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    <title>La Voz de San Justo</title>
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    <updated>2026-08-29T13:00:06+00:00</updated>
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            Federico Perret y una familia que aprendió a vivir de otra manera
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/9vl7HO9Tub53iZ7EKILXAL7MCkw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/federico_perret.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>La historia de Federico Perret con la huerta no comenzó como un emprendimiento ni con la intención de desarrollar un proyecto. Empezó en su propia casa, junto a Anto, su compañera de muchos años, y después de la llegada de Amelie, su hija, en 2017. La familia había elegido vivir en Plaza San Francisco, un lugar tranquilo, con espacio en el patio, y ese entorno les permitió empezar a experimentar con algunas prácticas que simplemente les gustaban y les parecían interesantes.</p><p>Entre ellas apareció la huerta. También las gallinas, los huevos y distintas maneras de producir parte de los alimentos que consumían. Eran experiencias familiares que, con el tiempo, fueron adquiriendo otro significado.</p><p>La pandemia marcó un punto de inflexión. El hecho de pasar mucho más tiempo en casa les permitió profundizar esas prácticas. Después, cuando la vida cotidiana comenzó a recuperar su ritmo habitual, aparecieron preguntas e inquietudes sobre aquello que habían estado haciendo y sobre la posibilidad de compartirlo con otras personas.</p><p>Así comenzó a tomar forma Salvaje San Francisco, un emprendimiento en donde venden los productos de su huerta. Arranca todo como algo familiar”, comentó a POSTA. Esa definición resulta importante para entender el recorrido. Antes que una propuesta hacia afuera, Salvaje San Francisco fue una manera de hacer cosas dentro de la propia casa, de probar, equivocarse, aprender y encontrar una forma de vida que les resultara propia.</p><p>A partir de allí comenzaron a suceder otras cosas. La experiencia familiar empezó a encontrarse con otras personas. Hubo visitas a distintos lugares para hablar sobre cómo iniciar procesos de huerta y también llegaron colegios e instituciones a conocer la huerta de la propia familia.</p><p>Pero el recorrido no quedó limitado a cultivar alimentos.</p><p>“Así fue como creciendo la propuesta hasta que todo lleva también a tratar de crear cosas nuevas. Entonces ahí llegamos un poco más a un concepto un poco más amplio, que es el de cultura salvaje, que es el que estamos trabajando ahora”, cuenta.</p><p>El nombre también forma parte de esa búsqueda. Para Perret, la combinación entre “salvaje” y “cultura” plantea deliberadamente una contradicción. Si lo salvaje suele pensarse como aquello que está alejado de la cultura y de la vida civilizada, él propone justamente poner esos conceptos en relación.</p><p>“Uno parte de esa idea es la gradualidad, de querer arrancar con algunas cosas y empezar a ir progresando, sumando cosas, y en ese sumar cosas que tienen una idea de ser autosustentable, o de caer en la mayor posibilidad de ser autosustentable”, explicó.</p><p>La experiencia cotidiana les mostró que esa búsqueda tenía un límite. Una familia no necesariamente puede producir todo lo que necesita, especialmente si pretende llevar adelante una vida actual, con las necesidades y comodidades propias del presente. Pero para Perret esa limitación no significa abandonar la sustentabilidad. Al contrario, significó cambiar la manera de entenderla.</p><p>“Si yo no puedo tener en mi casa, o resolver en mi casa todas las cosas que necesito, digamos, para vivir una vida moderna, actual, con ciertas características, entonces la autosustentabilidad empieza a cambiar un poquito su definición”, planteó.</p><p>En esa nueva definición aparece el vínculo con los demás. Si una persona tiene un conocimiento que otra necesita, puede existir un intercambio. Si una institución o una empresa ofrece la posibilidad de desarrollar una actividad, también puede generarse una relación. La idea de sustentabilidad deja así de estar relacionada exclusivamente con la independencia.</p><p>Para Perret, ese aprendizaje terminó siendo tan importante como cualquier producción propia. La sustentabilidad no pasa solamente por tener más recursos en la casa, sino también por aprender qué se necesita realmente y cómo relacionarse con el entorno.</p><p>“Nosotros siempre le dimos importancia a que las prácticas que se hagan, qué nivel de impacto tienen, siempre cuidando esta cuestión de la vinculación que tenemos nosotros con nuestro entorno”, señaló.</p><p>Esa mirada también hizo que la familia se alejara de la idea de sustentabilidad como aislamiento. No se trata de vivir separado del resto, producir absolutamente todo y rechazar aquello que viene del exterior.</p><p>“Yo no tengo que pensar en que tengo que generar mi propia agua ni tengo que generar mi propia energía solamente. Si lo puedo hacer y tengo una posibilidad de hacerlo, está buenísimo, está espectacular. Pero también tengo que pensar que, si no lo puedo hacer, no necesariamente dejo de ser sustentable con algunas cosas”, afirmó.</p><p>Y agrega: “Todos somos parte de un sistema, y ese sistema, ya sea individual o ya sea colectivo, tenemos que tratar de pensarlo, trabajarlo, llevarlo adelante”.</p><p>Ese concepto de sistema es central para comprender cómo fue cambiando la experiencia de la familia.</p><p>La misma búsqueda aparece en la alimentación. En su casa intentan mantener algunas pautas, aunque sin convertirlas en reglas estrictas. Una de las principales decisiones es tratar de evitar los alimentos procesados y prestar atención a la materia prima.</p><p>La huerta les permite contar con algunos productos propios, especialmente hojas verdes durante determinadas épocas del año. Con ellos elaboran diferentes comidas y preparaciones. Cuando algo no puede salir de la huerta, lo buscan en otro lugar, pero intentando mantener, siempre que sea posible, una elaboración propia y agregó: “Lo cierto es que nosotros lo que no podemos sacar de nuestra huerta lo consumimos en otro lado, pero tratamos de que la elaboración sea propia. Siempre todo lo que es posible”.</p><p>La decisión tiene que ver con conocer mejor aquello que comen y darle importancia al alimento como materia prima. Pero también está atravesada por una cuestión familiar: cómo transmitir esas prácticas a Amelie sin convertirlas en una obligación.</p><p>La niña participa de situaciones sociales y familiares en las que no siempre pueden mantenerse las mismas pautas que tienen en casa. Para Perret, eso es parte de la vida y no contradice lo que intentan construir. La idea, justamente, es transmitir determinados criterios sin pretender imponerlos.</p><p>“De eso se trata un poco, de tratar de inculcar algunas cosas sin imponer nada, todo lo que hace no es una imposición de la verdad, en lo absoluto, es tratar de mostrar algo que nosotros vemos como posible y eso lo trasladamos principalmente a nuestra hija y de ahí lo practicamos nuestra familia y lo difundimos”, sostiene.</p><p>En esa forma de pensar también aparece otra contradicción: la relación entre naturaleza y tecnología.</p><p>Perret reconoce que durante un tiempo tendía a pensar esos dos mundos como separados. Por un lado estaba la tierra, la huerta, el contacto con el sol y las prácticas vinculadas con la naturaleza. Por otro, aparecía el mundo tecnológico, con sus comodidades y avances. Con el tiempo empezó a cuestionar esa división.</p><p>“Por más que uno quiera vivir en la naturaleza, que quiera vivir con contacto con la tierra, con el sol, con un montón de cosas que son fantásticas, con la huerta, en calor, en pleno verano, acá en San Francisco, a mí me encanta prender el aire a la hora de la siesta porque eso me permite vivir bien y tener satisfacción. Creo que hay que encontrar el equilibrio en qué cosas son necesarias y en qué cosas no son necesarias. En un consumo desmedido de cosas, quizás yo no la encuentro necesaria, pero hay algunas cosas de la vida moderna que son fantásticas”, sostiene.</p><p>Esa mirada también se relaciona con las decisiones que toman en la huerta. Perret explica que los cultivos son agroecológicos y que evitan el uso de químicos. La razón no está solamente en el alimento que llega a la mesa, sino también en el impacto que una práctica puede generar sobre el ambiente.</p><p>“Si yo estoy haciendo algo, no puedo contaminar el agua con un químico y tirarla, entonces decidimos que nuestro riego, que nuestros cultivos sean agroecológicos, que no tengan ningún tipo de químico, más allá de que es porque es el alimento que nosotros comemos, es porque también tiene un impacto en el entorno”, explicó.</p><p>La educación es otra de las áreas que fueron ganando lugar en este recorrido. Perret está vinculado al campo educativo y considera que allí existe una oportunidad para trabajar muchas de estas cuestiones, aunque no necesariamente mediante una única herramienta.</p><p>La huerta puede ser una posibilidad para algunas instituciones, pero no todas tienen espacio, infraestructura o tiempo para llevarla adelante. Por eso, más que plantear una receta, Perret prefiere hacerse preguntas.</p><p>“Hay cientos de escuelas que están en lugares donde hacer una huerta resulta imposible, por espacio, por infraestructura, por organización de tiempo o de jornada”, señaló.</p><p>Y plantea una pregunta que considera más importante que la obligación de construir una huerta: “¿Qué comen los chicos en la escuela? ¿Cuál es el tipo de alimentación que nuestros chicos tienen? Hay que trabajar desde allí para mejorarlo”. Desde allí, entiende que cada institución puede buscar sus propias herramientas para trabajar sobre alimentación, bienestar y aprendizaje.</p>&nbsp;La dualidad<p>“Hay que tratar de romper esa dualidad que muchas veces uno le encuentra contradictoria en su vida y tratar de encontrar quizás un híbrido que permita vivir de manera sustentable, de manera armónica con el entorno, utilizando las ventajas de un mundo actual tecnológico con un montón de avances y cosas increíbles, pero también con un montón de bondades que nacen de prácticas quizás que son ancestrales y que nos traen muchos beneficios”, resume Perret.</p><p>En definitiva, Salvaje San Francisco nació después de que una familia empezara a preguntarse qué podía hacer de otra manera en su propia casa. Con el tiempo, esas preguntas salieron del patio y comenzaron a encontrarse con otras personas, instituciones y espacios.</p><p>Pero el punto de partida continúa siendo el mismo: Federico, Anto y Amelie compartiendo una forma de vida que no busca ser perfecta ni aplicable de manera idéntica a todos. Una familia que aprendió que ser sustentable no necesariamente significa producir más, tener más o aislarse, sino también saber qué necesita, qué puede hacer, qué puede aprender de otros y cómo sus propias decisiones afectan al lugar en el que vive.</p>]]>
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