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    <title>La Voz de San Justo</title>
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    <updated>2026-04-12T14:24:10+00:00</updated>
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            De Devoto al espacio: la historia de Emanuel García en la misión Artemis II
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/cdn-cgi/image/width=400,quality=75/media/2026/04/emanuel_garcia_devoto.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>&nbsp;Por María Laura Ferrero | LVSJ<p>&nbsp;</p><p>Hay historias que no empiezan en laboratorios ni en centros espaciales. Empiezan en pueblos. En aulas. En decisiones pequeñas que, con el tiempo, terminan siendo enormes.</p><p>La de Emanuel García, este devotense —que hoy forma parte de un proyecto histórico para la ciencia argentina— es una de ellas.</p><p>Nació en Devoto en 1982, en una familia atravesada por la vocación profesional: su padre, médico; su madre, instrumentista y secretaria. Creció junto a sus hermanos en un entorno donde el estudio y el trabajo eran parte de la vida cotidiana. Pero nada hacía prever, en aquellos primeros años, que su recorrido terminaría vinculado a una misión espacial de alcance internacional.</p><p>“Yo nací en Devoto, hice toda la primaria en la Carlos Justo Florit y después el secundario en el Ipetym N 89 Paula Albarracín, con especialidad en química”, recordó. Ese fue el primer indicio de una inclinación por lo técnico, por entender cómo funcionan las cosas.</p><p>&nbsp;</p>Emanuel García, el ultimo a la derecha, junto que trabajó en el microsatélite Atenea.El largo camino<p>Como en muchas historias reales, el recorrido no fue lineal. Se mudó a Córdoba para estudiar Ingeniería Aeronáutica en el IUA, pero no logró completar la carrera. “Me costó mucho generar hábitos de estudio. Me sentaba horas, pero no me rendían”, contó con honestidad. Esa dificultad lo llevó a abandonar la universidad y comenzar a trabajar.</p><p>Lejos de significar un retroceso definitivo, ese momento marcó un giro. Un curso de diseño 3D con el software Catia, casi como una herramienta más, terminó siendo la puerta de entrada a su futuro. En 2008, una oportunidad inesperada lo conectó con la empresa VENG, vinculada al plan espacial argentino.</p><p>“Me dijeron que estaban buscando alguien que dibujara en 3D. Presenté el currículum y quedé”, recordó.</p><p>Ese ingreso no fue el final del camino, sino el verdadero comienzo.</p><p>VENG, es una empresa clave dentro del ecosistema aeroespacial argentino. Actúa como el brazo tecnológico y operativo de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), encargada de ejecutar buena parte de los desarrollos definidos en el Plan Espacial Nacional. Desde sus instalaciones en Córdoba, la firma participa en proyectos de altísima complejidad, que incluyen el desarrollo de satélites, ensayos tecnológicos, integración de sistemas y operaciones de misiones.</p><p>Su trabajo se articula en tres grandes ejes: el acceso al espacio —vinculado al desarrollo de cohetes y vectores—, la fabricación e integración de satélites, y la gestión de la información obtenida desde esos dispositivos, como imágenes y datos aplicados a distintas áreas, desde la producción agropecuaria hasta el monitoreo ambiental.</p><p>En ese entramado, VENG no solo aporta capacidad técnica, sino también recursos humanos altamente especializados, formación continua y un entorno donde la experiencia se construye en proyectos reales, muchas veces en articulación con agencias internacionales.</p><p>Para García, ingresar a ese mundo significó mucho más que conseguir un trabajo.</p><p>“Era entrar a un lugar donde se hacen cosas que parecen lejanas, pero que pasan acá, en Córdoba. Y donde uno puede aprender todos los días”, explicó. Ese ingreso no fue el final del camino, sino el verdadero comienzo.</p><p>Desde entonces, su trayectoria dentro del sector aeroespacial se construyó desde abajo, atravesando múltiples tareas y aprendizajes. Fue proyectista, realizó tareas administrativas, participó en desarrollos técnicos complejos —como soldaduras especiales— y trabajó en materiales ablativos, claves para resistir altas temperaturas.</p><p>“Yo hacía lo que había que hacer. Me tocó desde estar en la computadora hasta pintar estructuras a 20 metros de altura en verano al aire libre. Pero siempre con la idea de que estaba viviendo lo que había soñado”, explicó.</p><p>Esa idea —la de ser consecuente con un sueño— aparece como un eje central en su relato.</p><p>&nbsp;</p>La oportunidad<p>Con los años, llegó a especializarse en metrología dimensional, una disciplina clave en la industria aeroespacial: consiste en medir con precisión extrema las piezas para verificar que cumplan exactamente con los parámetros de diseño.</p><p>Ese camino no lo hizo solo. Fue acompañado por el ingeniero que lo formó dentro de la empresa, a quien recuerda como una figura central en su desarrollo profesional. “Era de esas personas que no se guardan nada. Se ponía el guardapolvo y te enseñaba todo, con una generosidad enorme”, contó sobre Miguel Nicola, quien lo guió durante años hasta su jubilación.</p><p>Ese aprendizaje práctico, cotidiano y riguroso fue el que terminó de consolidar su perfil técnico. “Me formé con él. Aprendí a mirar una pieza, a entenderla, a medirla con criterio. No es solo usar instrumentos, es saber qué estás midiendo y por qué”, explicó.</p><p>Ese conocimiento fue determinante cuando apareció la oportunidad de participar en el proyecto Atenea. “Me llamaron y me dijeron que necesitaban medir el satélite para cumplir con requerimientos de la NASA. No había tiempos definidos, había que adaptarse a los momentos disponibles”, recordó.</p><p>Su tarea consistió en diseñar el plan de inspección y realizar mediciones críticas en condiciones muy particulares: dentro de salas limpias, con protocolos estrictos y sin margen de error.</p><p>“El desafío era enorme. Venía de trabajar con piezas grandes, pesadas, y de repente estaba en un entorno de máxima delicadeza. Todo era crítico, nada podía fallar”, sostuvo.&nbsp;</p>Atenea: un hito argentino<p>El microsatélite Atenea formó parte de la misión Artemis II, uno de los programas más ambiciosos de la NASA para la exploración del espacio profundo.</p><p>Desarrollado por la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) junto a empresas y organismos científicos, el satélite fue diseñado como un CubeSat de alta complejidad tecnológica.</p><p>Su objetivo fue validar sistemas en condiciones extremas: medir radiación, probar comunicaciones de largo alcance y analizar el comportamiento de componentes en trayectorias más allá de la órbita terrestre.</p><p>El despliegue se realizó horas después del lanzamiento, iniciando una operación autónoma que logró resultados inéditos para el país.</p><p>Durante aproximadamente 20 horas, ATenea transmitió datos desde distancias superiores a los 70.000 kilómetros de la Tierra, estableciendo un hito en capacidades de comunicación y operación en espacio profundo.</p><p>Para Argentina, la misión significó mucho más que un experimento: fue una demostración concreta de que el país puede participar en proyectos de altísima exigencia tecnológica.</p>Tomar dimensión<p>Sin embargo, para él, esa dimensión no fue inmediata. “La noción de lo que habíamos hecho la tomé después, cuando el satélite voló, cuando empezaron a aparecer las repercusiones. En el momento estaba concentrado en cumplir mi tarea”, reconoció.</p><p>Esa distancia entre el hacer cotidiano y la magnitud del resultado es, quizás, una de las marcas más humanas de la historia.</p><p>“Uno va cumpliendo objetivos, pero después entiende lo que implicaba. Fuimos uno de los pocos países que participó en esa misión. Y además, todo se hizo desde Córdoba”, valoró.&nbsp;</p>La vida, el motor<p>Más allá de lo profesional, su historia también está atravesada por lo personal.</p><p>Se casó con Andrea Faccioli, su novia de la adolescencia, también devotense, con quien comparte su vida desde hace décadas. Hoy viven en el barrio Villa San Nicolás de la localidad de Malagueño junto a sus tres hijos Maxi (18), Benicio (12) y Amparo (8), construyendo una rutina que combina trabajo, familia y proyectos. Esa estabilidad, lejos de ser un dato menor, aparece como parte fundamental de su recorrido.</p><p>“Yo tengo la suerte de trabajar de lo que me gusta. Me levanto y quiero ir a trabajar. No lo padezco”, afirmó.</p><p>Y en ese punto emerge una de sus reflexiones más profundas, dirigida especialmente a las nuevas generaciones. “Más que hablar de sueños, hay que preguntarse para qué hacemos lo que hacemos. Si es solo por plata o reconocimiento, en algún momento eso se agota. El motor tiene que estar adentro de uno”, sostuvo.</p><p>Su historia, entonces, no es solo la de alguien que llegó al espacio. Es la de alguien que entendió por qué quería llegar.</p><p>En tiempos donde todo parece inmediato, su recorrido propone otra lógica. La del tiempo. La del esfuerzo. La de la constancia.</p><p>“Las oportunidades llegan, pero hay que estar preparado para cuando pasan”, dijo.</p><p>Desde Devoto al espacio profundo, su historia demuestra que no hay trayectorias perfectas, pero sí recorridos posibles.</p><p>Y que, incluso desde el interior del interior, también se puede llegar lejos.</p><p>Muy lejos.</p><p>&nbsp;</p>Para conocer más sobre el microsatélite argentino Atenea:<p>- Instagram: veng_argentina</p><p>- X @veng_argentina</p><p>- LinkedIn https://ar.linkedin.com/company/veng-argentina</p><p>- Web oficial https://veng.com.ar</p>]]>
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                <published>2026-04-12T11:00:00+00:00</published>
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