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    <title>La Voz de San Justo</title>
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    <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
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            José María Barrale, custodio de la historia de las máquinas agrícolas
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/mlXI2QICBW0AeGepXLuMLLfNLak=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/jose_barrale.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Por María Laura Ferrero | LVSJ<p>El 7 de enero, Día del Coleccionista, encuentra pleno sentido en la historia de José María Barrale. A los 59 años, reunió más de 14.000 folletos de maquinaria agrícola, catálogos centenarios, fotografías, maquetas y cosechadoras antiguas. Lo que empezó como un juego de infancia se transformó en una tarea paciente y silenciosa: rescatar información que las propias fábricas no conservaron y que hoy convierte a Barrale en una voz autorizada sobre la historia de la industria agrícola argentina.</p><p>Todo empezó en 1972, cuando tenía seis años y viajó a San Vicente para la Fiesta Nacional de la Cosechadora. Ese día guardó su primer folleto y, sin saberlo, abrió una puerta que nunca más se cerró. “Lo recuerdo como si fuera ayer”, dijo. A partir de ahí, cada exposición fue una cacería feliz: mientras los adultos miraban animales, él se perdía entre máquinas y se animaba a pedir folletería con una timidez que le daba vergüenza, pero también orgullo.En la cocina del campo, entre deberes escolares y papas peladas, su tía Sabina le cambió el destino con una idea sencilla: escribir cartas a las fábricas para que le enviaran folletos. Ella dictó, él copió con su letra desprolija y el correo empezó a traer sobres cargados, respuestas con membretes, saludos formales y tarjetas de contacto. “Te trataban como si fueras grande”, recordó, y contrastó con el presente: “Hoy eso no sucede más”.</p>Una frase que marcó el camino<p>La pasión también llegó a la escuela. José María llevaba folletos en la cartera, los miraba en clase y más de una vez fue reprendido. En primer año, una docente se los quitó y, al devolvérselos, le dijo algo que quedó grabado para siempre: que no dejara nunca de ir detrás de lo que le gustaba. “Ahí me hizo un clic en la cabeza”, reconoció. Ese gesto simple terminó siendo una validación temprana de lo que muchos veían como una rareza.La adolescencia trajo otros intereses y el coleccionismo quedó en pausa durante años. Recién en el 2000 retomó la actividad, aunque con una herida: gran parte de los folletos de su infancia se habían perdido. “Fue como empezar de cero”, admitió. Lejos de desanimarse, ese vacío lo empujó a reconstruir con más fuerza y compromiso.</p>Cuando la pasión se volvió oficio<p>El verdadero punto de inflexión llegó en 2003, cuando comenzó a escribir su primer libro. Al entrevistar fabricantes y recorrer plantas, entendió que su archivo debía ordenarse y cuidarse con criterio histórico. Desde entonces, cada folleto fue clasificado, protegido y archivado. Hoy, encontrar una pieza dentro de las más de 14.000 no le lleva más de cinco minutos. Ese orden no es obsesión: es conciencia de valor.Para Barrale, un folleto no es publicidad: es documento técnico. En esas hojas están los motores, las capacidades, los rendimientos, los materiales, los procesos productivos. “Ahí está toda la información”, afirmó. Esa acumulación de datos le permitió convertirse en una palabra autorizada cuando se habla de maquinaria agrícola. En discusiones técnicas, el folleto fue siempre “el juez de la causa”. Donde la memoria falla, el papel responde.</p>Tadeo Buratovich, el maestro<p>En ese camino apareció una figura clave: Tadeo Buratovich, historiador y exdirector del Museo de Arequito. Barrale lo definió como la persona que más sabía de maquinaria agrícola en Argentina. Fueron más de veinte años de charlas, aprendizajes y colaboración. Tadeo participó en sus libros y fue una referencia constante. Tras su fallecimiento, la familia le confió su folletería y maquetas. “Sabía que el material iba a estar en buenas manos”, sostuvo Barrale, con gratitud y emoción.Con el crecimiento de la colección llegaron los repetidos y, con ellos, otros apasionados. Barrale empezó a contactar gente de La Pampa, Buenos Aires, Entre Ríos, Santa Fe. Se intercambiaban paquetes como figuritas. Así nació la idea de formar un grupo, un círculo. El nombre fue un homenaje: Mariano Blangetti, joven coleccionista de Brinkmann y amigo entrañable, cuya familia donó su colección tras su muerte. Con autorización de la madre, el círculo tomó su nombre y se convirtió en una red nacional de preservación.</p>Regalar para preservar<p>Barrale no acumuló por egoísmo. De los folletos repetidos armó tandas y las distribuyó entre otros apasionados. “Regalé 9.000 folletos”, contó, casi como quien enumera un gesto natural. Lo hizo como una forma de devolver lo recibido y, sobre todo, de garantizar que ese material sobreviviera. “La mayoría iba a terminar en el fuego”, advirtió.Esa lógica solidaria no sólo fortaleció archivos personales en distintos puntos del país, sino que también despertó interés fuera de la Argentina. Muchos de esos folletos comenzaron a circular entre coleccionistas de Alemania, Francia, Italia y otros países europeos, donde el material argentino es valorado como documento técnico e histórico. Gracias a ese intercambio, piezas que estaban destinadas al descarte hoy integran colecciones internacionales y siguen contando la historia de una industria que supo tener prestigio y desarrollo propio.</p>Más allá del papel<p>Aunque siempre aclaró que su fuerte fue el folleto, la colección de José María Barrale fue creciendo de manera natural hacia otros formatos. Así llegaron las maquetas de maquinaria agrícola, muchas de ellas recibidas como regalo, incluidas varias que pertenecieron a Tadeo Buratovich. Nunca las miró como objetos de lujo: para él fueron y son piezas pedagógicas, capaces de explicar escalas, diseños, soluciones técnicas y modos de producción de cada época.</p>Barralle sostiene en sus manos el primer folleto que dio inicio a su colección.&nbsp;<p>A partir de 2005, su pasión dio un paso más y se volvió todavía más concreta. Empezó a rescatar cosechadoras antiguas reales, máquinas que estaban destinadas al desguace y que logró salvar casi contrarreloj. La primera llegó de la mano de una anécdota que aún recuerda con emoción: la de “los nonos”, una familia conocida a la que fue a llevarles uno de sus libros y que le ofreció una vieja cosechadora guardada en un galpón. No tenía dinero para comprarla, pero se la fiaron. Esa máquina fue el punto de partida. La desarmó por completo y la restauró pieza por pieza, hasta devolverle su funcionamiento original.</p><p>Con el tiempo, esa seriedad y ese respeto por el trabajo despertaron confianza. “José, yo me muero y esto termina como chatarra; vos la querés”, empezó a escuchar cada vez más seguido. Así llegaron donaciones de máquinas que la gente no quería ver cortadas ni vendidas por kilo. Hoy son doce cosechadoras restauradas, cada una con su historia, que demandaron años de trabajo, inversión y una dedicación casi artesanal. “Una cosechadora no es un auto”, explicó. “No la cargás en una plancha y listo”. Cada rescate implicó traslados complejos, trámites, restauración minuciosa y un compromiso total.</p><p>Desde siempre, la idea fue clara: crear un museo que rindiera homenaje a los pioneros de la maquinaria agrícola argentina, un país que supo fabricar la primera cosechadora automotriz del mundo. Ese proyecto no pudo concretarse ni en San Francisco ni en San Vicente, pero encontró destino en la Sociedad Rural de María Grande, donde hoy las máquinas se exhiben bajo un sistema de comodato. Allí, el presidente Ángel Deangelis, conocido como “Nincho”, comprendió desde el inicio la importancia del trabajo realizado por Barrale y abrió las puertas para que ese patrimonio pudiera preservarse.Hoy, las cosechadoras están cuidadas, restauradas y abiertas al público. No son piezas inmóviles: son testimonio de una industria que marcó al país y de una pasión personal que logró transformarse en memoria colectiva.</p>Los libros como rescate de voces<p>El recorrido de José María Barrale por el coleccionismo derivó, casi de manera natural, en la escritura. Con el tiempo entendió que no alcanzaba con guardar folletos: también era necesario registrar las voces de quienes habían sido protagonistas de una época industrial irrepetible.</p><p>Así nació Reinas Mecánicas I, un trabajo que comenzó en 2003 y se publicó tras visitar y entrevistar a alrededor de 30 fabricantes de cosechadoras argentinas. El proceso se extendió hasta 2007 y dejó un registro único. “Hoy no queda nadie vivo de los que entrevisté”, afirmó con crudeza. Ese dato convirtió al libro en un documento irrepetible, imposible de volver a realizar.</p><p>Luego llegó un segundo libro, también ya editado y agotado, dedicado a otra faceta clave de la maquinaria agrícola nacional: el desarrollo de las plataformas y cabezales de maíz, un trabajo que amplió la investigación, incorporó el aporte histórico de Tadeo Buratovich y le abrió a Barrale puertas internacionales.</p><p>Actualmente, José María se encuentra en la etapa final de edición de Reinas Mecánicas II, que pronto saldrá a la venta. Esta nueva obra retoma y amplía el trabajo inicial: recupera la información de la primera edición e incorpora nuevas empresas, fábricas y testimonios que fueron apareciendo con el paso del tiempo, muchas veces a partir de lectores que golpearon su puerta con fotos, recuerdos y datos olvidados.</p><p>Para Barrale, escribir nunca fue un ejercicio académico. Fue, y sigue siendo, una forma de devolverle identidad y memoria a una industria que, en muchos casos, desapareció sin dejar archivos propios.</p>Parte de la historia<p>En sus carpetas no hay sólo publicidad: hay memoria. Entre sus tesoros, Barrale conservó una enorme cantidad de folletos y fotografías en blanco y negro, de los inicios de fábricas y empresas que, en muchos casos, ni siquiera guardaron sus propios registros. Lo que para algunos era descarte, para estos coleccionistas fue documento. Y gracias a esa obstinación paciente —la de José María, la de Tadeo, la del círculo que se formó con el tiempo— hoy una parte de la historia industrial argentina sigue existiendo: intacta, clasificada, a salvo del olvido y del fuego.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/mlXI2QICBW0AeGepXLuMLLfNLak=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/jose_barrale.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>A los 59, sigue mirando las máquinas con los mismos ojos curiosos de aquel chico que, a los seis, se perdía entre los stands de una exposición rural. Lo que empezó como una fascinación infantil se transformó con el tiempo en una tarea silenciosa y persistente: rescatar folletos, catálogos, testimonios y máquinas que conservan la información técnica y humana de una industria agrícola argentina que, en gran parte, ya no existe.]]>
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                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-01-18T13:06:33+00:00</published>
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            Nicolás, el sanfrancisqueño que sueña con una expo Playmobil en la ciudad
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hf4V3ZQpiSAlF6XojZu1gxwfJkk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2024/07/playmobil.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Por Stefanía Musso | LVSJ<p>&nbsp;</p><p>La casa de Nicolás Carrizo (35) parece una más. Sin embargo, cuando se cruza la puerta, hay ¡un mundo de juegos! En una habitación Nicolás, más conocido como Nicone –nombre que lleva su bar-, está armando su “museo” del Playmobil, un histórico juguete que colecciona desde hace 20 años.</p><p>Mientras espera instalar el mobiliario adecuado para conservar sus atesorados muñequitos, LA VOZ DE SAN JUSTO tuvo acceso su universo de estos juguetes de origen alemán. Pronto también viajará a Santa Rosa de Calamuchita para participar de la Segunda Muestra del Interior de Playmobil que lo tiene como organizador y participante.&nbsp;</p><p>Junto a otro coleccionista, se darán el gusto de recrear una maqueta medieval a la que Nico dará vida a través de sus piezas mientras su colega será quien construirá el escenario de la Edad Media.</p><p>“Estas son las piezas que se van conmigo a Calamuchita”, dijo Carrizo a punto de embalar parte de su colección.</p><p>Es un castillo enorme, tan grande como una mesa de comedor que viajará acompañado de muñecos alegóricos, repuestos y otros elementos de la gama Playmobil que “da mil posibilidades de armar y desarmar. Podés estar horas y nunca te vas a aburrir”, sostuvo.</p>Nicolás Carrizo llevará su colección a una muestra en Santa Rosa de Calamuchita. “Mi sueño es poder hacer algo así en mi ciudad”, confesó.Piezas valiosas<p>En esa habitación especial dedicada a Playmobil, Nicolás puede estar horas ordenando, jugando, armando y desarmando, pero hay algunas piezas que solo se miran, no se abren ni se tocan. “La pieza más valiosa que tengo puede ser, por su costo, un tren referencia 4027 que está impecable de juguetería, también una estación de trenes referencia 4300 o la estación de carga referencia 4305 son sets que están rondando el medio millón de pesos para arriba. Pero considero una de mis figuras más valiosas un monje colorado de los ‘90, que ronda 70 mil pesos solo la figura, por lo exclusiva y rara que es”, contó.</p><p>“Hoy en día, con la inflación que hay y el desbarajuste económico, cuando cada uno pone los precios que quiere, podés hablar de algo nuevo en juguetería desde los 10 mil pesos hasta medio millón, aunque con mil pesos en una feria y sin accesorios podés conseguir”, siguió el coleccionista.&nbsp;</p><p>“Yo no compro casi nada acá por qué no se consigue –afirmó-. Como el envío es muy costoso, busco mucho que sean de los más viejos, no tan modernos, y que tengan su caja en lo posible”.</p>Parte de la colección que este fanático de Playmobil llevará a la exposición.<p>De todos modos, “el valor se lo da uno, más allá del comercial porque es un juguete que hace desde 1974 que se fabrica, hay cosas que no solo no vienen ni se van a hacer más, sino que de conseguirlas, es probable que ya haya pasado por varias manos antes y eso suma un valor histórico nostálgico”.</p><p>“Cuando uno compra un Playmobil usado, te encontrás con gente que te cuenta desde lo que le salió hasta cómo los obligaban a los hijos a cuidarlos. Para mí son muy valiosos sin pensar en un futuro económico o como inversión, es lo que me distrae y me da alegría”.</p><p>&nbsp;</p>Las figuras más difíciles&nbsp;<p>Como todo coleccionista, Nico quisiera tener algunas pizas muy específicas y tienen que ver con la historia de la marca alemana. “Las figuras más difíciles son las de color pastel que salieron al principio, figuras de pie más planos, manos fijas que tienen 50 años, pueden rondar los 100 mil pesos. Después, las de PCC (Playmobil Colector Club) que son una serie de figuras individuales que solo salieron para miembros de un club exclusivo que ya no existe más y tiene una partida limitada de un costo hasta de 100 euros la pieza”.&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>Más allá de la vida cotidiana<p>Si bien Nicolás dedica gran parte de su tiempo a su comercio y bar Nicone, ubicado en la esquina de España y Belgrano, el mundo Playmobil ocupa un lugar importante en su vida. “Todos tenemos un hobby o algo que nos caracteriza o incluso define, que va más allá de la profesión y el trabajo; algunos un deporte, otros el coleccionismo, la restauración, el modelismo…”.</p><p>“Yo siempre fui medio acumulador y coleccionista de álbumes de figuritas, etiquetas de cigarrillos, cosas del snack de los ‘90, también de ir guardando todo envase, envoltorio, cosas que algún día serían coleccionables porque hay de todo tipo a la hora de juntar”, dijo.&nbsp;</p><p>Él eligió coleccionar Playmobil “por su inocencia, sus detalles, por esa cosa que parece simple y lo dice todo. Durante la pandemia mi pasión por este juguete se hizo más fuerte, empecé a comprar de vuelta y encontré un grupo de Facebook de otros fanáticos de la Argentina que hace juntadas, exposiciones y demás y ahí empecé a vincularme más y de repente, a participar de otra manera que solo comprando o exhibiendo sino haciendo dioramas, fotografías y armando piezas que no vienen de fábrica con cosas que ya existen y así me convertí no solo en un miembro más activo sino que tuve la posibilidad de organizar una exposición en el interior del país”.&nbsp;</p>Un castillo y toda la magia del histórico jugueteEl juguete que nunca envejece<p>Playmobil es una línea de juguetes de plástico fabricados por el grupo Brandstäter (Geobra Brandstätter GmbH &amp; Co KG) con sede en Zirndorf (Alemania), desde 1974.&nbsp;</p><p>La base es un muñeco de 7,5 cm de alto. Sus partes móviles son la cabeza, los brazos y las piernas (y en algunos pocos casos, solo una) y dependiendo de su antigüedad, también las muñecas, en muñecos más antiguos del año 2014.&nbsp;</p><p>Estas figuras disponen de multitud de accesorios, vehículos, edificios, plantas y animales en su misma escala que permiten crear una gran cantidad de escenarios y situaciones. De hecho, se cree que la marca desde su presentación al mundo hasta 2022 ha creado 4.659 modelos de figuras y fabricado alrededor de 3.000 millones de estos pequeños personajes.&nbsp;</p><p>Ese mundo de tantas creaciones e imaginación cautivó a Nicolás. “De niño los conocía, pero siempre fueron un juguete muy costoso y no me lo compraban. Empecé a coleccionar en 2006 luego de ver una exposición de maquetas de un colegio. Yo había hecho uno de las calles con autitos &nbsp;pero &nbsp;de repente vi una granja y estaba echa solo con Playmobil, con su maqueta completa. Me gustó tanto que me robé una”, recordó entre risas. Eso que comenzó como una travesura de chicos, se convirtió en algo mucho más grande que un pasatiempo, que llevó a este coleccionista a ser reconocido en todo el país y hoy a impulsar la Expo Playmobil Calamuchita. “Quiero que la gente comparta, que se vendan y compren piezas, que la gente se sienta cómoda pero también que juegue”, es su deseo.</p><p>A Nicolás le gustaría trasladar algún día la misma muestra a nuestra ciudad. “Mi objetivo es mostrar mi colección e interactuar con la gente, conocer más coleccionistas, hacer de esto algo más federal, replicar este evento en otras localidades, difundiendo el coleccionismo o el amor por algún objeto que no solo tiene un valor monetario, también histórico. Mi sueño es poder hacer algo así en mi ciudad”, concluyó.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hf4V3ZQpiSAlF6XojZu1gxwfJkk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2024/07/playmobil.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Nicolás Carrizo es uno de los mayores coleccionistas de la provincia; es de los pocos que aún tiene cajas de estos juguetes cerradas e intactas. Con 35 años y 20 de coleccionismo, vive rodeado de estas figuras siempre vigentes.]]>
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            Horacio, el coleccionista de Guarany y Rosas
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/J59LyMIEv4Q7JD8AYFytZkr-RTo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2024/05/coleccionista_horacio_perna.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Stefanía Musso | LVSJ</p><p>&nbsp;</p><p>Cuando se piensa en emblemas patrios, generalmente recordamos a algunos próceres que, sin quitarles mérito, son los más conocidos y apreciados por el público en general.&nbsp;</p><p>Sin embargo, ya sea en la historia de nuestro país, la política o el arte; hay grandes hombres y mujeres que dejaron su huella imborrable y escribieron capítulos de nuestra historia. Eso sí, lo curioso está en encontrar fanáticos de ellos, pero más aún, que coleccionen piezas o tesoros referentes.&nbsp;</p><p>En barrio Independencia, un hombre de 37 años fanático del coleccionismo, aseguró que resguarda tesoros de dos hombres muy especiales para la historia argentina: el primero es Horacio "Pueblo" Guarany, del cual asegura tener la mayor colección discográfica del artista en todo el país. El segundo, y el más curioso, es su admiración por Juan Manuel de Rosas, al cual no solo lee todo el tiempo sino que tiene cuadros, libros, remeras y hasta un tatuaje que ocupa gran parte de su brazo derecho. Él es Horacio Perna, un apasionado de la música y la historia argentina.</p>El Potro, mi ídolo<p>El 15 de mayo próximo se celebra un nuevo natalicio de Horacio Guarany y si estuviera vivo, cumpliría 99 años, casi un siglo y la mitad de su vida dedicada al canto del folclore. Su canción "Si se calla el cantor" se convirtió en un himno para la generación de los años '60 y '70 y aún hoy se levanta como bandera. En su casa, Horacio Perna tiene más de 100 placas en distintos formatos: discos de pasta, discos de vinilo, CDs y casetes editados en Argentina, Paraguay y Bolivia.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>A través de esta colección, el sanfrancisqueño demuestra &nbsp;toda la pasión musical por este artista que nació en Las Garzas, en el Chaco santafesino, pero de jovencito tuvo que hacerse a la suerte donde conoció la farra, el desacato del vino, la ternura de las mujeres de la noche. Fue entonces que la música fue su gran abrigo y con el tiempo, lo convirtió en la gran voz popular.&nbsp;</p><p>“Escuché por primera vez a Guarany en la casa de mi padrino celebrando una Navidad”. El vecino de barrio Independencia tenía apenas 13 años y el hombre con su mismo nombre lo cautivó. “Lo miraba en los festivales del país y me juntaba con amigos a escucharlo”. Hace 10 años, se propuso juntar todos los discos. “Pensé que iba a hacer algo imposible, utópico, pero lo logré y hasta conseguí cosas inéditas que no tiene nadie”. “Horacio (por Guarany) le puso música a mi vida”, expresó.&nbsp;</p><p>Un ejemplo de rareza de esta colección, son los primeros tres discos del cantor popular editados en pasta que se reproducen en vitrola; pero además hay uno que es una sorpresa: está autografiado por Guarany y no se lo encuentra en la lista de discos del artista.</p><p>&nbsp;</p>Los discos de Guarany, el gran tesoro de esta colección<p>&nbsp;</p><p>“La firma lo autentifica”, dijo con seguridad el sanfrancisqueno y contó que “gran parte de la colección que tiene perteneció a Gustavo Lobianco, un coleccionista de folclore que supo atesorar mucho material de audio de El Potro y que fue el que hizo posible que los discos de Guarany se pudieran reeditar en CD, ya que, en épocas de la dictadura, la discográfica Phillips tuvo que quemar todo su material”.&nbsp; Y agregó: “Por ese motivo, la gran mayoría de esos discos que le pertenecieron a Lobianco tienen un valor extra para la música popular. Él me envió una carta certificando que los discos que le compré fueron fuente de recuperación gráfica y sonora de Guarany. El mismo me dijo que estuvieron en manos de Horacio”, contó el hombre. “La colección está completa y creo ser el único en el país en haberlo hecho”.</p>Orgullo por Rosas<p>Párrafo aparte merece este otro costado del historiador. Además de Guarany, Horacio tiene otro ídolo: Juan Manuel de Rosas.&nbsp;</p><p>“Desde chico leí historia argentina y a los 14 me regalaron los tomos de un historiador. Ahí lo conocí, pero me fanaticé leyendo a otros escritores”. “Tengo muchos libros y cosas de él”, agregó. Entre las piezas que tiene, hay banderines, cuadros, fotos, retratos y también adquirió cartas manuscritas certificadas del político argentino. Pero además de eso, lleva con mucho orgullo camisetas de Rosas y un enorme tatuaje en el antebrazo derecho.&nbsp;</p><p>“Hace cuatro años me tatué el rostro de Rosas”, indicó el sanfrancisqueño. El político y hacendado rioplatense que gobernó la provincia de Buenos Aires y dirigió la política exterior de la Confederación Argentina durante casi treinta años a mediados del siglo XIX es para Horacio, un gran referente de la historia.</p>Horacio lleva con orgullo un tatuaje del prócer Juan Manuel de Rosas<p>“Murió en el exilio y gracias al revisionismo histórico pudo reconstruirse su rol en la historia. Cuando él se fue de Argentina se llevó los documentos con pruebas de todo lo que hizo. Su hija hizo posible que se reescriba la historia y se lo reivindique”.&nbsp;</p><p>El 30 de septiembre de 1989 los restos de Juan Manuel de Rosas regresaron al país. Había muerto en 1877, a los 83 años, en Inglaterra, en una granja que trabajó casi hasta el último día. Vivía solo, condenado en su país y al borde de la miseria.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/J59LyMIEv4Q7JD8AYFytZkr-RTo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2024/05/coleccionista_horacio_perna.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Este sanfrancisqueño conserva la mayor colección discográfica de Horacio "Pueblo" Guarany y también atesora objetos, e incluso se hizo un tatuaje de otro de sus ídolos, Juan Manuel de Rosas.]]>
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                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
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            Vanesa y su colección de almanaques: tesoros que resguardan la historia comercial de la ciudad
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/u80TUjkRxqT51nJuyJ-SuN6eSAM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2024/04/vanesa_bustamante.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Las diminutas pero valiosas reliquias de calendario que guarda una vecina del barrio Dos Hermanos tienen décadas de antigüedad, pero conservan momentos destacados del ámbito comercial, tanto local como nacional.</p><p>Los mini almanaques, una rareza que gozó de popularidad en los años 80 y 90, cuando los comercios solían distribuirlos a sus clientes como una forma de publicidad o gesto cortés, han pasado a ser casi piezas en vías de extinción. Sin embargo, Vanesa Bustamante ha logrado reunir cerca de 2000 de estas piezas.</p><p>"Tener estos almanaques es muy importante para mí y tienen un gran valor porque representan una hermosa etapa de mi vida", le contó Vanesa a LA VOZ DE SAN JUSTO.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>Un hobby al que Vanesa le puso mucho entusiasmo.<p>Actualmente, posee entre 1800 y 1900 ejemplares que miden 7 por 5 centímetros, verdaderas obras de delicadeza. "Algunos conservan el formato clásico, mientras que otros son como marcadores", explicó.</p><p>Pero hay una joya especial: "Tengo uno que es lenticular 3D", reveló, añadiendo un toque de intriga a su colección.</p><p>Vanesa, una apasionada amante de los gatos, notó que estos adorables animales solían protagonizar muchas de las imágenes de los almanaques, junto con flores, perros y hermosos paisajes. "Me gustan todos, especialmente los de gatos, porque es mi animal preferido", confesó.</p><p>Los comienzos de esta colección se remontan a 1989, cuando su tía le regaló unos 70 u 80 almanaques de bolsillo. Desde entonces, Vanesa ha estado intercambiando con amigas, solicitando en todos los negocios que visita y recibiendo contribuciones de familiares y amigos.</p><p>&nbsp;</p>El recuerdo de Burmeister Lamberghini.<p>&nbsp;</p><p>"Pero no todos son locales. Tengo almanaques de diferentes partes del país, como Mar del Plata, Buenos Aires, Río Negro, Mendoza, e incluso tengo tres que me trajeron de Italia. Algunos son de plástico, otros de lata", detalló.</p><p>Entre las piezas destacadas, mencionó: "El más antiguo que tengo es del año 1964, con la imagen de la Virgen de Fátima. Los he clasificado en categorías como autos, animales, flores, paisajes, y más".</p><p>Apasionada por su colección, Vanesa espera seguir ampliándola: "Entre los años 1985 y 2000 aumentó mi colección. Hoy en día, prácticamente no se consiguen, pero no pierdo la esperanza de seguir coleccionando o intercambiando los que tengo repetidos".</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/u80TUjkRxqT51nJuyJ-SuN6eSAM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2024/04/vanesa_bustamante.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Una vecina de barrio Dos Hermanos atesora casi dos mil mini almanaques, una rareza que gozó de popularidad en los años 80 y 90.]]>
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