxjSEB7wb4o24Es0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/julia_orellano_5.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Sanfrancisqueña y especialista en traumatología infantil, repasa su formación, los desafíos de su profesión y el compromiso cotidiano de atender a niños en uno de los centros de salud más importantes de la provincia. “Hay veces que tengo que revisar un muñeco antes de revisar al chico”, confiesa.]]>
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                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-04-04T13:00:00+00:00</published>
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            Angélica Cabrera: cuando los otros llaman
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ARHWMgnCO9ZU2cQse42WP4toWdw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/angelica_cabrera.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Angélica Lucinda del Carmen Cabrera tiene 63 años. Es periodista egresada del Cres y fue docente de enseñanza primaria. Es hija, esposa, madre de 7 hijos y abuela de 10 nietos. Fue catequista y es, una de las vecinas históricas de barrio Jardín. Angélica o, la Angélica.&nbsp;La semana que pasó fue distinguida por el Proyecto Arquitectos Sociales con el premio “Luna de la mujer”, un reconocimiento que se alcanza tras recibir la votación de otros vecinos y que sirve para conmemorar la trayectoria de vida de alguien que en el caso de Angélica ha construido un camino de servicio y de solidaridad hacia causas y personas por el solo hecho de conmoverse con la necesidad o la falta que ese alguien puede estar atravesando, “Te nace”, va a decir en el transcurso de la charla con La Voz de San Justo, con la simpleza de alguien que corporiza el altruismo con una mirada que abraza.</p><p>“No sé explicarlo. Estoy contenta. Hay una frase que me gusta y que quizás me defina un poco que es cuando hay una necesidad nace un derecho. Me gusta definirme por ahí. Yo amo todo lo que sea social. Donde hay una necesidad, yo trato de estar. Siempre fue así. Vos venís y me decís, Negra, vos sabes que estos chicos están necesitando algo, le está faltando esto o aquello. Y yo trato de acercarme y buscar la forma para ayudar”, va a responder Cabrera ante la consulta de porque considera que se quedó con el reconocimiento, y agrega ¨Y no me quedo quieta. No te puedo explicar por qué.Pero te viene, te viene, la necesidad de estar ahí y poder dar una mano”. &nbsp;</p><p>“Una vez mientras estaba de vacaciones en las Sierras con mi familia, recuerdo que se desata el motín en el penal de barrio San Martín en Córdoba, y recuerdo que mientras miraba las imágenes en la tele pensaba ¿Pero por qué sucede todo esto? ¿Qué pasa dentro de las cárceles? ¿Cómo viven estos muchachos? ¿Cómo es el clima ahí adentro? Y un día voy a misa, y el padre Mingo, dice, que estaban buscando gente para trabajar en la pastoral penitenciaria, que íbamos a conocer la sociedad que está del otro lado de la reja. Y acepté estar ¿Entendés? Me vienen, me aparecer las cosas”, cuenta desde su casa a la hora de ilustrar con palabras eso que para ella ha sido y sigue siendo tan natural, pero que conlleva una dedicación que a veces es muy difícil de compatibilizar con la cotidianidad y sostener en el tiempo, por las horas que involucra estar y la carga emocional que significa intervenir lugares que se desconocen para ver como se puede dar una mano. Las dos, el cuerpo entero.</p>Mientras tanto<p>Angélica trabajó hace treinta años como docente de enseñanza primaria en escuelas de Castelar y Frontera. Lo hizo hasta que la crianza de sus hijos le puso un limite a sus plenas capacidades como docente. En ese período que se dedicó a acompañar y educar a sus cuatro varones y sus tres mujeres. Una vez que cada uno de los siete culminó sus estudios secundarios, Angélica volvió a tener tiempo más tiempo para ella. Y claro, no se quedó quieta. Veinticuatro años más tarde volvió a las aulas, pero esta vez del otro lado para estudiar la -ahora extinta- &nbsp;Licenciatura en Comunicación Social en el Centro Regional de Estudios Superiores, el Cres, de nuestra ciudad. Tenía 50 años.&nbsp;</p><p>“Yo me tuve que bajar del caballo. Yo venía con mi librito de catequista, mi librito de la iglesia, de un montón de cosas, de costumbres. Y los chicos me abrieron el panorama. Yo no me cuestionaba ¿Te das cuenta? No me cuestionaba cosas. La idea de tener un criterio propio… mis compañeros de facultad, los jóvenes, mis hijos me abrieron muchísimo la cabeza. Me permitieron eso. Y yo también me lo permití, yo también decidí abrirme a eso”.&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>Y luego de un años después de recibida, el compromiso para con los otros, por una causa más grande que ella, la volvería a encontrar con esa pasión que encontró de grande.&nbsp;</p><p>Hace unos años, empezó a colaborar y a participar del colectivo de Jubilados y Pensionados Autoconvocados de nuestra ciudad, un grupo que brega y trabaja para darle facilidades y que se cumplan los derechos de esas personas que gozan del retiro luego de una vida de trabajo. En una de las rondas de notas y entrevistas que el grupo hizo por los medios de Sn Francisco, un periodista de la ciudad la invitó a ser parte del programa matinal de una FM local. Angelica encontró el apoyo de su compañero José, como cuando decidió estudiar periodismo, y llena de miedos dijo que sí. Y ya hace un año que se despierta todos los días a las cinco de la mañana para preparar sus intervenciones en el programa y hacer radio, hasta cerca del mediodía.</p><p>Ante las dudas, ir. Estar y hacer. Hasta que no se haga más.&nbsp;Con esa especie de máxima, Cabrera se ha manejado toda la vida. Desde su trabajo en la iglesia, como catequista, siempre tuvo acceso a un sinfín de problemáticas que la conmovieron y la hicieron acercarse para ayudar pero nunca fue por tiempo indefinido. Le pregunto porqué: “Yo estuve en el momento justo, hice lo que tenía que hacer, y si hay otra persona que lo quiera hacer o lo quiere continuar mejor que yo, listo, hago un paso al costado. No me enraicé en nada. No me até a nada.¿Y por qué? Porque creo que hay un tiempo, un tiempo donde estoy, y después me aparece otra cosa, y a lo mejor esto ya está, ya lo hice, ya funciona, ya se encaminó, y si surge otra cosa, voy por la otra. Una vez que ya está todo organizado, me retiro. Quizás no está bien, a lo mejor, no sé. Pero gasto mi vida en el servicio”.</p><p>Para ella un gasto, para el resto una inversión imperecedera que hizo que haya reconocida por gente como ella a través de Arquitectos Sociales “Lo que yo quiero con este premio es que más allá de los logros, se pueda entender que las cosas ordinarias que yo hago, las hace cualquiera. Es más, a lo mejor hay otras personas que hacen mucho mejor y que no son visibilizadas, y las hacen en silencio. Y las hacen porque hay que hacerlas. Si tenés las herramientas, ¿por qué no las vas a poder hacer? Entonces yo lo que quiero es que la gente se contagie. Que lean esto y digan: &nbsp;che, puedo hacer las cosas. Si yo lo puedo hacer con siete hijos, sin plata…Entonces lo que yo quiero es que se contagien y que puedan trabajar en el refugio, en los merenderos, porque yo creo que todos tenemos esas cualidades adentro”.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ARHWMgnCO9ZU2cQse42WP4toWdw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/angelica_cabrera.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La vecina, exdocente y actual periodista, fue distinguida con el premio “Luna de la mujer” del Proyecto Arquitectos Sociales. Una mujer inquieta, que en silencio y cuando alguien necesita, aparece para estar y ayudar.]]>
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                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-03-14T14:09:59+00:00</published>
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            Giovanna Cavalleris: “Yo no sé vivir sin bailar”
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hqXKt-ZXeb9dYqhswbcjzVBvbTw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/bailarina.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Por María Laura Ferrero | LVSJ&nbsp;<p>Lo primero que dijo fue su nombre completo y su edad, con esa mezcla de timidez y firmeza que la caracteriza: Giovanna Cavalleris, 23 años. “Gio”, como le dicen todos. Una joven que arriba del escenario se transforma y abajo sostiene una vida atravesada por responsabilidades que no siempre se ven.</p><p>En un momento de la charla, casi sin proponérselo, dejó caer una frase que terminó explicándolo todo: “Yo no sé vivir sin bailar”. No lo dijo como una exageración ni como una consigna romántica. Lo dijo con naturalidad, como quien habla de algo tan indispensable como respirar. Y ahí su historia cobró otra dimensión.</p><p>Su historia habló de pasión por la danza, sí, pero también de amor por la familia, de disciplina, de sacrificios y de esa decisión cotidiana de no abandonar lo que la hace bien.</p><p>Al contrario de lo que muchos podían imaginar, Giovanna no comenzó en el folclore. “Yo empecé a bailar árabe desde muy chiquita. Mi recuerdo consciente es a los seis años, cuando entré a la Academia FEM de María Eugenia Ferreyra, que es a quien le debo mi formación en todo”, contó.</p><p>Desde entonces, la danza fue su casa. Se formó como profesora de danzas árabes y como bailarina integral. Mientras cursaba el secundario, sumó clásico, contemporáneo, jazz, telas. “Siempre me gustó saber un poquito de todo”, explicó. Y lo dijo con esa curiosidad intacta que todavía la mueve.</p><p>A los 15 años llegó el primer contacto con el Ballet Municipal Patria. Buscaban una bailarina con determinadas características y recurrieron a su maestra. “Hice una intervención en un baile folclórico, pero no bailaba folclore. Eran apariciones. Y fue, justo, para un festival de la Buena Mesa”, recordó.</p><p>Quedó fascinada. El trabajo del elenco, la potencia escénica, el compromiso. Pasaron algunos años hasta que, en 2019, volvió a contactarse y finalmente ingresó de manera estable. “Ellos me dieron la base de folclore. Yo ya venía con tango y otras disciplinas. Fue un antes y un después”, señaló.</p>Disciplina que forma carácter<p>Para Giovanna, la danza fue tan formativa como cualquier deporte de alto rendimiento. “Desde muy chica nos inculcaron respeto por el cuerpo, por el entrenamiento, por la comida, por las decisiones que tomamos. Hay noches en las que no salimos porque al otro día tenemos ensayo. Es una elección”, explicó.</p><p>Hoy es psicopedagoga, trabaja, estudia, da clases y ensaya tres veces por semana por la noche, cuando “la vida formal” termina. “A la noche nos dedicamos a la danza”, dijo.</p><p>El Ballet Patria —dirigido por José Bolea y Soraya Molina— mantuvo formación constante durante todo el año: clásico, contemporáneo, entrenamiento físico y preparación específica para cada evento. “Nos presentan los proyectos a principio de año y organizamos nuestra vida en función de eso”, contó.</p><p>Porque nadie en el elenco vive exclusivamente de la danza. Cada integrante equilibra trabajo, familia y responsabilidades. Y aun así, el nivel artístico no se negocia.</p><p>&nbsp;</p>Bombos, ensayo y piel de gallina<p>El último Festival del Humor, la Buena Mesa y la Canción fue especialmente intenso. El desafío de incorporar bombos mientras bailaban los obligó a redoblar el esfuerzo.</p><p>“Nunca habíamos tocado bombos mientras bailábamos. Fue heavy”, dijo entre risas. Ensayaban horas y horas. En enero y febrero se reunían casi todas las noches, a veces hasta la madrugada. “Terminábamos a las dos de la mañana y al otro día nos levantábamos a trabajar”.</p><p>Con sus amigas practicaban incluso fuera de los ensayos formales. “Nos juntábamos en la pileta y tocábamos el bombo todas las tardes. Era para que salga”.</p><p>Para ella, lo más valioso fue el proceso: el mate compartido, el ballet invitado de Chile, el compañerismo. Pero cuando se apagó la música y llegó el aplauso, algo se acomodó por dentro.</p><p>“Fuera del escenario soy más solitaria, más reservada. Pero arriba cambia todo. Y cuando escucho el aplauso vuelvo a darme cuenta de lo que estamos haciendo. Es gratificante. Es un respiro después de tanto sacrificio”.</p>Burbuja protectora<p>Hay historias que no necesitan detalles para entender su profundidad. Giovanna habló de una enfermedad que atravesó a su familia, de pérdidas y de responsabilidades asumidas muy joven. De crecer rápido. De sostener.</p><p>“No sé si llamarlo terapia, pero la danza fue mi burbuja. Lo que me protegió. Lo que me sostuvo la cabeza cuando todo alrededor era difícil”, confesó.</p><p>Hubo meses en los que no pudo ensayar porque la prioridad era acompañar. Hubo noches en las que, después de acostar a todos, se iba a bailar. “A veces me autocastigo si falto. Soy muy exigente conmigo misma. Pero entendí que también necesito esto”.</p><p>Hoy comparte el cuidado de su hermano con su hermana y padre. Trabaja, estudia y ensaya. Se organiza. Se cansa. Se emociona. Y vuelve a elegir el escenario.</p><p>“No quiero dar lástima. Esto es lo que nos tocó y aprendimos a valorarlo. Cuando nos decían que quedaban pocos meses, había que disfrutar esos meses. Poner música y bailar era algo que disfrutábamos todos”, dijo, con la voz quebrada pero firme.</p><p>En su casa aprendieron algo esencial: nadie puede cargar solo con todo. “También hay que darse tiempo para uno. No es malo hacer lo que te gusta”.</p>Herramienta de vida<p>Como psicopedagoga, Giovanna trasladó esa convicción a sus pacientes. “Yo les inculco mucho el arte. No solamente la danza. Que canten, que desfilen, que hagan fotos. El arte es algo que todos necesitamos para expresarnos”.</p><p>Su propia historia fue prueba de eso. No como escapismo, sino como sostén. Como espacio propio en medio del ruido.</p><p>“Si pasás la etapa complicada de la adolescencia sin dejarlo, la danza te queda para siempre”, sostuvo. Y ella la eligió, incluso en los momentos más duros.</p>No renunciar<p>La sonrisa que el público vio en el escenario de la Buena Mesa no fue improvisada. Fue el resultado de años de disciplina y de una decisión íntima: no abandonar lo que la hace bien.</p><p>Giovanna Cavalleris bailó esa noche como tantas otras. Pero su historia recordó algo más profundo: que el arte no es un lujo, sino una necesidad. Que el aplauso no es vanidad, sino reconocimiento al esfuerzo. Y que aun cuando la vida obliga a crecer de golpe, siempre hay un espacio donde volver a ser uno mismo.</p><p>En su caso, ese espacio fue —y sigue siendo— la danza. Porque, como ella misma lo dijo sin vueltas, no sabe vivir sin bailar.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hqXKt-ZXeb9dYqhswbcjzVBvbTw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/bailarina.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Tiene 23 años y una historia que habla de pasión, disciplina y amor por la danza, pero también esfuerzo silencioso. Integrante del Ballet Municipal Patria, brilló en el último Festival de la Buena Mesa. Detrás de cada aplauso hubo horas de ensayo, responsabilidades familiares y una convicción profunda: no renunciar a lo que a uno lo sostiene, aun cuando la vida golpea fuerte.]]>
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                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-02-28T12:23:22+00:00</published>
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            Eduardo Quichi y la fuerza como forma de vida
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/R3hzvyh0lJa-UqAjIRJXT0U7rno=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/eduardo_quichi_6.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>“Es preferible ser el más viejo del gimnasio que el más joven del geriátrico”. Eduardo Quichi lo dice sin estridencias, casi como una reflexión al pasar, pero detrás de la frase hay una filosofía entera. Tiene casi 52 años —“voy a cumplir ahora en marzo”, cuenta— y hace tres que enseña calistenia en Energio. Sin embargo, su vínculo con la disciplina empezó mucho antes, hace aproximadamente once años, cuando el pole sport apareció en su vida.</p><p>En aquel momento su pareja era instructora y fue ella quien lo acercó a la actividad. Empezó a practicar, se formó, hizo cursos e instructorado. “Para entrenarlo se usa mucho la calistenia porque es todo control del cuerpo, se trabaja con autocarga, con el peso corporal”. Ahí empezó a interesarse por esa lógica de entrenamiento donde el propio cuerpo es la herramienta.</p><p>Con el tiempo tuvo su propio estudio, hasta que la pandemia lo obligó a cerrar. Desde 2020 continúa en Energio, donde además pudo desarrollar formalmente la enseñanza de calistenia tras completar el instructorado específico. “En calistenia exclusivamente llevo unos tres años, pero en pole sport hace once”.</p><p>Su historia deportiva, en realidad, es anterior a todo eso. Mountain bike durante una década, competencias, desafíos. Luego el triatlón, que conjugaba ciclismo, natación y acondicionamiento físico. Hasta que una caída cambió el rumbo. “Pisé un pozo tapado, volé por arriba del manillar y caí de cabeza”. La lesión en la vértebra C5 lo dejó más de un mes con cuello ortopédico y pérdida de sensibilidad en el brazo izquierdo. “La cervical es jodida porque ahí pasan todas las conexiones del cerebro hacia los músculos”, afirma.</p><p>La recuperación fue progresiva. Y fue en ese proceso donde el pole primero y la calistenia luego se transformaron en herramienta y en descubrimiento: “La usé para empezar a recuperarme físicamente y ahí me despertó el amor por la disciplina”.</p><p>La mayoría de quienes llegan a Energio buscando calistenia no lo hacen persiguiendo una proeza atlética. Llegan con curiosidad. Y, muchas veces, con aburrimiento. “Hay gente que no se acostumbra a la rutina tradicional del gimnasio. Les resulta tediosa”, explica Quichi.</p><p>La diferencia —dice— no está en levantar más peso sino en cómo se usa el cuerpo. En la calistenia no se persigue únicamente la hipertrofia, aunque también pueda lograrse. “No trabajamos grupos musculares específicos como cuando hacés un curl de bíceps y aislás el músculo. Acá el bíceps trabaja, pero también trabajan los hombros, la espalda, toda la cadena asociada”.</p><p>La autocarga —el propio peso corporal— genera algo más que fuerza: genera control. Libertad de movimiento. Coordinación. Conciencia corporal. Y eso cambia la experiencia. “No es tan aburrido porque te lleva al desafío. Colgarse, hacer una inversión, intentar una vertical”.</p><p>Nada es inmediato. Todo es progresivo. Y en ese proceso aparece algo que para él es central: la autoestima. “Hay gente que jamás pensó en hacer una vertical y en un par de meses la está haciendo. Y se siente bien consigo misma. Siente que puede hacer otras cosas”.</p>&nbsp;<p>Quichi insiste en bajar la fantasía de las redes sociales. Los videos que circulan muestran atletas que dedican horas diarias al entrenamiento. Pero el que entra a Energio es un trabajador, una trabajadora, alguien que quiere mejorar su salud y sostenerlo en el tiempo.</p><p>Ahí aparece el argumento más profundo de su filosofía: el músculo como herramienta de supervivencia.</p><p>“A partir de los 40 o 45 empezamos a perder masa muscular”, explica. El ejercicio de fuerza no solo la mantiene, también puede desarrollarla. Y agrega un dato que repite como una revelación: el músculo es el único órgano del cuerpo que puede crecer y renovarse continuamente. Pero también puede desaparecer si no se usa.</p><p>Para entenderlo, recurre a la evolución. “Somos seres de hace 30 mil años”. En la selva había que trepar. En la sabana, correr. En cada entorno, el cuerpo se adaptaba. El músculo respondía a la exigencia. Se desarrollaba porque era necesario.</p><p>Hoy el contexto cambió. Conseguir alimento ya no implica horas de búsqueda. “Vamos a la heladera y sacamos 1500 calorías en minutos”. El gasto energético se redujo drásticamente. El cuerpo, entonces, entra en modo ahorro. Si no hay necesidad de fuerza, la elimina. Porque el músculo consume energía. Y el organismo está programado para economizar.</p><p>Por eso habla de volver a las raíces. No para imitar acrobacias imposibles, sino para recuperar el movimiento natural: saltar, trepar, sostener el propio peso. Con objetivos realistas. Con conciencia de que al otro día hay que trabajar, cuidar hijos, hacer compras.</p><p>“Lo importante es mantenerse saludable con el movimiento y usar nuestra masa muscular”, resume.</p><p>Hay otra palabra que aparece seguido en su discurso: lesión. “Si te lesionás, parás. Y si parás, después cuesta arrancar”. Por eso insiste en empezar despacio. A veces incluso baja expectativas. Los alumnos llegan con ideas que vieron o escucharon. Él los trae a tierra. “Empecemos de a poco. Si el potencial está, avanzamos. Si no, vamos de menos a más”.</p><p>No hay épica exagerada. Hay progresión. Hay paciencia. Hay constancia. Y en esa constancia —dice— está la verdadera transformación.</p><p>Las clases son grupales, pero con progresiones adaptadas. Hay alumnos de 20 años y otros de más de 60. “La calistenia es amplia, no es prohibitiva de otras actividades. Podés jugar al fútbol, hacer pádel o musculación y usarla como complemento”.</p>El tesoro de la calidad de vida<p>Cuando habla de calidad de vida, la reflexión se vuelve personal. Recuerda la experiencia con su padre tras un ACV y la dependencia física que implicó. “Es feo porque uno no quiere ser una carga”. Y ahí vuelve a la sentadilla, ese gesto simple que resume autonomía: “Es lo que te levanta del piso, de la cama, del sanitario”.</p><p>Fuera del gimnasio, Quichi es inquieto. Pasión por las motos y la mecánica, armar y desarmar, música —fue profesor de guitarra a los 14—, ama la naturaleza y los desafíos. “Me apasiona la vida. Me apasiona vivir y estar en movimiento”. No puede estar demasiado tiempo quieto.</p><p>Hoy su foco está en sus hijos: una hija de 22 años, próxima ingeniera civil, y un nene de 10. Ambos, cuenta, heredaron algo de sus pasiones. “Los chicos son como flechas que uno apunta y salen disparadas. Después no sabemos para dónde. Tratamos de apuntarlos para el lado de lo bueno”.</p><p>En definitiva, su mensaje es simple: moverse no es una moda. Es una decisión que se paga sola con el tiempo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/R3hzvyh0lJa-UqAjIRJXT0U7rno=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/eduardo_quichi_6.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Pasó por el mountain bike, el triatlón, el pole sport y una lesión cervical que lo obligó a reconstruirse desde cero. Hoy, a los 52 años, enseña calistenia y sostiene una convicción simple pero profunda: entrenar no es una cuestión estética, es una apuesta a la autonomía y a la calidad de vida futura.]]>
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                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-02-14T13:00:13+00:00</published>
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            Pablo Albarracín : “El carnaval es contención, inclusión y familia”
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/R5EHVS2h9Ne0YfeMg3vb2HSrxUA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/pablo_albarracin_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hablar de carnaval en San Francisco y la región es, para muchos, hablar de Pablo Albarracín. Bailarín, coreógrafo, director y creador de la comparsa Sueños de Luna, su historia personal está atravesada de punta a punta por el ritmo, el movimiento y una forma de entender el arte como herramienta de expresión, pertenencia, inclusión y contención. En diálogo con Posta/LA VOZ DE SAN JUSTO, repasa sus comienzos, el camino que lo llevó a fundar su propia comparsa y el sentido profundo que el carnaval tiene en su vida.</p><p>“Desde muy chico siempre me gustó el baile”, cuenta. “Si bien hice otros deportes, siempre me tiró más el arte. Mis comienzos fueron en el folclore y después fui incursionando en diferentes danzas”, agregó. Sus primeros pasos fueron en el folclore y, con el tiempo, fue sumando distintas danzas que ampliaron su formación. Ese recorrido lo llevó a integrar espacios clave del carnaval local.</p><p>Ese tránsito no fue casual. En cada experiencia, Albarracín fue construyendo una identidad artística propia que terminó encontrando en el carnaval algo que no halló en ninguna otra disciplina. “El carnaval tiene algo que en todas las danzas que estudié no encontré”, afirmó. “Estudié comedia musical, hice teatro, estuve en Carlos Paz haciendo varias obras, fui bailarín, fui actor, y sin embargo el carnaval es algo que me puede”, añadió. Sin embargo, ninguna de esas experiencias logró desplazar al carnaval del centro de su vida. “La libertad de expresión. Eso es lo que tiene de diferente”, define.</p>Elegir el carnaval<p>Aun cuando se le abrieron otras oportunidades profesionales, Albarracín eligió quedarse. “Hace dos o tres años que me vienen insistiendo para que me vaya a hacer temporada a Camboriú, Brasil, pero el carnaval me atrapa de otra manera”, reconoce. “No sé qué es, pero tiene algo que no encuentro en otro lado”, indicó.</p><p>Esa elección lo llevó también a animarse a un desafío mayor: crear y sostener su propia comparsa. “Cuesta muchísimo. Es un proceso inmenso”, dice sin rodeos. “Primero está descubrir el poder de confiar en uno mismo, el sueño propio. La construcción de todo eso conlleva muchísimas cosas: amor, disciplina y constancia”, señaló. “La construcción conlleva amor, disciplina y muchísimo trabajo”, indicó.</p><p>Hoy, Sueños de Luna es una de las comparsas más grandes de la ciudad y la región. “Tengo alrededor de 100 integrantes. El año pasado, en los carnavales de La Milka, llegamos a ser 113”, detalla. Detrás de ese número hay una tarea diaria que recae, en gran parte, sobre él.</p>El trabajo invisible<p>Albarracín es el corazón organizativo de Sueños de Luna. “Me dedico a hacer el vestuario de todos los chicos, armar las coreografías y trabajar en las carrozas”, explicó. La comparsa cuenta con diez carrozas, que él mismo diseña y arma, con la colaboración de mujeres que lo acompañan, pero siempre bajo su coordinación.</p><p>El trabajo no se limita a los meses previos al carnaval. “Nosotros trabajamos todo el año. Antes entrábamos al taller a las ocho de la noche y nos íbamos a las cuatro o cinco de la mañana. Mucha gente trabajaba, nos íbamos muy cansados, muy mal dormidos”, señaló. Durante mucho tiempo, el vestuario se confeccionó de manera completamente artesanal, lo que implicaba jornadas extenuantes.</p><p>Con el paso del tiempo, debieron replantear la modalidad. “Empezamos a comprar los trajes armados porque es muchísimo más barato, tanto en materiales como en tiempo. Después los modificamos, les aplicamos técnicas y los adaptamos a las temáticas que armamos”, agregó. Aunque alivió parte de la carga, el proceso sigue siendo intenso y constante.</p>Sueños de Luna como familia<p>El nombre de la comparsa condensa mucho de su mirada. “Sueños de Luna es el sueño de la noche de carnaval”, explica. “Para mí es mi vida, es mi pasión, es mi hogar, mi lugar en el mundo, mi familia. Es la familia que uno elige tener y con la que elige compartir”, señaló con emoción. Pero, para él, va mucho más allá.</p><p>Durante el año hay un grupo estable de unas 50 personas que sostienen el trabajo cotidiano, principalmente en percusión y baile. “Es la gente que está todo el año. A veces intentamos tomarnos 15 días de vacaciones, pero nunca llegamos a cumplirlos. Siempre alguien extraña, alguien necesita”, cuenta.</p><p>Ese vínculo cotidiano convirtió al espacio en algo más que un lugar de ensayo. “Muchas veces nos juntamos a comer, compartimos cenas o mates. Siempre hay un grupo que se queda. Se genera una contención muy grande”, relató.</p>El rol social del carnaval<p>Para Albarracín, el carnaval tiene un valor que excede lo artístico. “Es un espacio artístico-cultural que brinda muchísima contención a niños, jóvenes y adultos”, sostiene. “Tengo un grupo de mujeres grandes que están descubriendo este mundo de grandes, algo que tal vez de niñas o jóvenes no pudieron”, agregó. En Sueños de Luna conviven realidades diversas y trayectorias atravesadas por distintas problemáticas.</p><p>También formaron parte personas trans, chicos con síndrome de Down, jóvenes con retrasos madurativos y personas que atravesaron consumos problemáticos.</p><p>Algunas historias lo marcaron especialmente. “He tenido chicos con problemas de adicción, chicas que estaban metidas en la prostitución, en la droga. Una de ellas siempre dice que gracias a la comparsa fue rescatada de toda esa oscuridad. Esa es la satisfacción mayor”, confiesa con alegría.</p><p>“Muchos piensan que estar en una comparsa es solo bailar y mover el culo, pero hay un trabajo detrás de escena inmenso. Hay mucha inclusión y eso es muy importante hoy en día”, reflexionó. En su caso, siente que ese trabajo tiene un plus: “Yo trabajo mucho con gente vulnerable, con niños y jóvenes de San Francisco, Frontera, Josefina y de muchos pueblos de la región. Todos buscan contención”.</p>Una relación que se construye con el barrio<p>Albarracín también se detiene en el vínculo entre San Francisco y el carnaval. “Hace 10 u 11 años que llevamos el carnaval en barrio La Milka”, señala.</p><p>Además, valora especialmente los carnavales barriales. “Amamos ir a los carnavales de barrio Parque, son de los más familieros y lindos que hay. También los de San Cayetano, que eran chiquitos pero preciosos”, relató. En La Milka, el apoyo vecinal es clave: “Los vecinos nos ayudan a limpiar las calles, a armar las sillas. Nos bancan todo el año, eso es algo muy lindo”.</p>El presente y lo que viene<p>El presente de Pablo Albarracín y Sueños de Luna es intenso. Fechas dobles, presentaciones en distintos pueblos, actuaciones en las sierras y también en San Francisco forman parte de un cronograma cargado. “Es una agenda muy linda”, dice.</p><p>Mientras tanto, él sigue sosteniendo el mismo motor que lo impulsó desde el comienzo: el amor por el carnaval. Para Albarracín, no se trata solo de una fiesta. Es una elección de vida, un espacio donde el arte se transforma en identidad, en familia y en oportunidad para muchos otros.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/R5EHVS2h9Ne0YfeMg3vb2HSrxUA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/pablo_albarracin_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Bailarín, coreógrafo y creador de la comparsa Sueños de Luna, Pablo Albarracín encontró en el carnaval mucho más que una fiesta. Desde la libertad de expresión hasta la contención social, construyó un proyecto que atraviesa su vida y la de cientos de personas. Una historia de elección, trabajo silencioso e inclusión que se sostiene durante todo el año en San Francisco y la región.]]>
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                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-02-07T12:52:05+00:00</published>
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            De los residuos a los ecomateriales: el trabajo de María Eugenia Taverna desde la ciencia
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4LZRLU9CHEMDx7TBk0zS5l0Khx4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/maria_eugenia_taverna.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Transformar residuos en nuevos materiales, tender puentes entre la investigación científica y la realidad social, y generar conciencia ambiental desde lo cotidiano. Ese es el eje del trabajo que viene desarrollando María Eugenia Taverna, ingeniera química formada en la Facultad Regional San Francisco de la UTN, doctora en química y actual investigadora del Conicet, docente universitaria y referente en el abordaje de los ecomateriales a partir del reciclado de plásticos.</p><p>Su recorrido académico comenzó en nuestra ciudad, donde se recibió de ingeniera química, y continuó con un doctorado en la Universidad Nacional del Litoral, dentro de un grupo de investigación especializado en polímeros. Desde ese ámbito estrictamente científico, en 2019 surgió la posibilidad de dar un paso más: llevar el conocimiento generado en el laboratorio hacia un plano social y comunitario.</p><p>La oportunidad llegó a través de una convocatoria de la Fundación Losano, que le permitió pensar un proyecto con impacto local. “La idea fue poder hacer ecomateriales con los residuos plásticos de la cooperativa La Virgencita, acá en San Francisco”, explicó a Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO. El desafío era claro: recuperar materiales descartados y convertirlos en nuevos elementos con utilidad concreta.</p><p>Para Taverna, el concepto de ecomaterial tiene una definición sencilla pero profunda. “Es tratar de recuperar residuos plásticos, de los que usamos todos los días, para producir otro elemento que pueda utilizarse”, señaló. No se trata solo de reciclar, sino de revalorizar aquello que generalmente se descarta sin pensar en su destino final.</p><p>La experiencia con la cooperativa fue uno de los aspectos más significativos del proyecto. Más allá del resultado técnico, el trabajo compartido le permitió conocer de cerca otra realidad y sumar una dimensión humana a su formación. “Fue una experiencia muy linda. Me permitió crecer académicamente, pero también personalmente”, afirmó. El contacto cotidiano con las personas que integran la cooperativa le dejó una huella profunda.</p><p>Desde su mirada, el abordaje de los residuos y el reciclado es un desafío global, aunque con realidades muy distintas según los países. Durante una estancia en España, Taverna pudo observar que en algunos lugares la separación y disposición de residuos está mucho más incorporada a la vida cotidiana. Sin embargo, remarcó que para que eso ocurra es clave el rol del Estado. “Se necesitan más políticas a nivel regional, municipal y de gobierno que puedan llevar adelante este tipo de iniciativas”, sostuvo.</p><p>También reconoció que, aunque existen avances, todavía falta camino por recorrer. Muchas investigaciones, explicó, se quedan en pruebas de concepto, en escalas muy pequeñas, y el gran desafío es poder ampliarlas y llevarlas a una aplicación más extendida que permita una mejor recuperación de los residuos.</p><p>Actualmente, Taverna vive en Santo Tomé, pero mantiene un vínculo permanente con San Francisco. Desde su paso por la UTN local, participó en experiencias vinculadas a la separación de residuos, junto a grupos de buenas prácticas sustentables. “Hay buena voluntad y predisposición, pero muchas veces no es fácil, porque una vez que uno separa los residuos, hay que encontrarles un destino”, advirtió.</p><p>Ese punto, señaló, suele ser donde fallan los sistemas de reciclado. Aun así, destacó que se trata de procesos graduales, que requieren tiempo y, sobre todo, concientización social. “Es de a poquito, porque necesita mucha conciencia de parte de la sociedad”, remarcó.</p><p>En cuanto a los destinos posibles de los residuos, mencionó que en San Francisco el cartón y el papel tienen uno de los circuitos más aceitados. A través de cooperativas y puntos de recolección, esos materiales se comercializan luego con empresas del rubro, cerrando el ciclo de reciclado de manera eficiente. “Es uno de los materiales que mejor reciclado tiene en relación a todo lo que generamos”, indicó.</p><p>En ese esquema, la existencia de cooperativas como La Virgencita cumple un rol fundamental. No solo facilitan la recuperación de residuos, sino que también generan inclusión social y trabajo digno. “Ayuda a esas personas a sentirse útiles, a tener un trabajo digno, aunque sea muy arduo, porque recorren la ciudad con carros recolectando cartón”, expresó.</p><p>Más allá de las políticas públicas y los proyectos institucionales, Taverna puso el foco en las acciones individuales. Para ella, muchas prácticas cotidianas pueden marcar la diferencia. Desde evitar el exceso de packaging en productos como frutas y verduras, hasta cuidar el uso del agua o no arrojar papeles en la vía pública. “Parecen cosas simples, pero muchas veces no tenemos esa educación”, reflexionó.</p><p>También hizo referencia a problemáticas visibles en la ciudad, como la formación de microbasurales, y sostuvo que todas esas pequeñas decisiones diarias están al alcance de cualquier persona. “Son prácticas simples que podemos hacer todos”, afirmó.</p><p>En relación a los Puntos Verdes instalados en San Francisco, consideró que se trata de una política positiva y necesaria. “Es un punto de partida para poder separar residuos. Quizás al principio en categorías más simples, pero sirve para empezar”, destacó, y agregó que este tipo de iniciativas pueden incentivar a los vecinos a involucrarse.</p><p>De cara al futuro, Taverna continúa trabajando en investigación vinculada al aprovechamiento de residuos. Uno de sus principales objetivos es lograr que los desarrollos que hoy se realizan a pequeña escala puedan ampliarse y tener mayor impacto. “Me gustaría que todo lo que hacemos como prueba de concepto se pudiera escalar”, afirmó.</p><p>También expresó su deseo de que crezca la conciencia ambiental en la sociedad y de poder seguir trabajando junto a cooperativas y espacios comunitarios.</p><p>Respecto al nivel de conciencia ambiental actual, consideró que se están dando avances, aunque subrayó la importancia de trabajar especialmente con las infancias. “El público que debería ser abordado son los chicos, los niños de cinco o seis años. Hay que educar desde muy temprano”, sostuvo.</p><p>En lo profesional, María Eugenia Taverna se desempeña como docente en la UTN, integra el (Ingeniería de Procesos Sustentables) dirigido por la doctora Alfonsina Andreatta, es docente de la UNL (Universidad Nacional del Litoral) e investigadora adjunta del CONICET en un instituto de Santa Fe, lo que implica viajar semanalmente para cumplir con sus tareas académicas y científicas.</p><p>Desde la investigación, la docencia y el trabajo territorial, su recorrido demuestra que la ciencia también puede ser una herramienta concreta para pensar soluciones ambientales con impacto social, ancladas en el territorio y construidas de manera colectiva.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4LZRLU9CHEMDx7TBk0zS5l0Khx4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/maria_eugenia_taverna.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Desde la investigación científica hasta el trabajo con cooperativas locales, esta ingeniera química impulsa el desarrollo de ecomateriales a partir de la basura, y propone repensar la forma en que producimos y descartamos: “Un vez que uno separa los residuos, hay que encontrarles un destino”.]]>
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                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
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            Del básquet a los caballos: el camino  que José Crespo eligió para sembrar raíces
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/5eM_aWOj-EPiKymKymh9NTpnb8c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/jose_crespo.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Por Cecilia Castagno | LVSJ&nbsp;<p>&nbsp;</p><p>José Antonio Crespo tiene 54 años y una historia que se construyó lejos de los mandatos. No nació entre caballos ni creció en un campo. Llegó a San Francisco desde Salta Capital para jugar al básquet profesional y, con el tiempo, se transformó en un referente de la cultura del caballo en la ciudad. Hoy es el impulsor de El Refugio Escuela de Equitación, un espacio que funciona desde hace varios años y que resume su forma de entender la vida: respeto, paciencia, transmisión y raíces.</p><p>“Yo no vengo de una familia de caballos”, aclara de entrada. “Soy salteño, vine a jugar al básquet a San Francisco. El vínculo con los caballos lo fui construyendo con los años”, cuenta en diálogo con Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO. Su acercamiento a este mundo no fue por herencia, sino por elección. Y también por una convicción profunda de que las tradiciones se sostienen cuando alguien decide cuidarlas.</p><p>El punto de partida fue en 2016, casi sin darse cuenta. José integraba la agrupación tradicionalista El Matrero y participaba de un desfile patrio del 25 de Mayo. Al terminar, algunos vecinos se acercaron para pedir si podían dar una vuelta a sus hijos en los caballos. “Habían parado a otros gauchos y no los habían querido llevar. Yo dije: qué buena idea esto, porque hay muchos chicos que quieren montar y no tienen la posibilidad”, recuerda. Subió a dos nenes junto a un amigo y los hizo recorrer unos metros. “Se fueron felices. Y ahí se me quedó eso en la cabeza”, confiesa.</p><p>En ese momento no tenía espacio ni proyecto. Trabajaba en la fábrica de muebles de caño Aimaretti y tenía apenas dos o tres caballos propios. “Empecé a ver la necesidad, sobre todo de los chicos. No es fácil tener un caballo”, explica. Con su esposa, Natalia Callieri, madre de tres de sus cuatro hijos, decidió dar un paso más: imprimieron panfletos y los llevaron a la escuela Sarmiento, donde estudiaba uno de sus hijos. Así comenzaron las primeras experiencias, en un terreno prestado.</p><p>“Yo me considero un sembrador, por lo nuestro, por las raíces y por las tradiciones, porque creo que estas cosas se sostienen cuando alguien decide cuidarlas y transmitirlas”</p><p>“Arrancamos con una profe de Educación Física, Lorena Giordani, que llevó chicos. Y así empecé, en un espacio que no era mío”, relata. Luego buscó un lugar propio hasta encontrar el predio actual, en Urquiza y Roma, en el acceso norte de la ciudad. “Era un espacio abandonado. Empezamos a limpiar, a desmalezar, con los caballos. Encontré un monte espectacular”, describe.</p><p>Hoy El Refugio no es solo un espacio de equitación. Es también un lugar de contacto con la naturaleza. “Siempre estamos forestando. Este año plantamos más árboles y cítricos: mandarinas, naranjas, todo con semillas. La idea es que los chicos se lleven ese contacto con la tierra”, explica. Incluso, son los propios chicos quienes plantan algunas especies. “Para que sean parte de la historia”, resume.</p><p>José habla de “sembrar” casi como una filosofía de vida. “Yo me considero un sembrador. Por lo nuestro, por las raíces, por las tradiciones”, dice. Para él, la cultura del caballo sigue vigente, aunque reconoce cambios. Consultado por el debate en torno a la doma y el Festival de Jesús María, evita la polémica, pero reflexiona: “La idea es que no se pierda, que siga, que siga mejorando. Antes había más rigor. Hoy hay más conciencia”.</p><p>“No es que se busque lastimar al caballo”, afirma. “Hay controles veterinarios, se cuida cómo llega y cómo sale el animal. Si se lastima, puede ser por una caída, pero no porque se busque dañarlo”. Y agrega: “Se trabaja para mejorar la genética, como en cualquier disciplina”.</p><p>&nbsp;</p>A paso de caballo, una forma de transmitir valores. Este verano, El Refugio organiza cabalgatas.<p>En El Refugio viven 18 caballos. La más antigua es “La Viejita”, una yegua de 28 años. “Siempre se mantiene gordita, linda”, dice con una sonrisa mientras la observa galopar. “Este trabajo demanda todo el día. Yo vengo a las seis de la mañana y me voy a las nueve de la noche”, reconoce.</p><p>Su primer caballo fue también su mayor maestro. “Lo compré con ocho meses, era chúcaro. Todo lo que aprendí sobre caballos lo aprendí acá, en San Francisco”, cuenta. Frente a los consejos de usar el rigor, eligió otro camino. “Siempre pensé en llegar al animal desde el buen trato”. Por eso se formó, hizo cursos de doma, manejo, equinoterapia. “Ese caballo me llevó a hacer cursos y hoy soy instructor”, afirma. El animal, sin embargo, tuvo un final trágico tras una lesión grave. “Tuvimos que sacrificarlo. Fue muy duro”, recuerda.</p><p>&nbsp;</p>Cabalgatas para acercar la ruralidad a la ciudad<p>Además de la escuela, José organiza cabalgatas para chicos y adultos. “Es una forma de vivenciar la ruralidad desde la ciudad”, explica Crespo. Las salidas recorren caminos rurales y no es necesario tener caballo propio. “Nosotros brindamos todo: caballo, montura, frenos. La idea es que disfruten”, asegura. Y remarca la importancia de inscribirse con anticipación. Los interesados pueden realizar la inscripción a través del perfil de Instagram @elrefugio_josecrespo o comunicándose por WhatsApp al 3564 41-0564.</p><p>Antes de los caballos, la vida de José giraba alrededor de una pelota naranja. Llegó a San Francisco en 2006 para jugar en la Primera del club San Isidro. “Ganamos el Provincial en 2010 y ascendimos. Jugué una temporada más en la B”, recuerda. Luego pasó por El Ceibo y se retiró por las lesiones y la edad. “Tenía 38 años”, precisa.</p><p>&nbsp;</p>José Crespo (centro) y un recuerdo de su vida con el básquet. La foto con Emanuel Ginóbili al presenciar un juego de la Selección Argentina.<p>Su decisión de quedarse en la ciudad también tuvo que ver con el amor. Aquí formó su familia y atravesó distintos trabajos hasta dedicarse de lleno a lo que le apasiona. Incluso un grave accidente con caballos no logró alejarlo. “Me quebré el brazo, tuve desplazamiento de pelvis y dislocación de rodilla”, relata. “No me enojé con el caballo. Creo que fue un mensaje para frenar un poco”, reflexiona desde su fe.</p><p>&nbsp;</p>Una travesía a los pagos de Yupanqui<p>La pasión sigue intacta. El próximo 31 de enero, iniciará junto a un amigo una travesía a caballo con destino a Cerro Colorado, como forma de rendir homenaje a Atahualpa Yupanqui. La idea, cuenta, venía rondándole desde hacía tiempo. El recorrido tendrá como punto de llegada a la localidad cordobesa que el músico y poeta eligió como lugar de vida, donde construyó su casa y residió durante muchos años, y que quedó para siempre ligada a su obra y legado cultural. “Era algo que me daba vueltas en la cabeza”, confiesa José.</p><p>Cuando habla de valores, no duda: respeto, comunicación y cuidado. “El caballo te avisa. Agacha la oreja, se corre. Hay que aprender su lenguaje”, explica. Su espacio, dice, está abierto a todos. “La idea es transmitir. Yo lo poco que sé quiero transmitirlo todo, porque alguien tiene que seguir con esto”.</p><p>En tiempos acelerados, José Crespo eligió otro ritmo. El del caballo, la tierra y la tradición que se sostiene cuando alguien decide no dejarla caer.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/5eM_aWOj-EPiKymKymh9NTpnb8c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/jose_crespo.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Llegó desde Salta a San Francisco para jugar al básquet profesional y fue campeón con San Isidro, pero encontró en los caballos un camino de identidad, resiliencia y enseñanza. Desde El Refugio, su escuela de equitación, José defiende la cultura campera, organiza cabalgatas y transmite valores ligados al cuidado, la naturaleza y las tradiciones que busca mantener vivas.]]>
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                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-01-24T13:00:00+00:00</published>
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            Vesca, de San Francisco al mundo, en clave electrónica
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/NQVx6U_XJMsHXmQnwC2OCq8bG5o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/agostina_glescic.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Por María Laura Ferrero | LVSJ&nbsp;<p>El regreso no es uno más. Después de seis años sin pasar la Navidad y el Año Nuevo en San Francisco, Agostina Glescic camina otra vez por las calles que la vieron crecer. Observa el Centro Cívico renovado, las plazas más lindas y las obras en marcha. “Cada vez que vengo me sorprendo más. La ciudad está hermosa, muy cuidada”, dice, mientras se reencuentra con amigos de siempre, con vecinos, con esa vida cotidiana que no aparece en ninguna gira internacional pero que sigue siendo esencial.</p><p>Radicada en Cancún, México, y con una agenda marcada por vuelos, sets nocturnos y cambios constantes de ciudad, este regreso tiene algo de pausa. “Estamos todos juntos otra vez. Mis padres, mis hermanas, mis sobrinas, la familia. Eso no tiene precio”, confiesa.</p><p>Agostina tiene 32 años. Nació en Sierra Grande, provincia de Río Negro, pero desde los cuatro vive en San Francisco, el lugar al que siempre vuelve. Su nombre artístico, Vesca, no es casual. “Significa mariposa nocturna en esloveno y está ligado al origen de mi apellido”, explica. La mariposa se convirtió en símbolo, logo e identidad. Representa transformación, movimiento y búsqueda: tres palabras que definen su recorrido.</p><p>&nbsp;</p>&nbsp;Un comienzo sin plan<p>&nbsp;La música no apareció como un proyecto profesional. En 2018, durante una estadía en Perú, todo empezó casi como un juego. “Yo era la que armaba las playlists en las fiestas. Siempre me pedían que pusiera la música y un día pensé que podía ser buena para esto”, recuerda. Compró su primera consola y se encontró con un universo desconocido. “Al principio no entendía nada, era chino para mí”, admite. Pero insistió: clases, tutoriales, preguntas, práctica. Mucha práctica.</p><p>Ese proceso marcó una forma de trabajar que todavía sostiene. “Esto no es inmediato. No se construye de un día para el otro. Hay que tener paciencia”, afirma.</p>De regreso en San Francisco para pasar las fiestas, Vesca recorrió el Centro Cívico renovado, uno de los espacios que más la sorprendió en esta vuelta a la ciudad. (Fotos Manuel Ruiz)<p>Con el tiempo, el hobby empezó a tomar forma de profesión. A la técnica de mezcla se sumó la producción musical, el estudio de géneros y una mirada más amplia sobre la industria. “Si querés crecer, tenés que producir tu propia música y tener una estructura: redes, plataformas, presencia”, explica. Spotify, SoundCloud y Beatport forman parte de esa base, aunque aclara que no lo son todo. “Podés tener buenas redes, pero si no tocás bien, no se sostiene. Es un combo”.</p><p>También hubo un trabajo consciente sobre la imagen. “Es una industria liderada por el género masculino. Yo busqué un perfil más neutro, para que se me tome en cuenta por la música y no por lo físico”.</p><p>&nbsp;</p>&nbsp;México como escenario<p>&nbsp;En 2019 llegó a Cancún. El contexto fue clave. “Es una zona turística, con muchísima movida. En Tulum y Playa del Carmen hay fiestas todo el tiempo: en hoteles, playas, yates”. Allí encontró oportunidades, pero también una competencia fuerte.</p><p>El salto simbólico llegó en 2022, con su primer evento masivo en Playa del Carmen. “Fue en la playa, con muchísima gente. Ahí sentí que empezaba una etapa más profesional”, recuerda.</p><p>En Cancún también conoció a Daniel, su pareja, quien con el tiempo se transformó en su manager. “Él me ayudó a llevar la carrera a otro nivel”, reconoce Vesca. Su acompañamiento fue clave para ordenar la estructura profesional, planificar giras y posicionarla en escenarios internacionales.</p>Vesca durante uno de sus sets en el exterior.&nbsp;<p>Desde la organización de fechas hasta la estrategia de crecimiento, el trabajo conjunto marcó un antes y un después. “Cuando encontrás a alguien que cree en vos y en tu proyecto, todo se hace más sólido”, resume.</p><p>En México vive también Macarena, su hermana menor, quien se convirtió en un sostén fundamental en su vida diaria. Compartir la ciudad y la rutina aliviana la distancia con el resto de la familia. “No estar sola hace una gran diferencia”, dice.</p><p>Entre viajes, presentaciones y hoteles, ese vínculo cercano funciona como ancla emocional. La carrera avanza, pero la vida personal encuentra allí un equilibrio necesario.</p><p>&nbsp;</p>&nbsp;Una carrera en movimiento<p>&nbsp;Desde México, su nombre empezó a circular con más fuerza. Vesca giró por distintas ciudades de Chile, donde asegura sentirse siempre muy bien recibida, y también tocó en Polonia, Israel, Italia, Guatemala, Argentina y diferentes puntos de México. “Trato de planificar las fechas con anticipación y no repetir ciudades en el mismo año. Cada gira suma público nuevo”.</p><p>Hoy supera los 62 mil seguidores en redes sociales, un crecimiento que se acelera después de cada tour. “Es poco a poco. La gente te va conociendo con el tiempo”, señala.</p><p>&nbsp;</p>&nbsp;El sonido propio<p>&nbsp;Sus sets se mueven principalmente entre el Melodic Techno y el Indie Dance, con influencias del Progressive House. “Los estilos dependen mucho del lugar. En Argentina se escucha mucho progressive; en Tulum, por ejemplo, el Afro House”. Su identidad, asegura, está en la combinación de sonido, estética y presencia escénica. “Todo eso me representa”.</p><p>&nbsp;</p>&nbsp;El costo del sueño<p>Lejos del imaginario de la fiesta permanente, la rutina es exigente. “En una gira de cuatro días viajé seis veces en avión. A veces no dormís”, cuenta. Muchas veces viaja sola. “Te tiene que gustar mucho esto. No es vivir de joda. Yo me encargo de que los otros disfruten la fiesta”.</p><p>La disciplina, el cuidado personal y la concentración forman parte del trabajo. “Hay mucho esfuerzo detrás de cada show”.</p><p>Uno de los momentos bisagra fue la publicación de sus Live Sets en YouTube. “El primero explotó. Lo compartieron por todos lados”. Desde entonces, la exposición creció, pero también la exigencia. “Siempre trato de mejorar, no solo en lo musical, sino también en la performance”.</p><p>&nbsp;</p>&nbsp;Lo que vendrá<p>&nbsp;Entre sus objetivos aparece tocar en festivales cada vez más importantes. El sueño máximo es Tomorrowland, en el escenario principal. Más cerca en el calendario, el Zaman Festival de Tulum, uno de los eventos más relevantes de la escena electrónica actual.</p>&nbsp;Un deseo pendiente<p>&nbsp;Antes de volver a México, Vesca confiesa una ilusión: tocar en San Francisco, especialmente en una fiesta de fin de año, en algún boliche local. “Me encantaría”, admite. Esta vez no será posible. Las celebraciones familiares la llevarán a Villa María, a la casa de su hermana mayor, Magalí, donde se reunirán para despedir el año juntos. La idea queda latente, como una deuda amable con la ciudad que la vio crecer.</p>&nbsp;&nbsp;Volver siempre<p>Cada regreso le permite mirar la ciudad con otros ojos. “La veo muy renovada, con muchas obras, la peatonal transformada, la plaza hermosa”, describe. Pero hay algo que no cambia. “La gente sigue siendo la misma. Mis amigos de siempre, el barrio”.</p><p>Vesca sigue en movimiento. Encontró en México un lugar donde se siente cómoda y profesionalmente contenida. Cancún es hoy su base, desde donde proyecta giras y nuevos desafíos. Pero San Francisco sigue siendo el lugar al que le gusta regresar. No como escenario artístico —al menos por ahora— sino como espacio afectivo. Allí están los abrazos que no se negocian, las mesas familiares y la certeza de volver a ser, por un rato, simplemente Agostina.</p><p>Desde ese equilibrio entre mundo y origen, entre escenario y casa, la DJ sanfrancisqueña continúa construyendo su camino. Sin atajos. Con paciencia. Como una mariposa nocturna que sabe volar lejos, pero nunca olvida dónde están sus raíces.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/NQVx6U_XJMsHXmQnwC2OCq8bG5o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/agostina_glescic.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Después de una intensa gira por Chile y con Cancún como base desde hace varios años, Agostina Glescic volvió a San Francisco para pasar las fiestas en familia. Conocida artísticamente como Vesca, la DJ sanfrancisqueña construyó una carrera internacional en la música electrónica a fuerza de constancia, formación y decisiones sostenidas en el tiempo, sin perder el vínculo con la ciudad donde están sus afectos más profundos.]]>
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                <published>2025-12-27T12:29:00+00:00</published>
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            Caro y Pauli, el arte de valorar el tiempo para volver a encontrarnos
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/y6Dm8t7DFrNINuBdJ7lYvUpTqSY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/carolina_casuscelli_y_pauli.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En una casita de barrio, a pocos metros de la Plaza General Paz, el ruido de la ciudad se diluye apenas uno cruza la puerta. Allí no hay relojes apurando ni agendas cargadas. Hay papel, mates, miradas y silencios que hablan. Ese espacio se llama Celebrarte y nació, sin planificación ni estrategia, de un encuentro que cambió dos vidas para siempre.</p><p>La historia comienza en 2009, cuando Carolina Casuscelli, con 26 años, viviendo en Buenos Aires realizó una experiencia de voluntariado en el Cottolengo de Claypole. No fue una elección pensada ni buscada: simplemente surgió la posibilidad y decidió aceptarla. En ese mes de convivencia, Carolina conoció a Paula Aguirre, hoy de 42 años, residente del lugar, quien vive la experiencia de la discapacidad motriz e intelectual profunda. Lo que entonces no podía imaginar era que ese encuentro se convertiría en el eje de su vida.</p><p>Pauli vivió en la ex Casa Cuna, hoy Hospital Elizalde, y permaneció allí hasta los seis años. En septiembre de 1989 llegó al Cottolengo, donde creció y vivió gran parte de su vida. No tiene contacto con su familia biológica. Para Carolina, sumarla a su vida también fue un proceso profundo, de descubrimiento y transformación. “En el Cottolengo encontré eso que venía buscando desde hacía mucho tiempo: la motivación y el sentido de mi vida”, reconoce.</p><p>Desde que se conocieron y se eligieron, nunca más se separaron. Hoy viven juntas en San Francisco, donde Carolina es la figura de apoyo de Pauli, tal como lo establece la Ley Nacional de Salud Mental (26.657), que reconoce el sistema de apoyos para acompañar a las personas en el ejercicio de sus derechos y en la toma de decisiones.</p><p>Cuando el tiempo se vuelve un regalo</p><p>Carolina suele decir que Celebrarte se fundó el día que conoció a Pauli. “La dinámica de la agenda se detuvo al empezar a compartir la vida con ella. Yo no podía seguir haciendo tantas cosas y Pauli me regaló esa pausa, ese hacer todo más lento, más despacito”, explicó en diálogo con Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO.</p><p>En aquel momento, Carolina se dedicaba a la gastronomía y había estudiado cocina. Sin embargo, ese nuevo ritmo de vida abrió un cambio profundo. Comenzó a transitar un camino ligado a lo terapéutico y hoy se desempeña como terapeuta corporal, acompañando personas desde un enfoque centrado en el cuerpo y en el lenguaje de las sensaciones. “Se abrió una posibilidad mucho más alineada a mi nueva realidad de vida y a descubrir lo que verdaderamente me encajaba”, sostuvo.</p><p>El tiempo compartido con Pauli empezó a tener otra densidad. Eran tiempos “detenidos”, como los define Carolina, momentos en los que la prisa dejaba de tener sentido. Observó que a Pauli le gustaba el aire libre y comprendió que necesitaba encontrar una actividad manual que no dependiera de estar puertas adentro.</p>Carolina describe a su proyecto artístico como una excusa para frenar y mirarnos.<p>El origami apareció casi de manera casual, cuando una amiga le regaló una estrella de papel. “Ahí me pregunté qué era eso y empecé a descubrir que podía llevar papelitos a donde estuviéramos”, recordó. En esos intercambios, en plazas, ferias o encuentros espontáneos, comenzó a plegar papel junto a Pauli y otras personas.</p><p>Con el tiempo entendió que el objetivo no era el resultado final. “Yo siempre digo que no soy una origamista. Hacemos poquitas piezas. Vienen chicos y me muestran dinosaurios increíbles y yo digo: hasta ahí no llego”, contó entre risas. Lo que la enamoró fue la práctica. “El origami está alineado a los procesos, a la pausa, a ir despacito. Es una meditación activa”, explicó.</p><p>La repetición de patrones, la atención puesta en el gesto y el movimiento, comenzaron a revelar algo más profundo. “Hoy sabemos que repetir patrones y enfocar la atención regula nuestro sistema nervioso”, señaló. Para Carolina, plegar y desplegar el papel, expandir y contraer, es una metáfora de la vida misma. “Todo es un reflejo, un espejo de lo que vamos atravesando”, afirmó.</p><p>El latido que nos hace iguales</p><p>Celebrarte fue tomando forma como un proyecto con una fuerte impronta social. Carolina aclara que no se define desde la discapacidad. “Yo no me dedico a la discapacidad. Yo estoy en lo humano”, enfatizó. La presencia de Pauli la invitó a vincularse con realidades fragilizadas, pero desde un lugar de encuentro genuino.</p><p>En ese camino surgieron propuestas diversas: talleres ocasionales de origami para niños, adolescentes y adultos; participación en ferias; y una iniciativa que se volvió símbolo del espacio: los “mates de la vereda”. “Es una excusa barrial para generar espacios de encuentro”, explicó. Sentarse en la vereda, compartir un mate y conversar se transformó en un gesto simple pero profundamente político y humano.</p><p>Este año, Celebrarte impulsó además las “corazonadas navideñas”, una propuesta que se desplegó en cinco espacios comunitarios: la Residencia Femenina, el merendero Casa de Belén de Frontera, el Comedor de La Virgencita, el Refugio Nocturno y La Luciérnaga. Allí armaron arbolitos de Navidad y plegaron corazones de origami junto a personas en contextos de vulnerabilidad.</p>Entre origamis, una casa que invita a celebrar la vida.&nbsp;<p>“El mensaje es que más allá de todo lo que se vea, más allá de las apariencias, todos tenemos un corazón que está latiendo”, explicó Carolina. Para ella, ese latido es el punto de encuentro esencial. Pauli no tiene lenguaje verbal, algo que muchas veces se percibe como una limitación. Sin embargo, Carolina propone otra mirada. “Pauli tiene un sonido que tenemos todos: el latido del corazón. Ese sonido nos hace iguales”, afirmó.</p><p>Conectarse desde ese lugar implica acercarse, estar presentes. “Eso no lo creamos desde las redes sociales”, advirtió. Requiere tiempo, disponibilidad y un gesto concreto hacia el otro. “Cuando regalás una pieza de origami, regalás tiempo”, sostuvo. Tiempo dedicado, tiempo compartido, tiempo puesto al servicio del encuentro.</p><p>“Hoy es fundamental encontrarnos como comunidad, crear espacios donde volver a descubrir que somos humanos”, reflexionó Carolina. Ser signo, como ella lo define: mostrar que otra forma de vincularnos es posible. “No vamos a resolver los problemas sociales, pero sí podemos ser signo de una humanidad posible”, aseguró.</p><p>Celebrarte es eso: una casa abierta, una referencia barrial, un espacio donde la vida se celebra como es. Donde el papel se pliega despacio, el mate se comparte sin apuro y el latido del corazón recuerda que, en lo esencial, todos somos iguales.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/y6Dm8t7DFrNINuBdJ7lYvUpTqSY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/carolina_casuscelli_y_pauli.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Desde una casa de puertas abiertas en San Francisco, Carolina Casuscelli y Pauli construyen un espacio donde el origami es apenas una excusa para algo más profundo: encontrarnos como seres humanos, reconocernos en el latido del corazón y celebrar la vida tal como es.]]>
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                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
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            “Salvar una vida es dar una oportunidad”: la misión que guía a Ariel Galfré, instructor de RCP
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/wZxwlaeC7tKnCyP8-pN2NloDtIU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/ariel_galfre_4.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>A los 44 años, Ariel Martín Galfré habla con una serenidad que no es indiferencia, sino equilibrio. Es enfermero profesional, instructor en primeros socorros, RCP y uso del Desfibrilador Externo Automático (DEA). Desde 2017 recorre escuelas, organizaciones, clubes y espacios públicos enseñando algo que, según él, debería formar parte de la vida cotidiana: saber ayudar cuando el tiempo corre en contra.</p><p>&nbsp;“Primero formé parte de una asociación en Córdoba, donde hice mis capacitaciones, y después surgió la propuesta en San Francisco, impulsada por la Secretaría de Salud municipal. Llevamos miles de personas capacitadas”, recuerda. Entre esas formaciones incluye la enseñanza de la maniobra de Heimlich, vital para asistir casos de asfixia por obstrucción de vías aéreas. Su mensaje es claro: cualquiera puede aprender, cualquiera puede salvar.</p><p>&nbsp;</p>“Tenemos que romper ese miedo a actuar”, exhorta Galfré.<p>Desde sus primeras experiencias aquella convicción no hizo más que fortalecerse. “Estamos en una época en la que todavía muere gente atragantada con un cuerpo extraño cuando existen maniobras que pueden sacarla de esa situación. No podemos permitir que eso siga pasando”, reflexiona en diálogo con Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO.</p><p>&nbsp;</p>“No hay RCP mal hecho”: &nbsp;romper mitos y miedos<p>Ariel repite esta frase como un mantra: “No hay RCP mal hecho”. Para él, este es el principal mito que impide que la sociedad actúe ante una emergencia. “El miedo frena. La gente piensa que va a hacer daño, que va a empeorar las cosas. Y eso no es así. Peor es no hacer nada. Lo importante es mantener ese corazón bombeando sangre oxigenada al cerebro. Después de unos minutos el daño es irreversible”, explica.</p><p>&nbsp;</p><p>“El miedo frena. La gente piensa que va a hacer daño, que va a empeorar las cosas. Y eso no es así. Peor es no hacer nada”</p><p>&nbsp;</p><p>Recuerda incluso episodios mediáticos que generaron confusión, como el juicio por el homicidio de Fernando Báez Sosa, donde surgieron cuestionamientos hacia las maniobras de reanimación realizadas por una testigo. “Varias sociedades científicas tuvieron que salir a aclararlo. No existe la idea de que la RCP puede agravar una situación. Hay que intervenir, siempre. La Ley del Buen Samaritano protege a quienes actúan de buena fe”, agrega.</p><p>&nbsp;Esa claridad conceptual es la que traslada a sus alumnos. “Yo te enseño a vos a hacer RCP perfecto. Pero si vos sufrís una muerte súbita y tu familia no sabe cómo actuar, ahí está el problema. Por eso necesitamos una comunidad preparada”.</p><p>&nbsp;</p>Minutos que valen una vida<p>&nbsp;Cuando se habla de muerte súbita y paro cardiorrespiratorio, los tiempos son determinantes. Ariel lo explica con la simplicidad que da la experiencia: “Los primeros minutos son clave. Lo que haga un testigo antes de que llegue el sistema de emergencias puede cambiarlo todo. Cada minuto sin oxígeno afecta el cerebro. Después de cierto tiempo, el daño ya no tiene marcha atrás”.</p><p>&nbsp;Por eso insiste en que la capacitación es la única forma de atravesar el pánico. “El miedo aparece cuando uno no sabe qué hacer. Si vos practicás con los torsos, si en una capacitación vivís la experiencia corporal de hacer compresiones, ya rompés esa barrera. No es lo mismo ver un video que sentir con tus manos lo que hay que hacer”.</p><p>&nbsp;</p>&nbsp;La ausencia que le dio otro sentido a su misión<p>&nbsp;En 2023, Ariel vivió uno de los golpes más duros de su vida. Leandro, su hermano de 39 años, policía de San Francisco, murió por un paro cardiorrespiratorio durante una prueba física en la Escuela de Suboficiales de Córdoba. Fue una noticia que sacudió a toda la comunidad.</p><p>Pero Ariel ya había elegido este camino muchos años antes. La pérdida no inició nada: profundizó todo.</p><p>&nbsp;“Me hubiese gustado estar ahí, pero entendí que actuaron enseguida y que hicieron lo que tenían que hacer. Las circunstancias no permitieron otro final”, recuerda con voz serena pero cargada de emoción. Habla con respeto por quienes intentaron reanimarlo. No hay reproches, hay comprensión.</p><p>&nbsp;Él y Leandro compartían algo más que familia: la música. Ambos integraban La Súper Banda del Chispas, un grupo de música popular en el que compartían escenario y noches de alegría. “Hasta la banda dejé para dedicarme de lleno a mi profesión y a esto que muchos llaman ‘enseñar a salvar vidas’”, confiesa.</p><p>&nbsp;Ariel no utiliza su historia para victimizarse. La usa para explicar por qué considera que la RCP no es solo una técnica, sino un acto social. “Uno dice: ‘esto no me va a pasar’. Pero no sabemos cuándo puede ser un familiar, un conocido o un desconocido. Todo puede cambiar en segundos”.</p><p>&nbsp;</p><p>“La capacitación es la única forma de atravesar el pánico. El miedo aparece cuando uno no sabe qué hacer”</p><p>&nbsp;</p>Capacitar para prevenir<p>Durante 2025, varios episodios de muerte súbita registrados en la provincia generaron conmoción y un renovado interés en aprender RCP. Ariel lo notó inmediatamente en el número de inscriptos.</p><p>“Cuando golpea cerca, la gente toma conciencia. Recuerdo una capacitación posterior a una muerte súbita y asistieron casi 200 personas en una sola semana”, relata. Esa reacción, si bien positiva, también revela una falla cultural: se actúa después del impacto. “No deberíamos esperar a que algo pase. La idea es prevenir y promover. Por eso insistimos tanto en que las capacitaciones son públicas, gratuitas, abiertas. Cualquiera puede aprender”.</p><p>En San Francisco, las jornadas se realizaron durante los jueves en Tecnoteca y podrían continuar en 2026. Para Ariel, ese trabajo comunitario es el verdadero camino hacia una ciudad cardioprotegida.</p><p>&nbsp;</p>El DEA como aliado clave<p>&nbsp;El uso del DEA es otro punto esencial de sus capacitaciones. “Es automático. El aparato va a decir si la descarga corresponde o no, depende del ritmo cardíaco que detecta. Nadie tiene que interpretar nada”, explica.</p><p>&nbsp;San Francisco cuenta con una importante distribución de estos dispositivos en zonas estratégicas: espacios deportivos, bancos, empresas y dependencias públicas. “La ciudad está casi cardioprotegida. Pero el DEA solo no alcanza si no sabemos hacer RCP. Son complementos”, remarca.</p><p>&nbsp;</p>Cambiar la cultura del “no me involucro”<p>&nbsp;Para Ariel, el problema no es la falta de acceso a capacitaciones, sino la falta de involucramiento. “Pasa por la empatía y el compromiso. Por decidir ayudar. La capacitación es gratuita, está al alcance, pero hay que dar el paso. Tenemos que romper ese miedo a actuar”.</p><p>&nbsp;A nivel técnico, recomienda actualizar conocimientos cada dos años. “Siempre hay cambios, maniobras nuevas, correcciones. El entrenamiento constante hace la diferencia”.</p><p>&nbsp;Las historias que encuentra en el camino lo siguen sorprendiendo. “La gente mayor te cuenta experiencias de hace décadas, capacitaciones de la Cruz Roja, situaciones que vivieron. Algunos tuvieron suerte, otros no. Pero todos coinciden en que no quieren pasar otra situación sin saber cómo actuar”.</p><p>&nbsp;Ariel resume su identidad profesional en pocas palabras: “Estoy orgulloso de ser enfermero. Es una profesión luchada, empática, siempre al pie del cañón y en contacto con la gente”. Y asegura que cada año se especializa más en RCP porque considera que ese es su aporte a la comunidad.</p><p>&nbsp;Su mensaje final es un llamado a la acción, pero también a la sensibilidad: “Involucrarse es pensar que podemos darle una oportunidad a alguien de seguir viviendo. Esto lo puede hacer un niño, un adulto mayor, cualquier persona. No hace falta ser médico ni tener conocimientos previos. Sólo hace falta querer ayudar”.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/wZxwlaeC7tKnCyP8-pN2NloDtIU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/ariel_galfre_4.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Ariel Martín Galfré formó a miles de vecinos en técnicas de reanimación cardiopulmonar y primeros auxilios. La muerte súbita de su hermano Leandro no inició su vocación, pero sí profundizó su compromiso con una tarea que define como un acto de empatía y responsabilidad social. Con un enfoque humano y preventivo, el enfermero remarca que no existe “RCP mal hecho” y que aprender estas maniobras puede cambiar un destino en cuestión de minutos.]]>
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                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2025-12-13T12:56:45+00:00</published>
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            Vanesa Rojas, inspectora de tránsito: “La gente olvida que detrás del uniforme hay un ser humano”
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/TD-EiXx_XtEpruojX9j5Kt6s85A=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/10/vanesa_rojas_4.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Por Cecilia Castagno | LVSJ&nbsp;<p>Con 46 años, Vanesa Marina Rojas lleva más de una década y media en la Policía Municipal de Tránsito de San Francisco. Su historia está atravesada por la entrega, el esfuerzo y una profunda vocación de servicio. “El inspector está para cuidar la vida de las personas”, afirma. &nbsp;En diálogo con Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO, habla sin filtros sobre su trabajo, los prejuicios, la empatía y los valores que defiende cada día en la calle.</p><p>&nbsp;</p><p>"Dejé mi vida acá adentro”</p><p>&nbsp;–¿Cuánto hace que trabajás como inspectora de tránsito y cómo llegaste a desempeñar este rol?</p><p>&nbsp;Ingresé en 2008 y, al año y medio, el director de Policía Municipal de ese momento, Jorge Pignata, me ofreció estudiar en Balnearia, donde matriculaban para hacer exámenes teóricos y prácticos de la licencia de conducir. Con sacrificio y esfuerzo, porque trabajar y estudiar no era fácil, le puse muchas ganas. Tenía 28 años. Mis colegas, como Coqui Gaitán y Juan Barrionuevo, fueron quienes me inculcaron amor por el tránsito, aun sabiendo los riesgos que implicaba. Ellos me hicieron agarrar tanta pasión por esto que siento que dejé mi vida acá adentro. En 2011 obtuve mi matrícula como examinadora y recién en 2023 pude ocupar ese puesto.</p><p>&nbsp;</p>&nbsp;<p>“Al inspector lo ven como alguien que recauda plata para un intendente o para el municipio. Y no es así. El inspector está para cuidar tu vida”</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>–¿Cómo es un día típico de trabajo?</p><p>Actualmente tomo los exámenes teóricos y prácticos de licencia inicial y de renovación. Y los fines de semana estoy en la calle como inspectora de tránsito. Es un trabajo intenso, con mucha responsabilidad y contacto humano.</p><p>&nbsp;</p><p>–¿Qué errores son los más comunes que llevan a desaprobar a los aspirantes?</p><p>El miedo. La gente llega muy nerviosa. Yo trato de calmarlos, de que me tengan confianza. Siempre los llamo por su nombre. Muchos me dicen “tenés cara de mala”, pero no, puede ser la presencia. Soy más buena que Lassie (risas). Trato de ayudar, de que no se bloqueen. Algunos no duermen la noche anterior por los nervios. Cuando reprueban se enojan conmigo, pero no asumen su propio error. A veces olvidan ponerse el cinturón o chocan la valla en la prueba de estacionamiento. Les explico que este es un proceso y que las reglas existen por algo.</p><p>&nbsp;</p><p>–¿Crees que las personas son realmente conscientes de la responsabilidad que implica tener una licencia?</p><p>Falta mucha cultura vial. Falta compromiso, no solo de los jóvenes, también de los padres, de los adultos. Yo hice seguridad vial en los colegios. En el aula se enseña, pero afuera los espera la mamá sin casco. Esa contradicción es grave. Yo crecí con una abuela que me llevaba a la escuela de la mano, con precaución. Esos valores se aprenden en casa. La educación y la cultura vial tienen que venir mucho de la familia.</p><p>&nbsp;</p><p>“Falta mucha cultura vial. Falta compromiso. Yo hice seguridad vial en los colegios. En el aula se enseña, pero afuera los espera la mamá sin casco. Esa contradicción es grave”</p><p>&nbsp;</p><p>–¿Qué cambio cultural te gustaría ver en materia de tránsito?</p><p>Quisiera que se tome conciencia del valor de la vida. Cuando los adolescentes rinden, yo les recuerdo: “piensen en su familia”. No tengo hijos, pero pienso en mis padres, en mis sobrinos. Con 46 años recién pude comprar mi auto, y eso me enseñó el valor del esfuerzo y de la responsabilidad. Mi papá nunca me prestó el suyo. Me decía: “vos sabés lo que cuesta mantenerlo”. Eso me marcó. A veces me duele cuando escucho por la radio que hubo un accidente. Recuerdo uno que me marcó para siempre, el de un joven de 20 años que murió en Urquiza e Independencia. Ahí pensé en su familia. En cómo la falta de prudencia puede cambiar una vida en segundos.</p><p>&nbsp;</p><p>-&nbsp; ¿Te sentís respetada en tu rol de inspectora o has tenido situaciones difíciles?</p><p>No siempre. Al inspector lo ven como alguien que recauda plata para un intendente o para el municipio. Y no es así. El inspector está para cuidar tu vida. Si te veo sin casco, te voy a detener para explicarte que ese casco te protege el cerebro, no por una multa. Yo a la chapa de inspectora no me la puedo sacar. Me voy a casa, pero sigo viendo cosas. Veo mamás con chicos en moto, sin protección. Entiendo las dificultades, pero ¡poneles el casco! No cuesta nada y puede salvar una vida.</p><p>&nbsp;</p><p>–¿Qué es lo que más te gusta y lo que más te cuesta de trabajar en la calle?</p><p>Me gusta sentir que puedo ayudar, pero es un trabajo duro. En pandemia nunca paramos. Una noche en la ‘costanera’ (Paseo Cervantes) detuve un vehículo con diez menores alcoholizados. Al intentar evitar que se escaparan, el conductor me cerró la puerta encima y me rompió los meniscos de la muñeca. Estuve un año sin poder trabajar, con una placa de metal. Y lo que más me dolió fue que el padre del chico nunca preguntó cómo estaba. Eso me marcó. Ahí entendí la falta de empatía de muchos.</p><p>&nbsp;</p><p>–¿Qué papel juega la empatía en la convivencia vial?</p><p>Falta empatía. La gente olvida que detrás del uniforme hay un ser humano. En Navidad o Año Nuevo brindo con mis padres, con el uniforme puesto. A veces con agua, porque a las dos de la mañana salgo a trabajar. Para nosotros no existen feriados ni cumpleaños. Pero lo elijo cada día. Dejé mi vida acá adentro, y lo volvería a hacer. Para mí esto es una vocación. En 2026 quiero estudiar la carrera de Licenciado en Seguridad Vial. Quiero jubilarme como licenciada en lo que amo.</p><p>&nbsp;</p><p>–¿Qué cambios has notado en el comportamiento de los conductores en los últimos años?</p><p>No muchos. En los controles de motos se retienen entre 30 y 50 por día. Algunos dicen que es para recaudar. No entienden que si conducís una moto, tenés que tener casco, patente, licencia y documentación al día. Cumplir la norma es cuidar la vida.</p><p>&nbsp;</p><p>–¿Cómo influye la cultura del “apuro” en los accidentes?</p><p>Muchísimo. La gente vive apurada. Así hagas media cuadra, tenés que ponerte el cinturón o el casco. No hay excusa. Las normas no están para molestar, están para proteger.</p><p>&nbsp;</p><p>–¿Cómo es la relación diaria con los conductores?</p><p>He ganado muchos amigos en la calle. Algunos me veían y pensaban que era “re mala”, y después me agradecen. Me traen chocolates o un vino por el buen trato. Uno siempre trata de instruir y cuidar a la persona. El inspector está para cuidar. Y cuando alguien me pide perdón por haberme insultado, yo sonrío. Eso también enseña.</p><p>&nbsp;</p><p>–¿Qué mensaje le darías a quienes están por rendir el examen de conducir?</p><p>Que no tengan miedo. Que vengan tranquilos y confiados. Que sepan que nosotros queremos que se vayan con su licencia. No somos enemigos, somos personas que queremos cuidarlos.</p><p>&nbsp;</p>“Yo a la chapa de inspectora no me la puedo sacar”. Vanesa Rojas, 17 años de servicio y una vida dedicada a la seguridad vial.<p>&nbsp;</p>Una vocación que no se apaga<p>&nbsp;Vanesa combina su uniforme con otras pasiones. Antes de ingresar a la Policía Municipal danzaba folclore —“a mí me conoce la gente por las peñas”, dice—, trabajó en radio y hoy, cuando el tiempo lo permite, hace fotos para locales de ropa. “Soy muy desinhibida, no tengo vergüenza”, confiesa.</p><p>Pero detrás de esa energía hay una convicción firme: “Este trabajo es muy duro y muchas veces ingrato, pero lo hago con el corazón. Porque la seguridad vial no es un papel ni una multa: es cuidar la vida del otro”.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/TD-EiXx_XtEpruojX9j5Kt6s85A=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/10/vanesa_rojas_4.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Toma los exámenes de conducir y en la calle, algunos la llaman  “chapacana” sin saber quién es realmente. Ella lo toma con fortaleza y orgullo: “Soy inspectora de tránsito, y estoy para cuidar la vida de las personas”. Con vocación, reivindica una labor que muchas veces se confunde con la recaudación, pero que, asegura, tiene un sentido mucho más profundo: preservar la seguridad vial y educar con el ejemplo.]]>
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                <published>2025-10-11T13:00:00+00:00</published>
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            Emanuel Villalba, la joven promesa del violín en nuestra ciudad
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ZQon5n7wFJC5CQs9FX15CxMiGQk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/09/emanuel_villalba_2.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La historia musical de Emanuel no arrancó como una decisión meditada, sino como un gesto de curiosidad de sus padres. “Cuando tenía cuatro años mis padres me llevaron al conservatorio de música Arturo Berutti con la idea de buscar algún instrumento para que yo pueda tocar y practicar como hobby, como un pasatiempo. El único que se podía a esa edad era el violín con el método Suzuki. Arranqué con la profesora Ana Ades, que hoy se encuentra en Qatar. Todo esto empezó como un pasatiempo, pero con el tiempo fue tomando otro rumbo”, cuenta.</p><p>No todo fue sencillo en aquellos primeros años. Entre profesores que se iban y reemplazantes que duraban poco, hubo momentos en que el niño pensó en abandonar. “Estuve hasta por dejar todo esto más o menos a los 6 o 7 años de edad”, recuerda. Pero a los ocho años se cruzó con una docente clave: Alejandra Longo, de Villa María. “Ella vio que yo tenía un don, que me gustaba, que le dedicaba tiempo al violín. Fue quien recomendó a mis padres que estudiara con su marido, un profesor de altísimo nivel que había estado en Alemania y en Buenos Aires. Así fue como el 6 de enero de 2018 comencé a estudiar con él, y hasta hoy sigue siendo mi profesor. Con él pasé de un nivel medio-básico a poder tocar obras avanzadas como los Caprichos de Paganini o conciertos clásicos”.</p><p>Ese momento, dice, fue un antes y un después: “Con este nuevo profesor fue con quien descubrió que había algo más que un simple hobby en juego. Me empezó a dar obras, técnica, escalas, métodos que me sirvieron muchísimo. Fue en ese momento que pensé que esto podía convertirse en mi modo de vida”.</p>El poder del violín<p>El joven sanfrancisqueño explica que el violín tiene un magnetismo particular. “Partamos desde que el violín no es un instrumento muy común de ver en nuestra zona, en eventos. Eso ya llama la atención. Pero además tiene un timbre muy especial, se pueden tocar todos los estilos musicales, y parece muy difícil. Yo creo que es un conjunto de cosas lo que lo hace tan especial”.</p><p>Y esa versatilidad la explota al máximo. Según cuenta, no hay una obra única que sea su favorita: “No tengo una obra específica que sea indiscutidamente la que más me gusta tocar, depende del momento también. En los eventos populares me gusta mucho, tengo temas infaltables como lo son Zorba el Griego, Tico Tico No Fugá, Bella Ciao, De música ligera. Cuando toco folclore también me gusta mucho hacer La chacarera del violín. Y en música clásica disfruto estudiar los Caprichos de Paganini, que son de un gran nivel técnico y siempre me permiten descubrir cosas nuevas”.</p><p>Ese abanico de posibilidades lo convierte en un músico capaz de adaptarse a distintos públicos, desde un festival folclórico hasta una gala académica.</p>&nbsp;Una experiencia inolvidable<p>Si tiene que elegir un momento que lo marcó especialmente, no duda en recordar un concierto local: “El concierto que más me gustó fue cuando toqué como solista junto a la Orquesta Sinfónica Juvenil de San Francisco en el Teatro Mayo. Interpreté la Zardas de Vittorio Monti”.</p><p>Ese episodio, vivido en su propia casa cultural, reafirmó que la música no solo es un lenguaje universal, sino también una forma de pertenencia.</p>Un joven con sueños grandes<p>Emanuel está terminando sexto año en la Escuela Normal y ya imagina qué caminos seguir. Su horizonte está marcado por la música. “Tengo muchos anhelos con ella, espero que me vaya muy bien de por vida. Pero uno muy grande sería tocar en el Teatro Colón. Es algo muy lindo, que me gustaría que suceda algún día”.</p><p>El joven violinista también sueña con conocer escenarios internacionales: “Me gustaría recorrer muchísimos lugares. Yo creo que todo lugar nuevo que se conoce con la música es hermoso, así que todo lugar que conozca me encanta que sea así”.</p><p>No hay soberbia en sus palabras, sino la convicción de alguien que sabe que el violín puede ser el pasaporte hacia mundos lejanos.</p>&nbsp;La promesa que crece en San Francisco<p>Mientras tanto, Emanuel sigue nutriéndose de su entorno: la familia que lo acompaña, los docentes que lo impulsan, la comunidad que lo aplaude en cada presentación. Sus compañeros lo ven como un chico aplicado, con la cabeza puesta en terminar la escuela, pero al mismo tiempo saben que, cuando se coloca el violín bajo la barbilla, se convierte en otro: en un artista capaz de emocionar y sorprender.</p><p>San Francisco lo observa con orgullo. No es común que un adolescente logre tanto reconocimiento en tan poco tiempo dentro de un género que exige tanto esfuerzo y disciplina. Emanuel lo hace con naturalidad, casi sin darse cuenta, pero con la claridad de que detrás de cada interpretación hay horas y horas de práctica.</p><p>“Cada día trato de aprender algo nuevo. Me gusta estudiar, probar repertorios distintos, sentir cómo puedo transmitir distintas emociones con el violín”, resume. Y así, con esa mezcla de humildad y ambición, va construyendo una carrera que promete dar que hablar en los próximos años.</p>&nbsp;Epílogo abierto<p>En un mundo en el que muchas veces los jóvenes buscan caminos rápidos y resultados inmediatos, Emanuel Villalba eligió la senda del esfuerzo constante y la pasión por el arte. Sus notas viajan desde las cuerdas del violín hacia un público que ya lo reconoce y lo espera. Y aunque todavía queda mucho por recorrer, nadie duda de que este sanfrancisqueño tiene la capacidad de llevar su música tan lejos como sueñe: quizás hasta el mismo corazón del Teatro Colón, donde late el máximo símbolo de la música en nuestro país.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ZQon5n7wFJC5CQs9FX15CxMiGQk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/09/emanuel_villalba_2.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Con apenas 17 años y a punto de terminar la secundaria en la Escuela Normal, Emanuel Villalba ya se convirtió en una de las figuras artísticas más prometedoras de la ciudad. Con el violín como compañero inseparable desde los cuatro, este joven talento pisa escenarios locales y regionales, y sueña con llegar algún día al mítico Teatro Colón.]]>
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            “Ser maestra es acompañar”: la vocación que sostiene la escuela en tiempos de cambios
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/S36F163Ou855f_9_d-tlAj17Cnw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/09/natali_perez.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El 11 de septiembre, Día del Maestro, no es solo una jornada de actos escolares y saludos formales. Es una fecha que invita a pensar qué significa hoy enseñar y acompañar en el aula, en un contexto donde la escuela se enfrenta a realidades cambiantes, a la irrupción de nuevas tecnologías y a demandas sociales que exceden los contenidos curriculares. Ser maestra es, en muchos casos, mucho más que transmitir conocimientos: es sostener, contener, escuchar y tender puentes con la comunidad.</p><p>&nbsp;En este marco, Natali Peiretti, de 35 años, maestra desde hace una década, comparte su experiencia. Su vida profesional transcurre entre dos provincias y dos contextos distintos: en Córdoba trabaja en la Escuela Normal Superior “Dr. Nicolás Avellaneda” con un cargo en Tecnología; en Santa Fe, en la Escuela Nº 1264 “Malvinas Argentinas” del barrio Acapulco de Josefina, ejerce como maestra de grado. Entre ambos espacios recorre no solo kilómetros de ruta, sino también diferentes formas de vivir la educación, siempre con una certeza: “Si no hay vocación, no se puede estar en la docencia”.</p><p>&nbsp;</p>“Ser docente es acompañar”<p>A lo largo de la entrevista con Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO, Natali repite una palabra que para ella resume la esencia de la tarea: acompañar. “Ser docente para mí es lo más lindo que elegí. Es enseñar más allá de los contenidos, es acompañar. Depende de los grados, a veces como una segunda mamá. Mientras eso puede ir acompañado de una enseñanza, sea para la vida o de contenidos, mucho mejor. Pero es lo que elijo todos los días”, expresó.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;“La escuela no puede sola. Estamos intentando que la familia vuelva a entender la importancia de estar y acompañar”.</p>&nbsp;<p>En su voz se percibe el convencimiento de que la enseñanza no se limita al pizarrón o a los manuales. Lo que más la motiva, admite, es ver cambios en sus alumnos: “Siempre digo, así sea de 20, de 1, de 2, de 3, que hayas podido ocasionar un cambio en algo de su persona o en los contenidos, eso me emociona. La compañía de ese proceso y ver que da sus frutos es lo que me hace seguir eligiendo ser maestra”.</p><p>&nbsp;</p>La base de todo<p>&nbsp;En su reflexión sobre el lugar que ocupa la educación en la vida de las personas, Natali no duda: “La docencia, el enseñar y aprender, es el pie para todo el resto de las cosas. Si querés ser periodista, jugador de fútbol, abogado, enfermero, la profesión que elijas, somos la base para que puedan seguir. Y eso va acompañado de un montón de cosas que hacemos a diario”.</p><p>&nbsp;La claridad con que lo dice transmite la dimensión de la responsabilidad que asume: “Tenés vidas en tus manos”, resume con sencillez pero con firmeza.</p>&nbsp;Desafíos de enseñar en tiempos de pantallas<p>&nbsp;El presente de la educación está atravesado por un desafío ineludible: la velocidad con que los estudiantes se informan y acceden a contenidos a través de la tecnología. “La verdad que enseñar es cada vez más complejo, porque los chicos están cada vez más informados. A veces me dicen: ‘Me aburre’. Eso implica que nosotros tengamos que cambiar estrategias y capacitarnos más. Es una responsabilidad de nosotros”, explicó.</p><p>&nbsp;La brecha digital se traduce en el aula en nuevas exigencias pedagógicas: “Hay que renovar las estrategias porque en pocos años cambió todo. Tenemos que aprender para que ellos estén motivados. A veces no tenemos los materiales ni los recursos, pero debemos buscar la vuelta para que quieran estar adentro de la escuela”.</p><p>&nbsp;La dificultad no se reduce a lo tecnológico: también se extiende a la relación con las familias. “Hay una brecha en cómo contar con la familia, de cómo llegar a los alumnos. Ellos no son los mismos de hace unos años, y sus entornos tampoco”, agregó.</p><p>&nbsp;</p>Ser maestra hoy. La vocación de Natali Peiretti, desafíos y la misión de acompañar más allá de los contenidos.<p>&nbsp;</p>&nbsp;La familia y la comunidad<p>&nbsp;El vínculo con la comunidad escolar es otro de los temas que la interpelan. “Yo creo que se fue perdiendo, pero siento que ahora se está intentando volver a formar ese lazo. La vida laboral de las familias también nos atraviesa. A veces dejamos de participar. Cuando los chicos son más grandes creemos que ya está, que pueden solos, y no es así. Necesitamos que acompañen, que estén”, sostuvo.</p><p>&nbsp;Como madre de dos hijos pequeños, Natali reconoce la dificultad de conciliar tiempos familiares y escolares. Sin embargo, insiste en que la escuela no puede sola: “Estamos intentando que la familia vuelva a entender la importancia de estar y acompañar, y también de trabajar en red con otras instituciones”.</p><p>&nbsp;</p>Dos realidades, una misma vocación<p>&nbsp;Enseñar en Córdoba y en Santa Fe le permite comparar dos mundos diferentes. En Josefina, en el barrio Acapulco, la prioridad es la contención. “Damos los contenidos, pero acompañamos mucho desde ese lugar. Son grados más chicos y se forma un vínculo muy fuerte”, explicó.</p><p>En San Francisco, en cambio, su cargo en Tecnología le da menos tiempo por grado. “No comparto tantas horas, pero siempre apunto a formar el vínculo para que ellos sepan que uno está, sin perder la enseñanza de los contenidos. A veces acompañás menos en lo personal, pero lo importante es estar atenta a lo que necesiten”.</p>&nbsp;&nbsp;El vínculo, el mayor desafío<p>&nbsp;Para Natali, el mayor obstáculo que enfrentó en su carrera fue cuando se quebró el lazo con sus alumnos: “Si no tenés el vínculo, no se puede hacer nada hoy. Recuperarlo es lo más difícil”.</p><p>&nbsp;Ese reconocimiento conduce inevitablemente a hablar de vocación. “En mi caso, no lo sentí de chiquita. Lo decidí de grande. Estudié el profesorado, hice la licenciatura y descubrí la vocación en el aula. Pero sí, es totalmente una vocación. Si no, no se puede estar”, aseguró.</p><p>&nbsp;</p>&nbsp;La escuela que viene<p>&nbsp;Cuando imagina la escuela del futuro, Natali apuesta a la formación permanente de los docentes: “Tengo la esperanza de que podamos lograr más cosas con los chicos, siempre que entendamos que debemos capacitarnos. Hay un cambio que se viene dando, como una revolución que tarda años, pero debemos estar preparados para llevarla adelante”.</p><p>&nbsp;La clave, insiste, está en no dar nada por sentado y en asumir que el aprendizaje también incluye a los educadores.</p><p>&nbsp;</p>Orgullo de ser maestra<p>&nbsp;El Día del Maestro es, para ella, un momento de reconocimiento. “Es una emoción, como que volvemos a sentirnos valorados. A veces no nos damos cuenta, ni entre nosotros, de decirle a un compañero ‘qué bien lo estás haciendo’. En los actos, en el saludo, en el regalito, volvemos a sentirnos orgullosos de lo que elegimos. Y decimos: sí, acá es donde queremos estar”.</p><p>&nbsp;Con esa convicción, Natali atraviesa rutas y realidades, cargando cuadernos, planificaciones y la certeza de que ser maestra es mucho más que enseñar: es acompañar, sostener y elegir todos los días volver al aula.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/S36F163Ou855f_9_d-tlAj17Cnw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/09/natali_perez.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Natali Peiretti, docente de 35 años que ejerce en dos provincias y en contextos sociales distintos, reflexiona sobre lo que significa ser maestra hoy. Habla de la vocación como condición imprescindible para sostener el aula, de la importancia del vínculo con los alumnos y de los desafíos de enseñar en tiempos atravesados por la tecnología y las nuevas realidades familiares.]]>
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            Osvaldo Aguirre, una vida de metalúrgico: “Sentís que contribuís a algo más grande”
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ecLMBOjNztS-nb-LUpROuY0M4hc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/09/osvaldo_aguirre_5.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Por Cecilia Castagno | LVSJ&nbsp;<p>&nbsp;</p><p>En la antesala del Día del Trabajador Metalúrgico, que se celebra cada 7 de septiembre, la historia de Osvaldo César Aguirre se vuelve un retrato vivo de la pasión por el oficio. A sus 66 años, con cincuenta dedicados a la actividad y toda una vida ligada a la firma Nelso Ferreyra SRL, empresa tradicional del Parque Industrial de San Francisco, su testimonio es un canto al trabajo bien hecho y al sentido de pertenencia. “El trabajo metalúrgico es hacer una pieza que tiene que salir bien porque le va a dar funcionamiento a un conjunto mayor. La metalurgia es un eslabón fundamental en toda la cadena productiva”, resume con orgullo.</p><p>&nbsp;</p>La vida de Osvaldo Aguirre, 50 años en la misma empresa metalúrgica.<p>Nacido en el seno de una familia rural, no estaba destinado desde niño a “traficar con metales”, como dice entre risas. “Mi padre era tambero. Tuvo un accidente y tuve que dejar la escuela en tercer año para ayudarlo junto a mi madre. Soy hijo único, así que me tocó asumir responsabilidades muy temprano”, recuerda en entrevista con Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO. El destino quiso que un vecino lo acercara a la empresa que lo cobijaría durante toda su vida laboral. Allí, entre máquinas de control numérico, aprendió el oficio que marcaría su existencia.</p><p>&nbsp;La satisfacción de un trabajo bien hecho es lo que más lo moviliza. “Cuando hacés una pieza pesada, de 250 kilos, que vale mucho dinero, y el cliente la prueba y funciona, eso es muy gratificante. Sentís que servís para contribuir a algo más grande, que es la industria en general”, explica. Ese orgullo es lo que lo sostiene aún hoy, a pesar de estar jubilado. “Puedo seguir trabajando porque me gusta y me mantiene activo. Además, tengo la dicha de compartir la empresa con mis dos hijos, de 44 y 40 años. Es un legado que me emociona”, confiesa.</p><p>&nbsp;</p><p>El paso del tiempo le permitió ver cómo la industria fue cambiando. “La entrada de mercadería de afuera adelantó muchísimo lo que es mecanizado. Las herramientas, los insertos, mechas y fresas hoy permiten producir más y mejor. Pero eso también exige capacitación constante”, advierte. Con medio siglo de experiencia, se ha transformado en maestro para los más jóvenes: “La metalúrgica demanda capacitación permanente, enseñar y aprender todos los días. El aprendizaje nunca se agota”.</p><p>Su mirada sobre la educación técnica es clara: “Creo que la escuela de oficios es muy valiosa. La última vez que pasé por la EFO (Ipet 50 ‘Emilio F. Olmos’ me hizo acordar a lo que hacíamos nosotros: con apenas una lima, una perforadora, lo básico... Es importante que los jóvenes tengan entusiasmo y una especialidad”. También valora el aporte de la Facultad Regional San Francisco de la UTN, que nutre de profesionales a la industria local.</p><p>&nbsp;</p><p>Los recuerdos lo transportan a sus primeros desafíos. “Empecé con un tornito chiquito. Después me dijeron: ‘¿Te animás a hacer esto?’. Era un torno copiador. Luego pasé a otras funciones hasta que llegó el primer CNC a la fábrica. También me animé. La tecnología avanza y hay que estar dispuesto a aprender siempre”, señala.</p><p>&nbsp;La pandemia de Covid-19 fue un golpe para un hombre activo como él. Debió quedarse en su casa por cuestiones de salud. “Cuando volví a la planta, me asignaron un proceso que nunca había hecho. Mi jefe me dijo: ‘No tengas miedo, vos sabés un montón y te vas a adaptar’. Y así fue. Aprender algo distinto me motivó mucho”, cuenta.</p><p>&nbsp;</p><p>Osvaldo también valora los vínculos que el trabajo le regaló. “Además del conocimiento, me dio amigos y compañeros. Siempre hablando se entienden las cosas. Los chicos entienden cuando uno les dice las cosas en serio. En la fábrica paso más horas que en mi casa, así que se convierte en una segunda familia. Ahí el respeto y el trato cordial no pueden faltar”, reflexiona.</p><p>&nbsp;</p><p>Su mensaje a los jóvenes y colegas metalúrgicos es de entusiasmo y compromiso. “Que disfruten de tener un trabajo como este, que traten de aprender un poco más cada día y hacer las cosas bien. Más allá de si el salario es alto o bajo, lo importante es la buena relación con la patronal y la satisfacción personal de aportar algo útil”, afirma.</p><p>&nbsp;</p><p>Finalmente, envía una reflexión a la sociedad: “Hay que valorar a la industria metalúrgica porque es la base de todas las industrias. Sin ella, no hay desarrollo posible. San Francisco creció mucho gracias a sus fábricas, que generan empleo y sostienen a miles de familias. Yo soy parte de esa historia y me siento orgulloso”.</p><p>&nbsp;</p><p>Con emoción en la voz, Osvaldo reconoce que su vida ha sido el trabajo. Entre fierros, máquinas y desafíos, pero también entre afectos y aprendizajes. “Me jubilé, pero sigo. Mientras pueda, quiero estar. Porque me gusta, porque me hace sentir útil, porque la metalurgia fue y es mi vida”, concluye.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ecLMBOjNztS-nb-LUpROuY0M4hc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/09/osvaldo_aguirre_5.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En la previa del Día del Trabajador Metalúrgico, una historia cercana que emociona y enseña. Con 66 años y 50 años de trayectoria en la industria, este sanfrancisqueño refleja en cada palabra la importancia de amar lo que se hace, trabajar con responsabilidad y enfrentar los desafíos de una actividad que sigue siendo clave para el desarrollo de la ciudad y la región.]]>
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            “El amor que ellos te dan recarga el mundo”: Natalia Odasso eligió sembrar esperanza en Acapulco
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2d3S_gs-T0wLlyniDBFyX3dPcnE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/natalia_odasso_4.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Natalia Odasso tiene 32 años, es abogada y escribana. Pero su vida no se resume en expedientes, firmas o trámites legales. Desde hace cuatro años, dedica gran parte de sus días al comedor y merendero Sonrisas para un Niño, en barrio Acapulco de Josefina, a pocos minutos de San Francisco, donde vive actualmente, aunque es oriunda de Sastre. Su historia combina dos facetas: la profesión que eligió como carrera y la vocación de servicio que la empuja a construir algo más grande en un lugar estigmatizado por la droga y la violencia armada.</p><p>El punto de partida de ese camino solidario fue una nota periodística sobre el merendero que dirige desde hace nueve años Norma Vocos, vecina de la esquina de Calle 3 y Calle 16 de Acapulco. Natalia se conmovió con lo que leyó y decidió acercarse. Lo que parecía un gesto ocasional se convirtió en un compromiso de vida. “Me acerco al merendero, me acerco a preguntar qué era, qué necesitaban, qué podía hacer. Primero hablo con Norma, que es la que lo tiene en su casa, y me dice: vení esta tarde que está abierto. Cuando voy y los veo a todos ahí, fue como un amor a primera vista. Dije: ya acá me quedo. Ahí me di cuenta que lo mejor que a veces uno puede dedicar es el tiempo”, recordó en diálogo con Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO.</p><p>&nbsp;</p>Del estudio jurídico al merendero: la doble vocación de Natalia.<p>&nbsp;Con el paso de los meses, Natalia se involucró cada vez más. “Empecé a mover un poco más el tema del merendero. Norma es un ángel que lo sostiene hace nueve años. Cuando me engancho, ellos me ponen como madrina. Y empezamos a sacar a los chicos al cine, al teatro…”, contó. Hoy asiste casi todos los días, “menos los martes”, y los sábados ayudan también con un almuerzo. “Hacemos mucha cantidad y los chicos se llevan su ‘tapercito’. Lo que sobra se lo llevan a su casa”.</p><p>&nbsp;Su motor es la energía que recibe de quienes la rodean en Acapulco: “Lo más gratificante son esas miradas, esos abrazos, ese amor. Vuelvo a casa recargada, con una energía increíble. Ellos vienen y con un abrazo te recargan el mundo”, confesó con emoción.</p><p>&nbsp;El arraigo con la solidaridad tiene raíces familiares. “Soy de Sastre, vengo de una familia súper trabajadora, que siempre ayudó a los demás. Nunca me faltó nada, pero siempre estuve cerca de los merenderos, de donar ropa. Cuando te encontrás con las historias de cada chico, ahí es donde te choca el alma. Son historias muy fuertes”.</p><p>&nbsp;</p>Natalia encontró en Sonrisas para un Niño su mayor causa: transformar la realidad con amor y servicio.<p>&nbsp;En la rutina diaria, ese compromiso ya es parte de su vida. “Ir al merendero es como una actividad más de mi día. Ellos me eligieron como madrina y esperan que yo vaya. Se genera un vínculo de amor puro. Muchos vienen de historias duras y necesitan alguien que los abrace, que les diga que son valiosos”, explicó.</p><p>&nbsp;Sobre la situación social que percibe, fue clara: “Está complicado. Hay de todo, pero también veo mucha gente queriendo ayudar. Tengo amigas que no llegan a fin de mes y, sin embargo, para el Día del Niño cocinaron una torta para los chicos. Eso emociona”.</p><p>&nbsp;La conciliación con su profesión no fue un obstáculo, al contrario. “Trabajo en una escribanía y me llevé a mis compañeras a colaborar. El apoyo es fundamental”, destacó. Y a otros jóvenes profesionales les aconseja animarse: “No hay que empezar con algo grande. Se puede arrancar por donar ropa que no uses. Si realmente te apasiona, el universo te va poniendo los caminos. El mensaje es empezar, aunque sea por algo pequeño”.</p><p>&nbsp;Su labor se desarrolla en un contexto difícil: un barrio estigmatizado por la violencia. “El estigma es fuerte. Yo la primera vez fui con miedo. Pero en Acapulco hay mucha gente trabajadora, espectacular. Claro que los chicos viven esa realidad: escuchan tiros y se agachan. Juegan en el patio y se tiran al suelo cuando sienten disparos. Eso duele. El merendero es su red de contención, su refugio seguro”, aseguró.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;Ese refugio es también su sueño. “Quiero que exista un espacio físico, un galpón, un lugar donde no solo reciban la merienda, sino talleres para los padres, un ropero solidario, algo más integral. Que no sea solo comida, sino también aprendizaje. Mi objetivo es armar ese refugio. En toda guerra siempre hay una trincherita donde uno está seguro. El merendero debe ser ese lugar”.</p><p>&nbsp;En ese camino, se proyecta a futuro: “Ahora empieza el movimiento de ese sueño. Vamos a buscar terrenos, quiero que se convierta en fundación para darle entidad. Sé que lo vamos a lograr”.</p><p>La muerte de Zamir Torres, el niño de 4 años asesinado el 9 de julio en Frontera, golpeó fuerte a todos en el merendero. Natalia lo recuerda con dolor: “Fue una tragedia súper sentida para los nenes. No puedo bajarme del barco ahora. No puede haber otro Zamir. Esa contención necesita estar. Y si nadie lo ve, seremos nosotros los que intentemos. Nunca se me ocurrió irme. Al contrario, más todavía pienso: vamos por este sueño”.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;Así, entre expedientes legales y meriendas, Natalia Odasso sostiene su doble vocación. Una profesión que da certezas y un costado solidario que la impulsa a no resignarse. “Ellos me enseñan todos los días que la vida puede ser diferente. Que aunque haya tiros y droga, también existe el amor, la ternura y la esperanza”, concluyó.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2d3S_gs-T0wLlyniDBFyX3dPcnE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/natalia_odasso_4.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En un barrio estigmatizado, ella eligió quedarse. Lo hizo con la fuerza de una vocación que complementa su profesión de abogada y escribana: ayudar a los demás. Desde hace cuatro años colabora en el merendero Sonrisas para un Niño, convencida de que el cambio empieza por los gestos más simples.]]>
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            Harinas y recuerdos: el primer libro de Dulce Calu
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/I1hcldi-f0-ddcZQrmurbbQtRN0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/dulce_calu_5.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Por María Laura Ferrero<p>Vanessa Alejandra Valero tiene 33 años, lleva adelante de un proyecto de vida que la identifica y que muchos conocen bajo el nombre de Dulce Calu. Su historia comenzó casi de manera casual, preparando tortas materas para compartir con amigos, y terminó convirtiéndose en un oficio que abrazó con pasión. “Yo nunca había cocinado nada, porque soy la única mujer de cinco hermanos y en mi casa mi mamá no dejaba ni aparecer por la cocina”, recordó risueña.</p><p>Tras la pérdida de su padre, cuando apenas tenía 21 años, trabajó durante seis años en una empresa de limpieza. “Nunca me avergoncé, pero sabía que eso no era lo que me apasionaba. Fue en ese tiempo que empecé a cocinar un poco acá y allá, hasta que me animé a vender lo que hacía”, relató. La pandemia, con su tiempo de encierro y cocina, fue el trampolín para profesionalizarse y dedicarle todo el esfuerzo al emprendimiento.</p><p>“Cuando todo volvió a la normalidad tuve que elegir: o seguía con mi trabajo estable o me animaba a emprender. Con muchos miedos decidí dar el paso, y hoy vivo de la pastelería”, contó.</p><p>Formación con los mejores</p><p>El crecimiento no fue improvisado. Dulce Calu decidió formarse en el Instituto Argentino de Gastronomía (IAG), donde fue alumna de dos de los referentes más reconocidos del país: Osvaldo Gross y Ariel Rodríguez. Gracias a esa formación, logró en 2022 uno de los doce cupos disponibles para viajar a París y capacitarse durante dos semanas en la prestigiosa International Pastry School.</p><p>“Cuando estaba en esa cocina francesa, con mi delantal y mis utensilios, no lo podía creer. Me acordaba de la chica que había empezado limpiando y pensaba: ‘Mirá dónde estoy ahora’. Fue muy emocionante”, relató. A ese viaje la acompañó su marido, Gerardo Albrecht, a quien agradece no solo la compañía sino también el apoyo permanente en su carrera.</p><p>&nbsp;El nacimiento de un libro</p><p>El sábado pasado, Vanessa presentó oficialmente su primera obra: Entre harinas y recuerdos, un libro de recetas que condensa no solo su recorrido profesional, sino también experiencias personales y sabores que la marcaron. “Quería compartir lo poco que sé. Mi idea era que el libro sirviera tanto para pasteleros como para la gente que solo cocina en su casa. Siempre pensé que las recetas unen, generan una conexión mágica con los recuerdos de cada uno”, explicó.</p><p>La obra reúne 60 recetas, algunas aprendidas en Europa, otras adaptadas a su estilo y muchas nacidas en su propia cocina. Entre ellas se destacan las madelaine francesas, un budín con frutos rojos inspirado en una cafetería de Ámsterdam y clásicos como la carrot cake, versionada con un sello propio que conquistó a sus clientes.</p><p>&nbsp;Un trabajo colectivo</p><p>Para transformar las ideas en un libro concreto, Vanessa buscó ayuda profesional. “Sabía que tenía que escribir recetas, pero no sabía cómo seguir. Entonces apareció la diseadora Melina Chavarini. Ella me dijo: ‘Metete a escribir, yo me encargo de ilustrar’. El resultado es impecable, lleno de color, tal como me describen en Instagram”, valoró.</p><p>A ese esfuerzo se sumó también su marido. “Gerardo me ayudó muchísimo con la redacción. Fue un trabajo de meses: fotos, edición, pensar cómo redactar para que todo se entendiera. Hubo mucho amor puesto en cada página”, destacó.</p><p>&nbsp;Identidad y estilo</p><p>El nombre artístico Dulce Calu es un homenaje a sus sobrinas Catalina y Ludmila, y más tarde se sumaron otros pequeños de la familia, Jazmín y Patricio,&nbsp; que completaron el sentido de la marca. Sus tortas, reconocibles a simple vista, se convirtieron en un sello local. “Me dicen que tengo un estilo propio, que cuando ven una torta saben que es mía. Soy muy detallista, siempre creo que puede estar mejor, pero me gusta que la gente vea mi trabajo como algo artístico”, señaló.</p><p>Esa mezcla de precisión y creatividad contrasta con su costado deportivo. Valero juega al handball y sus amigos se sorprenden de que la misma persona que muestra delicadeza en el decorado de una torta sea aguerrida en la cancha. “Soy las dos cosas: la detallista y la que va con todo”, se ríe.</p><p>&nbsp;La pasión como motor</p><p>Para Vanessa, la pastelería es mucho más que un trabajo. “Es pasión. Cuando estoy cocinando no pienso en nada más, me transporta. Me dio la posibilidad de viajar, de conocer gente, de superarme. Creo que la gente también te empuja a eso, porque cuando ven lo que hacés te piden más, y eso te anima a seguir creciendo”, reflexionó.</p><p>Hoy, además de los pedidos tradicionales, se animó a incursionar en las llamadas “tortas objeto”, una tendencia de redes que adaptó con creatividad y que le permitió colaborar con otros emprendimientos locales.</p><p>La presentación de “Entre harinas y recuerdos” es, sin dudas, uno de los hitos más importantes en la carrera de Dulce Calu. El libro ya está disponible en Librería Collino, un punto de referencia cultural en San Francisco, y pronto también en sus redes sociales.</p><p>Mientras prepara su próximo sueño, Vanessa agradeció a todas las personas que la ayudaron en este nuevo paso que dio y que se concentrará en hacer conocer el libro y su trabajo por todo el territorio nacional.</p><p>Entre harinas, recuerdos y sueños, Dulce Calu sigue amasando futuro.</p><p>Un homenaje a su padre</p><p>El libro tiene además un sentido profundamente personal. Está dedicado a su papá, un reconocido policía de San Francisco, recordado por muchos por su lucha contra la enfermedad y su paso por la fuerza. “A mí nadie me regaló nada, todo lo que logré fue trabajando. Y siempre tuve muy presente el ejemplo de mi papá, su fuerza. Este libro también es para él”, expresó con emoción</p><p>&nbsp;Creer en uno mismo</p><p>La experiencia de Valero es también un mensaje para quienes dudan en dar un paso hacia lo que desean. “Si vos no creés en vos, nadie va a creer. Hay que animarse, invertir y apostar a lo que uno ama. Porque la vida es corta, estamos de paso, y lo peor sería llegar a viejo y arrepentirse de no haberlo intentado”, aseguró.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/I1hcldi-f0-ddcZQrmurbbQtRN0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/dulce_calu_5.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La pastelera sanfrancisqueña conocida como Dulce Calu presentó su primer libro, una obra que reúne 60 recetas atravesadas por viajes, anécdotas y afectos. “Quería compartir lo que sé, aunque creo que todavía me falta mucho por aprender”, confesó.]]>
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                <published>2025-08-23T12:45:38+00:00</published>
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            Luciana Jussepp: “Es un orgullo ser directora de una escuela tan emblemática”
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/GkYsw89mcvzSwMRGEnIvdI9fsUY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/luciana_jussepp.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Por Cecilia Castagno | LVSJ&nbsp;<p>&nbsp;</p><p>Este 17 de agosto, el Colegio Superior San Martín celebrará su 85° aniversario, una fecha que no solo marca un número redondo, sino que resume décadas de compromiso con la educación pública, la formación integral y un profundo sentido de pertenencia.</p><p>En el corazón de San Francisco, esta institución ha sido protagonista de la historia educativa local. No es solo un colegio grande —con más de 1.000 estudiantes en el nivel secundario y un importante movimiento en el nivel superior— sino un espacio que ha sabido adaptarse a los tiempos sin perder su esencia.</p><p>Luciana Jussepp, directora desde hace tres años y con muchos más en la gestión, lo resume con orgullo: “Es un orgullo ser directora de una escuela tan emblemática, por su ubicación, por sus dimensiones y por la cantidad de población que alberga”.</p><p>Dirigir una institución de semejante magnitud no es tarea sencilla. “Es todo un desafío, sobre todo por el tamaño y por las decisiones de distinta índole que hay que tomar todos los días. Es una escuela muy comprometida con la comunidad, con las actividades del medio local y con proyectos para los estudiantes. Es un trabajo arduo, pero profundamente gratificante”, asegura Jussepp en entrevista con Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO.</p><p>&nbsp;</p><p>“Muchas familias nos dicen: ‘Yo vine, mis hermanos vinieron y ahora mi hijo estudia acá’. Esa continuidad es un gran orgullo”.&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>A lo largo de los años, el San Martín experimentó cambios significativos, pero manteniendo inalterables sus valores. La directora lo explica así: “Hoy entendemos que hay que adaptarse a los cambios. Estamos atravesados por las nuevas tecnologías y buscamos ofrecer a los estudiantes las herramientas que necesitan, siempre con inclusión y acompañamiento de sus trayectorias”.</p><p>En ese sentido, la escuela se define como inclusiva, de puertas abiertas y con un gabinete psicopedagógico activo y cercano. “Acompañamos mucho a nuestros estudiantes, más allá del contenido académico. Tenemos un gran equipo docente con un fuerte sentido de pertenencia y compromiso con cada actividad que proponemos”, subraya.</p><p>La relación con las familias es clave. “Siempre recurrimos a la familia, y si no está, acudimos a otros organismos para garantizar que el estudiante esté en la escuela, porque es su derecho”, remarca. La convivencia diaria, las decisiones institucionales y el seguimiento de cada alumno están atravesados por esta colaboración.</p><p>En comparación con décadas atrás, Jussepp reconoce un cambio de paradigma: “Hace 30 años la educación tenía una mirada más tradicionalista. Hoy entendemos que la trayectoria del estudiante también es responsabilidad del docente y de la institución. Las familias son otras y los desafíos también”.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;“El desafío es aprender con los nuevos tiempos. Los docentes a veces vamos un paso atrás respecto a las nuevas generaciones y sus tecnologías”.</p><p>&nbsp;</p><p>Mirando al futuro, la directora no duda en que los retos continúan: “El desafío es aprender con los nuevos tiempos. Los docentes a veces vamos un paso atrás respecto a las nuevas generaciones y sus tecnologías. La inteligencia artificial, por ejemplo, ya está y debemos aprender a usarla pedagógicamente”.</p><p>La formación continua es otro de los pilares del San Martín: “Nuestros docentes se capacitan constantemente y participan en todas las propuestas del Ministerio de Educación. Somos sede del Instituto Superior de Estudios Pedagógicos de la provincia de Córdoba y tenemos una fuerte impronta en la formación continua”.</p><p>El sentido de pertenencia atraviesa generaciones. “Muchas familias nos dicen: ‘Yo vine, mis hermanos vinieron y ahora mi hijo estudia acá’. Esa continuidad es un gran orgullo”, relata la directora.</p><p>La cooperadora escolar también merece un capítulo aparte: “Gracias a su trabajo pintamos todo el frente por el pasaje Chapagnat y hacemos mejoras permanentes. Además, contamos con el apoyo del Fodemeep (Fondo para la Descentralización del Mantenimiento de Edificios Escolares Provinciales), para obras grandes como la impermeabilización de techos”.</p><p>Y en el corazón de esa identidad colectiva está la Banda Lisa mixta, la agrupación escolar más longeva del país en su género a nivel secundario. Más que un conjunto musical, es un símbolo de la ciudad. “La Banda Lisa es tradición, historia y emoción. Exalumnos que tocaron en ella hoy ven a sus hijos con el mismo uniforme y sienten que el tiempo se detiene por un instante”, dice Jussepp.</p><p>&nbsp;</p><p>“Hay que ponderar y poner en valor a la escuela pública. Es la que garantiza el derecho de los estudiantes y nosotros tenemos la obligación de acompañarlos para que tengan un proyecto de vida”.</p><p>&nbsp;</p><p>En este aniversario, la directora elige un mensaje claro y contundente: “Hay que ponderar y poner en valor a la escuela pública. Es la que garantiza el derecho de los estudiantes y nosotros tenemos la obligación de acompañarlos para que tengan un proyecto de vida”.</p><p>El Colegio Superior San Martín llega a sus 85 años con el mismo espíritu que lo vio nacer: abierto, inclusivo y comprometido. Su historia es la de una comunidad que cree en la educación como herramienta de transformación y que, como su Banda Lisa, sigue marcando el compás del orgullo sanfrancisqueño.&nbsp;</p>]]>
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                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2025-08-16T13:00:00+00:00</published>
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