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    <title>La Voz de San Justo</title>
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    <updated>2026-10-17T13:05:40+00:00</updated>
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            Natalia Hernández: la costura, el oficio que le abrigó el alma
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/srozIR7_be4msIw72YEFeUVNnas=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/natalia_hernandez_costurera_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por María Laura Ferrero | LVSJ&nbsp;<p>Mucho antes de imaginar su propia marca de ropa, Natalia Hernández ya encontraba entre retazos, agujas e hilos una manera de crear. De niña hacía vestidos para sus muñecas y transformaba prendas que encontraba en casa. Aquellos juegos se convirtieron en un oficio que la acompañó durante más de tres décadas y que hoy, a los 49 años, sigue siendo parte esencial de su vida.</p><p>Natalia es docente, diseñadora de modas y confeccionista. Sin embargo, hay una palabra que pronuncia con orgullo: costurera. Aprendió en los años 90, cuando los moldes se dibujaban a mano y cada puntada requería paciencia. Su historia reivindica el valor de los oficios.</p><p>“Siempre me gustó coser. De niñas jugamos a muchos oficios, jugamos a ser maestras, a ser costureras. Yo hacía los vestidos de las muñecas, cortaba una prenda para hacer otra y, cuando fui creciendo, empecé a pedir que me llevaran a aprender”, contó.</p><p>Tenía 14 años cuando su mamá Betty la anotó en clases de costura. Allí aprendió a tomar medidas y a construir los primeros moldes. Más adelante, mientras terminaba el secundario, asistió por la noche a una escuela de oficios de su barrio. Recuerda especialmente a su profesora Alicia Caula, quien le enseñó a trabajar con moldes pequeños sobre papel milimetrado y después trasladarlos al tamaño real.</p><p>“Aprendí la moldería, a coser y a descoser, la rigidez, el detalle, todo. Ahí tuve mi primer título del Ministerio de Educación, de corte y confección”, recordó.</p><p>Con los años hizo cursos con Roberto Piazza en Córdoba, estudió técnicas de bordado y se acercó a la alta costura. También se capacitó en Rosario con Verónica D'Angelo y aprovechó la pandemia para seguir aprendiendo de manera virtual. Los trabajos fueron creciendo con ella: de cambiar cierres y hacer arreglos pasó a confeccionar vestidos para fiestas de 15, recepciones y casamientos.</p><p>&nbsp;</p>De los arreglos a Mercè<p>Natalia también se animó a emprender. Su primer proyecto, Almazuela, tomó el nombre de una técnica de unión y reutilización de retazos, similar al patchwork. Durante años confeccionó manteles, caminos de mesa, cortinas y otros objetos para el hogar que llevó a ferias, mientras continuaba realizando prendas por encargo.</p><p>Más adelante abrió su propio atelier, pero el fallecimiento de su mamá la obligó a detenerse. “Por cuestiones personales y emocionales lo dejé. Fue cuando falleció mi mamá y no podía hacer nada. Estuve un año sin coser, sin tejer, sin hacer nada”, relató. Después de esa pausa pudo volver a encontrarse con la creatividad y comenzó a imaginar otra etapa.</p><p>Así nació Mercè, su nueva marca de indumentaria. “Mercè significa gratitud. Es agradecer haber aprendido el oficio, haberlo mantenido durante tantos años y querer seguir trabajando con él”, explicó.</p><p>Para potenciar su emprendimiento, hoy estudia la carrera de Emprendedurismo en la universidad. Allí incorpora herramientas para pensar su modelo de negocio, organizar el proyecto y comercializar sus creaciones. Además, realizó una diplomatura en coaching de emprendedores a través de Córdoba Emprendedora, que le permitió acercarse a conocimientos de gestión y al mundo digital. Actualmente prepara una colección cápsula de prendas propias con la idea de volver a las ferias y ofrecer diseños con su sello.</p><p>&nbsp;</p>Betty, su gran impulso<p>En el recorrido de Natalia, su mamá Betty ocupa un lugar central. Era peluquera y fue mucho más que quien la llevó a sus primeras clases: se convirtió en su modelo, su promotora y el sostén que le permitió estudiar y trabajar mientras criaba a sus hijas.</p><p>“Mi mamá era mi modelo. Veíamos a la princesa Diana o los vestidos de Jacqueline Kennedy y ella me decía: ‘Ay, mirá ese vestido’. Entonces yo lo hacía, siempre poniéndole algo distinto, porque lo hacía yo”, recordó. Betty también hablaba de los diseños de su hija con las clientas de la peluquería. De esas conversaciones surgían pedidos para fiestas y celebraciones, y Natalia empezó a hacerse conocida por el boca a boca.</p><p>Pero su ayuda fue mucho más allá de recomendarla. “Pude hacer todo porque ella me cuidó a mis hijas, me ayudó en todo. Mi mamá siempre fue lo más”, expresó. En Betty encontró además el ejemplo de alguien que desarrolló su propio oficio, la peluquería, durante toda la vida. Hoy su ausencia duele, pero su presencia sigue en cada proyecto.</p><p>&nbsp;</p>Vestir los afectos<p>La costura le permitió estar presente de una manera especial en las celebraciones familiares. Hizo vestidos para fiestas de 15, comuniones, recepciones y casamientos. “Me encanta hacerle vestidos a mi familia, que les gusten los vestidos que hago. En mi familia todos se vistieron con mis vestidos”, contó.</p><p>Y el hilo familiar sigue extendiéndose. Después de tantos vestidos llegó un encargo diferente: el chaleco sastrero que confeccionó para el bautismo de su nieto. “Somos ocho mujeres y ahora cambiamos de generación con el varón. Le hice un chaleco para el bautismo. No podía faltar una prenda”, contó entre risas.</p><p>&nbsp;</p>Un oficio que vuelve<p>Natalia vio cambiar la relación de la sociedad con la costura. Hubo épocas en las que hacer ropa en casa permitía ahorrar; después, comprar prendas confeccionadas resultó más conveniente. También hubo años en los que coser se asociaba a una obligación femenina y parecía un saber del pasado. Hoy observa un interés renovado, incluso entre las jóvenes.</p><p>“Hubo un momento en que se lo veía como algo opresivo, como que las mujeres solamente sabían coser. Pero hoy el oficio está otra vez revalorizado. Las chicas jóvenes quieren aprender a coser”, señaló. Para ella, aprender no significa volver a viejas imposiciones, sino descubrir una herramienta para crear, trabajar y ganar autonomía.</p><p>&nbsp;</p>Enseñar y acompañar<p>En 2015 abrió un espacio para enseñar costura. Muchas alumnas eran niñas y adolescentes que querían confeccionar su propia ropa. Una experiencia la marcó especialmente: una mamá llegó sin saber coser y se propuso hacer el vestido de recepción de su hija. Natalia la acompañó durante todo el proceso, aunque les demandó mucho más tiempo del habitual.</p><p>“Nos costó mucho, el doble de tiempo. Pero se fue con el vestido de recepción de su hija”, recordó. La emoción de ambas y el orgullo de aquella mujer por haberlo hecho con sus manos valieron más que cualquier ganancia. “Todos podemos agarrar una aguja, coser un botón y hacer una prenda. Hay que desarrollarlo”, afirmó. Por eso, sueña con volver a dar clases.</p><p>&nbsp;</p>Un refugio para el alma<p>Cuando habla de coser, Natalia no piensa solamente en ropa. En cada técnica reconoce a alguien que la acompañó: su abuela, la mujer que la cuidaba cuando era chica, sus maestras y, sobre todo, su mamá. “A veces agarro algo y digo: ‘Esto era de mi abuela’ o ‘Esto me lo enseñó la Tita, que me cuidaba’. Siempre lo veo con amor”, contó.</p><p>El trabajo manual también fue un refugio en momentos difíciles. “A mí me salvó un montón el corazón. Me salvó la cabeza”, expresó. Desde su experiencia como docente, Natalia observa con preocupación los problemas de salud mental que atraviesan muchos adolescentes y considera que aprender un oficio puede convertirse en una herramienta para ayudarlos. Cree que actividades como coser, bordar o tejer les permitirían alejarse por un rato de las pantallas, desarrollar la creatividad y encontrar un espacio de concentración y bienestar emocional. Por eso, alienta a los jóvenes a aprender algún oficio, aunque no lo elijan como profesión, porque considera que estos conocimientos no solo pueden abrir oportunidades laborales, sino también ofrecer un refugio frente a las dificultades de la vida.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/srozIR7_be4msIw72YEFeUVNnas=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/natalia_hernandez_costurera_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Comenzó a coser a los 14 años y nunca dejó de aprender. Entre moldes, vestidos y recuerdos familiares encontró una pasión y un refugio. Hoy estudia Emprendedurismo en la universidad y proyecta su marca Mercè. En el Día de la Costurera, reivindica un oficio que la acompaña desde su adolescencia.]]>
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