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    <title>La Voz de San Justo</title>
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    <updated>2026-07-26T14:05:46+00:00</updated>
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            Un asteroide llevará el apellido de una astrónoma de Arroyito
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/FzW1lL1ca_TfZKKxDKOkdR-nFow=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/milagros_colazo_un_asteriode_llevara_su_nombre.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por María Laura Ferrero | LVSJ<p>&nbsp;</p><p>Hay sueños que cambian de forma, pero nunca de destino.</p><p>Cuando Milagros Colazo cursaba los primeros años de la primaria en Arroyito estaba convencida de que algún día viajaría al espacio. Como tantos chicos de su generación, imaginaba una vida entre cohetes, planetas y estrellas. Sin embargo, un accidente en una misión espacial que vio siendo muy pequeña cambió para siempre aquella fantasía.</p><p>"Me acuerdo de que vi un accidente de una misión espacial. No sé si fue cuando era chica o si después lo vi en un documental, pero me asustó muchísimo. Ahí pensé: viajar al espacio mejor no. Entonces empecé a preguntarme si se podía estudiar el universo sin tener que salir de la Tierra", recordó.</p><p>Aquella pregunta, formulada con la ingenuidad de una niña, terminó marcando el rumbo de toda una vida.</p><p>Desde el preescolar hasta sexto año del secundario transitó las aulas del Colegio Vélez Sarsfield de Arroyito. Allí fue creciendo una curiosidad que nunca dejó de acompañarla y que terminó de consolidarse al elegir la orientación en Ciencias Naturales. Aunque todavía faltaban varios años para ingresar a la universidad, ya no tenía dudas de que su futuro estaría ligado al estudio del universo.&nbsp;</p>La semilla<p>Pero hubo otro ingrediente que resultó decisivo.</p><p>En su familia la astronomía no era un tema lejano. Su tío Carlos Colazo, ingeniero mecánico y astrónomo aficionado, llevaba décadas observando el cielo desde su propio observatorio. Para Milagros, verlo trabajar convirtió una pasión que parecía reservada para los libros o las películas en una posibilidad concreta.</p><p>"Yo podía verlo como algo real. No era una cosa de ciencia ficción. Mi tío hacía observaciones y eso hizo que la astronomía dejara de ser un sueño imposible para convertirse en una profesión", explicó.</p><p>Aquellas observaciones, las conversaciones familiares y las historias sobre el universo fueron alimentando una vocación que nunca cambió con los años. Mientras muchos compañeros modificaban una y otra vez la respuesta cuando les preguntaban qué querían ser de grandes, ella seguía mirando hacia el mismo lugar.</p><p>Con el tiempo también llegaron las dudas inevitables. ¿Existía realmente una salida laboral? ¿Se podía vivir de estudiar el espacio?</p><p>La respuesta volvió a encontrarla en su entorno más cercano.</p><p>"Mi tío fue muy sincero. Me dijo: 'No te vas a hacer millonaria, no vas a comprarte una Ferrari ni una cartera Gucci. Pero si realmente te gusta, hacelo'. Ese consejo me dio mucha tranquilidad", recordó.</p><p>Sus padres, José Colazo y Susana Vinovo, ambos docentes del Colegio Vélez Sarsfield hoy jubilados, acompañaron aquella decisión desde el primer momento. Nunca intentaron convencerla de elegir una profesión más convencional. Al contrario, alentaron la curiosidad de una hija que desde muy pequeña encontraba más preguntas que respuestas cada vez que levantaba la vista hacia el cielo.</p><p>Así, casi sin darse cuenta, aquel sueño infantil dejó de ser una fantasía para transformarse en un proyecto de vida.</p><p>Con esa certeza dejó Arroyito para instalarse en Córdoba e ingresar a la Facultad de Matemática, Astronomía, Física y Computación (FaMAF) de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), una de las instituciones más prestigiosas del país en la formación de astrónomos. Lo que todavía no sabía era que, antes de poder estudiar el cielo, tendría que aprender otro lenguaje: el de las matemáticas y la física, dos disciplinas que pondrían a prueba su vocación desde el primer día.&nbsp;</p>Mili en la Estación Astrofísica de Bosque Alegre camino a Falda del Carmen (Córdoba).La elección<p>Cuando llegó a Córdoba descubrió que la astronomía era mucho más compleja de lo que había imaginado.</p><p>Ingresó a la Facultad de Matemática, Astronomía, Física y Computación (FaMAF) de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) convencida de que pasaría horas observando estrellas y galaxias. Sin embargo, los primeros años de la carrera le demostraron que, antes de mirar el universo, debía aprender el lenguaje con el que la ciencia lo interpreta.</p><p>"La carrera fue difícil, sobre todo al principio. Los primeros tres años son prácticamente de matemática y física. Astronomía no se ve casi nada", recordó.</p><p>Lejos de desanimarla, ese desafío terminó despertando una pasión inesperada.</p><p>"Descubrí el amor que le tengo a las matemáticas y a la física. Es una carrera hermosa, aunque muy exigente."</p><p>La intensidad académica encontraba un equilibrio en el ambiente que se respiraba dentro de la facultad. Los profesores no solo enseñaban; también investigaban y compartían buena parte del día con los estudiantes. Las puertas de sus oficinas permanecían abiertas para responder consultas, mientras que los pasillos y las mesas de estudio se convertían en un punto de encuentro donde alumnos de distintos años compartían apuntes, resolvían ejercicios y se ayudaban mutuamente.</p><p>"Los chicos más grandes siempre estaban disponibles para darte una mano. Nosotros pasábamos muchísimo tiempo en la facultad estudiando. Se armaba una comunidad muy linda", contó.</p><p>Con el paso de los años, las materias empezaron a acercarla, por fin, al universo que había despertado su curiosidad desde la infancia.</p><p>Fue entonces cuando volvió a aparecer la influencia de su tío Carlos. Para su trabajo final de licenciatura eligió estudiar los asteroides, el mismo campo por el que él se había apasionado durante años como astrónomo aficionado.</p><p>Aquella decisión terminó definiendo también el rumbo de su carrera científica.</p><p>Tras obtener la licenciatura continuó con el doctorado en la UNC gracias a una beca del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet). Mientras profundizaba sus investigaciones sobre asteroides, también vivió una situación que jamás había imaginado.</p><p>Se recibió en plena pandemia.</p><p>"Hacía dos semanas que había empezado la cuarentena y me recibí desde mi casa. Fue raro porque uno sueña con ese momento durante toda la carrera. Pero no hubo abrazos, ni huevos, ni festejos."</p><p>Aquella celebración tendría que esperar. Con el tiempo, cuando también finalizaron sus doctorados otros compañeros que habían atravesado la misma situación, pudieron recuperar ese ritual universitario que la pandemia les había arrebatado.</p><p>Mientras tanto, su trabajo de investigación también había cambiado de escala.</p><p>Durante la licenciatura realizaba observaciones con el telescopio de la Estación Astrofísica de Bosque Alegre, en Falda del Carmen. Pero el doctorado la llevó a un universo diferente: el de las enormes bases de datos astronómicas obtenidas por telescopios terrestres y espaciales.</p><p>"Pasé de observar directamente el cielo a trabajar con millones de datos. Eran bases enormes, con programación, estadística y análisis de información. Ahí entendí que hoy la astronomía también se hace frente a una computadora."</p><p>Sin saberlo, esa experiencia sería la llave que poco tiempo después le abriría las puertas de uno de los grupos de investigación sobre asteroides más importantes de Europa.&nbsp;</p>Entre rocas<p>Desde Polonia, Milagros Colazo pasa buena parte de sus días rodeada de computadoras, bases de datos y millones de registros del cielo. Aunque la imagen popular del astrónomo suele asociarse a un telescopio apuntando hacia las estrellas, buena parte de la investigación actual se desarrolla analizando la enorme cantidad de información que envían los observatorios repartidos por el mundo y en el espacio.</p><p>Su objeto de estudio son los asteroides. "Son rocas que quedaron dando vueltas cuando se formó el Sistema Solar. Esos materiales nunca llegaron a convertirse en planetas y quedaron orbitando alrededor del Sol", explicó.</p><p>La mayoría se concentra en el cinturón principal, ubicado entre Marte y Júpiter, aunque también existen otros grupos distribuidos en distintas regiones del Sistema Solar. Los que más preocupan a la comunidad científica son los llamados objetos cercanos a la Tierra, porque sus trayectorias requieren un seguimiento permanente.</p><p>El motivo no es menor. Hace unos 66 millones de años, un cuerpo de grandes dimensiones impactó sobre la Tierra y provocó la extinción de los dinosaurios. Aunque la posibilidad de que un fenómeno similar vuelva a repetirse es extremadamente baja, hoy las agencias espaciales trabajan para detectar con décadas de anticipación cualquier objeto que pudiera representar un riesgo.</p><p>"Los dinosaurios no tenían agencias espaciales", comentó entre sonrisas, recordando una frase que suele utilizar la Agencia Espacial Europea para explicar la importancia de estos programas de vigilancia.</p><p>Actualmente, telescopios distribuidos en distintos puntos del planeta observan el cielo todas las noches para descubrir nuevos objetos, calcular sus órbitas y determinar si alguno podría acercarse peligrosamente a la Tierra.</p><p>Incluso, en los últimos años, la NASA y la Agencia Espacial Europea realizaron con éxito la misión DART, que logró modificar la trayectoria de un pequeño asteroide como ensayo de defensa planetaria.</p><p>"Hoy sabemos que, si detectamos un objeto con suficiente anticipación, podemos intentar desviar su trayectoria. Ese tipo de investigaciones también forman parte de nuestro trabajo."</p><p>&nbsp;</p>Hasta Polonia<p>Después de finalizar el doctorado comenzó a buscar un grupo de investigación donde pudiera seguir creciendo. Una de sus opciones,&nbsp; fue el equipo de la Universidad Adam Mickiewicz, en Poznań, Polonia.</p><p>Su director de tesis en Córdoba había trabajado anteriormente con la investigadora Dagmara Oszkiewicz, responsable de ese grupo. Gracias a ese contacto viajó en 2022 durante dos semanas para realizar una estancia de investigación.</p><p>Poco tiempo después recibió una propuesta inesperada. El equipo buscaba incorporar un investigador posdoctoral.</p><p>"En Córdoba muchas veces trabajaba bastante sola en esta área. Acá encontré un grupo enorme, con investigadores de mucha experiencia, doctorandos y estudiantes. Es un ambiente muy lindo para trabajar."</p><p>Hoy participa de proyectos internacionales vinculados al análisis estadístico de asteroides y al desarrollo de herramientas basadas en inteligencia artificial para procesar la inmensa cantidad de información que generan los nuevos telescopios.</p><p>Uno de ellos es el Observatorio Vera C. Rubin, en Chile, considerado uno de los proyectos astronómicos más ambiciosos de la actualidad.</p><p>Durante los próximos diez años observará el cielo de manera prácticamente ininterrumpida y permitirá descubrir millones de nuevos objetos del Sistema Solar. "Vamos a tener un conocimiento muchísimo más completo del cielo. Desde que empezaron a llegar los primeros datos yo trabajo desarrollando códigos para analizarlos."</p><p>Ese aporte sería justamente el que terminaría cambiando su historia.</p><p>&nbsp;</p>Un apellido<p>El 9 de julio, durante el Congreso Internacional de Asteroides, Cometas y Meteoros realizado en Poznań, recibió una noticia que jamás había imaginado.</p><p>El asteroide identificado hasta ese momento como (20280) 1998 FQ49 pasaría a llamarse oficialmente (20280) Colazo.</p><p>No se trató de un descubrimiento realizado por ella, como muchas personas creyeron en un primer momento.</p><p>Fue un reconocimiento otorgado por el comité científico del congreso a partir de sus contribuciones al estudio de los asteroides y, especialmente, por su trabajo con las grandes bases de datos del Observatorio Vera C. Rubin.</p><p>En astronomía, cuando un nuevo asteroide es descubierto primero recibe una denominación provisoria formada por números y letras. Más adelante, una vez que su órbita queda perfectamente determinada, obtiene un número definitivo y puede recibir un nombre.</p><p>Son los comités científicos internacionales quienes proponen esas designaciones para homenajear a investigadores que realizaron aportes relevantes a la disciplina.</p><p>En su caso, la propuesta del nombre fue realizada por el comité científico del congreso ACM, como reconocimiento a sus contribuciones. Pero la designación oficial del nombre correspondió a la Unión Astronómica Internacional (IAU), que evalúa y aprueba estas propuestas. En esta situación, los académicos eligieron el apellido de la joven que, desde ahora, también forma parte del mapa del Sistema Solar.</p><p>"Yo no sabía que me habían propuesto. Me enteré cuando hicieron el anuncio durante el congreso."</p><p>El asteroide tiene aproximadamente cinco kilómetros de diámetro, orbita entre Marte y Júpiter y tarda tres años y nueve meses en completar una vuelta alrededor del Sol.</p><p>Para cualquier científico representa uno de los reconocimientos más singulares que puede recibir.</p>Milagros junto al equipo de trabajo de Polonia.<p>&nbsp;</p>El cielo<p>A miles de kilómetros de Arroyito, Milagros Colazo continúa haciendo lo mismo que comenzó a imaginar cuando apenas iba a la escuela: intentar comprender un poco mejor el universo.</p><p>Ya no necesita viajar al espacio para cumplir aquel viejo sueño.</p><p>Prefirió estudiarlo desde la Tierra.</p><p>Y, casi como una ironía del destino, fue el propio Sistema Solar el que terminó devolviéndole el gesto.</p><p>Mientras cada noche millones de personas levantan la vista sin saberlo, entre las órbitas de Marte y Júpiter una roca de cinco kilómetros sigue girando alrededor del Sol.</p><p>Desde ahora, también lleva el apellido de una joven que un día cambió el sueño de ser astronauta por la decisión de dedicar su vida a estudiar el cielo.</p>]]>
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                <published>2026-07-26T14:05:45+00:00</published>
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