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    <title>La Voz de San Justo</title>
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    <updated>2026-05-02T12:40:05+00:00</updated>
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            “Que la inclusión no sea solo discurso”: Adriana Quaglia y el desafío de Sonando por cambiar la escena
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4yC6D7xF-IZaSWdvnmE6qICGr4E=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/adriana_quaglia_1.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Por Cecilia Castagno | LVSJ&nbsp;<p>En una Argentina atravesada por la tensión en torno a la Ley de Emergencia en Discapacidad, experiencias como la de la Asociación Civil Sonando adquieren una dimensión que va mucho más allá de lo artístico. Nacida hace una década en el fondo de un centro terapéutico, hoy se consolidó como un espacio clave de encuentro, creación y defensa de derechos para personas con discapacidad en la ciudad de Santa Fe.</p><p>“Es un proyecto que empezó hace 10 años y continúa hoy en día y fue mutando, así como fue mutando también todo lo referido a lo que es la inclusión de las personas con discapacidad”, explica Adriana Quaglia (43), fundadora y presidenta del espacio. Su recorrido personal también acompaña ese proceso: llegó a Santa Fe a los 19 años desde San Francisco, ciudad que aún extraña, y desde entonces construyó un camino que combina música, educación e inclusión.</p><p>El origen de Sonando está marcado por una escena tan sencilla como reveladora. Un ensayo musical un sábado a la mañana. “Pensé que no iba a ir nadie... y resultó que fueron todos los estudiantes. Todos”, recuerda Quaglia en diálogo con Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO. Aquella convocatoria inesperada dejó en evidencia una necesidad que hasta ese momento no estaba siendo atendida: la de contar con espacios recreativos y artísticos para personas con discapacidad, más allá de los ámbitos terapéuticos.</p><p>“Esos espacios son fundamentales, pero no pueden ser los únicos. También tienen derecho a lo recreativo, artístico, educativo”, subraya.</p><p>Con el tiempo, el proyecto fue creciendo. Lo que comenzó como una banda improvisada en un espacio terapéutico logró expandirse hacia ámbitos culturales más amplios. “Logramos salir de ese espacio y empezar a habitar otros lugares más concurridos y más culturales”, cuenta. Actualmente, la asociación funciona en una sede ubicada en un club, reúne entre 40 y 50 participantes y cuenta con un equipo de cinco profesoras que trabajan desde una lógica personalizada.</p><p>Sin embargo, ese crecimiento también dejó al descubierto una realidad incómoda. “Hay muchos espacios, teatros y salas que son accesibles para que una persona con silla de ruedas vaya a escuchar en concierto, pero no para que el artista se suba al escenario”, advierte Quaglia. La frase sintetiza una de las principales deudas de la inclusión: la diferencia entre poder estar y poder participar activamente.</p>Sonando nació como una respuesta concreta a la falta de lugares donde las personas puedan disfrutar, crear y expresarse.<p>En Sonando, el arte es una herramienta de transformación. “Fundamentalmente nosotros observamos la alegría. Un disfrute constante”, señala Adriana. Pero ese impacto va más allá de lo emocional. “Hay mayor autonomía y mayor validez de sí mismo”, agrega. En ese proceso, el foco deja de estar en las limitaciones para centrarse en las posibilidades. “Se destaca a la persona con lo que sí puede hacer... acá sí puede hacer música”, afirma. Porque “la verdadera inclusión no es solamente trabajar con personas con discapacidad, sino que las personas habiten todos los espacios”.</p><p>El rol de las familias es otro de los pilares del proyecto. “Esto es un espacio familiar”, dice Quaglia. Las familias no solo acompañan, sino que también participan activamente en la construcción cotidiana del espacio. Son parte del entramado que sostiene y potencia cada propuesta.</p><p>Pero en un contexto de crisis y debate, el sostenimiento no puede depender únicamente de la voluntad colectiva. “Si el Estado no acompaña, todo se cae”, advierte. Y remarca la responsabilidad estatal en la garantía de derechos: “Tiene que cumplir con los derechos que también reclama”.</p><p>Ante esas falencias, “las asociaciones civiles se constituyen como espacios de resistencia, un espacio de resguardo y de resistencia”, sostiene la entrevistada. En un momento donde incluso los derechos conquistados están en riesgo, para ella la tarea es clara: “Estamos tratando de no perder derechos, ni siquiera de ganar más derechos”.</p>La sanfrancisqueña es fundadora y presidenta de la Asociación Civil Sonando, desde donde impulsa propuestas artísticas inclusivas.<p>"Hay que apuntar a la accesibilidad de los espacios formales”, insiste. Porque el problema no se limita a la existencia de propuestas, sino a las barreras que impiden acceder a ellas. “Si alguien quiere estudiar música de forma formal, se encuentra con un montón de barreras, desde lo actitudinal hasta lo institucional”, explica.</p><p>En ese entramado, los prejuicios siguen teniendo peso. “Todos tenemos prejuicios, queramos o no”, reconoce. Y propone una reflexión concreta: mirar los espacios cotidianos y preguntarse por las ausencias. “Si en un lugar nunca hay personas con discapacidad, algo está pasando”, afirma.</p><p>A pesar de las dificultades, Sonando sigue proyectando. Entre sus objetivos se encuentra la construcción de instrumentos adaptados para personas con parálisis cerebral, utilizando tecnología asistiva (TA) y recursos accesibles. También avanzan en la organización del festival “Más Música”, que este año se extenderá durante tres días y buscará reunir a docentes y talleristas para pensar prácticas inclusivas.</p><p>Adriana también imagina nuevos horizontes para la asociación. “Me gustaría llevar el proyecto de Sonando a San Francisco. Me parece que es una ciudad pujante, que tiene un montón. Es muy rica, es muy abierta culturalmente”, consideró, en referencia a su lugar de origen.</p><p>“Hay muchos espacios, teatros y salas que son accesibles para que una persona con silla de ruedas vaya a escuchar en concierto, pero no para que el artista se suba al escenario”</p><p>&nbsp;</p><p>La música, en ese recorrido, ocupa un lugar central, aunque lejos de una mirada romántica o simplificada. Ante la pregunta por su significado personal, Adriana se sincera: “Es una forma de transitar la vida muy gratificante, pese a contextos bastante difíciles”.</p><p>Sin embargo, el desafío no es solo técnico ni organizativo. También es cultural. “Estamos podridos de los que se quieren sacar la foto”, dice Quaglia, en referencia a acciones aisladas que no generan cambios estructurales. “Hacen un evento y al día siguiente volvemos a no poder acceder a un espacio porque no tiene rampa”, agrega.</p><p>“Me parece que la cuestión de comunicación y los colectivos es lo que nos salva. Nadie se salva solo; generar vínculos es lo principal”, sostiene.</p><p>El sostenimiento económico es otro de los desafíos que atraviesan. “Nuestra asociación se sostiene de varias formas, con asociados que pagan una cuota mensual, con algunos talleres que son pagos, con los que contratamos profes y músicos, porque solemos tocar con otras orquestas y grupos, y también gestionamos subsidios, pero que son temporales”, contó Quaglia.</p><p>En ese sentido, mencionó algunas de las estrategias que desarrollan para sostener y ampliar el alcance del proyecto. “Tenemos un proyecto que se llama Sonando en los Barrios, que va a barrios más carenciados, entonces para eso pedimos subsidios. Pedimos subsidios para transporte y demás. Es complicado, pero hay que estar en movimiento”, siguió.</p><p>En ese contraste entre discurso y realidad, Sonando se posiciona como una experiencia concreta que demuestra que la inclusión es posible, pero requiere compromiso sostenido. “La música sola no genera nada, sino la persona que la está haciendo, la que la escucha”, reflexiona.</p><p>En tiempos donde se discuten leyes y presupuestos, el trabajo de estas organizaciones pone en primer plano una pregunta más profunda: qué tipo de sociedad se está construyendo. “Que la inclusión sea real, y que no sea solamente algo del discurso”, plantea Quaglia.</p><p>Y deja una invitación abierta, que es también un desafío: “Si te incomoda, está bien, pero hacé algo con esa incomodidad”. Porque, en definitiva, de eso se trata: de transformar esa incomodidad en acción, para que algún día no haya que hablar de inclusión, sino simplemente de igualdad.</p><p>“Que no haya que incluir a nadie, porque ya estemos todos adentro”, concluyó.</p><p>&nbsp;</p><p>Perfil&nbsp;</p><p>Adriana Quaglia es profesora y licenciada en música con orientación en composición por la Universidad Nacional del Litoral, donde obtuvo la medalla al mejor promedio. Cuenta con una Maestría en Educación Inclusiva para Niños, Niñas y Adolescentes en Situación de Exclusión Social y actualmente es doctoranda en Educación en la Diversidad en la Universidad Nacional de Cuyo.</p><p>Su formación se completa con su labor como terapeuta no verbal en el enfoque Benenzon e instructora de yoga para niños y niñas, además de especializaciones en discapacidad realizadas en Santa Fe, Buenos Aires, Córdoba y Estados Unidos.</p><p>A su vez, integra el equipo de educación inclusiva en el nivel secundario de los ministerios de Educación y Cultura de Santa Fe y brinda capacitaciones en el ámbito de la educación especial en niveles terciarios y universitarios.</p>]]>
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                <published>2026-05-02T12:39:37+00:00</published>
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