<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<feed xmlns="http://www.w3.org/2005/Atom">
    <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/feed-etiqueta/un-baile-mas</id>
    <link href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/feed-etiqueta/un-baile-mas" rel="self" type="application/atom+xml" />
    <title>La Voz de San Justo</title>
    <subtitle></subtitle>
    <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
        <entry>
        <title>
            Volver también es un acto de amor
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/volver-tambien-es-un-acto-de-amor" type="text/html" title="Volver también es un acto de amor" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/volver-tambien-es-un-acto-de-amor</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/volver-tambien-es-un-acto-de-amor">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/KqcSb45OrK0cetC_VmCgh1nfCfg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/07/federico_delgado_un_baile_mas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Por Bautista Dutruel | LVSJ<p>&nbsp;</p><p>Federico Delgado baila desde los cuatro años. Era tan chico que no lo recuerda con precisión, pero sabe que empezó siguiendo a una hermana, acompañándola, imitándola. Como si su cuerpo ya supiera que ese iba a ser su idioma. A esa edad, muchos chicos juegan a ser superhéroes. Federico jugaba a bailar. Y en el juego, encontró su forma de vivir.</p><p>Nació en Quebracho Herrado, un pueblo al que todavía llama “mi lugar”, aunque hace ya tiempo que vive en San Francisco, donde construyó su camino como artista, docente, coreógrafo y formador. Hoy tiene 26 años y una vida entera dedicada a la danza. No en sentido figurado. Literalmente: su día empieza y termina con movimientos, ensayos, ideas de puestas en escena, listas de reproducción, zapatillas gastadas, cuerpos en formación. Enseña en escuelas, en gimnasios, en academias, en barrios, en grupos y de forma individual. Está en todos lados, pero también está en sí mismo. Y en eso hay algo muy raro, muy profundo. Federico vive de la danza, sí, pero sobre todo vive por la danza. Y ese “por” lo cambia todo.</p><p>“Duermo poco”, dice sin quejarse, como quien asume que el amor a veces también quita el sueño. “Me levanto pensando en clases, me acuesto soñando con coreografías. A veces siento que dejo cosas importantes de lado, como momentos con mi familia o con mi pareja Nicolás, que me acompaña en todo… pero no puedo no hacerlo. Esto es lo que soy” confiesa.</p><p>Ese bailarín que duerme poco, que da clases en tres lugares distintos, que planifica puestas mientras viaja de una sala a otra, que arma vestuarios y corrige posturas con una sonrisa y los ojos marcados por el cansancio, es también lo que ama.</p><p>Federico no cuenta su vida como un sacrificio. La cuenta como una elección. Como un fuego que quema pero ilumina. “Muchos creen que los artistas tenemos vidas bohemias, libres, cómodas. No saben lo que hay detrás. Yo he pasado meses sin ver a mi familia por tomar capacitaciones. He trabajado sin parar. Pero cuando entendés que ese esfuerzo te forma, que te construye, que te moldea, lo hacés sin quejas. Lo hacés porque sabés que es ahora. Porque sabés que eso va a florecer”. Floreció. Si floreció.</p><p>En 2022 fue parte de una gira por Europa. En agosto de este año se va de nuevo con el grupo Popular Danzante de Córdoba. Viajó por el país. Participó en el Festival de Cosquín dos años seguidos como parte del ballet oficial. Y sin embargo, si algo emociona, es que a pesar de todo eso, o justamente por eso. Federico volvió. Elige estar en su ciudad. Elige formar. Elige quedarse.</p><p>No porque no pueda irse, sino porque sabe lo que significa quedarse.</p><p>“Acá en San Francisco hay una idea muy instalada: que si te quedás, no te ven. Que hay que irse para que te reconozcan. Y yo lo viví. Muchas veces sentí que no me reconocían, que no valía la pena seguir apostando acá. Pero con el tiempo entendí otra cosa. Entendí que hay un valor enorme en volver. Que cuando uno vuelve, trae lo aprendido, lo pone al servicio. Y la gente eso lo ve. Lo siente” nos cuenta.</p><p>Cuando Federico habla de la gente, no habla de públicos ni de seguidores. Habla de vecinos. De familias. De compañeros. De madres que llevan a sus hijas a clases. De adolescentes que no saben si seguir bailando o no. De adultos que vuelven a mover el cuerpo después de años.</p><p>“La gente de San Francisco se merece ver lo que tenemos. No solo verme a mí. Ver la danza, ver el arte. Ver que hay otras maneras de expresarse, de estar, de vivir. Y eso se logra trayendo. Por eso me voy, pero vuelvo. Porque siento que tengo algo para dar”, expreso.</p><p>Lo que tiene para dar no se mide solo en técnica. Se mide en entrega. Se mide en ese modo en que habla del escenario como si hablara de un templo. “Es sagrado”, repite, varias veces. “Ahí no estás solo. Estás con lo que sos. Con lo que viviste. Con lo que no te animás a mostrar todos los días. El escenario saca cosas que uno guarda. Que uno reprime. Ahí sos vos, entero”.</p><p>Y ese “vos, entero”, se nota.</p><p>Baila con el cuerpo, pero también con la voz. Con la forma en que mira. Con la forma en que cuenta. Hay algo en él que no se puede entrenar: una convicción, un respeto, una verdad que brota incluso cuando está quieto.</p><p>“Pisar un escenario afuera del país es indescriptible”, dice. “Es como cuando la Selección entra a la cancha. Literal. Uno siente que está representando a todos. Escuchar el himno afuera, bailar con la bandera detrás… No se puede explicar. Es emoción pura” en ese instante, su voz se quiebra.</p><p>Pero si hay algo que quiebra más que su voz, es su último mensaje. Ese que no tenía pensado dar, pero que apareció. Ese que no está en los libretos ni en las entrevistas pautadas. Ese que sale cuando se habla desde el corazón.</p>        Ver esta publicación en Instagram            <p>Una publicación compartida por La Voz de San Justo (@lavozdesanjusto)</p>
<p>“No podemos seguir bailando por un choripán y una coca. Nuestro trabajo vale. Nuestro cuerpo vale. Nos preparamos, nos capacitamos, invertimos, ensayamos, sufrimos. Y muchas veces, cuando terminamos un show, lo único que nos dan es una sonrisa y una gaseosa. No alcanza. Eso no nos paga los zapatos, ni las lesiones, ni las horas sin dormir”. Y entonces todo toma otra dimensión.</p><p>Porque Federico no está hablando solo de él. Está hablando de todos. De músicos, de bailarines, de actores, de cantantes. De esa legión de artistas que todos admiran, pero que muy pocos valoran. De esos que trabajan con el cuerpo, que lo dejan todo y que muchas veces se vuelven a casa en colectivo con el vestuario en una mochila rota y los ojos llenos de frustración.</p><p>“No pedimos lujos. Pedimos respeto. Que nos reconozcan. Que entiendan que esto es un trabajo. Que lleva horas, esfuerzo, dolor. Y que merece ser pagado. Que merece ser valorado”.</p><p>Y sí. Federico volvió. Volvió con todo lo aprendido, pero sobre todo, volvió con todo lo que quiere enseñar.</p><p>Dice que si pudiera hablarle a su niño, a ese de cuatro años que empezó imitando a su hermana, le diría que sueñe fuerte. Que dibuje lo que quiere. Que lo imagine. Que lo anhele.</p><p>Y a su adolescente le diría que no afloje. Que la adolescencia es difícil, pero que hay que insistir. Que no se trata solo de tener talento, sino de tener ganas.</p><p>Y al adulto, al Federico de hoy, le dice lo que todos deberíamos decirnos más seguido: que busque lo que ama, aunque le dé miedo. Que no todo va a salir como lo planea, pero que todo sirve. Que toda forma. Que si hay que soltar, se suelta. Que el miedo también es parte.</p><p>Y después, le habla a las familias. “Acompañen. Apoyen a ese niño que quiere bailar. Aunque hoy quiera danza y mañana fútbol, no importa. Que pruebe. Que explore. Que descubra. Porque si de chico siente que lo acompañaron, de grande va a confiar en lo que ama. Va a animarse a elegir. Va a ser libre”.</p><p>Federico Delgado no vino a hablar de él. Vino a hablar de los bailarines. De lo que duele y de lo que cura. De lo que cuesta y de lo que vale. De cómo se construye el arte en ciudades que muchas veces no creen en sí mismas. De cómo un cuerpo puede volver. Y al volver, hacernos sentir un poco más en casa.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/KqcSb45OrK0cetC_VmCgh1nfCfg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/07/federico_delgado_un_baile_mas.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Federico Delgado tiene 26 años y una vida entera dedicada a la danza. Nació en Quebracho Herrado, recorrió escenarios del país y del mundo, pero eligió regresar a San Francisco. En esta entrevista, habla del arte como forma de vida, del esfuerzo detrás de cada función, y del valor de quedarse para transformar.]]>
                </summary>
                                <category term="san-francisco" label="San Francisco" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2025-07-14T13:57:15+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            De una niña que bailaba a una mujer que transforma
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/de-una-nina-que-bailaba-a-una-mujer-que-transforma" type="text/html" title="De una niña que bailaba a una mujer que transforma" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/de-una-nina-que-bailaba-a-una-mujer-que-transforma</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/de-una-nina-que-bailaba-a-una-mujer-que-transforma">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Y18uaMp1WY9Jm-hxq4yEtRugQpY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/06/yanina_maretto.JPG" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Bautista Dutruel | LVSJ</p><p>Hay personas que parecen haber nacido sabiendo algo que el resto tarda años en descubrir. A los cinco años, Yanina Maretto comenzó a bailar. Era una niña. No sabía de técnica, ni de escenarios, ni de decisiones vitales. Pero su cuerpo ya hablaba. Ya sentía. Ya respondía a una pulsión que, sin saberlo, la iba a acompañar para siempre.</p><p>Hoy, más de tres décadas después, Yanina es una de las figuras fundamentales de la danza en San Francisco. No solo por su talento como bailarina, sino por su entrega, su camino, su capacidad de convertir una pasión en un proyecto de vida. Una artista que hizo de cada obstáculo una oportunidad y que logró instalar en su ciudad una danza que, hasta entonces, era casi inexistente: el flamenco.</p><p>Pero esta no es solamente la historia de una bailarina. Es la historia de alguien que entendió, a lo largo del tiempo, que para bailar no alcanza con saberse los pasos. Que bailar, en verdad, es encarnar, enseñar, organizar, producir, actuar. Y también resistir.</p><p>“Siempre bailé porque sí. Porque me salía. Porque me hacía feliz”, dice Yanina con espontaneidad. En esas primeras clases no había planes. No había estructura. Solo el impulso de moverse, de expresarse con el cuerpo. Esa intuición inicial fue tomando forma a lo largo de los años. A medida que crecía, también crecía su compromiso con el arte. Empezó a formarse en danzas españolas y, sin saberlo del todo, fue encontrando ahí un idioma propio. Pero en ese universo de bailes tradicionales, algo le faltaba: la intensidad. El fuego. El pulso desgarrado de lo profundo. El flamenco.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>La historia del flamenco en su vida no comienza en un aula ni en un teatro. Comienza en un curso al que asistió casi de casualidad. Un curso con “La Castaña”, en Córdoba. “Yo, cero flamenco”, aclara. Y se ríe. Sabía apenas lo que cualquiera puede saber: un par de movimientos, un par de secuencias. Pero ahí vio algo distinto. Bailaores y bailaoras que transmitían con el cuerpo emociones que ella misma había sentido. Y entonces lo supo. No era cualquier danza. Era esa danza. Esa mezcla de fuerza, dolor, fuego y verdad.</p><p>A partir de ahí, nunca paró. Tomó clases, buscó maestros, se formó. En 2016 viajó a España, un viaje que en principio era turístico, casi personal, y terminó entrando a la Escuela Amor de Dios, un templo del flamenco. Tomó clases con reconocidos profesores. Absorbió cada gesto, cada mirada, cada sonido. “Era un sueño”, recuerda. Pero no se quedó en la emoción de la turista. Volvió con una certeza: ese mundo tenía que existir en San Francisco.</p><p>Instalar una disciplina artística nueva en una ciudad chica no es fácil. Mucho menos cuando no hay referentes locales ni un público acostumbrado. Pero ella no se quedó en la queja, ni en la espera. Empezó a dar clases. Donde se podía. En el garaje de su mamá, en el living de su abuela, en un dispensario, en centros vecinales, en gimnasios, en casas prestadas. Lo importante no era el espacio: era el contenido. Era el vínculo. Era esa relación tan especial que se forma entre una docente y su grupo. Entre una bailarina y su comunidad.</p><p>Hasta que, en 2014, con miedos, dudas y también mucho deseo, abrió oficialmente su escuela. “Me tiré a la pileta”, recuerda. Y lo hizo con lo que tenía: su experiencia, sus ganas y una visión clara. Desde entonces, la escuela pasó por varios lugares hasta llegar a su sede actual, en avenida Juan de Garay 3071, donde sigue creciendo.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>Dar clases no fue solamente una forma de sostenerse. Fue también una forma de seguir aprendiendo. Descubrió que la docencia podía ser también una forma de creación. Una forma de transformar. “Me encanta estar al frente de la clase. Ver a otros aprender me hizo entender cosas que yo misma no había descubierto cuando bailaba”. Hoy, no solo forma bailarines, sino que les transmite una ética, una sensibilidad, una forma de sentir el arte que trasciende los pasos.</p><p>Con el tiempo, Yanina sintió que necesitaba ir un paso más allá. Que no alcanzaba con enseñar lo que sabía, sino que quería crear espectáculos que dijeran algo. Que tuvieran un mensaje. Así nació su primer proyecto como productora: Amor y Cicatriz, una obra que abordaba la violencia de género a través del baile. Luego vino MuertE en Granada, un homenaje a Federico García Lorca. Ambos espectáculos fueron pensados, dirigidos y estructurados por ella, desde la selección musical hasta la puesta en escena. “No es algo que se hace de un día para el otro. Lleva tiempo, reflexión, decisiones. ¿Qué quiero decir? ¿Qué quiero que sientan los que lo vean?”</p><p>En sus creaciones, el baile es el relato. No hay palabras, pero hay letras. Hay intensidad. Hay narración. Y hay un propósito. “A mí me gusta que se entienda. Que quien esté en la platea sepa qué está pasando, qué emoción hay detrás de cada movimiento del flamenco”.</p><p>El paso de bailarina a productora y directora no fue sencillo. Tampoco fue premeditado. Fue una necesidad. Una evolución. “Yo sentía que, si me quedaba solo bailando, me iba a estancar. Necesitaba nuevos desafíos”, relata. Hoy se permite habitar todos esos roles: estar arriba del escenario, estar abajo, pensar las luces, el orden, la estética, los detalles. Ser artista también es eso: crear contexto para que otros puedan expresarse.</p><p>Y si bien confiesa que a veces se siente demasiado “buena” como directora, porque no impone, porque no se posiciona desde la autoridad tradicional, también sabe que su forma es otra: la del acompañamiento, la confianza, el trabajo compartido.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>Si hay algo que atraviesa toda la historia de Yanina es la emoción. Ella misma lo dice: “Soy muy sentimental. Me emociono fácil. Pero no me da vergüenza. Es lo que soy”. Y es esa emoción, justamente, la que convierte su danza en algo real. Porque el flamenco no se baila: se siente. Y cada vez que baila, lo que transmite es verdad. Ya sea alegría, desgarro, fiesta o duelo. Su cuerpo dice lo que a veces las palabras no alcanzan.</p><p>“El flamenco me corre por las venas. Y mi objetivo es que quien me mire lo sienta también. Que sienta lo mismo que yo cuando bailo. Que se conmueva. Que entienda la historia que estoy contando sin tener que explicarla”, manifiesta.</p><p>&nbsp;</p>        Ver esta publicación en Instagram            <p>Una publicación compartida de La Voz de San Justo (@lavozdesanjusto)</p>
<p>&nbsp;</p><p>Hoy, cuando se le pregunta cómo se define, Yanina no duda: “Soy una artista integral”. Porque no se trata solo de bailar bien. Se trata de entender lo que se baila. De enseñar, de crear, de sostener, de soñar. Se trata también de actuar, de producir, de escribir con el cuerpo lo que a veces la realidad no deja decir.</p><p>“A la Yanina bailarina le diría que siga estudiando. A la productora, que no se conforme. Y a la directora, que se tome en serio ese rol”. Esas tres Yaninas conviven todos los días en ella. A veces con cansancio, a veces con dudas, pero siempre con entrega.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Y18uaMp1WY9Jm-hxq4yEtRugQpY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/06/yanina_maretto.JPG" class="type:primaryImage" /></figure>Desde el garaje de su mamá hasta los escenarios de San Francisco, Yanina Maretto construyó mucho más que una carrera: creó un lenguaje propio. Bailarina, docente, productora y referente del flamenco en la ciudad, su historia es la de una pasión convertida en proyecto de vida. Con emoción, constancia y entrega, logró instalar una danza casi desconocida en la región y formar generaciones de artistas que, como ella, bailan desde el alma.]]>
                </summary>
                                <category term="san-francisco" label="San Francisco" />
                <updated>2025-06-29T21:09:12+00:00</updated>
                <published>2025-06-29T20:42:58+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Bailar, incluso cuando duele
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/bailar-incluso-cuando-duele" type="text/html" title="Bailar, incluso cuando duele" />
        <id>https://www.lavozdesanjusto.com.ar/bailar-incluso-cuando-duele</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[La Voz de San Justo ]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.lavozdesanjusto.com.ar/bailar-incluso-cuando-duele">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HwRVXA0P1MQWj6qRXix94m4wk6E=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/06/renata_palladini.JPG" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Bautista Dutruel | LVSJ</p><p>Renata Palladini tiene 17 años y un cuerpo que ya vivió muchas danzas. No muchas coreografías: muchas danzas. Porque cada paso es más que un paso, es una forma de vivir.</p><p>Empezó a los tres, por decisión propia. “Yo le pedí a mi mamá. Le dije: ‘Yo quiero ir a danza’”, recuerda. Como si ya supiera sin saber lo que el baile iba a significar para ella. Como si el cuerpo ya intuyera su camino, antes que las palabras.</p><p>Desde ese momento no paró. O, mejor dicho: paró solo una vez. Cuando el mundo se detuvo. En 2020, la pandemia volvió intangibles las cosas que más queremos: la cercanía, el abrazo, la sala de ensayo. Las clases se volvieron pantallas, y el deseo, una promesa aplazada. “Ese año dejé, no tenía motivación para sumarme a hacer cosas en mi casa”, dice. Y aunque no fue fácil, entendió que una pasión verdadera puede dormirse, pero no se apaga.</p><p>Volvió al año siguiente, con dudas, con miedo, con un cuerpo desorientado que ya no recordaba todo. “Volví en 2021 y había un montón de cosas que no entendía. Fue un año frustrante”, cuenta. La danza, que antes era puro impulso, se volvió una reconstrucción paciente, paso a paso, clase a clase. Pero volvió. Y volver fue también reafirmar algo: que ahí, en el movimiento, en la música, en el cuerpo, estaba lo que verdaderamente la hacía feliz.</p><p>Mientras transita sus últimos años en el IPET N° 50 “Emilio F. Olmos”, la Escuela del Trabajo, Renata organiza sus días entre talleres técnicos, cuadernos, ensayos y clases. La doble escolaridad no siempre es fácil: a veces llega cansada, con poco tiempo para descansar o para dedicarle a la danza todo lo que quisiera. Pero incluso en la exigencia, reafirma su deseo. “Me frustra no poder ir a danza por el colegio, pero también me confirma que esto es lo que más me gusta.”</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>Desde entonces, su camino fue hacia adelante. A veces más lento, otras con vértigo, pero siempre con la certeza de que ahí, en la danza, estaba su lugar. “Cada día era querer ir a danza. Y si no podía por el colegio, me frustraba muchísimo. Ahí me di cuenta: esto es lo que a mí me gusta. “Quiero vivir de la danza.”</p><p>Hoy no solo baila: también enseña. Su mirada como profe le permite ver con distancia algo que también fue: esa nena que entró por primera vez a un salón y empezó a descubrir su cuerpo. En sus alumnas reconoce el juego como motor. Y en su propia historia, la evidencia de que la técnica llega, pero la pasión es el cimiento. “Al principio uno no es consciente de lo que hace. Pensás que lo estás dando todo y después mirás y ves cuánto tenías que mejorar. Pero para mí ese es el proceso. Si te gusta, lo volvés a intentar hasta que te salga.”</p><p>La constancia, para Renata, no es una consigna, sino un pilar fundamental. “Meterle, meterle, meterle. Si de verdad te apasiona, no hay otra forma”, dice. La frase tiene una fuerza que no necesita explicación. Es lo que hizo, es lo que hace, es lo que va a seguir haciendo.</p>        Ver esta publicación en Instagram            <p>Una publicación compartida de La Voz de San Justo (@lavozdesanjusto)</p>
<p>Hubo un momento, sin embargo, en el que pensó que tendría que abandonar. Una lesión. Una amenaza. Un diagnóstico que le hizo temblar. “Me dijeron: ‘capaz tenés que dejar de bailar’. Fue muy chocante.” Su cuerpo, su herramienta de trabajo y de expresión, se volvió incierto. Pero pudo seguir. Y desde entonces, nada es dado por hecho. Cada ensayo, cada clase, cada secuencia de pasos, también una forma de agradecer.</p><p>Renata se reconoce carismática. Y no es solo una percepción personal: se lo dicen. “Soy de meter mucha cara en todo, mucha presencia”, afirma. Baila jazz, contemporáneo y danza clásica. Disfruta del primero y el segundo por su libertad, su intensidad, su energía escénica. Ama el tercero por su disciplina, su historia, su lenguaje exigente. “El clásico es mi base. Me encanta el lento, la pose. Pero el theater jazz me parece una bomba. Me divierte muchísimo. Siento que ahí mi carisma llega más.”</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>Incluso cuando no baila, su cuerpo no se detiene. “Estoy en mi casa limpiando y me voy girando. No puedo estar quieta”, dice entre risas. Su naturaleza es esa: moverse. Sentir. Improvisar. Transformar el día a día en danza. Hasta los recreos de la escuela fueron espacio para marcar pasos, repasar coreografías, aprovechar cualquier lugar para transfórmalo en su propio estudio de baile.&nbsp;</p><p>Y cuando sube a un escenario, lo siente todo. La danza también es actuación, dice. Es saber contar con el cuerpo. Interpretar una emoción. “Por más triste que esté, bailo. A veces me dicen: ‘este baile es tristeza’, y yo lo intento interpretar. Pero siempre hay algo de alegría, de orgullo. Estar ahí parada, ver toda la gente que paga una entrada para ver un show… te llena.”</p><p>El futuro es una promesa que la entusiasma. Quiere formarse en Buenos Aires, estudiar, hacer castings, hacer cursos. Ser rechazada. Volver a intentar. “Si me dicen que no, hago otro casting. Así hasta que quede en algo que de verdad me guste.” No sueña con abrir una academia. Sueña con bailar. Con vivir bailando. “Sé que me falta un montón de camino por delante, pero tengo ganas. Muchas ganas.”</p><p>Se imagina en otros escenarios. En otros países. En otros idiomas. Y también en algunos bien propios. “Me gustaría algún día pisar el escenario del Colón. No sé, si como parte del cuerpo estable, pero, aunque sea una vez. Sería fantástico.” También le ilusiona formar parte de un ballet, bailar con artistas. “Ambas realidades me encantan. Me encantaría ser parte de las dos.”</p><p>Si tuviera que mirar atras a la Renata de tres años, esa chiquita que entró por primera vez a un salón de danza, de la mano de su mamá, le diría algo simple:</p><p>“Lograste cosas que no pensabas que ibas a lograr. Y vas a lograr muchas más.”</p><p>Renata Palladini tiene 17 años. Baila desde que tiene memoria. Y todo lo que sueña, lo sueña bailando.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HwRVXA0P1MQWj6qRXix94m4wk6E=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2025/06/renata_palladini.JPG" class="type:primaryImage" /></figure>A los tres años supo que quería bailar. Desde entonces, su cuerpo no dejó de moverse. Renata Palladini tiene 17, una vida hecha de giros, ensayo y constancia. Esta es la historia de una bailarina que eligió su destino desde el primer paso.]]>
                </summary>
                                <category term="san-francisco" label="San Francisco" />
                <updated>2026-04-13T18:40:06+00:00</updated>
                <published>2025-06-15T11:30:00+00:00</published>
    </entry>
    </feed>