<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<feed xmlns="http://www.w3.org/2005/Atom">
    <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/feed-etiqueta/historias-de-liga</id>
    <link href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/feed-etiqueta/historias-de-liga" rel="self" type="application/atom+xml" />
    <title>La Voz de San Justo</title>
    <subtitle></subtitle>
    <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
        <entry>
        <title>
            El “Toro” Acuña y un camino bien del interior
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/el-toro-acuna-y-un-camino-bien-del-interior" type="text/html" title="El “Toro” Acuña y un camino bien del interior" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/el-toro-acuna-y-un-camino-bien-del-interior</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/el-toro-acuna-y-un-camino-bien-del-interior">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QZK4kzBaMvGBGcV2oIHDQi7dYwI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/gerardo_acuna.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Leonela Zapata.</p><p>Hay historias que no empiezan en una cancha grande ni en una pensión de AFA. Empiezan en una plaza, en un club de barrio, en un lugar donde nadie mira pero todo se construye. La de Gerardo “Toro” Acuña es una de esas. Porque antes de dirigir en Primera División, antes de enfrentarse a River o Racing, hubo un pibe que entrenaba solo, sin estructura, sin más herramientas que la voluntad. “En ese momento me entrenaba solo, en la plaza o donde encontraba lugar”, recuerda, y en esa frase hay más que una anécdota: hay una forma de entender el fútbol.</p><p>Su historia arranca en Morteros, como tantas otras, con una pelota y un club. Primero en Tiro Federal, después en 9 de Julio, donde rápidamente empezó a marcar una diferencia que no tenía tanto que ver con el talento como con la cabeza. “Arranqué a los 6 años y a los 15 ya estaba debutando en Primera”, cuenta. No era habitual, pero tampoco fue casual, porque desde muy chico entendió que el camino iba a exigir algo más. Mientras otros transitaban el fútbol como un juego, él ya empezaba a construirlo como una profesión. “Siempre me preparé para ser lo más profesional posible”, dice, y en ese contexto eso significaba decisiones concretas: no fumar, no tomar, entrenarse incluso fuera de horario, sostener hábitos que en ese momento no eran comunes.</p><p>Ese proceso estuvo acompañado por otra decisión clave: irse de su casa siendo muy joven. San Francisco, la “escuela de trabajo”, una vida distinta. “Eso me ayudó a madurar mucho más chico”, explica, recordando un tiempo sin celulares ni redes sociales, donde la distancia se sentía de verdad. “Hablaba con mi familia cada 15 días”, agrega, aunque lejos de afectarlo, ese desarraigo lo fortaleció. Lo preparó para lo que venía después, que no era menor.</p><p>La prueba en Boca Juniors fue el primer gran salto. Cientos de chicos buscando un lugar, una oportunidad. “Habían como 500 jugadores y en ese grupo quedé yo solo”, recuerda. Ahí el fútbol dejó de ser local. Se volvió exigente, competitivo, real. Entrenamientos cerca de jugadores de Primera, nombres que hoy parecen lejanos pero que en ese momento eran parte del día a día. Y sin embargo, hay una frase que explica cómo atravesó ese momento: “Uno cuando es chico no toma dimensión de dónde está”. Y en su caso, eso fue una ventaja. No se mareó, no se deslumbró, siguió siendo el mismo.</p><p>El apodo “Toro” también tiene su historia y nació en su paso por inferiores de Boca. “El sobrenombre viene de Inferiores de Boca, cuando yo llego en el año 96… había estado Roberto Acuña, un paraguayo, al que le decían de la misma manera, y quedó muy rápido”, recuerda. Desde entonces, el nombre lo acompañó en toda su carrera, al punto de que muchos lo identifican más por el sobrenombre que por su propio nombre: el fútbol le dio una nueva identidad.</p><p>Después vinieron Unión de Santa Fe, Atlético Rafaela y la experiencia en la B Nacional, donde compartió planteles con jugadores importantes y vivió el profesionalismo desde adentro. Pero su historia no se acomodó en ese circuito ni tomó el camino más visible. Volvió al interior, a ese fútbol que no siempre tiene cámaras pero sí una intensidad que no se negocia. “Después anduve por todos los federales”, resume, y en esa frase hay años de recorrido, de viajes, de adaptaciones constantes.</p><p>En ese recorrido también hubo nombres que marcaron etapa y contexto, compañeros que ayudaron a dimensionar el nivel en el que estaba. En su paso por el fútbol profesional compartió plantel con jugadores que luego hicieron carrera, como Marcelo Barovero, Ezequiel Medrán, Gonzalo Del Bono o Iván Juárez, además de otros como Mauro Gerk o el paraguayo Bonet. “En ese momento uno convivía con todo eso y no tomaba dimensión, pero con el tiempo te das cuenta del nivel que había”, recuerda. También, en sus primeros tiempos en Boca, tuvo la posibilidad de entrenar cerca de figuras como Diego Maradona, Claudio Caniggia, Juan Sebastián Verón o el Kily González, experiencias que, aunque en su momento parecían naturales, terminaron siendo parte de una formación única.</p><p>Pasó por Sportivo Belgrano, por Atenas de Río Cuarto, por General Cabrera y por otros tantos clubes, siempre encontrando la forma de seguir. Empezó como volante ofensivo, con llegada al gol, y con el tiempo se fue acomodando como delantero. “Siempre tuve gol y eso me llevó a jugar de nueve”, explica, dejando en claro que su evolución tuvo que ver con entender el juego y adaptarse a lo que cada equipo necesitaba.</p><p>Pero si hay un camino que lo define es el del fútbol de la región, donde construyó su nombre más allá de los resultados. En Sportivo Belgrano le tocó compartir plantel con nombres como Diego Garay y convivir en un contexto competitivo del Argentino B, mientras que en la Liga fue armando equipos y dejando su marca tanto en 9 de Julio como en otros clubes de la zona. “Es un fútbol muy competitivo, donde hay buenos jugadores y técnicos muy preparados”, señala. Ese paso por el interior no solo le dio experiencia, sino también una mirada distinta del juego, más cercana al día a día del jugador, a la realidad de los clubes y al esfuerzo que implica sostenerse.</p><p>En esa etapa hay un dato que lo pinta completo: jugó en los dos clubes más importantes de Morteros y también los dirigió. “Soy el único jugador y técnico en los dos clubes”, dice, sin énfasis, como si fuera un detalle más, aunque en realidad habla de alguien que trascendió la rivalidad y se transformó en una referencia del fútbol de la ciudad.</p><p>Pero el verdadero quiebre llegó a los 31 años, cuando una lesión de ligamentos cruzados lo obligó a parar. “Fue la única lesión grave que tuve”, recuerda, aunque su impacto fue mucho mayor que lo físico. La recuperación fue tan exigente como su carrera: volvió a jugar en apenas cinco meses, algo que incluso hoy sorprende. “A la noche me iba solo al consultorio del kinesiólogo a hacer rehabilitación”, cuenta, reflejando una vez más esa forma obsesiva de encarar el fútbol. Pero mientras el cuerpo volvía, la cabeza ya estaba en otra etapa.</p><p>Porque la idea de ser entrenador no apareció de golpe, venía gestándose desde mucho antes. “Siempre me interesó ser técnico, desde muy chico me llamó la atención todo lo que tiene que ver con el rol del entrenador. Tuve gente que me ayudó y me fue guiando en ese camino. Incluso quise hacer el curso antes, pero me frenaron porque era muy joven. Carlos Stobbia me decía que si empezaba a prepararme iba a acelerar los tiempos… y la verdad es que fue así”, cuenta. Incluso antes de retirarse, ya trabajaba con compañeros, armaba entrenamientos y empezaba a meterse de lleno en ese rol.</p><p>Su primera etapa fuerte como técnico fue en 9 de Julio, donde logró resultados importantes. “Ganamos cuatro de seis títulos”, recuerda, aunque rápidamente lleva la conversación a otro lugar: el del grupo, el del proceso. “Siempre traté de llegarle al jugador desde la motivación, desde el deseo de superarse”, explica, dejando en claro que su enfoque no se limita a lo táctico.</p><p>Ese recorrido lo llevó a Estudiantes de Río Cuarto. Primero como entrenador de reserva, en un rol formativo, pero en poco tiempo el contexto lo empujó a dar un salto inesperado. La salida del técnico del primer equipo le abrió una puerta que no estaba en los planes inmediatos. “El cambio fue muy rápido”, admite. Y lo fue: en cuestión de semanas pasó del fútbol regional a dirigir en la Primera División.</p><p>Sin embargo, no lo vivió como un salto al vacío. “No me costó el cambio”, dice, apoyado en algo clave: conocía el club, conocía a los dirigentes y a varios jugadores. Eso le permitió pararse con naturalidad en un contexto completamente distinto, donde la exigencia es constante y los márgenes son mínimos. “En el fútbol argentino te obligan a ganar todo el tiempo”, explica, describiendo una lógica que atraviesa todas las categorías.</p><p>Dirigir en ese nivel implica mucho más que lo que se ve desde afuera. Es sostener un grupo, tomar decisiones bajo presión, convivir con la incertidumbre. Y en ese escenario, Acuña eligió una postura clara: “Trato de mantener los pies sobre la tierra”. Esa frase, sin vueltas, resume su forma de estar.</p><p>A pesar del presente, no se despega de su origen. Cuando habla del fútbol de la región lo hace con convicción. “La Liga de San Francisco es una de las mejores, se juega muy bien”, afirma, aunque también señala una limitación estructural: la falta de competencia federal que permita mostrar ese nivel. “Cuando se juegan esos torneos, el jugador se puede mostrar, si no es difícil”, explica.</p><p>Hoy, ya instalado en el fútbol profesional, su objetivo es claro. “Mi meta es mantenerme en este nivel, que es muy difícil”, reconoce. Porque llegar cuesta, pero sostenerse cuesta todavía más.</p><p>Y en medio de todo eso, hay algo que no cambia. Algo que sigue siendo igual que cuando entrenaba solo en una plaza. “El fútbol es mi vida”. No es una frase hecha. Es un resumen.</p><p>De lo que fue, de lo que es y de lo que sigue siendo. Porque la historia del “Toro” Acuña no es solo la de un técnico que llegó a Primera. Es la de un tipo del interior que hizo su camino desde abajo, que entendió el esfuerzo antes que nadie y que nunca dejó de creer. Una historia bien de acá, de las que todavía representan al fútbol en su estado más puro.</p><p>&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QZK4kzBaMvGBGcV2oIHDQi7dYwI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/gerardo_acuna.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Arrancó en Morteros, se curtió lejos de casa, pasó por el fútbol grande y hoy dirige en la elite. Pero su historia no se explica desde los resultados: se entiende desde el camino.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-03-28T01:36:16+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            De Calchín al mundo y de vuelta al pueblo: la historia de Germán Martellotto
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/de-calchin-al-mundo-y-de-vuelta-al-pueblo-la-historia-de-german-martellotto" type="text/html" title="De Calchín al mundo y de vuelta al pueblo: la historia de Germán Martellotto" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/de-calchin-al-mundo-y-de-vuelta-al-pueblo-la-historia-de-german-martellotto</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/de-calchin-al-mundo-y-de-vuelta-al-pueblo-la-historia-de-german-martellotto">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/eLkV6Hz2Q2dN564x4MUWnNdSJWs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/german_martellotto.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Leonela Zapata.</p><p>Hace más de tres años que Germán Martellotto transita el día a día de Alianza Carrilobo y, a esta altura, ya no hace falta demasiada presentación en esa parte de la región. Encontró un lugar donde trabajar cómodo, donde siente respaldo y donde todavía disfruta de ese ritual que lo acompaña desde toda la vida: entrar a una cancha, pensar un partido, imaginar una semana de trabajo, convivir con un plantel y sostener la ilusión de pelear arriba. “Voy por el tercer año, tres años y medio creo que llevo. La verdad que se disfrutan las instalaciones, el trato de la gente y una apuesta linda desde lo deportivo para poder trascender y pelear siempre arriba”, resume Germán, que hoy mira el fútbol desde el banco pero conserva intacta la mirada de quien lo vivió desde adentro durante décadas.</p><p>Carrilobo es su presente, pero también una nueva estación en una historia mucho más larga, una de esas que se explican mejor cuando se entienden desde el origen. Porque antes de ser entrenador, antes de dirigir en distintos clubes y mucho antes de jugar en escenarios que cualquier futbolista sueña, Germán fue un chico de Calchín que pasaba las tardes corriendo atrás de una pelota. “Desde muy chiquito, cinco años, seis años, en el barrio, como la mayoría de los chicos del pueblo. En esa época había baldíos para elegir las canchas”, recuerda. No había grandes estructuras ni recorridos planificados. Había ganas de jugar, potrero, compañeros y esa lógica tan de pueblo donde el fútbol era parte natural de la vida cotidiana.</p><p>En Calchín, además, todo se daba bastante rápido. No existían las divisiones inferiores como hoy se las conoce y el salto hacia las categorías mayores llegaba casi sin aviso. “Acá en Calchín el club tenía reserva y primera nada más, así que a los 14, 15 me tocó jugar en reserva y un poquito más grande en primera”, cuenta. Ahí empezó a moldearse un futbolista que todavía no imaginaba la dimensión del camino que se le venía por delante. Su historia, de hecho, tuvo uno de esos giros inesperados que suelen aparecer en las vidas futboleras del interior, cuando una oportunidad se presenta casi de casualidad y cambia el rumbo.</p><p>Sus padres tenían panadería y despensa desde hacía décadas, y fue justamente en ese entorno donde apareció la posibilidad de salir del pueblo. “Pasaba toda la semana un viajante de Córdoba y un día me dice: ‘¿querés ir a jugar a Las Palmas?’… A los 20 días volvió y me dijo que ya estaba todo arreglado para que me fuera a probar”, recuerda Germán. Así fue como dejó Calchín para ir a Córdoba, donde lo recibió una experiencia que ya empezaba a parecerse al fútbol profesional. En Las Palmas lo dirigía la “Chiva” Altamirano y alcanzó con pocos meses para que se abriera otra puerta todavía más grande: Belgrano.</p><p>En el Pirata cordobés el salto también llegó en un contexto especial. Un conflicto con los profesionales derivó en una reestructuración y el club salió a buscar futbolistas del interior. Germán cayó justo en ese momento. “Coincidió con un parate de los jugadores profesionales… el club salió a buscar gente del interior, se armó prácticamente un plantel nuevo, dentro de los cuales me tocó caer ahí, a Belgrano”, cuenta. Y no fue un paso más. En Alberdi integró un equipo que dejó huella, que se ganó el reconocimiento del hincha y que consiguió el Regional. “El hincha nos acompañó mucho y se identificó con la manera de jugar… Y conseguimos ese campeonato regional”, recuerda.</p><p>Después vendrían otros capítulos. Rosario Central, donde las cosas no salieron como esperaba desde lo deportivo, aunque sí le dejaron enseñanzas personales. “No me fue muy bien desde lo futbolístico, pero sí desde lo humano. Las derrotas y ese tipo de cosas te fortalecen, te enseñan”, dice. Más tarde, una decisión firme y el respaldo familiar terminaron abriéndole otra gran oportunidad. “Mi papá me dijo: ‘quedate tranquilo, es una decisión que tomaste con tiempo’… y eso fue realmente muy importante”, cuenta Germán. A los pocos días apareció el llamado de Deportivo Español, y esa puerta lo devolvió a la alta competencia.</p><p>En esa etapa pasó por un gran equipo de Español y luego llegó la salida al exterior: Deportivo Cali, Monterrey, América y Pachuca. Una carrera enorme, construida lejos del ruido, con la naturalidad de quien todavía siente que lo suyo fue una mezcla de capacidad, trabajo y ese pequeño empujón que a veces da el destino. “Yo digo que siempre hay que tener una cuota de suerte”, reconoce. En México, especialmente, dejó una huella profunda. “Monterrey fue una experiencia muy linda… hasta el día de hoy tengo a mi hermano viviendo todavía allá, varias familias amigas con las cuales tenemos contacto”, cuenta. También pasó por América, un gigante del continente, y entendió en carne propia el peso de una camiseta enorme y de un fútbol que ya crecía a pasos acelerados.</p><p>En el medio de toda esa carrera llegó un premio inmenso: la selección argentina. “Fue un premio de esfuerzo”, define Germán sobre aquella convocatoria que lo llevó a una gira internacional y que le permitió jugar nada menos que en Wembley, ante Inglaterra. Con el tiempo entendió mejor la dimensión de ese momento. “Cuando pasa el tiempo, recién de alguna manera dimensionás lo ocurrido”, asegura. También guarda el recuerdo de nombres gigantes, de compañeros de concentración y de una etapa en la que el fútbol argentino seguía despertando admiración en cualquier parte del mundo.</p><p>Pero más allá de todo lo que vivió como futbolista, en su historia hay un hilo que nunca se corta: el regreso al interior. El final de la carrera no fue sencillo. “Me costó horrores porque tenía 17, 18 años enfocado pura y exclusivamente en función del jugador… me llevó varios meses adaptarme”, admite. Sin embargo, otra vez apareció el fútbol como refugio y como camino. Empujado por su esposa, hizo el curso de técnico y descubrió una nueva manera de sentir el juego. “Empecé a encontrarle el sentido… empecé a ver cómo de pronto se podía entrenar en una semana y que el domingo pudiese reflejarse lo que había hecho el equipo”, explica.</p><p>Desde entonces siguió ligado a clubes de la zona y de la provincia, hasta volver a instalarse definitivamente en una geografía que conoce como pocos. Dirigió en Calchín, Villa Rosario, Unión de Oncativo, Almafuerte y ahora en Carrilobo, siempre con la misma valoración por el fútbol del interior. “El nivel es muy competitivo, sumamente competitivo… la liga tiene cositas para ajustar, pero es una muy buena liga”, señala sobre la Regional. No lo dice por compromiso: lo dice alguien que jugó en grandes escenarios, que vistió la camiseta de la selección y que, aun así, sigue viendo en estas canchas una esencia difícil de reemplazar.</p><p>Tal vez por eso su historia encaja tanto en el espíritu de la región. Porque Germán Martelotto llegó lejos, muy lejos, pero nunca dejó de pertenecer a este fútbol. El de los pueblos, el de los viajes de cada domingo, el de los clubes que sostienen comunidad y memoria. El mismo que lo vio empezar entre baldíos en Calchín y el que hoy, desde Carrilobo, lo encuentra todavía aferrado a la pelota como si en el fondo nada hubiera cambiado tanto. Porque a veces el recorrido es inmenso, pero el corazón del futbolista sigue estando en el mismo lugar donde empezó todo.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/eLkV6Hz2Q2dN564x4MUWnNdSJWs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/german_martellotto.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Hace más de tres años que conduce a Alianza Carrilobo y sigue ligado al fútbol de la región con la misma pasión de siempre. Antes de convertirse en entrenador, Germán construyó una carrera que lo llevó de Calchín a Belgrano, a la selección argentina y al fútbol internacional. Pero detrás de todo eso hay una historia que nació en los baldíos del pueblo y que nunca dejó de pertenecer a esta zona.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-03-22T15:22:44+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            El fútbol le cambió hasta el nombre
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/el-futbol-le-cambio-hasta-el-nombre" type="text/html" title="El fútbol le cambió hasta el nombre" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/el-futbol-le-cambio-hasta-el-nombre</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/el-futbol-le-cambio-hasta-el-nombre">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/RnfoFAT1EeifxtXR1_Wdu5xqXBQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/eladio_rodriguez_2.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Leonela Zapata.</p><p>A Mateo Eladio Rodríguez casi nadie le dice Mateo. Para los periodistas de Córdoba, para los rivales de otras ligas, para los compañeros de distintas épocas y para buena parte del ambiente futbolero de San Francisco, siempre fue simplemente Eladio Rodríguez. Así lo nombraban las crónicas deportivas y así terminó quedando para siempre. Con el tiempo, incluso en su propia ciudad muchos empezaron a llamarlo de la misma manera. Como si el fútbol, además de darle una vida entera, le hubiera regalado también otra identidad. “Los periodistas de Córdoba se quedaron con Eladio Rodríguez y nunca más me pusieron Mateo”, cuenta, entre risas, sentado en el living de su casa.</p><p>Tiene 87 años. Habla con memoria, con soltura y con esa naturalidad de los que no sienten que están contando una historia extraordinaria, aunque en realidad lo estén haciendo. A su lado está Savina, su compañera de toda la vida, que escucha, se ríe, corrige una fecha, completa un viaje, recuerda una mudanza o pone en palabras algún detalle que a él se le escapa. La charla se extiende durante dos horas, pero podría durar mucho más. Porque cuando Eladio empieza a tirar del hilo de sus recuerdos, aparecen barrios, canchas, trenes, bicicletas, vestuarios, campeonatos, viajes a otras provincias, amistades, injusticias arbitrales, apodos, goles y escenas de una época en la que el fútbol se jugaba de otra manera.</p><p>Hay una frase que resume todo. “Empecé a jugar a los 5 años y jugué hasta los 72”, dice. Dicho así, parece apenas un dato. Pero no lo es. Son 67 años dentro de una cancha. Sesenta y siete años corriendo detrás de una pelota, viajando para jugar, entrenando después del trabajo, poniéndose una camiseta detrás de otra, enlazando generaciones y sosteniendo una pasión que, en su caso, no fue un pasatiempo ni una costumbre: fue una forma de vivir.</p><p>Rodríguez nació en Santa Rosa de Río Primero, aunque llegó a San Francisco cuando tenía apenas unos años. “Nosotros somos de Santa Rosa del Río Primero. Yo a los dos años vine a San Francisco”, recuerda. Por eso su historia es, en esencia, una historia profundamente sanfrancisqueña. Su infancia, sus primeras corridas, sus primeras camisetas y sus primeros sueños futboleros tuvieron como escenario esta ciudad. Más precisamente, el barrio Sarmiento y Estudiantes Sport Club, el lugar donde empezó todo.</p><p>Allí se fue formando desde chico. Primero en esos torneos de baby fútbol que se jugaban en verano en la cancha del Ferrocarril Mitre, en una época en la que esos campeonatos eran una verdadera fiesta barrial. “Primero hicimos el baby. El baby era allá en la cancha de Mitre. Se jugaba nada más que en enero, pero todos los años”, cuenta. Después vendría la Liga Amateur, y más tarde el salto a la Primera. Lo que para muchos era una meta lejana, para él llegó temprano: “Yo creo que a los 14 o 15 años ya estaba jugando en la Primera”, dice sobre sus comienzos en Estudiantes.</p><p>Siempre de ocho. Nunca necesitó pensarlo demasiado. Ese fue su lugar natural en la cancha. “Jugué siempre de ocho”, resume. Desde ahí corría, armaba, metía, llegaba, convertía. No era solo un volante de traslado ni uno de esos mediocampistas que pasan inadvertidos en el engranaje. Tenía presencia, físico, despliegue y también gol. Por algo todavía recuerda con orgullo un registro que lo pinta de cuerpo entero: “Tengo el récord de la Liga Cordobesa: en 18 partidos hice 24 goles”. La cifra es descomunal para un jugador de su puesto y funciona como una prueba más de la clase de futbolista que fue.</p><p>Pero antes de esas marcas, antes de los grandes escenarios, antes de los homenajes y los recuerdos, hubo un chico del barrio que ya no podía vivir sin la pelota. Y hubo también una época en la que el fútbol regional era tan intenso como itinerante. Porque mientras seguía jugando en Estudiantes, Rodríguez empezó a sumar experiencias en otras ligas. Con apenas 15 años, por ejemplo, ya viajaba los domingos a jugar a la Liga de San Martín de las Escobas. “Jugaba el sábado acá y después el domingo iba a jugar allá”, recuerda. Iba con los hermanos Cabrera, en una rutina feroz y hermosa a la vez: partido en San Francisco, viaje y nuevo partido al día siguiente.</p><p>Era otro fútbol. No había contratos blindados, representantes, nutricionistas ni estructuras profesionales como las actuales. Se viajaba como se podía, se jugaba donde tocaba, muchas veces se volvía el mismo día y al lunes siguiente había que seguir con la vida. Pero en ese sacrificio también había un encanto. El fútbol era una mezcla de vocación, pertenencia y coraje. Y Eladio lo abrazó por completo desde muy joven.</p><p>El salto a Sportivo Belgrano llegó de la mano de un amigo de Estudiantes, que lo acercó para una prueba. Lo vieron, les gustó y se quedó. Tenía 16 años. “Me llevó un amigo de Estudiantes, me probaron ahí y me quedé”, resume. El pibe del barrio Sarmiento se metía así en uno de los clubes más importantes de la ciudad. Y su debut en Primera fue tan inolvidable como accidentado: lo echaron.</p><p>Lo cuenta ahora entre risas, casi como una travesura de juventud. “El primer partido que jugué en Primera me echaron”, dice. Fue fuerte a una pelota, el árbitro no dudó y roja directa. Debut y expulsión. Sin embargo, aquel arranque brusco no marcó una tendencia sino todo lo contrario. “Gracias a Dios, después nunca más”, aclara con orgullo. Esa primera roja quedó como una anécdota perfecta para contar años después, ya sin bronca, convertida en una de esas historias que el tiempo vuelve simpáticas.</p><p>En Sportivo Belgrano viviría momentos fundamentales de su carrera. Allí terminó de afirmarse como jugador y allí fue parte de equipos que dejaron una huella. El club, además, sería una estación decisiva para proyectarlo a escenarios mayores. Eladio recuerda aquellos años con una mezcla de orgullo y nostalgia, pero también con una cuota de dolor. No por lo vivido, sino por la sensación de que a veces el reconocimiento no llega con la claridad que debería.</p><p>No habla desde el resentimiento. Habla desde la conciencia de quien fue protagonista y siente que ciertas memorias del fútbol local merecen un lugar más visible. En sus palabras aparece una mezcla de orgullo, recuerdos y una sensación difícil de explicar cuando el paso del tiempo empieza a dejar algunas historias en segundo plano. “Uno ha dejado cosas”, dice casi al pasar. Pero en el fondo está señalando algo más profundo: las ciudades muchas veces celebran con más facilidad lo reciente que lo fundacional. Y en esa tensión entre memoria y olvido aparece también la figura de Mateo Eladio, como una leyenda viva de un fútbol que ya no existe en los mismos términos, pero que todavía respira en tipos como él.</p><p>Su apodo era “Caballo”. No hacía falta mucha explicación. Lo apodaron así por su potencia, por su forma de jugar, por esa manera de ir y venir, de meter y sostener, de bancarse partidos ásperos, rivales duros y canchas pesadas. “Me decían Caballo”, cuenta con naturalidad. Primero le cambió el nombre. Después le dio un apodo. Al final, todo en su vida parece haber pasado por la pelota.</p><p>Con el tiempo llegaron experiencias fuera de San Francisco. San Lorenzo, Newell’s y Talleres forman parte de un recorrido que lo llevó a vivir otras realidades, conocer otros ambientes y medirse en otro nivel. También ahí aparece Savina, inseparable en el relato, recordando mudanzas, hoteles, casas que les daban los clubes, ciudades nuevas y una vida armada a pulmón, siguiendo los movimientos que proponía la carrera futbolística de su marido.</p><p>De aquellos años también conserva algunas fotos que resumen la dimensión de su recorrido. En su casa guarda imágenes junto a grandes figuras del fútbol de otras épocas. En una aparece con Pelé, a quien enfrentó en un amistoso. En otras se lo ve junto a nombres históricos del fútbol argentino como Roberto Perfumo y José Sanfilippo. Son postales de un tiempo en el que los caminos del fútbol podían cruzar a jugadores del interior con las máximas estrellas del deporte. Fotografías que hoy funcionan como testimonio de que Eladio también fue parte de ese mundo.</p><p>Cuando recuerda esa época, Eladio no romantiza de más. No dice que todo fue perfecto ni construye una épica falsa. Al contrario: hay bastante realismo en su relato. Deja claro que el fútbol de entonces no se parecía al de hoy, sobre todo en lo económico. “No gané un peso”, dice. Y la frase no suena a queja vacía. Suena a descripción de época. Porque los jugadores de su generación solían complementar el fútbol con otros trabajos, y él no fue la excepción.</p><p>Una vida entre la fábrica y la cancha</p><p>Durante 25 años trabajó en la Fábrica Militar de San Francisco. Se levantaba de madrugada, entraba a las cinco y media, salía cerca de las dos de la tarde, almorzaba en su casa y después se iba a entrenar o a jugar. Volvía de noche. Muchas veces en bicicleta. “Entraba a las cinco y media, salía a las dos, venía a comer y después me iba a la cancha. Ya no volvía hasta la noche”, recuerda. Todo eso mientras seguía sosteniendo una carrera que lo llevaba de una cancha a otra, de una liga a otra, de un vestuario a otro.</p><p>Ahí aparece otra de las claves de su historia: Mateo Eladio no fue solamente un futbolista. Fue también un hombre de trabajo. Un obrero, un padre de familia, un marido, un vecino, un tipo de barrio que llevaba una vida intensa y a la vez muy concreta. Quizás por eso su historia conmueve más. Porque no es solo la del jugador talentoso, sino la del hombre común que hizo del fútbol una pasión sin abandonar nunca la realidad.</p><p>Además de Sportivo y de su paso por clubes más grandes, su recorrido incluye varios mojones del fútbol regional. Jugó en Unión de Alicia, donde salió campeón invicto. “En Unión salimos campeones e invictos”, recuerda. También siguió vinculado a ligas del interior cordobés y santafesino, en una época en la que los pueblos armaban equipos fuertes y las canchas hervían de gente. Rodríguez recuerda esa etapa como un tiempo de enorme competitividad. Había roce, había ambiente, había viaje, había gente en la cancha y había una pertenencia muy marcada. Jugar en esos pueblos no era una excursión menor: era meterse en un mundo en el que se vivía el fútbol con una intensidad total.</p><p>Y ese fútbol de los pueblos también tenía su folclore. Eladio lo recuerda entre risas. En algunas canchas, mientras se jugaba, desde la tribuna tiraban piedras con gomera. “Mientras jugábamos en la Zona Sur en varios partidos nos pasó de estar jugando y que nos tiraran piedras a las piernas con gomeras”, cuenta. Y lo dice divertido, como quien recuerda una travesura más de aquellos partidos calientes del interior donde parecía que valía todo.&nbsp;</p><p>Pero su historia con el fútbol no se terminó cuando dejó de jugar. La pelota siguió marcando el ritmo de sus días, ahora desde otro lugar. Porque si su carrera como futbolista ya había sido larguísima, su vida posterior siguió unida al deporte. Fue director técnico en distintos clubes de la zona. Menciona pasos por El Arañado, Devoto, Frontera y también su trabajo con chicos, como cuando dirigió en Barrio Jardín. “Hasta los 80 años estuve dirigiendo”, dice. Es decir, casi toda su vida adulta y aun parte de su vejez tuvieron a una cancha en el horizonte.</p><p>Y cuando ya no dirigía, todavía aparecían los partidos de veteranos, los encuentros amistosos, las invitaciones para despuntar el vicio un rato más. “En cualquier lado. Donde hubiera una pelota, iba”, resume. Lo pasaban a buscar y se iba. Como si nunca hubiera existido un punto final posible.</p><p>Por eso, cuando se le pregunta qué fue el fútbol para él, no necesita pensar demasiado. La respuesta no sale armada para la ocasión ni adornada con palabras grandes. Sale limpia, directa, verdadera. “El fútbol fue mi vida”, dice. Y enseguida amplía: “No solamente jugar al fútbol, sino la gente que uno conoció, los recuerdos que quedan”. No solo por lo que hizo dentro de la cancha, sino por los amigos que le dejó, los viajes, las historias compartidas y esa clase de felicidad simple que solo entienden quienes encuentran su lugar en algo y lo sostienen durante décadas.</p><p>&nbsp;</p><p>En ese living, con Savina al lado, la escena termina de cerrarse sola. Ella completa historias, él se ríe, aparece una foto, un recuerdo de un viaje, una mención a los hijos, a los nietos, a los años compartidos, a la casa levantada con esfuerzo. Y de pronto se entiende que esta no es solo la historia de un exjugador. Es la historia de una vida entera organizada alrededor de una pasión.</p><p>Mateo Eladio no necesita exagerar nada para resultar extraordinario. Le alcanza con decir que empezó a los 5 y terminó a los 72. Le alcanza con recordar que jugó en Estudiantes, que a los 16 debutó en Sportivo, que fue campeón, que pasó por clubes grandes, que trabajó 25 años en la Fábrica Militar, que dirigió hasta los 80, que nunca tuvo problemas en ningún club y que todavía hoy, a los 87, el fútbol sigue siendo el idioma en el que mejor se reconoce.</p><p>A Mateo Eladio Rodríguez casi nadie le dice Mateo. El fútbol le cambió hasta el nombre.</p><p>Pero en realidad le cambió mucho más que eso.</p><p>Le dio un lugar en la memoria de San Francisco, le construyó una identidad, le dejó amigos, viajes, cicatrices, orgullo y una historia que todavía merece ser contada una y otra vez. Porque en tiempos de estadísticas frías y urgencias pasajeras, escuchar a un hombre que pasó 67 años dentro de una cancha es volver a una dimensión más profunda del deporte: esa en la que el fútbol no es apenas competencia, sino también barrio, sacrificio, pertenencia, trabajo, familia y memoria.</p><p>Y en esa memoria, la de las canchas de antes, la de los pueblos, la de los viajes, la de los goles, la de los tipos que jugaban porque no sabían vivir de otra manera, Eladio Rodríguez ocupa un lugar imposible de discutir.</p><p>No solo porque jugó mucho.</p><p>Sino porque fue bueno de verdad.</p><p>De esos que marcan una época en cada cancha donde pisan.</p><p>&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/RnfoFAT1EeifxtXR1_Wdu5xqXBQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/eladio_rodriguez_2.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Mateo Eladio Rodríguez empezó a jugar a los 5 años en Estudiantes Sport Club, debutó a los 16 en Sportivo Belgrano, fue campeón, recorrió ligas y clubes de la región, pasó por San Lorenzo, Newell’s y Talleres y siguió jugando hasta los 72. A los 87, repasa en su casa una vida atravesada por la pelota, el trabajo, los viajes, los recuerdos y una identidad que el fútbol terminó moldeando para siempre.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-03-15T14:42:12+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            La Historia de la “Comadreja”
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/la-historia-de-la-comadreja" type="text/html" title="La Historia de la “Comadreja”" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/la-historia-de-la-comadreja</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/la-historia-de-la-comadreja">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zNwvu0k7utKUtZ8PWuq5oeWicRo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/comadreja_ferreyra.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Leonela Zapata.</p><p>Hay futbolistas a los que la Liga les queda en la memoria como un buen recuerdo. Y hay otros a los que la Liga les marca la vida. A Carlos “Comadreja” Ferreyra le pasó eso. Su historia no se explica solamente en los clubes por los que pasó, en los campeonatos que ganó o en los años que estuvo adentro de una cancha. Se explica en algo más profundo: el fútbol como forma de pertenecer, como manera de hacer amigos, de armar familia y de seguir sintiéndose parte de un lugar aún después de haber dejado de jugar.</p><p>Su recorrido empezó en San Francisco, cuando era apenas un chico que daba sus primeras patadas en Tarzanito. “En el baby estuve jugando en Tarzanito”, recuerda, como quien vuelve a una escena sencilla pero decisiva. No hizo un recorrido largo en esa etapa porque la vida lo llevó pronto a otro destino. Su familia se fue a Rosario y ahí el fútbol dejó de ser solamente un juego de barrio para convertirse en una experiencia más grande. El primer paso de una historia que terminaría marcando su vida.</p><p>En Rosario llegó a Renato Cesarini, un nombre que en el fútbol argentino pesa por sí solo. No hubo misterios ni cuentos pretenciosos detrás de esa oportunidad. “A mí me llevó mi viejo. Me fui a probar ahí y quedé”, cuenta. En esa frase hay algo muy de época: el padre acompañando, la prueba, la ilusión y el esfuerzo sin demasiadas vueltas. Ferreyra jugaba de siete, bien de siete, de esos wines que hoy parecen de otra era. “Yo era más de ir al centro”, dice, recordando ese estilo de puntero clásico que desbordaba y buscaba al compañero en el área.</p><p>En Renato Cesarini estuvo dos años, hasta que apareció una interrupción obligada para tantos pibes de su generación: la colimba. Clase 63, tuvo que dejar el fútbol y cumplir con el servicio militar en la Escuela de Aviación, camino a Carlos Paz. Ese corte le frenó una etapa, pero no le apagó el deseo. Apenas pudo, volvió.</p><p>El regreso lo trajo otra vez cerca de San Francisco. En 1987 jugó en 1º de Mayo y un año después, en 1988, vistió la camiseta de Sportivo Belgrano, dentro de la Liga Cordobesa. “Estuve un año en Sportivo Belgrano”, cuenta. De aquel plantel todavía conserva nombres, caras y anécdotas. “Me acuerdo de Agustín Dutto, del “Peta” Bernarte, Bocca, Bianchotti… de muchos”, enumera, recordando compañeros que quedaron ligados a una época.</p><p>Pero el capítulo más fuerte de su historia todavía estaba por empezar. En 1989 apareció Suardi y, con Suardi, una vida nueva. “Me trajo el padre de Agustín Dutto”, cuenta. No llegó solo. “Vinimos con el “Chelo” Frócil y los hermanos Piano”, agrega. Una de esas llegadas colectivas que tantas veces armaron equipos y amistades en la Liga Regional.</p><p>Su primer destino en la ciudad fue Juniors. Y la entrada no pudo ser mejor. “Salí campeón con Juniors en el 89”, recuerda. Aquel plantel era dirigido por Borgogno y quedó marcado como uno de los buenos recuerdos de su carrera. Después vino el paso a Sportivo Suardi, donde terminaría de afirmarse y donde construiría una identificación mucho más profunda. “Y en el 93 salimos campeones con Sportivo”, dice.</p><p>Ganó en los dos clubes. No es un dato menor, sobre todo en una ciudad donde las rivalidades se viven con intensidad. Haber salido campeón con Juniors primero y con Sportivo después habla de un futbolista que dejó su huella en ambos lados. Pero, con el paso del tiempo, fue Sportivo el lugar donde su nombre quedó más atado a la vida cotidiana del club y a la historia personal que armó en Suardi.</p><p>Ferreyra siguió jugando durante años, muchísimos más de los que suelen durar varias carreras en la Liga. “Jugué hasta los 40”, dice, y la frase sale sin grandilocuencia, casi como si no estuviera diciendo nada extraordinario. Pero lo es. No solamente por el número, sino por lo que implica sostenerse tanto tiempo en el fútbol regional. “Nunca tuve lesiones”, dice, antes de comparar con el fútbol actual.</p><p>La comparación entre épocas lo lleva a una idea que varios de los viejos jugadores repiten casi como una bandera: antes se jugaba de otra manera. “El fútbol de antes era más técnico”, dice. Y no lo plantea como una queja vacía ni como nostalgia automática, sino desde su experiencia de wing derecho, un puesto que exigía pausa, lectura y talento para desequilibrar.</p><p>En ese recuerdo también aparece una admiración especial por algunos compañeros y rivales. Cuando habla del “Chelo” Frócil, por ejemplo, no duda. “Un cuadrazo”, resume. Y enseguida agrega una frase que suena a sentencia de potrero: “Si se hubiera cuidado, podría haber jugado en primera división”.</p><p>Pero si hubo algo que marcó aquellos años en Suardi fueron los clásicos. “Comadreja” los recuerda como jornadas pesadas, calientes, bravas en serio. “Se juntaban dos mil, tres mil personas y era bravo el clásico”, cuenta. La Liga alteraba el pulso del pueblo durante toda la semana.</p><p>Con los años, Suardi dejó de ser para él una estación futbolera y pasó a convertirse en su casa. Allí armó su familia junto a Miriam Fontanés. Tuvieron tres hijos: Nicolás Agustín, Josefina y Federico. Y el fútbol, claro, también atravesó esa parte de la vida. “Son hinchas los tres, y mi señora también”, cuenta.</p><p>Ferreyra también tiene un hijo que vive en San Francisco, Sergio, y un nieto llamado Fran. Uno de sus hijos llegó a jugar al fútbol, aunque no siguió. Ferreyra lo cuenta sin dramatismo. El fútbol, para él, siempre fue una pasión que se contagia por cercanía y por amor al club.</p><p>Cuando dejó de jugar, tampoco se fue. Siguió ligado a Sportivo desde otro lugar. “Estoy en la comisión ahora, ayudando en el fútbol grande”, dice. No lo plantea como un puesto importante, sino como una continuidad natural. “Vivo en el club apasionadamente. Estoy casi todos los días”, cuenta.</p><p>Y cuando le preguntan si extraña la época de jugador, la respuesta sale sola. Claro que la extraña. ¿Cómo no extrañar los domingos, los clásicos, el vestuario, el ruido de la gente, la cancha llena? Pero también aparece el orgullo de seguir siendo parte del club.</p><p>En su relato también asoma otro rasgo propio de quienes hicieron casi toda su vida en el fútbol regional: la valoración de lo compartido por encima del brillo individual. Ferreyra no se vende como figura ni exagera gestas personales. Su historia aparece siempre entrelazada con la de compañeros, técnicos, amigos y dirigentes.</p><p>Entonces, cuando llega la pregunta más simple y más difícil a la vez: qué fue el fútbol en su vida, no necesita demasiadas vueltas. “El fútbol para mí fue todo”, dice.</p><p>Hay historias de Liga que se leen como un repaso de clubes y años. La de Carlos “Comadreja” Ferreyra se lee como la historia de una pertenencia. La de un siete de los de antes, de los que iban por afuera y tiraban centros, que encontró en el fútbol mucho más que una cancha. Encontró un lugar en el mundo.</p><p>&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zNwvu0k7utKUtZ8PWuq5oeWicRo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/comadreja_ferreyra.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Carlos Ferreyra empezó jugando en Tarzanito, pasó por Renato Cesarini en Rosario, volvió a San Francisco para ponerse la camiseta de Sportivo Belgrano y encontró en Suardi el lugar donde terminó de construir su historia en la Liga Regional. Puntero derecho de los de antes, campeón con Juniors y con Sportivo, jugó hasta los 40 y todavía sigue viviendo el club como una parte inseparable de su vida.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-03-08T12:53:58+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Pablo Ravinale, del gol en el debut en Primera al desafío de formar estructuras
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/pablo-ravinale-del-gol-en-el-debut-en-primera-al-desafio-de-formar-estructuras" type="text/html" title="Pablo Ravinale, del gol en el debut en Primera al desafío de formar estructuras" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/pablo-ravinale-del-gol-en-el-debut-en-primera-al-desafio-de-formar-estructuras</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/pablo-ravinale-del-gol-en-el-debut-en-primera-al-desafio-de-formar-estructuras">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/OUT8wve6PbK833ZnkMf2I64y_uk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/pablo_ravinale.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Leonela Zapata.</p><p>El fútbol de Pablo Ravinale empezó donde empiezan casi todos los chicos de San Francisco: en el baby, en 2 de Abril, en pleno barrio de las 800, en la década del 90. “Hicimos lo mismo que hacen casi todos. Arranqué en 2 de Abril, hice toda mi etapa ahí. Somos tres hermanos y pasamos todos por el club”, recuerda.</p><p>De aquella etapa le quedó una espina y también una marca. En enero de 1998 disputó el Nacional de Baby Fútbol. Perdieron la semifinal ante Ferrocarril de Buenos Aires, el mismo equipo que luego se consagraría campeón frente a Instituto. “Jugamos el primer partido contra ellos y perdimos 6 a 2. Después nos volvimos a cruzar en semifinales y nos ganaron 2 a 0. Fue duro”, cuenta.</p><p>Terminada la etapa del baby, el salto fue grande: dos años en Rosario, en la escuela de Renato Cesarini, por entonces una referencia nacional en formación. “Ahí descubrí otra cosa. Sentí que estaban 20 o 30 años adelantados. Me abrió mucho la cabeza”, admite. Compartió categoría con Javier Mascherano y fue parte de una camada que respiraba fútbol profesional.</p><p>De regreso a San Francisco recaló en Sportivo Belgrano. La institución atravesaba un proceso de cambio y Ravinale formó parte de una 84 que prometía. En 2002, con 17 años, el Indio Navarro lo hizo debutar en Primera y marcó un gol ante El Trébol de El Tío. “El Indio hizo debutar a muchos jóvenes en esa época”, recuerda.</p><p>Jugaba de delantero o enganche, siempre en posiciones ofensivas. Sin embargo, cuando muchos futbolistas comienzan a consolidarse, él tomó otro rumbo. A los 24 o 25 años decidió dejar de jugar para dedicarse a entrenar. “Sentí que lo mío era esto, que me gustaba más estar del otro lado”, explica.</p>Procesos largos y estructuras sólidas<p>Su recorrido como entrenador también comenzó en 2 de Abril, repitiendo el camino del jugador. Dirigió la categoría 99 y disputó una final nacional. Luego pasó por Antártida Argentina, donde estuvo entre 2012 y 2016, atravesando todas las categorías hasta conducir la Primera División.</p><p>“Me gustan los procesos largos”, asegura. Y lo confirmó después en Sociedad Sportiva Devoto, donde trabajó cinco años y medio como coordinador general y entrenador. Esa experiencia lo preparó para uno de los desafíos más exigentes de su carrera: asumir en Sportivo Belgrano en junio de 2022 como entrenador de Liga y coordinador general.</p><p>Con Juan Manuel Aróstegui como presidente, se integró a una etapa de fuerte reorganización interna. Fue parte del proceso de ingreso del club a competencias de AFA, una transición que demandó estructura, planificación y adaptación. “De un día para el otro nos dijeron que íbamos a entrar a AFA y hubo que armar todo: estructura, pensión, planteles puros, viajes largos. Cambió todo”, detalla.</p><p>La transición de la Liga Regional a una competencia nacional implicó una reorganización total. Pasar de planteles mixtos a categorías puras modificó la lógica de trabajo. “Eso demanda otra estructura”, explica. El desgaste fue grande. “Sportivo es una institución enorme y hay que estar 100% enfocado”.</p><p>En diciembre de 2024 decidió dar un paso al costado. La decisión respondió a una necesidad personal de recuperar energía y reenfocar prioridades. “Necesitaba enfocarme en lo que más me gusta: entrenar”.</p><p>El nuevo destino fue Unión de Alicia. Llegó en enero de 2025 y encontró una institución que lo sorprendió. “Descubrí un club maravilloso, ordenado y con una infraestructura de otro nivel”, afirma.</p><p>Allí armó un cuerpo técnico con nombres conocidos de San Francisco: Agustín Argentero como ayudante de campo, “Paco” Rivarola como entrenador de arqueros y Mariano Canelo como preparador físico. La apuesta fue conformar un equipo de trabajo con experiencia y metodología clara.</p><p>En poco más de un año acumulan una importante cantidad de partidos y el club dio un paso institucional significativo con el ingreso al Regional Juvenil de AFA. La idea, según Ravinale, es sostener un proyecto que combine competencia y formación. “Queremos que el club sea una herramienta importante para el crecimiento de los jugadores”.</p><p>Pablo vive en Alicia de martes a domingo y regresa a San Francisco los lunes, donde lo esperan sus dos hijas. Hace 15 años que vive del fútbol, una actividad que define como su motor después de la familia. “No sé si estoy capacitado para hacer otra cosa que no sea el fútbol”, confiesa.</p><p>Sobre la Liga Regional, espera un torneo más competitivo con el regreso de la categorización. Cree que los ascensos y descensos elevarán la exigencia y la calidad. “Cuando todos compiten por algo, el nivel sube”.</p><p>Con la misma pasión con la que debutó haciendo un gol a los 17, hoy Ravinale apuesta a formar estructuras, consolidar proyectos y sostener procesos. Ya no busca el arco rival: busca identidad, crecimiento y continuidad en cada equipo que conduce.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/OUT8wve6PbK833ZnkMf2I64y_uk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/pablo_ravinale.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Desde el baby fútbol en barrio 800 hasta su debut en Primera con Sportivo Belgrano, Pablo Ravinale construyó un recorrido ligado a los procesos y la formación. Tras una etapa de alta exigencia institucional, hoy continúa su camino en Unión de Alicia con una idea clara: consolidar proyectos con identidad y planificación.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-03-01T13:44:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Rodrigo Vega: el salto que pocos vieron venir
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/rodrigo-vega-el-salto-que-pocos-vieron-venir" type="text/html" title="Rodrigo Vega: el salto que pocos vieron venir" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/rodrigo-vega-el-salto-que-pocos-vieron-venir</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/rodrigo-vega-el-salto-que-pocos-vieron-venir">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/vqeDkJYUuv2Xv5y_RYJEyrBAB-s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/tito_vega.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Leonela Zapata.</p><p>Empezó tarde. O al menos eso diría cualquiera que mire su historia con el manual tradicional del futbolista en la mano. Mientras la mayoría empieza a los cinco o seis años en una escuelita y atraviesa todo el recorrido formativo, Rodrigo “Tito” Vega tuvo otro camino. No hubo Nacional de Baby Fútbol ni años acumulando camisetas en inferiores. Hubo barrio, amigos, potrero y una pausa larga antes de volver a intentarlo en serio.</p><p>De chico jugó un tiempo en San Jorge de Brinkmann, el club que le quedaba literalmente al lado de su casa. Pero dejó. “Jugaba ahí, pero después me dejé y no fui más”, recuerda. El fútbol quedó reducido a los partidos con amigos, a la pelota rodando en la vereda o en algún baldío. Sin estructura, sin competencia formal. Y, sin embargo, algo seguía latente.</p><p>El regreso llegó recién a los 21 años. Una edad en la que muchos ya están consolidados o, en el peor de los casos, sienten que la oportunidad pasó. En su caso fue distinto. Volvió por pertenencia y por familia. Su hermano menor, Alan, jugaba en el club. Vivir al lado de la cancha hacía imposible mirar hacia otro lado. “La emoción del club… vivo al lado de la cancha. Veía entrenar, veía a mi hermano y dije: voy a empezar”, cuenta.</p><p>No hubo prueba formal. Se presentó a la pretemporada y arrancó directamente en Primera y Reserva de la Liga Regional. Sin escalas. Del barrio al plantel superior. “Arranqué en primera de una”, dice todavía sorprendido. Y lo hizo como delantero, una posición que exige personalidad. No le pesó la adaptación. “Le metí con los ojos cerrados”, resume.</p><p>Tuvo respaldo. Sebastián La Palma fue clave en ese proceso. “El único que confió en mí fue él, mi mamá y mi familia”, admite. Ese respaldo fue determinante para sostenerse cuando todavía no había certezas. Con ese envión llegaron los goles. San Jorge fue campeón en aquella final ante Freyre y él fue parte importante del equipo. “Gracias a Dios me fue bien, hice muchos goles y salimos campeones”, recuerda.</p><p>Compartió vestuario con jugadores de experiencia en la Liga Regional, aprendiendo desde la observación. “Escuchaba mucho, miraba cómo se movían, trataba de aprender todo”, cuenta. Era un aprendizaje acelerado, porque no tenía el recorrido formativo habitual.</p><p>Mientras tanto, su vida no giraba exclusivamente en torno al fútbol. Desde los 15 o 16 años trabajaba en la construcción. Empezó como peón y con el tiempo se convirtió en oficial, trabajando con Darío Tomati. “Laburaba todo el día y después iba a entrenar”, explica. Durante años sostuvo ese doble rol: albañil y delantero regional. El esfuerzo físico era doble y la rutina exigente. “Lo único que extraño es el asado con los muchachos de la obra”, reconoce entre risas.</p><p>El salto a Tiro Federal de Morteros en 2024 marcó otro punto de inflexión. Entrenamientos en doble turno y mayor exigencia. “Ahí ya se me hacía difícil trabajar porque entrenábamos mañana y tarde”, explica. De a poco el fútbol empezó a ocupar el centro de su vida. Luego vendrían pasos por Independiente de Balnearia y el Cultural de La Paquita. Hubo rachas buenas y momentos más complejos, pero algo se mantenía constante: los goles aparecían.</p><p>De Brinkmann a Guatemala: el presente que lo sorprende</p><p>El llamado llegó después del torneo Clausura 2025 de la Regional jugando para el Cultural de La Paquita. Pablo Irazoqui movió contactos y apareció una posibilidad concreta: viajar a Guatemala para jugar en Coatepeque FC, equipo de la Segunda División que pelea por el ascenso. La respuesta fue inmediata. “Ni lo dudé. Me llamó un sábado y me dijo que había una posibilidad de irme para Guatemala. Le dije que sí enseguida”, recuerda.</p><p>Era diciembre y en pocos días su vida cambiaba de latitud. “Yo nunca me imaginé algo así. Ni siquiera pensé que me iba a ir de San Jorge, mirá si me iba a imaginar irme a otro país”, admite.</p><p>Hoy, con 25 años, atraviesa un presente impensado hace apenas un puñado de temporadas. Coatepeque lidera su zona, con apenas dos derrotas y un empate en lo que va del torneo, y él ya dejó su marca en el área rival. En sus primeros partidos convirtió cuatro goles y aportó asistencias, una carta de presentación fuerte para alguien que acaba de llegar. “Gracias a Dios se me está dando. Hice cuatro goles y pude aportar para el equipo”, dice sin estridencias.</p><p>Comparte la delantera con el colombiano Cristian Martínez Borja, un jugador de amplia trayectoria internacional. “Aprendo mucho de él. Me enseña movimientos, cómo pararme mejor, cuándo atacar el espacio. Tiene mucha experiencia”, explica. Esa convivencia es una escuela diaria. “Es mi dupla arriba y me está ayudando mucho. Le agradezco porque me corrige cosas”.</p><p>El fútbol guatemalteco lo sorprendió por el contexto. Se juega al mediodía, con calor intenso y humedad. “Eso me está costando un poco. Jugamos a las doce del mediodía y el calor pega fuerte”, reconoce. Las canchas son grandes, algunas incluso superan en dimensiones a las de la región de donde viene. “Hay canchas muy lindas y otras que no tanto”, compara.</p><p>En cuanto al nivel, lo analiza con la mirada de quien viene del interior del país. “Es más o menos como la Liga Regional zona norte. No es muy dura, pero es competitiva”, explica. La diferencia está en la estructura: concentración previa, viajes largos y una organización profesional más marcada. “A veces viajamos cinco horas en colectivo y concentramos un día antes”, detalla.</p><p>El plantel está compuesto por 26 jugadores y varios extranjeros. “Somos cinco o seis extranjeros. Hay argentinos, colombianos, un costarricense y hasta un estadounidense”, cuenta. El club le brinda alojamiento y comida. “Tenemos cocinera. Nos preguntan qué queremos comer y lo preparan”, describe. Un contraste fuerte con los años en los que entrenaba después de una jornada completa en la obra.</p><p>En lo económico, el cambio fue importante. “Estoy ganando mucho mejor que allá”, admite. Pero insiste en que el salto no es solo salarial. “Ahora lo tomo como un trabajo. Esto es mi trabajo”, afirma. La mentalidad cambió. Hay responsabilidad diaria, objetivos claros y presión. “La hinchada es exigente. Eso también está bueno, porque te obliga a rendir”.</p><p>El objetivo es claro: ascender. Clasifican cuatro por zona y luego se definen los dos boletos a Primera. “Queremos ascender. El club quiere ascender y nosotros también”, dice con convicción.</p><p>A la distancia lo acompañan sus padres, Rubén y Valeria; sus hermanos Jonathan y Alan; y sobre todo sus hijos, Enzo y Gianna. Con el varón, de cuatro años, habla por videollamada cada vez que puede. “Me pregunta cuándo juego, mi familia mira los partidos”. Con la nena, de un año, el vínculo es distinto. “Es chiquitita, pero obvio que también la extraño”.</p><p>El apoyo desde Brinkmann es constante. Después de cada partido llegan mensajes. También sigue en contacto con Sebastián La Palma. “Después de un partido me llamó y me corrigió un par de cosas. En el siguiente hice dos goles”, cuenta entre risas.</p><p>Hace apenas cuatro años estaba en la obra, mezclando cemento. Hoy vive del fútbol en Centroamérica.</p><p>No sabe qué pasará cuando termine el campeonato. Su contrato es hasta el cierre del torneo y el representante le pidió que haga goles, que aproveche esta vidriera. Él responde con lo que mejor sabe hacer: correr, presionar y definir. Sin estridencias.</p><p>No fue el camino habitual de un futbolista. Pero fue el suyo. Y, hasta ahora, le está dando resultado.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/vqeDkJYUuv2Xv5y_RYJEyrBAB-s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/tito_vega.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Arrancó a jugar a los 21 años, trabajó casi una década como albañil y en apenas cuatro temporadas pasó de la Liga Regional a jugar en Guatemala. La historia de Rodrigo “Tito” Vega, un goleador que no hizo el camino tradicional, pero convirtió cada oportunidad en un trampolín hacia algo más grande.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-02-22T15:05:02+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Mariano “Mono” Medina: el central que hizo del fútbol una forma de estar en el barrio
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/mariano-mono-medina-el-central-que-hizo-del-futbol-una-forma-de-estar-en-el-barrio" type="text/html" title="Mariano “Mono” Medina: el central que hizo del fútbol una forma de estar en el barrio" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/mariano-mono-medina-el-central-que-hizo-del-futbol-una-forma-de-estar-en-el-barrio</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/mariano-mono-medina-el-central-que-hizo-del-futbol-una-forma-de-estar-en-el-barrio">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4i_gGDYBrQvNWN9GK9sii71VWJY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/mono_medina.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Leonela Zapata.</p><p>No se considera famoso. Al contrario. “Yo no soy famoso”, dice casi como si pidiera disculpas antes de empezar. Pero ahí está justamente el valor de su historia. La de un jugador de liga, de interior, de barrio. De esos que no salen en la televisión, pero que sostuvieron durante años el fútbol de la región.</p><p>Su recorrido empezó en Estrella del Sur, cuando la cancha estaba frente al Chapulín. “Ahí empecé, a los siete y jugué hasta los trece”, recuerda. Era la categoría ’75, la misma de Diego Garay, José Bulacio, Sergio Gandino, el “Kelo” Vélez, Ariel Márquez, los hermanos Bono, Ariel Giordano. Un equipo que se acostumbró a ganar. “Nosotros salimos campeones todos los años del Baby menos uno”, cuenta. Ese año Garay se fue a San Juan y terminaron terceros. Después volvieron a levantar copas, incluso en el clásico torneo de Freyre y en el Nacional. “La categoría setenta y cinco”, dice, y en esa frase cabe toda una generación.</p><p>A los 13 pasó a La Florida, el club con el que terminaría construyendo su identidad. Allí debutó en Primera con apenas 15 años. “Debuté en primera cuando tenía quince para dieciséis”, dice. Eran tiempos de Liga Amateur, de vestuarios con tipos grandes y experiencia acumulada. Al principio jugó de lateral, pero pronto encontró su lugar definitivo: “Yo jugaba de dos. De central”.</p><p>En ese plantel compartió equipo con Ricardo Benedetto, Julio Heredia, “Chocolate” Vivas, Américo, Julio Domínguez. “En ese tiempo eran todos jugadores conocidos”, recuerda. Él era el más chico, el que aprendía mirando, el que tenía que ganarse el lugar a fuerza de firmeza y silencio.</p><p>Luego llegó el paso por Florida de Clucellas, en la Liga Rafaelina, donde jugó un año en la A y otro en la B. Después regresó a La Florida hasta que, a fines de los ’90, dio un salto importante: Sportivo Belgrano.</p><p>En la “Verde” vivió una etapa intensa. Jugó el último año en la Liga Cordobesa —cuando el equipo peleaba por sostener la categoría— y el primero en la Liga Regional, donde fueron campeones. También disputó dos Argentinos B. Compartió vestuario con Juan Pablo Francia (que tenía apenas 15 años), Marcelo Frócil, “Pez” López, Luis Mansilla, Kity Cortez, la “Mosca" Casado, el “Loco” Posetto y Ariel Lencinas. “Juampi era re chico cuando empezó a jugar, apenas lo pusieron en primera”, recuerda.</p><p>No era el Sportivo de hoy. “Creció una barbaridad”, reconoce. “Es un club muy importante, muy representativo de la ciudad”. Hoy es socio y va a la cancha cada vez que puede. “Es el lugar donde todos los chicos quieren jugar”, dice.</p><p>Después de Sportivo, su carrera siguió el camino clásico del futbolista del interior: Antártida Argentina, Villa del Tío, Freyre, Porteña, Expreso del Trébol. En Antártida compartió plantel con “Plumero” Beldomenico, el “Bolita” Argentero, “Bachicha” Diale, Mariano López del Cerro, Darío Jiménez, el “Negro” Hidalgo, Luis Mansilla. “Jugué hasta los 33 o 34 años. Habré jugado como 19 años en primera”, calcula.</p><p>Siempre de central. Siempre en el fondo. Siempre cumpliendo.</p><p>Pero si hay una camiseta que lo define es la de La Florida. “Yo siempre fui de La Florida. Soy hincha de La Florida y simpatizante de Sportivo”, resume. Vivió toda su vida en barrio Hospital, a pocas cuadras. El club era parte del paisaje cotidiano, del camino de ida y vuelta, de las tardes de entrenamiento.</p><p>Cuando habla del presente del fútbol, el tono cambia. Se vuelve más reflexivo. “A esos clubes los mató cuando empezó la Regional”, analiza. Los costos crecieron, las exigencias también. “La Liga Amateur era otra cosa, era todo a pulmón. Rifas, locros, polladas”. Hoy, en cambio, el fútbol es más caro y más estructurado.</p><p>Le preocupa, sobre todo, el lugar de los chicos. “Antes nosotros no pagábamos un peso. Hoy tenés que ser socio y pagar 40, 50, 60 mil pesos”, dice. Y agrega: “Hay muchos chicos que se quedan en el camino”. No es nostalgia vacía, es la mirada de alguien que vio cambiar el sistema desde adentro.</p><p>También entiende que los tiempos son distintos. “Antes teníamos más entusiasmo. Había menos distracciones y más ganas de ir a entrenar. Hoy el colegio es más demandante, tienen menos tiempo. No es fácil para nadie”.</p><p>Fuera de la cancha, la vida siguió su curso. Hace 25 años que tiene un kiosco sobre el Interprovincial y desde hace cinco trabaja en la Municipalidad. El fútbol ya no ocupa los domingos como antes, pero sigue estando. En la charla con los clientes, en la tribuna cuando juega Sportivo, en los recuerdos que aparecen sin buscarlos.</p><p>Mariano “Mono” Medina recorrió casi dos décadas en Primera, pasó por varias camisetas y fue parte de equipos que marcaron época en la liga. Siempre desde el mismo lugar: el fondo de la defensa, el puesto que exige firmeza, lectura y carácter.</p><p>En una liga donde muchos nombres se mezclan con el paso del tiempo, quedan las trayectorias. La suya es la de un jugador que empezó en una cancha de barrio, que fue campeón con su categoría, que defendió clubes de la región y que nunca perdió el vínculo con el fútbol. A veces, eso es más que suficiente.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4i_gGDYBrQvNWN9GK9sii71VWJY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/mono_medina.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>De Estrella del Sur a Sportivo, con La Florida en el corazón. "Mono" fue central durante casi 20 años y vivió el crecimiento del fútbol regional desde adentro. Recuerdos, nombres propios y una mirada crítica sobre el presente.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-02-15T12:38:53+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Agustín “el Fantasma” Dutto: el goleador que apareció sin avisar y eligió irse joven
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/agustin-el-fantasma-dutto-el-goleador-que-aparecio-sin-avisar-y-eligio-irse-joven" type="text/html" title="Agustín “el Fantasma” Dutto: el goleador que apareció sin avisar y eligió irse joven" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/agustin-el-fantasma-dutto-el-goleador-que-aparecio-sin-avisar-y-eligio-irse-joven</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/agustin-el-fantasma-dutto-el-goleador-que-aparecio-sin-avisar-y-eligio-irse-joven">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4X2QwA0ZSI5GghqUpmd83ABuQWg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/agustin_dutto.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Leonela Zapata.</p><p>“Yo no fui nunca un crack. Los cracks eran otros. Lo único que pasaba es que yo hacía goles”. Agustín Dutto se define así, sin vueltas, como si con esa frase pudiera resumir toda una carrera. No hay pose ni falsa modestia: hay convicción. La misma con la que aparecía en el área, tocaba poco la pelota y definía cuando hacía falta. Por eso le quedó “el Fantasma”.</p><p>Su historia arranca en el barrio que era conocido como Macchieraldo, por calle México. “Yo empecé jugando en el campito, contra unos grandotes. Yo era muy chiquito”, recuerda. Ahí lo vio Nelsi Mina, histórico formador del baby fútbol. “Vivía en la esquina. Paró, habló con mi viejo y le dijo que me iba a fichar en River”. Ese día, con apenas seis años, se fue al baby de la peña de River junto a Damián Bernarte. “Nos ficharon a los dos juntos, el mismo día. Medíamos un metro diez cada uno”.</p><p>De chico quería ser arquero. “Yo tenía guantes y todo, quería ir al arco, pero Nelsi me decía: ‘no, vos sos muy pequeño, al arco van los grandotes’”. Terminó adelante, donde iba a construir su lugar. “La verdad es que ir al arco es dificilísimo, es peor que jugar arriba”, admite ahora, ya con la distancia del tiempo.</p><p>En River hizo todo el recorrido: baby, inferiores, nacionales y primera. “Jugué tres nacionales. Uno lo ganamos”, precisa. En ese recorrido alternaba categorías sin respiro. “En tercera era titular, en segunda suplente y en primera titular. Tenía tres camisetas, tres pantalones, tres medias”, enumera. A esa edad no había descanso. “Vos jugabas tu partido y después jugabas veinte picados con los de tu categoría. Yo quería quedarme jugando con mis amigos, pero me hacían jugar en la otra categoría”.</p><p>Cuando terminó el último Nacional, el camino fue Sportivo Belgrano. “Ahí había dos caminos: o te ibas a Sportivo o te ibas al Amateur. El primer día éramos como 60 o 65 jugadores”, recuerda. La selección fue rápida. “Nelsi ya se conocía a todos. Sabía quién era el dos de tal equipo, el tres del sur, el dos de Belgrano. Ya tenía el equipo en la cabeza”. De ese grupo quedaron poco más de veinte.</p><p>Debutó en primera con apenas 15 años. “Fue en septiembre. El técnico era el “Indio” Navarro. Puso cuatro número nueve juntos”, cuenta entre risas. “Jugamos el Negro Hidalgo, Mauro Pazzarelli, el “Rulo” Badía y yo. Nos puteaban a los cuatro”. Ahí aparece una idea que repite varias veces durante la charla: “Todos eran mejores que yo, de verdad. Eran muy buenos jugadores pero eran muy generosos y yo hacía goles”.</p><p>Los números acompañaron esa sensación. “Salí goleador en tercera, en segunda, en primera, en Nacionales, en las inferiores de Sportivo”. Según el recuento que armó con amigos, hizo 93 goles oficiales. “La cuenta la hicimos entre todos, porque ellos se acuerdan más que yo. Yo me olvidé de muchos”.</p><p>Cuando habla de compañeros, se detiene. “Yo siempre jugué con muy buenos jugadores. Quizás yo era el menos dotado técnicamente, el que menos cabeceaba, pero tuve suerte”. Y cuando menciona a Marcelo Frócil, se le cambia el tono. “Después de Maradona y Messi, el mejor que vi fue al "Chelo". Y no lo digo porque sea amigo, jugué muchos partidos con él. Era una lechuza, de espalda te veía igual: giraba la cabeza y te la ponía a los pies. Con ´Plumero´ Beldoménico era igual”.</p><p>Los títulos también aparecen en el recuerdo. “En el ´87 ganamos la Copa Gobernación. Ganamos 1 a 0 e hice el gol yo”. El 25 de septiembre de 1988 Sportivo ganó la Liga Cordobesa. “Empatamos 0 a 0 allá y ganamos 1 a 0 acá. Hice el gol. Después jugamos otra final un 30 de diciembre. Ganamos 3 a 0 y yo hice los tres goles”, en ese año Sportivo logró dos campeonatos.&nbsp;</p><p>En 1994, Sportivo Belgrano atravesó una etapa de fuerte protagonismo en el fútbol cordobés y protagonizó un hecho poco habitual: disputó tres finales oficiales en la misma temporada frente a Racing de Córdoba, correspondientes a los torneos Apertura, Clausura y la definición anual. En ese contexto de paridad extrema y margen mínimo, Agustín volvió a cumplir su rol: aparecer en partidos decisivos, marcar goles en finales y sostener una constante de su carrera, que cerró con 93 goles oficiales, muchos de ellos en instancias definitorias.</p><p>El apodo nació justamente en una de esas definiciones frente a Racing. “El relator era Raúl Oscar Videla. Cuando hago el gol dice: ‘apareció el fantasma del área. No lo ven, no lo nombran, y apareció’”. Desde ahí quedó. “Yo jugaba raro. Tocaba poco la pelota. Me quedaba en un sector. Y cuando venía la jugada, estaba”.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>Tuvo un paso por Suardi, el club de su familia. Allí jugó durante dos años. “La cancha es el campo de mi abuelo. El club lo fundó mi viejo con unos tíos”, cuenta. Para él no fue un pase más: fue volver a un lugar propio. “Yo nací en Suardi, iba todas las vacaciones de chico. Conocía a todo el mundo”. Compartió equipo con amigos y vivió definiciones intensas, marcadas por el clima típico del fútbol de la región.</p><p>Dejó el fútbol joven, antes de los 24 años, y no por falta de ganas ni por una lesión. Fue una decisión práctica. “No ganábamos plata, o muy poca, y yo tenía que trabajar”, explica. En ese contexto, el fútbol empezó a ocupar un lugar secundario en su vida cotidiana. A eso se sumó un quiebre puntual: durante un torneo tuvo un cruce fuerte con Nelsi Mina y decidió no seguir. “Me enojé y no fui más”, resume. No hubo marcha atrás ni nostalgia. “No lo extrañé para nada”, dice.&nbsp;</p><p>Nunca jugó por plata. “No me movilizaba el dinero. Una vez me llamaron para jugar y les dije: ‘voy, pero llevo un amigo y lo que me des lo repartimos’”. Recuerda también su fama de no entrar en calor. “Yo decía que era verso. Usaba medias bajas, no hacía nada. Me decían que el día que me desgarrara me iban a coser con hilo de oro… y un día me desgarré”.</p><p>El gol que más satisfacción le dio no fue en una final: “Fue jugando por un lechón en Carlos Paz. Estaba desgarrado, sentado afuera. Me dicen ‘entrá’. El arquero saca con la mano, estaba adelantado, y le pegué desde mitad de cancha”. Se ríe y completa la anécdota: “No tenía ni botines, creo que tenía zapatillas. Y sí, ese día ganamos el lechón. Ese fue el gol que más disfruté”.</p><p>Hoy sigue al fútbol, pero a su manera. “Miro mucho fútbol argentino. Y donde juegue un argentino, miro”. Es socio de Sportivo, aunque ya no suele ir a la cancha. “El domingo es el único día que tengo para estar en mi casa”, explica. Tampoco se imagina en otro rol. “Nunca quise ser dirigente. No tengo nada para aportar. Si no voy a sumar, ¿para qué voy a molestar?”.</p><p>Cuando le preguntan qué le dio el fútbol, no duda. “El fútbol me dio amigos. No me dio plata, pero me dio amigos y respeto”. Y en esa frase, simple y definitiva, parece cerrarse todo: el Fantasma apareció, hizo goles, dejó huella y siguió su camino, sin mirar demasiado para atrás.</p><p>&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4X2QwA0ZSI5GghqUpmd83ABuQWg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/agustin_dutto.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Jugó desde chico, debutó en primera a los 15 y convirtió goles que definieron finales y campeonatos. Nunca buscó el brillo ni la permanencia: dejó el fútbol temprano, eligió el trabajo y la vida cotidiana, y hoy mira hacia atrás con la tranquilidad de quien hizo su camino sin deberle nada a nadie.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-02-08T14:27:34+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Volver al patio de casa: la historia de Daniel Aimar y el refugio llamado Crecer
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/volver-al-patio-de-casa-la-historia-de-daniel-aimar-y-el-refugio-llamado-crecer" type="text/html" title="Volver al patio de casa: la historia de Daniel Aimar y el refugio llamado Crecer" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/volver-al-patio-de-casa-la-historia-de-daniel-aimar-y-el-refugio-llamado-crecer</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/volver-al-patio-de-casa-la-historia-de-daniel-aimar-y-el-refugio-llamado-crecer">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ly5bJ1lhla2CgWo-ZYUya97bSec=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/daniel_aimar.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Leonela Zapata.</p><p>A Dani el fútbol le pasa por el cuerpo. Literal. Lo dice sin dramatizar, como quien ya hizo las paces con el dolor: a los 19 se rompió los ligamentos cruzados de la rodilla izquierda y esa noche, para que en su casa no notaran la gravedad, fingió que “rengueaba” apenas. Al otro día no se podía levantar: la rodilla, cuenta, “el doble del diámetro normal”. Era otra época, de hielo y antiinflamatorio, de seguir trabajando como si nada, de aguantar.</p><p>Lo operaron recién a los 25, tres meses después de casarse. “Mi señora quedó embarazada y me tenía que cuidar a mí”, recuerda. Pero el verdadero calvario llegó después: veinte años de dolor intenso hasta que, a los 45, en una segunda intervención, descubrieron que el cuerpo nunca había aceptado uno de los tornillos. “Fue terrible”, repite. Y con eso alcanza para entender por qué, aun con pasión, jugar ya no era opción.</p><p>Sin embargo, el fútbol siguió. Se corrió de lugar. Se convirtió en oficio, estudio, obsesión por el detalle. “Hoy no es solamente jugar: hay que estudiar, capacitarse, aggiornarse”, dice. Y en esa idea se apoya para explicar el salto que dio a los 41: dejar un empleo estable en Alpes, con veinte años adentro, para meterse de lleno en una cancha chica.</p><p>Fue un 4 de junio de 2004. Ese día renunció, ya con un tallercito armado, y se ofreció en Club Belgrano para el Baby. Ese mismo día empezó el curso de monitor de la Liga Regional. “Mi señora no estaba de acuerdo”, admite. Pero el sueño era más fuerte: ser técnico. Y el camino, desde ahí, fue largo, de categorías formativas, de pruebas y de amistades.</p><p>En el medio aparece Matías, su hijo categoría 91, el disparador de todo. Dani quería, ante todo, que el pibe hiciera deporte. Matías arrancó con básquet, pero de chico lo invitaron a probarse de arquero en Belgrano. Le gustó. Quiso hacer las dos cosas. Se cansó del básquet. Y Dani, que venía de jugar “en campitos”, empezó a seguirlo, a preguntar, a mirar con otros ojos.</p><p>La cronología, en San Francisco y la zona, es un mapa de camiseta gastada: Liga Amateur, Liga Comercial (jugó para Palacio Municipal) hasta que la rodilla dijo basta. Después arrancó la experiencia de entrenar a las inferiores y juveniles en La Hidráulica, fue ayudante en Talleres de María Juana, y dio vueltas y vueltas entre operaciones y proyectos.</p><p>También hubo un capítulo clave de construcción colectiva: la Liga Juvenil. En 2008, en una reunión en el Palacio Municipal, lo presentaron como “el mentor” de la idea. “Yo me puse colorado: mentor no, yo solo transmití una idea”, se ríe. La idea era simple: había muchos chicos sin lugar, con apenas cuatro clubes para contenerlos. De esa misma mesa salió otro empujón: traer a San Francisco el curso de técnico nacional. Se hizo en la Universidad Tecnológica Nacional. Dani fue de los primeros en anotarse y se recibió en 2011. “Fue la única vez que trajeron un curso de técnico nacional acá”, subraya, como quien guarda una medalla de barrio.</p><p>Hasta que aparece Proyecto Crecer. Ahí empieza una etapa distinta. En 2016 salió campeón con la reserva; en 2017 combinó reserva y primera como ayudante de campo de Pablo Rivalta, y terminó dirigiendo el cierre de temporada cuando el técnico se fue faltando pocos partidos. “El fútbol te pone y te saca”, resume.</p><p>Después vino un paréntesis que también dejó huella: en 2022 aceptó el desafío de Cultural La Francia. “Fue bárbaro, mucho más allá del resultado”, insiste. Salió de su lugar de confort, manejó todos los días, conoció otras costumbres. Fue campeón, y la experiencia —aunque breve— le confirmó algo que ya intuía: el ambiente pesa tanto como el marcador. “Estamos a 50 kilómetros y hay cosas distintas”, describe.</p><p>Esa certeza explica su regreso. Desde hace dos años está otra vez en Proyecto Crecer, “en el patio de mi casa”. No como técnico principal, sino en una función que él mismo bautizó para no “vender humo”: logística. “Estar un poquito en todo sin estar en nada”, resume. En castellano de club: pases, planillas, árbitros, atención al visitante, orden de cancha. “Por eso el mote me parece bien puesto”, tira, con orgullo sin grandilocuencia.</p><p>Cuando se mete en el plantel, Dani habla como quien arma un motor: pieza por pieza. Celebra que se sostengan nombres base y que aparezcan “juveniles que pueden servir para Primera”. Menciona a Bruno Belotti y a Nico Bossio, y también las salidas que duelen: pibes que se fueron a otros clubes, arqueros que dudan, promesas con precontratos. “Hay decepciones, pero también jugadores interesantes para encarar este año”, define.</p><p>Fuera de la cancha, la vida también le marcó prioridades. “Del 2020 para acá no tuve vacaciones”, cuenta, porque se propuso terminar el gimnasio de su señora en la calle 9 de Septiembre. “Si uno hace una cosa, no hace la otra”, repite. Recién ahora se anima a pensar en un viaje: en junio su hijo se casa en República Dominicana, y la familia planea ir “todos de blanco”.</p><p>Pero si hay algo que Dani marca como condición indispensable para haber recorrido todo este camino, eso es la familia. Sin vueltas ni poses, lo dice claro: sin el acompañamiento y, sobre todo, la libertad que siempre le dieron su esposa Mónica y sus hijos Luz y Matías, nada de esto hubiera sido posible. “Yo me puedo dedicar al fútbol porque en casa me bancan”, resume.</p><p>Durante años de talleres, entrenamientos, viajes, reuniones y canchas, el respaldo familiar fue el sostén silencioso. Mónica, que también cargó con su propio esfuerzo y sus dolores, fue clave para que él pudiera insistir cuando el cuerpo pedía freno.</p><p>&nbsp;Luz y Matías crecieron entendiendo que el fútbol no era un capricho, sino una parte esencial de su vida. “Si no tenés ese apoyo, no llegás”, asegura Dani, convencido de que detrás de cada tarde de cancha hubo siempre una familia que sostuvo desde atrás.</p><p>En Crecer lo entusiasma el proyecto, pero también la convivencia. Cuenta que el primer año fue pesado, con técnicos que no conocían el club. Para el siguiente, buscaron gente de la casa. Pone nombres y valores: Omar (Bossio), que escucha; Nacho Ludueña, Miguel Quiroga, y otros que “conocen a la perfección” el lugar. “Al conocer el club se nos hace mucho más fácil”, explica. Y destaca un plantel corto pero rendidor, con pocas lesiones, sostenido por una dirigencia que esta vez se involucró de verdad.</p><p>También habla de la Liga Regional San Francisco y del nuevo formato con categorización. Él está convencido de que ordena y empuja a mejorar: “La evolución es lógica, siempre querés ser mejor”. Su mirada no esquiva las zonas ásperas: canchas que “no se pueden jugar”, bancos mal ubicados que arman disputas, internas.</p><p>Al final, cuando le preguntan por qué siempre vuelve, Dani contesta con una imagen simple: “El fútbol es una sonrisa, un apretón de manos, un abrazo con amigos”. Y lo remata con una frase que podría ser el resumen de su historia: “Capaz mi vocación es la mecánica, pero hay una parte bastante amplia de mi razón de ser que es estar del lado del fútbol”.&nbsp;</p><p>A los 61, no promete nada para el año que viene. Solo dice que este sigue. Y se entiende: el fútbol, a veces, no es un lugar. Es una manera de quedarse.&nbsp;&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ly5bJ1lhla2CgWo-ZYUya97bSec=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/daniel_aimar.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>De una rodilla rota a los 19 a “estar en todo sin estar en nada” en Proyecto Crecer: la historia de un laburante de taller que dejó la seguridad para cumplir el sueño de dirigir, se curtió en inferiores, fue campeón con la reserva y hoy sostiene la trastienda de un club que volvió a marcar el ritmo en la Liga.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-02-01T13:10:59+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Fernando “Batato” Caminos, una vida siguiendo la pelota
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/fernando-batato-caminos-una-vida-siguiendo-la-pelota" type="text/html" title="Fernando “Batato” Caminos, una vida siguiendo la pelota" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/fernando-batato-caminos-una-vida-siguiendo-la-pelota</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/fernando-batato-caminos-una-vida-siguiendo-la-pelota">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/OzISYrj2eFq9rB0PqA6wPzEUbVA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/fernando_caminos.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Leonela Zapata</p><p>&nbsp;</p><p>Fernando “Batato” Caminos se ríe cuando lo apuran con precisión. No se acuerda exactamente qué dijo hace un rato, menos todavía la edad exacta en la que empezó. Pero en esa risa aparece algo que lo define: la memoria del fútbol no está hecha de fechas frías, sino de escenas, de trayectos cortos y de canchas que se vuelven casa.</p><p>“El baby lo empecé a los cuatro años ya estaba en el club Belgrano”, dice. Después lo corrige, o lo duda: “Creo que a los tres me parece que fui. Pero por lo menos a los cuatro años ya estaba”. Lo que no cambia es el cuadro: cruzar desde la casa de los padres y meterse en el club como quien cruza a la vereda de enfrente para encontrar su lugar. En ese hogar estaban Máximo (“Pipi”) y Raquel, sus viejos, los que sostuvieron ese ritual cotidiano sin saber que estaban acompañando el inicio de una vida entera ligada al fútbol.</p><p>&nbsp;</p><p>Hizo todo en Belgrano. No como frase hecha: literalmente. Y cuando enumera compañeros, los nombres salen con naturalidad de barrio: Federico Pomba, Juan Pablo Reinero, Rubén Lamberti, Alejandro Balkenende, Gerardo Casalis, Eduardo Roca. “La mayoría eran del barrio”, remarca. Algunos venían de las 800, “del barrio de al lado”, y había chicos de Arroyito, pero el núcleo era ese: pibes que crecían con una camiseta como extensión del cuerpo.</p><p>La cancha también era un punto fijo. “La cancha está donde está ahora. Siempre estuvo ahí”. Entraban por el mismo lugar de siempre, como si el tiempo no pudiera mover esa referencia. Belgrano tuvo otros espacios, algún predio por avenida Caseros, pero para Batato el fútbol era ese rectángulo del barrio, ese acceso grabado en la memoria.</p><p>El salto de Belgrano a El Tala se dio como tantas cosas en el fútbol del interior: por vínculos. Lo llevó el popular “Pichina”, fanático de Belgrano, que iba todos los sábados y trabajaba en El Tala. “Como él estaba en El Tala, nos llevó a la mayoría de los chicos… la mayoría de mis amigos del barrio iban a jugar ahí. Entonces me fui al Tala”.</p><p>Ahí aparece uno de los nombres importantes de su formación: Roberto Rivoira. “En ese momento estaba el profesor Roberto Rivoira… y la verdad que nos enseñó un montón”. Y en ese club llegó el primer llamado fuerte, el que te cambia la cabeza siendo pibe: “A los 14 o 15… hubo una serie de lesiones y me llama Roberto, que tenía que ir a concentrar para jugar el domingo en Primera”. El Tala jugaba la zona centro de la Liga Regional y él, todavía chico, empezaba a convivir con el vestuario de grandes.</p><p>Cuando habla de aquellos años, le queda una mezcla de orgullo y sorpresa. “Yo era chico”, repite, mientras suelta apellidos conocidos del pago: Marcelo Frócil, el Peta Bernarte, Fernando Bay, Gustavo Boca. Ese tipo de aprendizaje no se enseña en una pizarra: se vive.</p>Aprender entre clubes y vestuarios<p>Después vino Córdoba, el estudio y una decisión que no fue fácil. “Cuando terminé la secundaria me fui a estudiar a Córdoba, el profesorado de Educación Física”. Y lo dice como quien marca un cruce de caminos. “Nunca decidí dejar de estudiar”, cuenta. Seguía entrenando, seguía jugando, viajaba los fines de semana. La carrera avanzaba al ritmo del fútbol y el fútbol se sostenía al ritmo de la vida.</p><p>Con los años, Batato suma capítulos como quien suma camisetas dobladas en un placard: títulos, vueltas, partidos decisivos. Recuerda con claridad una etapa muy especial en El Tala con Daniel Primo. “Armamos un lindo equipo, salimos campeones. Le ganamos al 9 de Morteros, que tenía un muy buen equipo, y nosotros también habíamos armado uno fuerte”. Nombra a Mario Conti, Pini Luque, el Pez López, Bruno Martelotto, y deja una frase que retrata la época: “En ese momento ganarle al 9 era como lo máximo”.</p><p>La final de la zona se jugó en casa: “Con Centro… en cancha del Tala, y salimos campeones”. Y cuando habla de esa cancha, la ubica con precisión geográfica y sentimental: “Atrás de la bancaria. Hoy hay un loteo ahí”. Había “una casona vieja” que funcionaba como cantina y un cuidador que era parte del paisaje: “Julio, el que mantenía toda la cancha”.</p><p>Pero si hay un tramo donde su relato se agranda, es Devoto. Llegó cuando lo fueron a buscar Carlos Mazzola y Javier Troxler. “Me lleva él junto con Javier… y en ese momento el ‘Mingo’ Benso me compra el pase”. Y ahí se quedó muchísimos años, nueve o diez, con varios torneos absolutos y una dinámica poco habitual en la liga: “Nosotros concentrábamos todos los sábados”.</p><p>Sociedad Sportiva Devoto también le dejó un gesto que todavía hoy lo emociona, porque en el fútbol del interior el pase no es un detalle: es la llave de tu destino. “Si él no me compraba el pase, no podía llegar a Devoto”. Y cuando se fue, ocurrió algo poco común: “El día que decido irme de Devoto, él me regala el pase”.</p><p>Desde ahí, la travesía se volvió carretera: Porteña, Balnearia, Freyre, Centro Social de Brinkmann, Unión de Alicia, La Francia, Suardi. A veces ida, a veces vuelta. “Después me quedo en La Francia dos años”, dice, y recuerda lo que significó ese título: “Salimos campeones… hacía muchos años que La Francia no salía campeón”.</p><p>&nbsp;</p>Jugar mientras tenga sentido<p>A los 46, el cuerpo marca otra conversación. Ya no es correr por correr: es sostenerse. “Si no entreno, no puedo jugar más”, admite. “Trato siempre de entrenarme, cuidarme”. Por eso también busca bajar el desgaste de los viajes: “Viajé toda la vida, tres o cuatro veces por semana”.</p><p>Hoy está en una etapa de cierre abierto, sin dramatismo pero con conciencia. “Creo que va a ser el último año”, suelta, y enseguida se cubre: “Y no se sabe. Mientras tengas ganas”. Después lo dice con claridad: “Ya son 46 años y también hay que darle lugar a los chicos que vienen más atrás”.</p><p>Cuando le preguntan dónde siente que está “su casa”, no se pone romántico. Es honesto: “Por los años, Devoto fue uno de los lugares donde me sentí más cómodo”. Pero enseguida abre el mapa: “En los clubes donde voy me abren las puertas y me hice un montón de amigos”.</p><p>También está su otra vida: la docencia. “Siempre trabajé de profe, nunca dejé la profesión”. Habla de escuela, de Educación Física, de proyectos, campamentos y viajes, de “sacar a los chicos” para que “conozcan otras cosas”. Ese Batato no es el del vestuario: es el de todos los días.</p><p>Y hay un momento que funciona como cierre emocional del recorrido: entrar a una cancha con su hija. “Mi sueño siempre fue entrar con mi hijo a la cancha, y lo pude hacer. Entré con Cayetana”. La escena tiene ternura y orgullo: “La hice de Boca como yo… quiero llevarla a la Bombonera”. Sabe que con dos años quizá no se acuerde.</p><p>El fútbol, en su vida, no fue una línea recta. Fue una trama: barrio, clubes, sacrificios, rutas interminables y vínculos que quedaron para siempre. Batato no habla de retirarse: habla de seguir mientras tenga sentido. De entrenar para poder jugar. De jugar para disfrutar. Y cuando llegue el día de colgar los botines, no será una despedida, sino apenas otra forma de seguir entrando a la cancha.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/OzISYrj2eFq9rB0PqA6wPzEUbVA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/fernando_caminos.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Empezó a jugar a los 4 años en Belgrano, pasó por El Tala, vivió una etapa “profesional” en Devoto y recorrió clubes de toda la región. A los 46, entre la docencia y los viajes, sostiene la misma idea: entrenar para poder jugar y disfrutar hasta el final.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-01-25T10:00:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Juan Cruz y La Milka: cuando el fútbol abre la puerta justa
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/juan-cruz-y-la-milka-cuando-el-futbol-abre-la-puerta-justa" type="text/html" title="Juan Cruz y La Milka: cuando el fútbol abre la puerta justa" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/juan-cruz-y-la-milka-cuando-el-futbol-abre-la-puerta-justa</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/juan-cruz-y-la-milka-cuando-el-futbol-abre-la-puerta-justa">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/uKqqjrOQhtE_unORSbv2KUtDpBI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/juan_cruz_espina.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Leonela Zapata.</p><p>&nbsp;</p><p>Juan Cruz Espina tiene 12 años, convive con síndrome de Asperger dentro del espectro autista y encontró en los tres palos de La Milka un lugar donde sentirse pleno, seguro y feliz. No fue un camino directo ni sencillo. Pero es una historia que comenzó con una decisión propia y terminó abrazada por todo un barrio.&nbsp;</p><p>Juan empezó a jugar al fútbol en 2023 y cuando cuenta su historia lo hace con la naturalidad de quien siente que está donde debe estar. “Juego en La Milka, soy arquero, soy hincha de La Milka y de River”, dice sin dudar. Su mamá, Valeria Bruno, acompaña con orgullo cada palabra, cada gesto y, sobre todo, cada avance.</p><p>Antes de llegar al club quintero, hubo puertas que no se abrieron. Buscaron otros clubes: &nbsp;“Nos dijeron que no, que no había gente capacitada para él”, recuerda Valeria. “Juan tiene síndrome de Asperger, dentro del espectro autista. Pero nunca fue su condición la que complicó el acceso. Fue la falta de comprensión, de información y de predisposición de los adultos”, sostuvo Valeria. Aun así, la historia dio un giro inesperado cuando un día Juan volvió a su casa y dijo: “Mamá, me anoté en La Milka”. Su mamá lo tomó como una ocurrencia pasajera, pero cuando confirmó que la inscripción era real, corrió a comprar botines y a acompañar esa iniciativa que él había tomado solo, sin esconder quién era ni lo que necesitaba.</p><p>En el club empezó como defensor y no tardó en sentir que no era su lugar. “Yo quiero atajar”, repetía. Su mamá trató de advertirle que el arco conlleva presión, críticas y riesgos. Pero la convicción de Juan pudo más. Con el acompañamiento de los profes y la ayuda de Leo Corzo, un entrenador especializado, aprendió técnica, cómo tirarse, cómo caer sin lastimarse y, sobre todo, cómo confiar en sí mismo. “Antes dolía, ahora ya no”, dice él con una sonrisa tímida. Ese pequeño aprendizaje abrió un universo nuevo. Cada entrenamiento, aunque exigente, empezó a ser una oportunidad y no un obstáculo.</p><p>La confirmación de la participación de La Milka en el Nacional de Baby fue un huracán emocional para la familia. Los entrenamientos se volvieron diarios y Juan comenzó a tener miedo al dolor. Se golpeaba, sentía que no podía y dejó de entrenar durante una semana. Hubo consultas médicas, charlas con entrenadores, contención emocional y hasta estrategias caseras. “Le daba un mejoral como placebo para que fuera tranquilo. Menos mal que no hay doping”, dice Valeria entre risas, traduciendo en humor lo que también fue angustia real. Finalmente llegó el torneo. Juan jugó minutos importantes, tapó pelotas difíciles, se ganó la ovación de los suyos y vivió lo que para muchos es una simple competencia, pero para él fue un salto de vida. “Me pongo nervioso antes de entrar, pero cuando estoy en el arco ya se me pasa”, cuenta. Y agrega, con esa mezcla de inocencia y madurez que lo caracteriza: “Siento mucha confianza”.</p><p>La inclusión en La Milka no fue un discurso, fue un hecho. Pero también es parte de un rumbo institucional. Desde el año pasado, el club trabaja con un Departamento Social conformado por un equipo interdisciplinario y referentes barriales e institucionales. Una de sus principales líneas de acción es la inclusión, la igualdad y la diversidad, bajo un lema que ya se volvió identidad: “Cuando jugamos juntos, todos y todas siempre ganamos”. Allí, la presencia de Juan y de tantos otros chicos y chicas encuentra acompañamiento y puertas abiertas. Nadie lo recibió con cartelitos ni etiquetas: los profes lo trataron como un jugador más, los compañeros lo abrazaron sin preguntar y el club recién supo de su condición cuando fue necesario para ficharlo. “Ellos primero vieron a la persona”, dice Valeria, todavía con la emoción fresca. Eso convirtió al club no en un espacio deportivo sino en un hogar.</p><p>La familia vive hace 23 años en el barrio y lo siente así: gente humilde, solidaria, capaz de organizar ventas y rifas con tal de que ningún chico se quede afuera. “La Milka es casa, es familia, es comunidad”, resume su mamá.</p><p>El presente de Juan también se construye fuera de la cancha. Va al colegio San Martín y cursa sin maestra integradora. Desde los cuatro años trabajó con un equipo interdisciplinario —psicopedagoga, psicóloga, fonoaudióloga y la red de Cumehue—, y todo eso ayudó a que hoy esté parado en una cancha, rodeado de ruido, celebrando atajadas y siendo parte de un plantel. Valeria recuerda que años atrás su hijo no toleraba el bullicio, comía solo en la habitación, necesitaba rutinas estrictas. “Ahora lo veo ahí adentro y no lo puedo creer”, confiesa.</p><p>El proceso también impactó en lo familiar. Hubo diagnósticos, miedos, momentos de incertidumbre y otras tantas pequeñas batallas invisibles. Parte de la familia tardó más en comprender que no se trataba de una enfermedad, sino de una condición que requiere acompañamiento. Hoy todos empujan para el mismo lado.</p><p>Juan tiene una particular sensibilidad: detecta cambios en el tono de voz, interpreta miradas, distingue la burla de la broma, es sincero al extremo y justiciero por impulso. No miente, no disimula y no tolera las injusticias ajenas. Ese rasgo, que en otros ámbitos podría ponerlo en riesgo, en el grupo se volvió un puente. Sus compañeros lo abrazaron tal como es. Los padres también. Para la familia, el Nacional no sólo fue un torneo. Fue una fiesta de egreso. El cierre de una etapa, la demostración tangible de que nada de lo que se temió al inicio determinó su destino. Cada noche de campeonato termina tarde, con la adrenalina todavía en la piel y la emoción a flor de superficie, como si cada ingreso de Juan al arco fuera una conquista colectiva.</p><p>Lo que se generó alrededor de Juan se expande más allá del grupo. Hay orgullo, hay contagio de esperanza y hay visibilidad sin exposición forzada. Nadie en La Milka usó su historia como bandera ni como trofeo. No hubo campaña, no hubo slogan de inclusión. Lo aceptaron, lo hicieron jugar, lo acompañaron y listo. Ese es el acto más poderoso de todos. Valeria lo sintetiza así: “Esto muestra que se puede, que no hay que bajar los brazos, que no es el diagnóstico lo que te define. Es una persona que viene con un paquete, como venimos todos”.</p><p>Cuando el Nacional termine, nadie sabe si Juan Cruz seguirá en el arco o elegirá otro camino. Puede que continúe en La Milka, que pruebe en otro club o que un día decida cambiar los guantes por otra pasión. Pero lo que ya está escrito es más importante que cualquier medalla: un chico que un día decidió inscribirse solo en el club del barrio, que peleó contra sus propios miedos, que encontró amigos y que se ganó un lugar sin pedir permiso. Su mamá lo mira, orgullosa y conmovida, y dice lo mismo que tal vez piensan cientos de vecinos: “No hay nada más lindo que verlo feliz”.</p><p>Y en La Milka, Juan Cruz ya encontró su lugar. Como jugador, como compañero y, sobre todo, como parte de una gran familia que, sin proponérselo, terminó dando una lección silenciosa de empatía, respeto y amor por el fútbol y por las personas.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/uKqqjrOQhtE_unORSbv2KUtDpBI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/juan_cruz_espina.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Tras intentos fallidos en otros clubes, halló en La Milka un espacio donde entrenar, aprender y disfrutar del juego sin condicionamientos. Hoy el arco es su lugar y el barrio, su respaldo.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-01-16T10:00:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Matías Gattino: “Ese nacional nos marcó para siempre”
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/matias-gattino-ese-nacional-nos-marco-para-siempre" type="text/html" title="Matías Gattino: “Ese nacional nos marcó para siempre”" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/matias-gattino-ese-nacional-nos-marco-para-siempre</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/matias-gattino-ese-nacional-nos-marco-para-siempre">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-mTv21wBLtlcrtDVk3Q0R6ls79E=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/mati_gattino.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Leonela Zapata.</p><p>&nbsp;</p><p>A veces la memoria juega a favor: borra lo malo, empuja para arriba lo bueno, y termina dejando flotando solo lo que vale la pena. Pero con Matías Gattino, jugador de Barrio Jardín y campeón nacional en 2008, no hace falta escarbar demasiado: la película está ahí, intacta, lista para reproducirse cada vez que pasa cerca de una cancha desierta o escucha un silbato en la distancia.</p><p>Mati hizo todo el recorrido con la camiseta azul y blanca. Desde los cuatro o cinco años, cuando la pelota le quedaba grande y los botines parecían de otro jugador, hasta el último día en que ese grupo tocó el cielo y, sin saberlo, se despidió para siempre. “Al principio ni jugábamos por los puntos”, recuerda. “Había otro técnico y era más para aprender. Pero cuando arrancamos a competir, ahí apareció mi viejo”.</p><p>Ahí empieza el capítulo más lindo. Su papá, que nunca había dirigido, hizo un curso sólo para poder estar al frente de los suyos. Se animó sin currículum, sin antecedentes, sin experiencia previa. Fue su primera experiencia y, como si estuviera escrito en algún lado, también fue la última en el baby. “Mi viejo dirigió nuestra categoría y listo. Salió campeón del Nacional y se retiró”, cuenta Mati con orgullo y una sonrisa que se nota incluso sin verlo.</p><p>No estuvo solo: Jorge “Flaco” Carmona compartió ese banco improvisado, cargado de agua mineral, bidones y nervios de sábado. Entre los dos alimentaron un equipo que pronto se transformó en máquina. “De diez torneos que jugamos, ganamos ocho”, dice. Apertura, Clausura, Copa de Campeones… todo lo que se presentaba, Barrio Jardín lo peleaba, lo competía y muchas veces lo terminaba levantando.</p><p>El Nacional de 2008 fue la cumbre. Llegaron con la confianza que te da ganar seguido, pero también con el peso de representar algo más grande que un equipo. El barrio entero empujaba. Las familias, que ya estaban acostumbradas a los viajes, al lavar camisetas embarradas a las once de la noche y a cebar mate en canchas desconocidas, sabían que podía ser el año.</p><p>Y fue.</p><p>La final quedó grabada como un fuego artificial en cámara lenta: cancha de Belgrano, 4-0 a Nueva Alem, festejo interminable. “Ese día volvimos corriendo hasta el barrio”, dice. Y uno lo imagina: pibes agotados con la copa en la mano, autos tocando bocina, gente saliendo a la vereda. Esa escena que solo tiene el baby: fútbol sin egos, triunfo sin estadísticas, infancia hecha colectivo.</p><p>Ese equipo no era solo talento. Tenía una rareza que para 2008 era casi ciencia ficción: preparador físico. “Apareció de casualidad”, dice Mati. Un pibe que se había mudado y se ofreció a entrenarlos. Lo aceptaron sin preguntar demasiado, y en el último año los puso a punto como si jugaran en Primera. No se usaría la palabra “proceso” todavía, pero lo era. Entrenaban mejor, corrían más, y en la final sobraba nafta.</p><p>El final del Nacional marcó un antes y después. No solo porque se terminó una etapa: se rompió una rutina emocional. “Entrenábamos dos o tres veces por semana, jugábamos los sábados, los viejos se quedaban a comer… cuando ganó el Nacional sentís que todo eso desaparece de un día para el otro”. &nbsp;Los chicos se repartieron entre clubes: Sportivo, Crecer, la zona. Y el grupo que había sido inseparable se evaporó en decisiones diferentes. Como terminar la primaria y que cada uno elija escuela.</p><p>A Mati le tocó uno de los caminos más intensos: se fue a Rosario a la escuela de Jorge Griffa, primero viajando en remis todas las semanas, y después, a los 16, viviendo allá. Estuvo cerca de Boca, probó en varios lugares, jugó en inferiores, tuvo buenos años y después una caída abrupta cuando un acuerdo entre clubes dejó de existir y diez pibes perdieron la chance de subir el siguiente escalón. “Fue un golpe fuerte —admite—, pero era lo que tocaba.” Volvió, estudió, jugó un poco en Sportivo, un poco en la zona, hasta que la pelota dejó de marcarle el ritmo.</p><p>La experiencia afuera lo moldeó, le dio historias para contar y cicatrices que tardan en cerrar. Pero el hilo que lo sostuvo siempre fue el mismo: ese equipo del barrio que alguna vez fue invencible. A medida que se apagaban las luces grandes y la rutina dejaba de girar alrededor del fútbol profesional, empezó a aparecer otra necesidad, más simple y más profunda: volver al origen. Volver al lugar donde la pelota no era obligación sino juego, donde no había presiones ni contratos, apenas amigos y una camiseta que se lavaba en casa. “Me hubiera gustado que Barrio siga acá”, dice cuando mira el predio actual. No se queja: recuerda con cariño y con orgullo. La cancha estaba linda, el club ordenado, las tribunas llenas los fines de semana. Hoy, a veces, se escapa a ver un Nacional. No todos, pero algunos. Mira a Barrio si juega, mira a cualquiera si no está su club.</p><p>En la memoria de Mati, aquel equipo sigue jugando: &nbsp;Kevin, el Fede Gentile en el arco, el Nacho Amieta, los mismos desde los primeros años hasta el último, casi sin cambiar fichas. “Éramos once, doce. Y siempre juntos”. En la final entraron todos, hasta el arquero suplente. Nadie se quedó sin minutos. Ese detalle, casi insignificante para quien solo mira resultados, explica por qué 18 años después todavía lo recuerdan con brillo en los ojos.</p><p>El fútbol lo llevó por varios lados, pero el Baby lo trajo de vuelta al punto de partida.Y ese 2008, con calor, camisetas blancas y azules &nbsp;y un trofeo que alzaron para el barrio entero, quedó grabado para siempre como una verdad simple que nadie les va a poder quitar: fueron campeones, y fueron felices juntos.</p><p>&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-mTv21wBLtlcrtDVk3Q0R6ls79E=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/mati_gattino.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Un barrio detrás, un padre debutando como DT, amigos que no se separaban nunca y un Nacional que cerró una etapa y abrió mil caminos. Para Matías Gattino, 2008 no es un título: es la foto fija de una felicidad que se quedó a vivir para siempre.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-01-12T11:30:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Juan José Carreras: “En River viví lo más lindo de mi infancia”
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/juan-jose-carreras-en-river-vivi-lo-mas-lindo-de-mi-infancia" type="text/html" title="Juan José Carreras: “En River viví lo más lindo de mi infancia”" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/juan-jose-carreras-en-river-vivi-lo-mas-lindo-de-mi-infancia</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/juan-jose-carreras-en-river-vivi-lo-mas-lindo-de-mi-infancia">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/lhqvF5-zRzorwjyjn1F6UZQf1_s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/juanchi_carreras.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Leonela Zapata</p><p>&nbsp;</p><p>Hay recuerdos que se quedan para siempre en el cuerpo. En las piernas, en el olor a pasto seco de enero, en un grito de gol que todavía suena aunque nadie lo pronuncie. Para Juanchi Carreras, el Nacional 2006 es ese fragmento del tiempo que no se mueve, por más que la ciudad cambie, los clubes construyan canchas nuevas y los amigos se anden perdiendo por las esquinas de la vida adulta.</p><p>Lo curioso es que Juanchi no nació futbolísticamente en C.D. River. Empezó en Los Andes, a los cuatro años, más por arrastre familiar que por vocación propia. Su hermano jugaba ahí y él cayó con las medias caídas y la pelota que era más grande que su pierna. “Arranqué porque ellos estaban ahí. Mis viejos me llevaban todos los días y yo jugaba con los más chiquitos”, recuerda. Pasó dos años compitiendo por los puntos, todavía cuando Los Andes jugaba en la vieja cancha, con el alambre flojo, la tierra volando en cada barrida y el murmullo de barrio que hacía sonar las tardes.</p><p>Pero había un problema: no jugaba mucho. Así de simple, así de duro. Y cuando uno es chico, el fútbol no admite grises. O jugás, o te vas a buscar otro lugar. “No me acuerdo bien porqué me fui, pero era porque no jugaba demasiado. Entonces surgió River. Alguien habló con el “Bocha” Gramajo, que era el técnico, y me aceptaron”, dice. Se encontró con un plantel que ya venía armado y aceitado, con una base consolidada y resultados en la mochila. “Yo llegué muy por detrás del nivel que tenían ellos. Pero el Bocha me enseñó todo. Aprendí lo que era entrenar, competir, mejorar. Me ayudó muchísimo”.</p><p>Ese vínculo con el técnico atraviesa toda su historia, como un padre futbolero que aparece en el momento justo. “Todo lo que aprendí de fútbol lo aprendí ahí. Pero además, lo pasábamos bien. Era lindo ir a entrenar, y eso después se notaba en los partidos”.</p><p>River ya era fuerte por entonces. Habían salido campeones del Clausura antes de la llegada de Juanchi, repitieron en el Apertura siguiente, y después vinieron tres finales perdidas contra Cabrera, como una espina clavada. A la par, Estrella también empujaba fuerte. “Entre ellos y Cabrera estaban los rivales más duros. Y nos tocaba perder siempre las finales. Teníamos esa bronca adentro, ese ‘ya nos toca a nosotros’”, recuerda.</p><p>Cuando llegó el Nacional 2006, ya cargaban con peso en la espalda: eran candidatos sin haber levantado el trofeo grande. La sede inicial fue en la propia cancha, el río humano de padres entrando por la puerta chica, la cantina abierta hasta tarde y los chicos corriendo detrás de la pelota con hambre de revancha. “Pasamos de ronda ahí. Ganamos y perdimos un partido, pero alcanzó. En la segunda ronda también jugamos de local. Y otra vez Cabrera. Ellos nos habían ganado todas las finales ese año. Y sabíamos que si perdíamos quedábamos afuera”. Esta vez fue distinto. River les ganó y ese triunfo valió más que los puntos. Fue la sensación de que la historia podía cambiar.</p><p>A partir de ahí, el equipo caminó recto hacia el título: La Salud en octavos en la cancha de Sebastián, un partido apretado que cerraron 2-1; Estrella en cuartos, justo en la cancha de Estrella, el terreno más hostil posible; Litoral de Rosario en semis, que terminó en penales; y la final ante J.J. Urquiza, donde la pelota parecía encontrar su camino sola. “Empezamos ganando 1-0, y en el segundo tiempo entré yo. Hice dos goles, el segundo y el cuarto. Ganamos 4-1. Cuando metí el último ya estaba liquidado”.</p><p>Ese día, Juanchi se ganó un lugar en la historia de River y en su propia memoria. Jugaba de volante, aunque en uno de los últimos torneos internos había sido defensor. En el Nacional volvió al medio, donde más cómodo se sentía. Ese fue su momento, su noche perfecta.</p><p>Pero el fútbol, como tantas veces en el Baby, no tiene capítulo dos para todos. Después jugó en Crecer, pasó a Liga Juvenil, siguió con amigos en torneos locales y, de repente, la pelota dejó de exigirle tanto. A los 17 dejó la escuela, empezó a trabajar gracias a la mano de un tío y el fútbol pasó a ser recreo, respiro, excusa para juntarse. “No seguí profesionalmente. Había muy buenos jugadores en ese momento, muchos más que yo. Yo me dediqué al laburo”.&nbsp;</p><p>Las amistades se enfriaron suavemente, como pasa con todos los grupos que comparten infancia intensa y después la vida reparte direcciones. Mantienen contacto con algunos, sobre todo cuando se cruzan en la calle. Hubo un reencuentro a los diez años del título en la casa del Bocha. Este año se cumplen veinte, pero nadie tiene claro si habrá juntada.</p><p>Cuando pasa por el predio y mira donde estaba la cancha, no ve un vacío: ve fantasmas felices. “Para mí River es lo más lindo que viví de chico. Todo lo mejor me pasó acá. Entrenar, competir, aprender a compartir, a ser parte de un equipo. Eso no se olvida más”.</p><p>Sigue yendo a los Nacionales cada tanto, no tanto al Baby regular. Va a ver a River si coincide, o al hijo de algún amigo, o a cualquiera que juegue lindo. Se sienta en la tribuna sin camiseta, aunque en el fondo la roja y blanca nunca dejó de ser suya.</p><p>Al final de la entrevista baja del auto la camiseta que trajo especialmente, todavía con el escudo cosido como en 2006. La estira, la mira, sonríe. No hace falta que diga nada más.Ese pedazo de tela con los colores intactos lo explica todo.</p><p>&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/lhqvF5-zRzorwjyjn1F6UZQf1_s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/juanchi_carreras.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>River le dio minutos, le dio amigos y le dio un campeonato eterno. Dos décadas después, Juanchi Carreras revive el torneo que sigue vibrando como si fuera hoy.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-01-11T13:36:36+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Gustavo Hidalgo: el recorrido de un goleador
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/gustavo-hidalgo-el-recorrido-de-un-goleador" type="text/html" title="Gustavo Hidalgo: el recorrido de un goleador" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/gustavo-hidalgo-el-recorrido-de-un-goleador</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/gustavo-hidalgo-el-recorrido-de-un-goleador">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4CIbYtx_-K4sPgZPt3_r8j2nwBw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/gustavo_hidalgo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Leonela Zapata</p><p>La historia de Gustavo Hidalgo no se puede contar sin hablar de la Liga. No como un paso previo ni como un simple escalón, sino como el escenario central de su vida futbolera. La Liga Regional (y las ligas del interior) fueron su escuela y el lugar al que siempre volvió. Ahí se formó como jugador y como persona, ahí aprendió a competir y ahí dejó una huella que todavía se recuerda.</p><p>Nacido en Brinkmann, Gustavo dio sus primeros pasos en el baby fútbol y realizó todas las divisiones inferiores en el Centro Social y Deportivo. Allí debutó en Primera y empezó a destacarse como goleador en la Zona Norte, en una época en la que cada domingo era una prueba distinta. Canchas duras, partidos cerrados y rivales que no regalaban nada. “La Liga te curte”, resume, convencido de que ese aprendizaje no se consigue en ningún otro lado.</p><p>En esos primeros años se construye el futbolista del interior: aprender a jugar con poco, adaptarse a canchas diferentes y convivir con la presión del resultado. Gustavo lo dice sin vueltas: en la Liga se aprende a ganar, a perder y a bancarse la crítica. “El domingo te juzga”, sintetiza. En ese ritmo semanal empezó a marcar una característica que lo acompañó siempre: la voracidad por el gol y la disciplina para sostenerse.</p><p>Ese rendimiento lo llevó, con apenas 18 años, a Sportivo Belgrano. Llegó cuando el club comenzaba a asomarse a los torneos de AFA, pero su formación seguía siendo bien liguera. “Yo venía de Brinkmann y no me conocía nadie. Fueron los mismos jugadores de la Liga los que hablaron bien de mí y me dieron una mano”, recuerda. Ese boca en boca fue clave para abrirle puertas.</p><p>En Sportivo encontró un plantel competitivo y un cuerpo técnico que dejó marca. Bajo la conducción de Raúl “Indio” Navarro, Hidalgo fue parte de un equipo que mezclaba talento, experiencia y pertenencia regional. En 1986 convirtió el primer gol de Sportivo Belgrano en un torneo de AFA, pero su recuerdo más fuerte está ligado a la Liga Cordobesa. La temporada 1986/87 fue histórica: el club volvió a salir campeón después de 25 años. La final ante Juniors, con gol de Agustín Dutto, quedó grabada como uno de los grandes hitos. “Era una liga durísima, ganar ahí tenía un valor enorme”, asegura.</p><p>Ese Sportivo estaba lleno de nombres que hoy forman parte de la memoria regional: Bussato, Bianchotti, Bringas, Daniel Primo, Marcelo Tórtolo, “Lola Hernández”, Fabián Valle, Mauro Passarelli y tantos otros. “Cualquiera podía ser titular y eso elevaba el nivel”, recuerda. No era solo fútbol: era vestuario, competencia interna y sentido de pertenencia. En el interior, nadie llega por casualidad; llega porque se lo gana jugando.</p><p>Ese recorrido también fue el que llamó la atención desde afuera. En 1992, cuando terminó de jugar en Estudiantes de Río Cuarto, volvió a Sportivo. Tras un partido le avisaron que alguien quería verlo en la secretaría. Al entrar, se encontró cara a cara con José Luis “el Tata” Brown, campeón del mundo en 1986. Brown había ido a verlo jugar y quedó interesado en su rendimiento. “Se me aflojaron las piernas”, recuerda. Para un futbolista nacido en Brinkmann y moldeado en la Liga, ese encuentro fue como tocar el cielo con las manos.</p><p>Poco después fue llevado a Estudiantes de La Plata. El técnico era el Tata, con Romero como ayudante. Hidalgo hizo la pretemporada completa, jugó amistosos y empezó a integrarse a un plantel con nombres importantes. Todo estaba dado para que firmara contrato y arrancara el campeonato. La historia parecía abrirse hacia el “gran fútbol”, sostenida por lo mismo de siempre: constancia, sacrificio y una mentalidad que no negocia.</p><p>A un paso del sueño (subtítulo)</p><p>Pero el fútbol le tenía preparada una prueba durísima. En un amistoso previo al inicio del torneo sufrió una grave lesión de rodilla, con rotura de ligamentos, apenas días antes de firmar. Quedó marginado de las canchas durante más de un año. “Todos los médicos me decían que no jugaba más”, recuerda. Fueron meses de rehabilitación, frustración e impotencia, mirando los partidos desde afuera, con la sensación de que el tren pasaba y él quedaba en el andén.</p><p>Ahí apareció el jugador que había sido forjado en el interior: el que no acepta el final. Volvió con trabajo, gimnasio y una determinación que se repite en su relato. Hubo un tiempo en el que iba a la cancha y no podía jugar, y la impotencia lo quebraba. Pero se prometió algo: no lo iba a sacar una sentencia médica; lo iban a sacar cuando el cuerpo ya no respondiera. Volvió, y volvió de verdad.</p><p>Y como suele pasar en estas historias, el camino volvió a cruzarse con la Liga. Regresó a Sportivo Belgrano, retomó la competencia regional y siguió su carrera en Antártida Argentina, donde disputó un Provincial inolvidable y perdió una final por penales ante Central de Río Segundo. “Si ganábamos, entrábamos en la historia”, dice todavía. En el interior, la gloria y la tristeza conviven a un tiro desde los doce pasos.</p><p>Después llegaron Racing de Córdoba y otros destinos, pero siempre con el mismo patrón: equipos protagonistas y ligas exigentes. Jugó en 9 de Morteros, Juniors, Tiro Federal, Chipión, Americano, Atlético San Jorge, Libertad de Sunchales y varios clubes más. Pasó por la Liga San Martín, la Rafaelina y volvió una y otra vez a la Regional de San Francisco.</p><p>En todos lados se sintió respetado. No lo atribuye a una magia especial, sino a una forma de vivir el fútbol: tomárselo como un trabajo, cuidarse, prepararse y no fallarle al club que lo contrataba. “Mi viejo me decía: no importa si sos bueno o malo como jugador, lo importante es ser buena persona. Si sos buena persona, te abren las puertas”, repite. En su caso, esa frase se transformó en un modo de estar dentro y fuera de la cancha.</p><p>El final de su carrera también fue en clave de Liga. Gustavo Hidalgo se retiró jugando en Chipión, en la Liga Regional, el mismo territorio que lo había formado. Llegó llevado por el padre de Nicolás y Guillermo Burdisso, con quien había compartido vestuarios desde joven, y decidió que ese fuera el cierre a los 38 años. Sin estridencias ni vueltas olímpicas ajenas: fútbol de interior, compañeros conocidos y la sensación de haber cumplido. Donde empezó a aprender, eligió terminar.</p><p>También su posición fue cambiando. Empezó como arquero en el baby, pasó por el mediocampo y terminó consolidándose como delantero. Aunque era derecho, muchas veces jugó por izquierda, llegando al área y convirtiendo goles. “Un técnico me dijo que no era cinco, que era delantero. Tenía razón”, sonríe. Adaptarse fue siempre parte del juego.</p><p>Para cerrar, Hidalgo no se guarda nada: el fútbol fue todo. Fue su cable a tierra y su familia ampliada. “Me dio amigos, me dio experiencia, me dio vida”, dice. Y aunque su recorrido tuvo momentos de jerarquía y experiencias fuertes, vuelve siempre al mismo lugar. A las canchas del interior, donde cada domingo se aprende a jugar de verdad.</p><p>&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4CIbYtx_-K4sPgZPt3_r8j2nwBw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/gustavo_hidalgo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Desde Brinkmann hasta San Francisco, del baby fútbol a la Primera y de la ilusión al vestuario. La historia de Gustavo Hidalgo se explica mejor desde la Liga Regional: el lugar donde se formó, compitió, volvió siempre y construyó una identidad.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-01-04T10:00:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Peludé y Frócil: el fútbol como excusa, la vida como tema
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/pelude-y-frocil-el-futbol-como-excusa-la-vida-como-tema" type="text/html" title="Peludé y Frócil: el fútbol como excusa, la vida como tema" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/pelude-y-frocil-el-futbol-como-excusa-la-vida-como-tema</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/pelude-y-frocil-el-futbol-como-excusa-la-vida-como-tema">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HmJ8HLAcBdY6p5pNGD-pO77_GtQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/pelude_y_frocil.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Leonela Zapata&nbsp;</p><p>La charla arranca sin apuro. Todavía está fresca la sorpresa del reencuentro y ninguno parece tener demasiadas ganas de ir directo al cuestionario. Se interrumpen, se corrigen, se ríen de recuerdos que aparecen de golpe y que no siempre llegan completos. Hay nombres que se pisan, fechas que se confunden y una certeza que se repite: el fútbol fue el punto de partida, pero no alcanza para explicar todo lo que vino después.</p><p>—Dale, vamos por el principio. ¿Dónde jugaron en el baby?</p><p>Marcelo Frócil se adelanta, como si volviera a ser chico por un rato.</p><p>—Yo arranqué en Nueva Italia.</p><p>La cancha quedaba donde hoy funciona una empresa, cerca de la estación de servicio. Pero en su recuerdo no hay direcciones ni mapas, sino imágenes sueltas, casi de película.</p><p>—Cuando debuté tenía cinco años. Eran los cebollitas. Siempre digo lo mismo: me bajaron de una planta. Se ríe. No exagera. El baby era así: improvisado, de barrio, con pibes que entraban a la cancha casi sin darse cuenta. Frócil vivía a pocas cuadras, en lo que entonces se conocía como Primero Mayo y hoy es barrio José Hernández.</p><p>—No estaba bien definido el barrio en ese tiempo. Hoy los mezclan, pero antes era otra cosa.</p><p>Con los años, Nueva Italia cambió de nombre y de forma. Defensor Sportivo, los orígenes del tiro, el primer contacto serio con el fútbol.</p><p>—Ahí empecé a incursionar de verdad. Cebollita, cinco o seis años.</p><p>Jaime Peludé escucha y asiente. Cuando le toca hablar, el recorrido es distinto, pero el espíritu es el mismo.</p><p>—Yo jugaba en Barrio Jardin. Vivía atrás de la Peña La Puerta.</p><p>Después vino Don Orione, los Cafarena, un técnico amigo de su papá y una decisión que hoy parece impensada.</p><p>—Me iba en bici. Tenía nueve años. Solo. Siempre iba así.</p><p>El baby, para ellos, no fue solo un paso. Fue aprender a moverse, a llegar, a arreglarse con lo que había. Canchas que se rotaban, viajes cortos, equipos que parecían más grandes. Hablan del Nacional.</p><p>—A veces venían pibes de otros lados para reforzar —recuerda Jaime—. Te daba la sensación de que eran más grandes, era como si tuvieran 3 o 4 años más.</p><p>—De Devoto, de Instituto… —agrega Frócil—. En esa época pasaba.</p><p>Los dos jugaron el primer Campeonato Nacional de Baby Fútbol. Corría 1976, tenían once años. Justo a tiempo para entrar y, sin saberlo, también para despedirse.</p><p>—Entré justo y me fui justo —dice Frócil—. En ese nacional.</p><p>Jaime sonríe. Son de la misma camada. De la misma época. De cuando el fútbol todavía no pedía explicaciones.</p><p>La Liga, el barro y lo que no se ve&nbsp;</p><p>El paso del baby a la Liga Regional fue natural. También fue brusco. Ahí ya no alcanzaba con jugar bien.</p><p>—La liga siempre fue dura —dice Frócil—. Muy dura.</p><p>Aparecen nombres, clubes, campañas que se pisan unos a otros. Mayo, Sportivo, Santa Clara, Antártida, Las Varillas, Suardi, Miramar. El mapa se arma entre los dos, a veces con dudas, a veces con certeza.</p><p>—Yo donde iba, me instalaba —resume Jaime—. Siempre fue así.</p><p>En el medio surge un tema que atraviesa toda la charla y que ninguno esquiva: la disciplina. O, mejor dicho, la falta de ella.</p><p>—Él era más responsable que yo —admite Frócil, señalando a su amigo—. Yo jugaba más por cumplir que por una ambición personal.</p><p>No hay reproches. Hay diagnóstico.</p><p>—Aprendimos a cobrar porque alguna vez nos pagaron —dice Jaime—. Si no, capaz que hubiésemos jugado por el sudor nomás.</p><p>La frase queda flotando. Como tantas otras. Porque en San Francisco, durante años, se repitió la misma idea: había jugadores que podían haber llegado más lejos.</p><p>—La disciplina es fundamental —coinciden—. En el fútbol y en cualquier cosa.</p><p>Pero enseguida aclaran que no se trata de dar lecciones.</p><p>—Yo tomé una forma de vida que era mía —dice Frócil—. No sentía quedarme a dormir o cuidarme para jugar.</p><p>No se hacen los vivos. Tampoco se castigan. Hablan desde el lugar de quienes ya hicieron el balance. La Liga Regional, dicen, los marcó para siempre. Por la exigencia. Por los viajes. Por las injusticias. Por los títulos que costaron años y los que no llegaron nunca.</p><p>—No es fácil salir campeón —remarca Jaime—. Nunca salís solo. Siempre es con un equipo.</p><p>La charla avanza, se desordena, vuelve atrás. Como pasa cuando dos amigos repasan una vida entera sin mirar el reloj. Y todavía falta lo más pesado.</p><p>&nbsp;</p><p>Cuando la noche también juega&nbsp;</p><p>La charla se corre de a poco del fútbol. No de golpe, no forzada. Aparece sola, como aparecen los temas importantes cuando hay confianza. Nadie baja la voz, nadie dramatiza. Hablan como dos tipos que ya hicieron el recorrido y no necesitan esconder nada.</p><p>—Todo lo que yo hice, no lo hagas —dice Marcelo Frócil—. No fumés, no tomés, no salgas.No lo dice como advertencia ajena, sino desde la experiencia propia.—Yo tomé una forma de vida que era mía. No sentía quedarme a dormir o cuidarme para jugar al fútbol. Simplemente eso.</p><p>Jaime escucha, asiente y suma contexto. No se trata de señalar culpables ni de buscar excusas. Era una época, una manera de vivir el fútbol y la juventud.</p><p>—No había tanta vida nocturna como ahora —dice—, pero nosotros la inventábamos.—Éramos traviesos —agrega Frócil—. No malos.La noche aparece como parte del paisaje. A veces liviana, a veces más pesada. En algunos casos, demasiado.</p><p>Jaime cuenta su paso por Rosario, el regreso a San Francisco en un contexto desordenado, los fines de los 80, los saqueos en el país, el quiebre.</p><p>—Yo ya conocía las drogas —dice, sin rodeos—. Y cuando me volví de Rosario lo hice con una mano adelante y otra atrás.&nbsp;</p><p>Habla de trabajos circunstanciales, de vender sandías en la ruta, de volver a empezar desde cualquier lado.</p><p>—Era pibe. Y me veía ahí.</p><p>El fútbol vuelve a aparecer como sostén. Un contacto, un club en Las Varillas, una posibilidad inesperada que lo devuelve a una cancha. Pero el problema seguía latente.</p><p>Más adelante, Jaime pone el foco en el alcohol. En el momento exacto en que entendió que algo se le estaba yendo de las manos.</p><p>—Llorando le pedía a Dios que me sacara ese vicio. No quería tomar más.Cuenta el tratamiento, la decisión, el proceso. No habla de milagros, habla de trabajo personal.</p><p>—De ahí se sale. Es difícil. Muy difícil. Pero se sale.</p><p>Jaime cuenta que estuvo un año en rehabilitación, antes de la pandemia. Un año completo para frenar, mirarse y reconstruirse.</p><p>—Había que sanar cosas —dice—. Si no, te volvés loco.No hay orgullo ni vergüenza en su tono. Hay convicción.</p><p>—Uno tiene que hacerse cargo —agrega—. Nadie te salva si vos no ponés lo tuyo.La charla no se vuelve sermón. Se vuelve humana. Coinciden en algo que repiten varias veces, casi como un acuerdo tácito: salir es posible, pero no es gratis. Requiere decisión, tiempo y una enorme honestidad con uno mismo.</p><p>—El logro no es salir un día —dice Frócil—. El logro es sostenerlo.Jaime asiente. El silencio que sigue dice más que cualquier frase.</p><p>&nbsp;</p><p>Los que ya no están&nbsp;</p><p>En algún punto, la charla ya no necesita preguntas. Fluye sola. El fútbol queda definitivamente en segundo plano y aparecen las pérdidas, esas que no se entrenan ni se pueden gambetear.</p><p>Hablan de padres, de abuelos, de madres que se fueron rápido, de velorios atravesados por la pandemia y de despedidas incompletas. Historias que se cruzan, que se espejan, que se entienden sin demasiadas explicaciones.</p><p>Marcelo suma una de las más duras. La muerte de su hermana por una mala praxis y el instante exacto en el que tuvo que darle la noticia a su padre.</p><p>—Cuando me vio la cara, ya sabía.Hace una pausa breve. No hay dramatismo, pero el peso está ahí.</p><p>—Después de eso no fue el mismo. Ahí lo ayudé a morirse —dice, sin vueltas—. Porque ya no pudo salir de esa tristeza.</p><p>Y enseguida aparece la herida más profunda. La pérdida de su hijo, con apenas dos años de vida. Un problema cardíaco congénito, una primera operación que había salido bien y la expectativa de una segunda intervención.</p><p>—Cuando tenía meses lo operaron y salió todo bien —recuerda—. Iba a necesitar otra cirugía a los dos años. Esa también salió bien, pero después le agarró una bacteria… y se lo llevó.No hay adjetivos. No hacen falta. El silencio ocupa su lugar.</p><p>Hablan entonces de fe. No como consigna ni como discurso aprendido, sino como sostén. Como una forma de no quebrarse del todo.</p><p>—Si no sanás eso, te volvés loco —dice Marcelo—. Yo lo tengo asumido. Re sanado.Jaime escucha y asiente. Coinciden en algo que atraviesa toda la charla: aceptar no es olvidar, es aprender a convivir con lo que duele.</p><p>—No hay que morirse triste —dice Frócil.La frase queda flotando. Simple. Contundente.</p><p>Hablan de sabiduría, de memoria, de los que no están pero siguen presentes de otra manera. De brindar en silencio. De imaginar a los viejos sentados en la mesa, acompañando sin hacer ruido.—Cuando sos chico no lo entendés —dice Jaime—. De grande te das cuenta por dónde va la vida.</p><p>El cierre, afuera&nbsp;</p><p>Cuando salen a la calle para las fotos, la charla sigue. Ya no importa si queda grabada o no. Caminan despacio, se ríen, se señalan lugares que activan recuerdos. La ciudad pasa alrededor, pero ellos siguen metidos en lo suyo.</p><p>El vínculo está intacto. El fútbol los juntó cuando eran chicos. Los volvió a juntar ahora. Pero ya no es el centro. Es apenas el punto de partida.</p><p>—Vinimos a hablar de fútbol —dice Marcelo—, pero el fútbol es vida también.Señala una pelota, como si necesitara apoyarse en algo concreto.</p><p>—¿Ves esta redonda? Está llena de corazones, de amigos. Porque el fútbol es eso.No hay épica forzada ni frases para el aplauso. Hay balance. Hay paz. Hay una sensación compartida de haber atravesado mucho y de seguir acá, de pie.</p><p>Se despiden sin dramatismo. Como siempre lo hicieron. Con un apretón de manos, una sonrisa cómplice y la promesa implícita de no volver a perderse.</p><p>Amigos desde los 11 años. La charla se apaga de a poco, pero no se corta. Afuera, mientras caminan para las fotos, siguen hablando como siempre, sin grabador de por medio. El fútbol fue la excusa para reencontrarse, para revisar el pasado y para entender el presente.</p><p>Como en la canción “La vida tómbola” de Manu Chao, cada uno eligió vivir a su manera. Con aciertos, con errores, con pérdidas y con fe. Y con la certeza de que, al final, la vida no se juega sólo dentro de una cancha.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HmJ8HLAcBdY6p5pNGD-pO77_GtQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/pelude_y_frocil.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Jaime Peludé y Marcelo Frócil se reencontraron sin saberlo en la biblioteca del diario. Amigos desde los 11 años, hablaron del baby, la Liga Regional y otras experiencias en el fútbol, pero también de las noches, las adicciones, las pérdidas y las lecciones que deja la vida.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2025-12-28T10:00:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Nicolás Ramallo, una vida con la camiseta de Sociedad Sportiva
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/nicolas-ramallo-una-vida-con-la-camiseta-de-sociedad-sportiva" type="text/html" title="Nicolás Ramallo, una vida con la camiseta de Sociedad Sportiva" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/nicolas-ramallo-una-vida-con-la-camiseta-de-sociedad-sportiva</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/nicolas-ramallo-una-vida-con-la-camiseta-de-sociedad-sportiva">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Qu0adwSGRCPM9yXHsuY157NQqQg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/nico_ramallo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En los pueblos, el fútbol no es solo un juego de los domingos. Es rutina, es pertenencia y es memoria compartida. Para Nicolás Ramallo, capitán de la Sociedad Sportiva Devoto, el club es eso y mucho más: es el lugar donde empezó a patear una pelota siendo un nene, donde se hizo futbolista, donde volvió después de probar suerte lejos y donde, con 32 años, sigue defendiendo la misma camiseta que se puso por primera vez a los cinco.</p><p>Nico creció cuando en Devoto había un solo escudo y una sola cancha que marcaban el pulso deportivo del pueblo. “Siempre hice todo acá, en la Sociedad”, resume, casi como una declaración de principios. En aquellos años no existía otro club y el baby fútbol era el punto de encuentro de generaciones enteras. Desde ahí empezó un recorrido que fue tan continuo como poco frecuente en el fútbol actual.</p><p>Todas las inferiores las hizo en Sportiva, siempre compitiendo en la Liga Regional San Francisco. También jugó dos veces el Nacional, experiencia que recuerda con cariño, y fue subiendo escalones hasta llegar a Primera con apenas 15 años. Debutó a fines de 2008, siendo todavía un juvenil. “Éramos muy chicos”, dice hoy, consciente de lo que implicaba, a esa edad, compartir cancha con jugadores mucho más grandes.</p><p>Desde sus inicios fue marcador central, puesto que hoy ocupa como número seis. Con el tiempo y las necesidades del equipo, también se adaptó a otros roles: lateral en línea de tres, stopper y, en algunos momentos, mediocampista central. “Cuando sos joven te bancás más el ida y vuelta; con los años preferís ordenar y quedarte”, reconoce, entre risas.</p><p>&nbsp;</p><p>La única pausa en su camino dentro del club llegó a los 18 años, cuando se fue a Córdoba para jugar en Talleres. Allí integró durante dos temporadas la Primera local, en 2012 y 2013, en un contexto donde el club estaba en el Federal A y no contaba con inferiores de AFA. “Fue una experiencia muy linda. Te hace crecer como jugador y como persona. Irte solo, lejos de la familia, también te curte”, cuenta. Compartió ese proceso con otros chicos del interior que habían ido a estudiar, lo que hizo más llevadera la adaptación a la ciudad.</p><p>A los 20 años regresó a Devoto con una idea clara: si el salto profesional no se daba, su lugar estaba en Sportiva. Y así fue. Desde ese momento no volvió a irse. El club también le dio estabilidad fuera de la cancha: trabaja en la cooperativa local, en el área de servicios públicos, realizando tareas de mantenimiento y conexiones de cable e internet en el pueblo. En el fútbol del interior, el deporte y el trabajo suelen ir de la mano, y Ramallo es parte de esa lógica.</p><p>Desde su regreso, fue protagonista de una de las etapas más exitosas de Sportiva Devoto. Integró los planteles que ganaron los torneos absolutos de 2014 y 2018, además de varios títulos de zona, como la Zona Norte en 2015 y la Zona Centro en las últimas temporadas. Entre los recuerdos más fuertes aparece la final ganada por penales ante Sportivo Belgrano en San Francisco, una noche que quedó marcada en la historia reciente del club.</p><p>“Hubo años buenos y años malos, como en todo. Pero siempre lo hicimos por amor a la camiseta”, resume. La “Sportiva” es un club semiprofesional, donde se exige competir y ganar, pero donde el vínculo emocional sigue siendo determinante. “No vivimos de esto, pero lo sentimos como propio”, explica.</p><p>Hoy, con 32 años, Nico es uno de los referentes del plantel y capitán desde hace seis temporadas. El liderazgo le llegó de manera natural, primero desde la experiencia y después desde la continuidad. “Más que nada por viejo”, bromea, aunque su rol va mucho más allá de la edad: es el que ordena, el que habla y el que acompaña a los más chicos que empiezan a asomarse a Primera.</p><p>&nbsp;</p><p>El presente del club muestra un plantel equilibrado, con una combinación de jugadores del pueblo y refuerzos de afuera. “Será más o menos mitad y mitad. Los que vienen aportan experiencia y recorrido, y los de acá le devuelven identidad al club”, analiza. En ese proceso también aparecen juveniles: este año debutaron chicos de 16 y 17 años, fruto de un trabajo sostenido en inferiores que empieza a dar resultados.</p><p>En el banco también hay continuidad. El actual entrenador es Sebastián Mauvecin, otro nombre ligado a la historia reciente de Sportiva. “Es alguien que me vio crecer”, dice Nico, resaltando ese hilo invisible que conecta generaciones dentro del club.</p><p>Más allá de lo futbolístico, Nicolás destaca el costado social de la institución. “Todo pasa por el club. El día a día, la gente, las familias”. En el último tiempo, esa identificación volvió a sentirse con fuerza en las tribunas: regresó público que se había alejado y la cancha volvió a poblarse de vecinos, amigos y familias enteras. “Eso es lo más lindo, ver que el pueblo acompaña de nuevo”, subraya.</p><p>Mientras el físico acompañe, la intención es seguir jugando. Nunca sufrió lesiones graves y siente que todavía tiene para dar. Pero más allá de lo que marque el futuro, su nombre ya está escrito en la historia del club. Porque hay jugadores que pasan y otros que permanecen. Y Nicolás Ramallo, desde hace casi tres décadas, permanece donde siempre quiso estar: en el club de su vida.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Qu0adwSGRCPM9yXHsuY157NQqQg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/nico_ramallo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Desde el baby fútbol hasta la cinta de capitán, Nicolás Ramallo representa una de esas historias que explican por qué el fútbol del interior sigue vivo: pertenencia, trabajo cotidiano y una vida entera ligada a la camiseta de la Sociedad Sportiva Devoto.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2025-12-21T10:00:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            El fútbol da revancha, y si es en familia ¡mejor!
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/el-futbol-da-revancha-y-si-es-en-familia-mejor" type="text/html" title="El fútbol da revancha, y si es en familia ¡mejor!" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/el-futbol-da-revancha-y-si-es-en-familia-mejor</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/el-futbol-da-revancha-y-si-es-en-familia-mejor">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/G2nH44pk3QHEZgakdVafomdjz4s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/omar_bossio.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El fútbol de Liga suele contar historias que no entran en una estadística. Historias que no se miden en goles ni en títulos, pero que explican por qué cada domingo hay camisetas que se siguen poniendo con el mismo orgullo de siempre. La de Omar Bossio es una de esas. Una historia marcada por un corte abrupto, por la paciencia y por una revancha que llegó muchos años después, desde otro lugar y en familia.</p><p>Bossio dio sus primeros pasos en el Baby Fútbol del Club Belgrano de San Francisco. Allí transitó toda su formación inicial, en una época donde el fútbol era rutina, juego y pertenencia. Como tantos chicos, fue creciendo entre entrenamientos, viajes cortos y fines de semana que giraban alrededor de la pelota. Luego pasó por las inferiores de El Tala y, en 1992, llegó el momento más esperado: el debut en Primera División con La Milka.</p><p>Tenía 21 años. El presente estaba en marcha y el futuro parecía abierto. Sin embargo, ese mismo año, un accidente cambió todo. Sufrió una fractura de cráneo y episodios de convulsiones que pusieron en riesgo su salud. El fútbol pasó inmediatamente a un segundo plano. La indicación médica fue clara y definitiva: no podía seguir jugando. “Fue duro porque estuve complicado de salud y después el doctor automáticamente me prohibió volver a jugar al fútbol”, recuerda.</p><p>El impacto fue profundo. No solo por dejar el fútbol, sino por atravesar una situación límite cuando recién estaba arrancando la vida adulta. La carrera como jugador terminó sin despedida, sin tiempo para procesar la pérdida. “Tenía 21 años, recién arrancaba”, dice Bossio, todavía hoy con la claridad de quien entendió rápido que no había otra opción. El fútbol, que hasta ese momento era rutina y proyecto, quedó lejos.</p><p>Pasaron los años y la distancia con la cancha empezó a acortarse desde otro lugar. A los 23 años apareció la posibilidad de dirigir. Volvió a Belgrano, esta vez desde el banco, iniciando un recorrido como entrenador en categorías formativas. Fue un primer paso importante, pero todavía lejos de la Liga.&nbsp;</p><p>La oportunidad real llegaría tiempo después y en un lugar puntual: Proyecto Crecer. Fue el único club que le dio a Omar Bossio la chance concreta de dirigir en la Liga Regional San Francisco. “Crecer fue el único club que me dio la alternativa de dirigir”, remarca. No como un interinato ni como una apuesta pasajera, sino como un proceso sostenido en las inferiores. Allí pudo reconstruir su vínculo con el fútbol, después de una carrera truncada demasiado pronto.</p><p>Desde 2012, Crecer se transformó en un espacio de pertenencia. Con el paso de los años, el club fue consolidando una identidad propia. Aunque no nació como un club de barrio tradicional, en los hechos funciona como una familia: procesos largos, gente que vuelve, vínculos que se sostienen y un fuerte sentido de comunidad. Más allá de los rótulos, lo que define a Crecer es lo que sucede puertas adentro.</p><p>Tras la pandemia, Omar decidió frenar. El desgaste era grande y necesitaba un tiempo. &nbsp;“Había dejado porque estaba un poco cansado”, reconoce. Pero el fútbol volvió a aparecer, otra vez de la mano de la familia. En 2025, el regreso de su hijo Nicolás al club fue el empujón definitivo. “Con mi hijo que volvió a jugar acá, me tiró la alternativa de volver a dirigir”, explica. Hubo charlas, coincidencias y una idea clara: construir algo serio.</p><p>El regreso tuvo un condimento especial: compartir el día a día con uno de sus hijos. “Es difícil ser justo, tanto en lo bueno como en lo malo”, admite. Pero la experiencia previa ayudó. “Ya nos conocíamos y habíamos trabajado antes. Ahora él es más maduro, tiene 25 años, y fue más fácil”, agrega.</p><p>El año fue intenso y muy positivo. Proyecto Crecer armó un plantel competitivo, con jugadores de experiencia en la Liga, y realizó una excelente campaña. En un contexto de cambio de formato, el equipo dirigido por Omar Bossio logró asegurarse una plaza en Primera División de la Liga Regional San Francisco para 2026. . “Se armó un muy lindo grupo de trabajo y un muy buen grupo de jugadores, futbolísticamente y humanamente”, destaca. Para Omar, ese logro tiene un valor simbólico enorme. “Empezamos con un objetivo más chiquito y después le fuimos metiendo. Gracias a Dios logramos el objetivo”, resume.</p><p>&nbsp;El fútbol que se le negó como jugador volvió desde el rol de conductor, en el club que confió cuando otros no lo hicieron, y acompañado por sus hijos dentro del mismo proyecto.</p><p>Nico Bossio, la revancha que empujó el regreso</p><p>La revancha empezó a tomar forma cuando el fútbol volvió a cruzarse con la familia. No como recuerdo ni como nostalgia, sino como presente. El regreso de Nicolás Bossio a Proyecto Crecer, en 2025, fue mucho más que la vuelta de un jugador al club: fue el punto exacto donde la historia de Omar encontró continuidad.</p><p>Nico también se formó en el Baby Fútbol de Belgrano y recorrió todas las etapas formativas hasta llegar a Primera. En Crecer debutó en 2017 y sostuvo su lugar hasta la pandemia. Después buscó rodaje en otros escenarios de la Liga, en Cultural La Francia y en Independiente de Balnearia, sumando experiencia y perspectiva. Cuando decidió volver, lo hizo sabiendo que no regresaba a un lugar cómodo, sino a un club que exigía compromiso y proceso.</p><p>Ese regreso fue el que terminó de convencer a Omar. Volver a dirigir ya no era solo una decisión deportiva: era una construcción familiar. Padre e hijo compartiendo el día a día desde roles distintos, con la dificultad de separar lo afectivo de lo profesional, pero también con una confianza que solo se construye con el tiempo. “Era volver e intentar ser competitivo”, dice Nico. También había un objetivo más amplio. “Era empezar a darle forma a algo que no estaba”, explica.&nbsp;</p><p>Nacho Bossio, cuando el fútbol ya no duele</p><p>Si Nico fue el puente que trajo de vuelta a Omar al fútbol de Liga, Nacho es la señal de que la herida terminó de cerrarse. El menor de los Bossio creció viendo entrenar a su padre, compartiendo club con su hermano y naturalizando una relación con el fútbol que nunca estuvo cargada de frustración.</p><p>Nacho Bossio creció con el fútbol como parte natural de su vida. Sin dramatismos ni cuentas pendientes. “Siempre vi a mi viejo entrenar acá”, dice, con la simpleza de quien nunca necesitó explicaciones para sentirse parte.</p><p>Eligió Proyecto Crecer de manera natural y recorrió las distintas categorías hasta llegar a Pre Juvenil, donde se encuentra actualmente. Juega en la misma posición que su hermano, una coincidencia que refuerza la historia familiar, pero que no lo condiciona.</p><p>En Nacho, el fútbol ya no aparece como revancha, sino como herencia. No hay una carrera truncada que reparar, sino un camino que continúa. Proyecto Crecer es presente, pertenencia y proyección, en un club que, más allá de los rótulos, funciona como familia en los hechos.</p><p>El fútbol de Liga no siempre devuelve lo que la vida quita, pero a veces encuentra caminos más profundos. A Omar Bossio le quitó una carrera cuando recién empezaba, pero con los años le devolvió un lugar, un proyecto y la posibilidad de compartir la cancha —desde distintos roles— con sus hijos. Proyecto Crecer fue el escenario, pero también la casa: un club que apostó al proceso, a las personas y a los vínculos. En 2026 habrá Primera División, sí, pero lo verdaderamente ganado ya está adentro. Porque cuando el fútbol vuelve así, acompañado y en familia, la revancha es completa.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/G2nH44pk3QHEZgakdVafomdjz4s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/omar_bossio.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Un accidente le puso punto final a la carrera de Omar Bossio como jugador cuando tenía 21 años. Años después, Proyecto Crecer le abrió la puerta para dirigir en la Liga Regional San Francisco y el fútbol volvió a encontrarlo, esta vez acompañado por sus hijos Nico y Nacho, en una historia atravesada por la familia, la pertenencia y una campaña que le permitió al club asegurarse una plaza en Primera para 2026.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2025-12-14T11:00:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            “Chirripo&quot; Sánchez: “En la Liga logré todos los sueños que puede tener un jugador”
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/chirripo-sanchez-en-la-liga-logre-todos-los-suenos-que-puede-tener-un-jugador" type="text/html" title="“Chirripo&quot; Sánchez: “En la Liga logré todos los sueños que puede tener un jugador”" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/chirripo-sanchez-en-la-liga-logre-todos-los-suenos-que-puede-tener-un-jugador</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/chirripo-sanchez-en-la-liga-logre-todos-los-suenos-que-puede-tener-un-jugador">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4eU4Ry4UdGk2bkV6wDjKxBN48oA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/chirripo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Nació en 1964 y empezó a jugar al fútbol a los 10 años, cuando todavía no existía el “baby” tal como se lo conoce hoy ni había un esquema de inferiores organizado. “Yo hice todo en el Cultural de Arroyito. En esa época jugábamos campeonatos en los pueblos vecinos y recién en juveniles entrábamos a la Liga”, recuerda. En ese mundo de canchas de tierra y viajes cortos empezó a forjarse el “Chirripo” que después sería referencia obligada en la región.</p><p>El debut en primera llegó a los 18, con la camiseta que había soñado desde chico. Arrancó como volante central, creativo, pero el tiempo lo fue empujando unos metros más adelante. “Cuando era chico jugaba de cinco, después terminé de enganche, media punta. Hacía muchos goles. No tengo las estadísticas, pero debo ser uno de los goleadores históricos del club”, se anima. No era grandote, pero tenía esa mezcla de viveza y olfato que hace eternos a los delanteros de área.</p><p>Entre 1986 y 1996 el Club Deportivo y Cultural Arroyito vivió una década dorada y Sánchez fue protagonista central. El equipo jugaba la vieja Zona Oeste, en una ruta de clásicos que unía Arroyito, La Francia, El Tío, Colonia Tirolesa, Río Primero y algún cruce con Santa Rosa. “Acá había diferencias. En lo físico estábamos mejor que otros pueblos y el Cultural era el equipo a vencer. Casi siempre salíamos campeones o subcampeones de zona”, cuenta. Pero el gran objetivo, del que se hablaba en cada vestuario, tenía nombre propio: el Absoluto.</p><p>El sueño se les dio dos veces, en 1990 y en 1996, años que quedaron tatuados en la memoria de “Chirripo”. “Salir campeón del Absoluto ya es muy difícil. Nosotros lo ganamos dos veces y en las dos finales hice goles”, dice, todavía con orgullo. El primer Absoluto llegó un el 23 de diciembre del ´90 luego de derrotar 5 a 1 a Porteña Asociación Cultural en Devoto en tiempo suplementario. En los 90 habían empatado en 1. Cirio entró en el complemento y marcó 3 goles en una jornada que quedó marcada por un partido digno de una película norteamericana porque tuvo de todo: goles, expulsiones (3 en Porteña) y mucho público de ambas facciones. El segundo título lo obtuvo en Morteros el 1 de diciembre de 1996, cuando le ganó a 9 de julio por 3 a 1, “Chirripo” fue el artífice del segundo grito. Aquellas definiciones contra los gigantes de la zona norte eran, para ellos, la medida real de su nivel. “Queríamos ir a jugar contra los mejores. Para crecer tenés que competir con los mejores”, repite como una consigna.</p><p>La cancha del Cultural fue su casa hasta el final: se retiró ahí, alrededor de los 36 años, con sólo dos paréntesis en su carrera, ambos en El Trébol de El Tío. En 1993 y ya sobre el cierre de su etapa como jugador, el club de la vecina localidad lo fue a buscar junto a otros compañeros de Arroyito. “Fui dos veces al Trébol, pero siempre volví. Mi lugar era el Cultural”, resume. En total, entre inferiores, juveniles y primera, pasó más de dos décadas dentro del mismo vestuario.</p><p>Cuando colgó los botines, la Liga no lo dejó irse tan fácil. Un año después ya estaba sentado en el banco como técnico de la primera del Cultural. Dirigió cuatro temporadas seguidas, de 2004 a 2007. En 2005 rozó el campeonato: fue subcampeón en una definición que quedó en manos de San Bartolomé, dirigido por Carlos Mazzola. “Esa es la espina que me quedó: no haber podido salir campeón como técnico en mi club”, admite.</p><p>Después llegó el turno de cruzarse de vereda en una de las rivalidades más fuertes de aquellos años: Pueblos Unidos de La Tordilla. “Siempre fue un clásico tremendo con el Cultural”, admite. Primero fue rival directo de Mario Signorelli adentro de la cancha y, más tarde, colega en los bancos de suplentes. En La Tordilla dirigió tres temporadas consecutivas, de 2009 a 2011, y allí sí pudo gritar campeón: ganó un título de reserva y el campeonato de zona con la primera. Más tarde pasaría por Deportivo Balnearia, Sarmiento de Santiago Temple, el Cultural de La Francia y el 24 de Septiembre de Arroyito.</p><p>“Jugué 20 años y estuve casi otros 20 dirigiendo. Soy de la Liga Regional, los más grandes me conocen seguro”, se ríe. Si tiene que elegir, no duda: se queda con el jugador antes que con el entrenador. “Como técnico me apasionaba preparar los partidos, pero como jugador definís muchas cosas vos. La adrenalina de jugar es distinta”, explica. Aun así, siente que en los dos roles cumplió un ciclo completo: ganó campeonatos de zona, dos Absolutos como futbolista y levantó copas como técnico.</p><p>El vínculo con el Cultural excede lo deportivo. “Es el club de mis amores, donde viví todo lo máximo cuando era joven. Fui jugador, técnico e hincha. Fui muy representativo del club”, dice. Ese sentido de pertenencia, ese apego a los colores, es algo que cree que hoy se ve menos. “Antes era lo único que teníamos. Queríamos jugar en la primera de nuestro pueblo y salir campeones ahí. Hoy hay muchos más campeonatos, más opciones, los chicos se van de un club a otro. El sentido de pertenencia era mayor antes”, analiza.</p><p>También influyen, para él, los cambios económicos y el avance de las cooperativas y mutuales que sostienen a varios clubes de la Liga. “El poder económico hace la diferencia. Pasa en el fútbol profesional y pasa en la región. Si te contratan en un club donde además te dan trabajo, es difícil competir con eso”, señala. Por eso defiende con fuerza la idea de que exista una categoría A y una B bien marcadas, con los equipos más fuertes midiéndose entre sí.&nbsp;</p><p>Aun así, celebra que en algunos rincones la vieja mística siga viva. Ve con buenos ojos el renacer de La Milka y ese clima de barrio que recuperó el club. “Es hermoso cuando ves que todo el barrio va a la cancha, que viajan juntos, que se respira fútbol amateur, de potrero”, destaca.</p><p>Hoy, a los 61, “Chirripo” está casi retirado de los bancos, más cerca de la familia que de las prácticas nocturnas. “Hace dos o tres años que no hago nada. Uno se cansa”, reconoce. Pero su nombre sigue ligado a la historia grande del fútbol regional: goles decisivos en finales absolutas, vueltas olímpicas con el Cultural y con Pueblos Unidos, décadas enteras recorriendo canchas de tierra y de césped. “En la Liga logré todos los sueños que podía tener un jugador y un técnico. Para mí, eso ya es muchísimo.”</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4eU4Ry4UdGk2bkV6wDjKxBN48oA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/12/chirripo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Del pibe que soñaba con debutar en la primera del “Cultural” de Arroyito al hombre que pasó 20 años adentro de la cancha y otros tantos en el banco, Cirio “Chirripo” Sánchez es una de esas caras que explican lo que significa la Liga Regional de San Francisco. Goleador oportunista, enganche de potrero y símbolo de pertenencia, llevó siempre los colores del “Cultural” pegados a la piel.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2025-12-07T10:00:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Trece años en Freyre y una vida entera de fútbol
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/trece-anos-en-freyre-y-una-vida-entera-de-futbol" type="text/html" title="Trece años en Freyre y una vida entera de fútbol" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/trece-anos-en-freyre-y-una-vida-entera-de-futbol</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/trece-anos-en-freyre-y-una-vida-entera-de-futbol">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/R6G5hqlZC9Y4agMpfRT-e2JlW-0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/11/emiliano_perez.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay decisiones que llegan sin anuncio. No golpean la puerta, no traen señales, no parecen decisivas. En 2012, cuando volvió de Talleres con 28 años, Emiliano Pérez tomó una de esas sin saberlo. Venía de un año partido al medio por un tema personal, con la cabeza lejos del fútbol y la sensación de que, por primera vez, quería detenerse. Quería estar en San Francisco. Punto. No había más plan que ese.</p><p>El llamado que lo sacó de esa pausa no vino de un dirigente ni de un club que necesitara goles: lo llamó un profe, Leo Medina. “¿Querés moverte un poco? Venite a Freyre.” Eso fue todo. Ni promesa, ni proyecto, ni desafío. Solo una mano tendida. Una cancha para entrenar. Un lugar para no olvidarse del juego mientras veía qué hacer con su vida.Y ahí, sin que lo buscara, empezó el capítulo más largo y profundo de su carrera.</p><p>Emiliano llegó a 9 de Freyre para “moverse” y terminó trece años dentro de esa camiseta. Un número que en el fútbol regional equivale casi a una vida entera. Había pasado por Boca, Chicago, San Martín de San Juan, Sportivo, Alumni y Talleres, pero nunca había sentido lo que sintió en ese club chico, ordenado, metido en la rutina doméstica del interior: pertenencia.</p><p>En Freyre encontró algo que el profesionalismo jamás le dio: la posibilidad de jugar sin dejar de vivir. Entrenaba a la noche, viajaba martes, miércoles, jueves y viernes, jugaba los domingos y siempre volvía a San Francisco, donde estaba su familia, sus afectos y, más adelante, su otra pasión: el café. Ese equilibrio —raro, casi prohibido para alguien que recorrió tanto— fue lo que lo sostuvo más de una década.</p><p>“En un momento viví de eso”, cuenta. Y no lo dice con soberbia, lo dice con gratitud. En el fútbol del interior no es común vivir del juego hasta los 41. Pero Freyre se lo permitió. Le dio continuidad, le dio espacio, le dio confianza. Le dio, también, una rutina amable: viajar, entrenar, volver. Viajar, entrenar, volver. Año tras año.Si algo se transformó ahí, fue él. Dejó de ser el futbolista que perseguía la siguiente categoría y pasó a ser el jugador que defendía un espacio más profundo: el de su propio ritmo de vida.</p><p>El final, como tantas veces, no acompañó la historia. Cambió la dirigencia, cambió el técnico, cambió la sintonía interna. Y lo que más duele no es lo que pasó, sino lo que no pasó: nadie lo llamó.</p><p>“Esperé un llamado que no llegó”, dice. Esa frase, sola, pesa más que un partido perdido.Cuando pidió el pase para poder jugar en algún club cercano o en San Francisco, la respuesta lo descolocó: querían cobrar préstamo.“¿Préstamo por un jugador de 41 años?”, repite. Y la pregunta cae sola, sincera, casi absurda. Para él no era plata: era la forma, el vínculo, el reconocimiento. Después de trece años, después de treinta goles por temporada, después de viajes eternos y después de poner al club por encima de todo… ¿un préstamo? Esa herida cerró una etapa que, por su duración, había dejado de ser deportiva y se había convertido en emocional.Si ese golpe lo hubiese encontrado sin un plan, tal vez la historia sería otra. Pero mientras jugaba en Freyre, Emiliano ya había empezado —sin saberlo— su segunda vida. Todo arrancó con un café compartido con un amigo. Una charla casual, una pregunta más seria que todas las demás: ¿y después del fútbol, qué?Ahí apareció el café. Se anotó en un curso en Buenos Aires, descubrió el mundo del barista, se compró una máquina, soldó su propio carrito y arrancó en eventos. Después vino el local, la pandemia, el delivery, la ventana improvisada, el aguante de sus clientes, la capacitación, los cursos internacionales, y esa sensación hermosa de encontrar algo nuevo que también lo representaba.</p><p>El café le dio lo que el fútbol le quitaba: calma, orden, creatividad. El fútbol le había dado identidad; el café, futuro.Recién de grande —él mismo lo dice— empezó a entender la dimensión de su recorrido. Cuando uno es chico, quiere jugar. Nada más. No mira alrededor, no registra la película completa. Pero con los años, con los golpes, con la distancia, Emiliano empezó a revisar su propio CV con otros ojos.</p><p>Recordó los cinco años en Boca, coincidiendo con Tevez, Silvestre, Pablo Álvarez, Caffa y tantos otros. Recordó lo que era vivir en Casa Amarilla, estudiar en San Telmo, estar lejos de casa a los 12. Recordó a Matías Silvestre transformándose en seis meses de no jugar nunca a llegar a Primera. “Otro hubiese dejado el fútbol”, dice. Él vio ese milagro desde adentro.</p><p>Recordó Chicago, el club donde debutó, donde ascendió, donde entendió cómo funciona un vestuario bravo, donde Rodolfo Motta trabajaba más la cabeza que la pelota. “Era un tipo especial”, dice. Y cuenta aquella anécdota del tiro libre, de Mariano Donda clavándola en el ángulo y Motta diciéndole: ‘tirale la muerta, no seas boludo’ para sostenerle la confianza al arquero.</p><p>Recordó el San Juan de Quinteros —donde estuvo colgado medio año— y el San Juan de Teté Quiroz, donde volvió a jugar y ascendió. Recordó Sportivo: a Rentera, Domisi, Daniel Alberto, Primo, y los años buenos y los malos. Recordó Lummi, donde entrenaban en una fábrica militar sin tener ni siquiera una cancha. Recordó Talleres, donde convivió con técnicos enormes y entendió que estaba en su pico… pero también que quería otra cosa.Y, sobre todo, recordó a los entrenadores no por si lo ponían o no, sino por lo que le dejaron.</p><p>“En ese momento uno no se da cuenta de quiénes son. El futbolista es egocéntrico, quiere jugar, piensa en uno mismo. Ahora veo que tuve entrenadores enormes, muy humildes, que enseñaban sin hacer ruido.” Esa frase resume su madurez mejor que nada: no habla el Emiliano de Boca, Chicago o Talleres; habla el Emiliano que pasó trece años en Freyre y encontró su propia manera de mirar atrás sin bronca.</p><p>Por eso, cuando hoy cuenta su historia, no empieza por Boca o Chicago o los ascensos. Empieza por Freyre. Por la vida que construyó ahí. Por cómo lo sostuvo en sus mejores años. Por cómo lo acompañó en los peores. Por cómo lo despidió mal, sí, pero después de abrazarlo durante más de una década.</p><p>&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/R6G5hqlZC9Y4agMpfRT-e2JlW-0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/11/emiliano_perez.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Una elección mínima, casi casual, lo llevó a quedarse trece años en Freyre y a descubrir una forma distinta de ser futbolista. Esta es la historia de cómo Emiliano Pérez, encontró pertenencia, perdió un cierre merecido y construyó una segunda vida lejos del ruido.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2025-11-30T13:26:53+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            “San Jorge es mi casa”: la historia de &quot;Tavo&quot; Yozwiak, el delantero eterno que vivió el fútbol como una manera de estar en el mundo
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/san-jorge-es-mi-casa-la-historia-de-tavo-yozwiak-el-delantero-eterno-que-vivio-el-futbol-como-una-manera-de-estar-en-el-mundo" type="text/html" title="“San Jorge es mi casa”: la historia de &quot;Tavo&quot; Yozwiak, el delantero eterno que vivió el fútbol como una manera de estar en el mundo" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/san-jorge-es-mi-casa-la-historia-de-tavo-yozwiak-el-delantero-eterno-que-vivio-el-futbol-como-una-manera-de-estar-en-el-mundo</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/san-jorge-es-mi-casa-la-historia-de-tavo-yozwiak-el-delantero-eterno-que-vivio-el-futbol-como-una-manera-de-estar-en-el-mundo">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Vcao7Stp381lX5TCACCp5aPsZBQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/11/tavo_yozwiak.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>“Tavo” —así, sin apellido, porque en Brinkmann y en toda la zona no hace falta más— habla con la serenidad de quien ya recorrió todos los caminos que puede recorrer un jugador de la región. Su historia empieza donde empiezan casi todas las historias que valen la pena: en ese primer amor que marca para siempre. “Arranqué de cebollita en San Jorge. En Seeber no había fútbol, así que los que queríamos jugar teníamos que ir a Brinkmann. Eran doce kilómetros, pero parecía que vivíamos allá”, recuerda. La escuela, los entrenamientos, los viajes, los amigos: todo pasaba alrededor del club.</p><p>Hizo todas las inferiores ahí, desde cebollita hasta juveniles. Y cuando tocó asomarse a primera, se saltó una etapa: “En reserva jugaban muchos grandes, te golpeaban mucho. Así que cuando terminé juveniles pasé directo a primera. Alternaba, pero ya estaba ahí”. El final de ese año lo llevó a una prueba en Sportivo Belgrano. En enero ya vivía en San Francisco, metido en un mundo nuevo, profesional, desafiante.</p><p>El recorrido de “Tavo” no es una línea recta: es un mapa de idas y vueltas. Estuvo en Sportivo, viajó a Portugal para jugar en Estoril de la Segunda División. “Ahí jugué bastante. Alternaba entre titular y suplente. Allá no existe la reserva: son 35 jugadores y el que mejor está juega.” Tenía 19 o 20 años, una edad en la que todo se aprende de golpe. Después vino Paraguay, también en segunda, y más tarde el largo camino del fútbol regional: Tiro Federal, 9 de Morteros, 9 de Freyre, General Cabrera, otros regresos a San Jorge y otro puñado de camisetas que hoy recuerda entre risas y lagunas de memoria. “Volvía siempre. No sé si por costumbre o por amor, pero volvía.”</p><p>&nbsp;</p><p>En esa lista hay títulos que muchos envidiarían: dos o tres absolutos, varias ligas, tres aperturas seguidos, campañas inolvidables. Y, sobre todo, aquel Federal 2018 con 9 de Morteros, campeones invictos, global 7–2 contra General Paz Juniors. Después llegó la Copa Córdoba, un equipazo, un año perfecto. Pero cuando él lo cuenta, habla más de la gente que de las medallas. Los títulos aparecen, sí, pero no son el eje: son apenas una estación dentro de su recorrido afectivo.</p><p>La otra parte de su vida también estuvo siempre encima de la mesa: el trabajo. Hoy está en la Municipalidad de Seeber, pero desde siempre combinó horarios, viajes y rutinas para sostener las dos pasiones. “A mí no me pesaba entrenar después de trabajar. Para mí jugar al fútbol era un privilegio. Me pagaban por hacer lo que amaba.” Cuando estaba en el 9, entrenaba al mediodía. Salía rápido del trabajo, se cambiaba y manejaba hasta Morteros. Volvía tarde, cansado, pero feliz. Así durante años.</p><p>El retiro llegó este año, en la tercera fecha. Marzo, tal vez abril. El cuerpo pedía una pausa: una rodilla que molestaba, el desgaste de tantos viajes, la vida misma reclamando aire. “Jugaba Liga de las Colonias y Liga Regional. De enero a enero. Más de diez años así.” También pensó en los chicos del club, en dejarles espacio, en cerrar un ciclo. Tenía 44. Ya era hora.</p><p>Si uno lo imagina como 9 de área, se equivoca. “Siempre me vieron grandote y pensaron que era goleador. Y no. A mí me gusta más asistir que hacer goles.” Pasó la mayor parte de su carrera por afuera, muchas veces por izquierda pese a ser derecho. “En Freyre en 2012 no había nadie para jugar ahí, me pusieron y aprendí. Me gustó. Tenía más contacto con la pelota, más espacios.” Ahí encontró su lugar en el mundo: delantero por afuera, como se define en cualquier planilla.</p><p>&nbsp;</p><p>Lejos de la cancha, sigue intentando no despegarse del todo. “Estoy de ayudante acá en Las Colonias. Si dejaba de golpe, me iba a agarrar el bajón. Extrañás. Mucho.” Y para el futuro no descarta volver a su casa: “En San Jorge me gustaría estar en lo que sea: en un cuerpo técnico, en un gimnasio, en utilería… pero técnico no. Eso no.”</p><p>Cuando habla de San Jorge, la voz se le acomoda en otro lado. “Es mi segunda familia. O está al nivel de mi familia. Arranqué a los 8 años, me crié ahí. Tengo tatuajes del club, conozco a cada persona del barrio.” Todavía va a la cancha. Estuvo el domingo, estará el próximo. Sufre, disfruta, acompaña. No es un hincha más: es parte de la historia del club.</p><p>Opina también sobre el nuevo formato de la liga, la diferencia económica entre clubes sostenidos por cooperativas y los que dependen del esfuerzo de su gente, la distancia creciente entre realidades. “Para el jugador es ideal, pero para los clubes es durísimo.” Habla con la sinceridad de quien lo vio todo desde adentro.</p><p>Antes de despedirse, vuelve a lo esencial. Lo que nunca cambió. Lo que nunca va a cambiar. “Yo al fútbol lo amo. Lo amé siempre. Y a San Jorge también. Para mí es todo.”</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Vcao7Stp381lX5TCACCp5aPsZBQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/11/tavo_yozwiak.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El delantero que nació futbolísticamente en San Jorge,que pasó por Portugal, Paraguay y por media región, repasa una vida entera ligada a la pelota y al club que considera su segunda casa.]]>
                </summary>
                                <category term="la-voz-deportiva" label="La Voz Deportiva" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2025-11-23T10:01:05+00:00</published>
    </entry>
    </feed>