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    <title>La Voz de San Justo</title>
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    <updated>2026-07-12T17:15:09+00:00</updated>
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            Atilio Olivetta, el médico que tendió puentes en el Chaco Salteño
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/qP4tfSS0Wbaz0WBAwE1tZfEgOLA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/atilio_olivetta_medico_devotense_en_el_chaco_salteno_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por María Laura Ferrero | LVSJ&nbsp;<p>Hay escenas que justifican años de esfuerzo. Hace apenas unas semanas, durante un nuevo operativo sanitario en el Chaco Salteño, una niña se acercó a Atilio Olivetta mientras terminaba de atender pacientes y le dijo, con total naturalidad, que él era su médico favorito. Después se dejó revisar sin miedo.</p><p>Al pediatra devotense todavía se le quiebra la voz cuando recuerda ese momento.</p><p>—Eso me hizo tambalear —admite.</p><p>No fue solamente un gesto de cariño.</p><p>Fue la confirmación de que casi dos décadas de trabajo silencioso habían logrado algo mucho más difícil que un diagnóstico o un tratamiento: construir confianza.</p><p>Porque hubo un tiempo en que aquella escena era impensada.</p><p>Los chicos lloraban cuando veían llegar a un médico. Muchas madres observaban con desconfianza a esos profesionales que aparecían desde tan lejos y, en numerosas comunidades, el idioma se convertía en una barrera casi imposible de atravesar. La mayoría hablaba wichí o chorote y apenas algunas palabras en español.</p><p>Hoy esa realidad comenzó a cambiar.</p><p>Los niños esperan los operativos, reconocen a quienes los atendieron años atrás y se acercan con la naturalidad que solo existe cuando la confianza ya echó raíces.</p><p>A Olivetta le alcanza esa imagen para explicar por qué, a los 76 años, sigue cargando el bolso y emprendiendo varias veces al año un viaje de casi 1.500 kilómetros hacia uno de los lugares más postergados del país.</p><p>No lo hace por reconocimiento. Tampoco por aventura.</p><p>Lo hace porque siente que allí encontró el verdadero sentido de una profesión que abrazó hace más de cuatro décadas.</p><p>"Encontré el lugar donde Dios quería que estuviera."</p><p>&nbsp;</p>La promesa<p>La historia comenzó mucho antes del primer viaje al norte argentino.</p><p>Nacido en Devoto, Olivetta se fue a Córdoba para estudiar Medicina cuando ya estaba casado. Trabajó mientras cursaba la carrera y recuerda que su esposa, oriunda de Saturnino María Laspiur, postergó sus propios proyectos para acompañarlo en ese camino.</p><p>"Ella dejó todo para que yo pudiera recibirme", cuenta con gratitud.</p><p>Se graduó en 1980 y realizó la residencia en Pediatría entre el Hospital de Niños y el Hospital Infantil de Córdoba. Como tantos profesionales de aquella época, regresó al interior convencido de que allí podía desarrollar su vocación.</p><p>Primero trabajó en La Paquita, donde era el único médico de un pueblo de apenas 600 habitantes. Después volvió definitivamente a Devoto, donde construyó una extensa trayectoria como pediatra, atendiendo en su consultorio y recorriendo durante tres décadas buena parte del departamento San Justo como auditor de una obra social.</p><p>Parecía una carrera profesional completa.</p><p>Pero la vida todavía le tenía reservado otro destino.</p><p>Todo cambió cuando uno de sus hijos enfermó de leucemia. Como médico conocía la gravedad del diagnóstico. Como padre, enfrentaba uno de los momentos más difíciles de su vida.</p><p>Fue entonces cuando hizo una promesa. Le pidió a Dios que se hiciera su voluntad. Pero si su hijo lograba salir adelante, dedicaría parte de su vida a servir allí donde la necesidad fuera más extrema.</p><p>No sabía cuándo ni cómo. Solo sabía que, si llegaba ese momento, no podía mirar hacia otro lado.</p><p>&nbsp;</p>El viaje<p>La respuesta apareció poco tiempo después. Un colega de Arroyito, el médico Gerardo Galimbertti, le comentó que el cantautor Jorge Rojas estaba formando un equipo sanitario para sumar atención médica al trabajo social que ya realizaba en comunidades del Chaco Salteño.</p><p>Hasta ese momento, el proyecto impulsado por el artista trabajaba principalmente en educación, cultura y deporte. La salud era el desafío que faltaba.</p><p>Olivetta aceptó sin dudar.</p><p>Pensó que viajaría hasta La Merced, cerca de Campo Quijano. Pronto descubrió que el destino estaba muchísimo más lejos.</p><p>Las comunidades donde comenzó a trabajar se encuentran en torno a Santa Victoria Este, en el extremo norte de Salta, una de las regiones más vulnerables del país. Allí viven principalmente pueblos originarios como los wichí, chorotes y chulupíes, que durante décadas enfrentaron enormes dificultades para acceder a servicios de salud, agua potable y caminos transitables.</p><p>Todavía recuerda aquella primera llegada. No tanto por las dificultades materiales, sino por el recibimiento. "Cuando la familia Rojas nos abrazó apenas llegamos, sentí que Dios me había puesto en el lugar correcto."</p><p>Esa sensación nunca volvió a abandonarlo.</p>Uno de los grupos que participó de uno de los operativos y vínculo que se logra con los chicos de las comunidades.&nbsp;Aprender<p>Los primeros operativos le enseñaron que el mayor desafío no era recorrer más de 1.500 kilómetros desde Córdoba ni soportar jornadas de calor extremo en medio del monte salteño. Lo verdaderamente difícil era derribar una barrera invisible: la desconfianza.</p><p>Muchas familias hablaban únicamente su lengua originaria y apenas entendían algunas palabras en español. En varias comunidades era indispensable la presencia de un enfermero o de un agente sanitario bilingüe que pudiera traducir cada consulta. Sin ese puente, la comunicación entre médicos y pacientes era prácticamente imposible.</p><p>"Al principio era muy complicado. Las mamás acompañaban a los chicos, pero hablaban muy poco español. Los papás también. Había un solo enfermero que conocía el idioma chorote y el wichí y era quien nos ayudaba a entender qué le pasaba a cada paciente", recuerda.</p><p>Pero el idioma no era el único obstáculo. También había miedo. Los chicos no se dejaban revisar y muchas familias observaban con cautela a esos médicos que llegaban desde tan lejos. Para cualquier profesional acostumbrado a un consultorio, aquella realidad obligaba a replantearse la manera de ejercer la medicina.</p><p>"Muchos llegan con ganas de cambiar todo en dos días. Nosotros entendimos que eso era imposible. Hace miles de años que viven así. Podemos ayudarlos a mejorar algunas cosas, pero no cambiarles su forma de vivir."</p><p>Con el paso del tiempo, aquella reflexión terminó convirtiéndose en una convicción.</p><p>"Nunca tratamos de cambiar lo suyo. Siempre respetamos su cultura, sus remedios naturales y sus creencias. Nosotros vamos a ayudar, no importa si son católicos, evangélicos o practican otra religión. Tampoco mezclamos política. La misión es mejorar un poco la calidad de vida."</p><p>Para Olivetta, esa fue la enseñanza más importante que le dejó el Chaco Salteño. Comprendió que antes de enseñar había que escuchar; antes de indicar un tratamiento era necesario comprender cómo vivían esas familias y cuáles eran sus verdaderas necesidades.</p><p>"Primero aprendimos nosotros", resume.</p><p>&nbsp;</p>Dignidad<p>Los resultados tampoco llegaron de un día para el otro. La confianza se construyó con paciencia y con presencia. Regresando una y otra vez a las mismas comunidades. Conociendo a las familias por su nombre. Recordando a los chicos que habían atendido años antes.</p><p>Por eso aquella frase de la pequeña paciente lo conmovió tanto.</p><p>Comprendió que el cambio más importante no estaba en las historias clínicas, sino en las personas.</p><p>"Antes los chicos no se dejaban revisar. Hoy vienen contentos, confían en nosotros y eso es una alegría enorme."</p><p>Con los años también cambió la manera de trabajar. Lo que comenzó con apenas tres o cuatro médicos atendiendo en una escuela rural fue creciendo hasta conformar un equipo interdisciplinario.</p><p>Actualmente, Olivetta integra Lawho, organización formada principalmente por médicos voluntarios que realiza operativos clínicos en el Chaco Salteño. Paralelamente, la Fundación Amtena lleva adelante las campañas quirúrgicas, permitiendo resolver casos que antes solo podían diagnosticarse. Ambas instituciones trabajan de manera complementaria y articulan acciones con el sistema sanitario local.</p><p>Cada operativo implica una logística compleja. Durante una semana, las escuelas rurales se convierten en consultorios donde se realizan controles pediátricos, clínicos, oftalmológicos, ecografías y estudios cardiológicos. Todo el equipamiento viaja desde Córdoba y, en muchos casos, debe funcionar con generadores porque todavía existen comunidades donde la electricidad continúa siendo un recurso limitado.</p><p>En los últimos años se incorporó además una herramienta que marcó un salto de calidad: un laboratorio portátil impulsado por el Sanatorio Allende, que permite realizar análisis clínicos directamente en territorio y obtener diagnósticos mucho más rápidos para enfermedades como anemia, diabetes o trastornos tiroideos.</p><p>Sin embargo, para Olivetta el mayor avance no está solamente en la tecnología. "Queremos que una persona que vive en el monte tenga la misma atención que cualquier paciente en una gran ciudad."</p><p>Con el tiempo comprendió que aquellos viajes nunca fueron una lucha contra la pobreza. Fueron, sobre todo, una manera de defender la dignidad de personas que durante décadas quedaron lejos de todo. Porque ayudar no significaba cambiarles la vida, sino garantizarles algo mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más profundo: el derecho a ser atendidos con el mismo respeto, la misma dedicación y la misma calidad que cualquier otro argentino.</p>Cambios<p>Cuando llegó por primera vez al Chaco Salteño encontró escuelas muy precarias, algunas sin sanitarios y otras sin energía eléctrica. Las familias caminaban durante horas para acceder a una consulta y los equipos médicos debían trasladar generadores para poder realizar una ecografía o un estudio básico.</p><p>Casi dos décadas después, la realidad sigue siendo difícil, pero también muestra avances que alimentan la esperanza. En varias comunidades llegó la electricidad, mejoró el acceso al agua potable, crecieron las escuelas y se formaron enfermeros locales y agentes sanitarios bilingües que hoy acompañan el trabajo de los profesionales durante todo el año.</p><p>"Jorge Rojas siempre decía que los primeros resultados los íbamos a ver diez años después. Y tenía razón", afirma.</p><p>Todavía quedan enormes desafíos. Las distancias siguen siendo largas, las lluvias muchas veces aíslan a las comunidades y persisten problemas vinculados con la alimentación, el agua y las enfermedades propias de la región. Pero Olivetta prefiere detenerse en los pequeños logros que hablan de un cambio profundo.</p><p>Recuerda, por ejemplo, la emoción de conseguir dos bicicletas para chicos que caminaban ocho kilómetros diarios para llegar a la escuela. O la satisfacción de ver regresar movilizados a médicos jóvenes que participaron por primera vez de un operativo y descubrieron una realidad completamente distinta a la que conocían.</p><p>"Eso también nos llena de esperanza", dice. "Porque la solidaridad también se contagia."</p><p>&nbsp;</p>Vocación<p>Mucho antes de viajar al Chaco Salteño, la solidaridad ya ocupaba un lugar importante en la vida de Atilio Olivetta. En Devoto no solo fue el pediatra de varias generaciones de niños. También dedicó buena parte de su tiempo a las instituciones de la comunidad.</p><p>Durante dieciséis años presidió la cooperadora escolar del Ipetym Nº 89, incluso cuando sus hijos ya habían terminado de estudiar allí. Desde hace dos décadas integra la parroquia San José como ministro extraordinario de la Comunión y continúa colaborando con distintos espacios vinculados a la salud.</p><p>Sin embargo, reconoce que hubo una conversación que terminó de marcar su manera de entender el servicio.</p><p>Fue su esposa quien un día le recordó que la educación de los hijos también era responsabilidad de los padres y no solamente de las madres. Aquella reflexión estuvo acompañada por una frase que jamás olvidó.</p><p>"El que no vive para servir, no sirve para vivir."</p><p>"Me quedó grabada para siempre", dice.</p><p>Tal vez por eso tampoco sorprende otra confesión que aparece casi al pasar durante la charla.</p><p>Antes de estudiar Medicina quería ser sacerdote. "Era mi vocación", recuerda.</p><p>Cuando le planteó sus dudas al cura de su pueblo, recibió una respuesta que lo acompañó durante toda la vida.</p><p>"Si además de curar el cuerpo ayudás a sanar el alma, también sos un cura."</p><p>Muchos años después, mientras recorría las comunidades originarias del norte salteño, sintió que aquellas palabras cobraban un sentido diferente.</p><p>&nbsp;</p>Compromiso<p>A los 76 años ya no atiende en consultorio como antes, pero cada vez que se organiza un nuevo operativo vuelve a preparar el bolso.</p><p>Las jornadas siguen siendo largas, los caminos difíciles y las incomodidades forman parte del viaje. Sin embargo, nunca pensó en dejar.</p><p>"Los muchachos del grupo me cargan y me dicen que ya es hora de jubilarme", cuenta entre risas. "Pero mientras el cuerpo me dé y ellos me acepten, voy a seguir yendo."</p><p>Esa misma convicción intenta transmitirla a quienes recién comienzan.</p><p>&nbsp;</p>El puente<p>Hace apenas unas semanas, una niña se acercó para decirle que él era su médico favorito.</p><p>Probablemente nunca imaginó todo lo que provocaron esas palabras.</p><p>Para Atilio Olivetta fueron mucho más que un gesto de cariño. Fueron la confirmación de que el esfuerzo de casi veinte años había valido la pena.</p><p>Recordó aquellos primeros viajes, cuando los chicos lloraban al ver llegar a un médico, las familias los observaban con desconfianza y el idioma parecía levantar una barrera imposible de atravesar.</p><p>Hoy esa realidad comenzó a cambiar.</p><p>No porque alguien hubiera intentado modificar una cultura ancestral. Sino porque aprendieron a escuchar antes de hablar, a respetar antes de enseñar y a caminar junto a esas comunidades sin perder de vista algo esencial: ayudar nunca puede significar imponer.</p><p>Quizás ese sea el mayor aprendizaje que le dejó el Chaco Salteño.</p><p>Entender que la medicina no solo puede aliviar un dolor o curar una enfermedad.</p><p>También puede acercar personas.</p><p>Tender puentes.</p><p>Y recordarnos que la dignidad no depende del lugar donde una persona nace, sino del respeto con que decidimos mirarla.</p><p>Hace casi veinte años, Atilio Olivetta emprendió aquel primer viaje para cumplir una promesa hecha durante la enfermedad de uno de sus hijos.</p><p>Con el tiempo descubrió que ese compromiso era apenas el comienzo de otro viaje, mucho más profundo. El de un médico que encontró una nueva manera de ejercer su profesión. Y el de un hombre que, después de recorrer miles de kilómetros por los caminos del monte salteño, comprendió cuál era el verdadero sentido de su vocación.</p><p>Por eso, cuando recuerda aquella promesa, ya no habla solamente de un compromiso cumplido.</p><p>Habla del lugar donde encontró la respuesta que había buscado durante tantos años.</p><p>Y entonces vuelve a repetir, con la serenidad de quien ya no tiene dudas:</p><p>"Encontré el lugar donde Dios quería que estuviera."</p>]]>
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                <published>2026-07-12T15:00:00+00:00</published>
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