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    <title>La Voz de San Justo</title>
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    <updated>2026-09-20T14:35:42+00:00</updated>
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            Serafín Robert, el fotógrafo que retrata los flamencos de Miramar desde los 12 años
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/flamencos_serafin_robert.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por María Laura Ferrero | LVSJ</p><p>&nbsp;</p><p>Todo comenzó con un picaflor. Serafín Robert Horst era todavía un niño cuando vio un picaflor cometa, un ave pequeña y colorida que despertó una curiosidad que ya no lo abandonaría. En su casa había unos libros de aves que pertenecían a su abuelo y también unos binoculares. Con esos elementos sencillos empezó a descubrir que, alrededor suyo, existía un mundo que hasta entonces había permanecido casi invisible.</p><p>“Empecé a ver que había un montón de especies de aves que yo no conocía. Salía cerca de mi casa y prestaba atención en todos lados”, recordó.</p><p>Serafín tenía 11 años y vivía en Unquillo cuando comenzó a registrar aquellas primeras observaciones. Lo hacía con una pequeña cámara digital que colocaba delante de los binoculares. El procedimiento era rudimentario y las imágenes no siempre tenían buena calidad, pero ese primer equipo le permitió guardar algo de lo que veía.</p><p>Al principio, cualquier especie lo maravillaba. Después quiso llegar un poco más lejos, conocer ambientes diferentes y encontrar aves menos frecuentes. A medida que crecía su interés por la naturaleza, también aparecía el deseo de mejorar sus fotografías.</p><p>Así comenzó un camino que se sostuvo en la práctica cotidiana, la lectura y la compañía de otros fotógrafos. Participó en cursos virtuales y presenciales, se sumó a safaris fotográficos y aprovechó cada salida para hacer preguntas. Aunque no cursó formalmente una carrera, fue construyendo una formación autodidacta que luego profundizó con distintas capacitaciones.</p><p>“Esto de la fotografía de aves se convirtió en una obsesión. Todos los días sacaba fotos, practicaba y leía sobre las especies”, contó. Con el tiempo también se formó como guía, comenzó a organizar recorridos y se convirtió en docente de fotografía.</p><p>&nbsp;</p>Crecer mirando<p>Los proyectos tuvieron un lugar fundamental en ese aprendizaje. Hace alrededor de ocho años comenzó a realizar calendarios con sus fotografías. Con lo que recaudaba ahorraba para cambiar la cámara y mejorar su equipamiento. Después llegaron los señaladores, los rompecabezas y otros trabajos vinculados con sus imágenes.</p><p>Durante el cuarto año del secundario aprendió a enmarcar fotografías. Interrumpió sus estudios y trabajó durante dos años en esa actividad, sin abandonar las salidas al campo ni la observación de aves. A los 18 completó el secundario mediante una modalidad acelerada.</p><p>Mientras tanto, la cámara seguía acompañándolo. Primero caminó cerca de su casa junto con sus padres. Más adelante comenzó a viajar con amigos y otros fotógrafos. Las Altas Cumbres fueron uno de aquellos destinos que ampliaron su mirada. El otro lugar decisivo fue la laguna Mar Chiquita.</p><p>Su objetivo siempre estuvo claro: quería convertir su pasión en una forma de vida. Por eso, cada fin de semana libre podía transformarse en una salida, mientras que las tardes se repartían entre las lecturas, la edición y la preparación de nuevos proyectos.</p><p>&nbsp;</p>El mar cordobés<p>La primera visita de Serafín a Miramar ocurrió hace nueve años. Tenía alrededor de 12 y quedó sorprendido por la inmensidad de la laguna y por la presencia de cientos de flamencos sobre la costa.</p><p>“La primera vez que vas, el lugar te impacta. Estás en medio de Córdoba y de pronto te encontrás frente a un mar. Es como si te cambiaran el mapa. Y encima ves unos 200 flamencos rosados en la costa. Es un escenario único”, describió.</p><p>Desde entonces regresó siempre que pudo. La distancia no le permitió hacerlo con la frecuencia que hubiese deseado, pero hubo años en los que viajó varias veces. Algunas salidas comenzaron de madrugada, después de recibir el aviso de que una especie poco frecuente había sido vista en la zona. Salían a las tres de la mañana, llegaban a Miramar, buscaban el ave y regresaban esa misma noche.</p><p>Para Serafín, la riqueza de Mar de Ansenuza reside en la convivencia de ambientes diferentes dentro de un mismo territorio. En el área ya fueron registradas más de 350 especies de aves y la laguna constituye un sitio fundamental para numerosas poblaciones migratorias.</p><p>“Vas a Miramar y tenés la laguna con todas esas aves migratorias, el juncal con una biodiversidad muy grande y el monte al lado. Ahí se concentra una cantidad de aves que casi no encontrás en ningún otro lugar de Córdoba”, explicó.</p><p>La imagen del juncal y el monte reunidos a pocos metros sintetiza, para él, la identidad del lugar. Ansenuza no es solamente la gran extensión de agua que sorprende en el centro de la provincia. También es costa, pastizal, vegetación, monte y refugio. Cada ambiente propone una forma distinta de observar y permite encontrarse con especies diferentes.</p><p>&nbsp;</p>Los flamencos son una de las postales de Miramar, donde la laguna, el juncal y el monte ofrecen la posibilidad de observar más de 350 especies de aves. Foto: Serafín Robert Horst.Luz y flamencos<p>Los flamencos ocuparon un sitio especial dentro de ese paisaje y en la historia de Serafín. Durante nueve años los fotografió bajo distintas condiciones: en el agua azul, entre la niebla, recortados contra el paisaje o atravesados por las tonalidades del atardecer.</p><p>Miramar le ofreció la posibilidad de trabajar la luz de una manera particular. En la laguna, los flamencos, las garcitas y las aves playeras podían formar parte de una escena en la que el cielo y el agua se fundían.</p><p>“Las posibilidades son infinitas. Podés hacer fotos del atardecer con las aves, trabajar con la niebla, con los reflejos o con el paisaje”, señaló.</p><p>Hace unas semanas seleccionó y compartió en sus redes sociales algunas de las mejores imágenes obtenidas a lo largo de esos nueve años. Entre ellas había una que recordaba especialmente: un flamenco de color naranja reflejado en el agua, como si sus colores se hubiesen derramado sobre la superficie.</p><p>Sin embargo, le resultaba difícil elegir una sola. Cada fotografía guardaba una circunstancia, una espera y una manera diferente de encontrarse con las aves.</p><p>Otra imagen significativa de su trayectoria no fue tomada en Ansenuza, sino en las Altas Cumbres. Se trató del retrato de un búho realizado con baja velocidad y mediante un movimiento de cámara. Todo aparecía girando en espiral, mientras la mirada del animal permanecía nítida en el centro. La fotografía recibió en España un premio internacional dentro de una categoría creativa dedicada a las aves.</p><p>Para obtenerla necesitó numerosos intentos. Debía mover la cámara y, al mismo tiempo, conseguir que la cabeza del búho quedara congelada en la imagen. La obra reunió creatividad, conocimiento técnico y comprensión del comportamiento del animal.</p><p>&nbsp;</p>Saber esperar<p>Ser fotógrafo de naturaleza requiere mucho más que contar con una buena cámara. Hace falta conocer los ambientes, estudiar cada especie y aprender a interpretar comportamientos. La forma en la que un ave levanta su penacho, busca alimento, realiza una danza o se prepara para el cortejo puede anticipar el instante que el fotógrafo espera registrar.</p><p>También son necesarias la paciencia y la capacidad de aceptar que, después de varias horas en el campo, uno puede regresar sin la imagen que fue a buscar.</p><p>A eso se suma una premisa que Serafín consideró fundamental: acercarse sin molestar. Para ingresar al ambiente acuático construyó su propio escondite flotante o hidrohide. Lo hizo con telgopor, dos parantes y una estructura semejante a una pequeña carpa.</p><p>El dispositivo flota mientras el fotógrafo permanece dentro del agua y avanza nadando o arrastrándose, según la profundidad. La cámara se mantiene cerca de la superficie y las aves solamente perciben un objeto flotante.</p><p>“Lo fabriqué yo. Es bien casero. Desde ahí las aves no te ven y podés hacer las fotos en el agua”, explicó.</p><p>El invento artesanal le permitió aproximarse desde otra perspectiva, pero sin perseguir a los animales ni alterar su comportamiento. En su trabajo, la fotografía no justificaba cualquier intervención. El resultado debía surgir de la espera y del respeto por la vida silvestre.</p><p>&nbsp;</p>Imágenes reales<p>La aparición de la inteligencia artificial planteó un nuevo desafío. En las redes sociales circulan imágenes de animales y paisajes tan espectaculares como difíciles de distinguir de una creación digital. Para Serafín, esa realidad hizo necesario explicar qué había detrás de su trabajo.</p><p>“En este tiempo, cuando hay tantas cosas falsas dando vueltas, mis fotos son realmente el resultado de horas en el campo y de estudio. Hay que conocer la luz y las especies para llegar a ese resultado”, sostuvo.</p><p>Sus fotografías podían parecer irreales por sus colores, sus reflejos o la precisión del momento captado. Sin embargo, no habían nacido de una indicación escrita frente a una pantalla. Detrás de cada una hubo viajes, madrugadas, lecturas, pruebas técnicas y largos períodos de observación.</p><p>La tecnología formó parte de su oficio y le permitió mejorar equipos, editar imágenes y compartirlas con un público más amplio. Pero el origen de cada fotografía continuó estando afuera: en el agua, el monte, el juncal y la espera silenciosa.</p><p>A los 21 años, Serafín ya llevaba una década mirando aves y nueve años regresando a los flamencos de Miramar. A través de sus imágenes buscaba compartir una forma de acercarse a la naturaleza y recordar que, más allá de las pantallas, todavía había un universo por descubrir.</p><p>Un universo en el que el juncal y el monte podían encontrarse junto a un enorme mar cordobés. Y donde bastaba detenerse, mirar con atención y tener paciencia para comprobar que cada vuelo también podía contar una historia.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/09/flamencos_serafin_robert.webp" class="type:primaryImage" /></figure>A los 12 años vio por primera vez los flamencos rosados sobre la costa de Miramar y quedó deslumbrado. Hoy, con 21, Serafín Robert Horst es fotógrafo de naturaleza, docente y guía. Sus imágenes nacen de la paciencia, el estudio y el respeto por las aves.]]>
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                                                <category term="la-region" label="La Región" />
                                <updated>2026-09-20T14:35:42+00:00</updated>
                <published>2026-09-20T14:35:41+00:00</published>
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